¡YAHOI! Hola. Pido disculpas por tardarme un poco más de la cuenta en haber actualizado, pero es que fanfiction anduvo caído ahí atrás, y aún tenía pendiente responder reviews. Así que preferí esperar a que la página dejara de hacer cosas extrañas.
También mi internet anduvo medio raro, debido al mal tiempo que tenemos por donde yo vivo. Lluvia y lluvia y más lluvia, así como temperaturas gélidas y viento frío. Gajes de vivir en una ciudad costera que da al Océano Atlántico.
Disclaimer: Naruto y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los uso para pasar el rato.
¡Espero que lo disfrutéis!
Reacciones ¿exageradas?
Sola en aquella enorme cama, Hinata no era capaz de pegar ojo. Por más que lo intentaba, Morfeo se negaba a darle el descanso que su cuerpo y especialmente su mente anhelaban.
Suspiró, dándose la vuelta y colocándose en posición fetal, de espaldas a la ventana, acomodándose mejor entre las mantas que la cubrían.
Aquel beso… Se sonrojó furiosamente. Era lo único en lo que podía pensar, en lo que sus neuronas llevaban ocupadas toda la tarde y parte de la noche. El beso que había compartido con Naruto horas antes, en la cocina de la que era su hogar, el hogar de ambos.
Escondió el rostro bajo la almohada, intentando por todos los medios disipar la tremenda vergüenza que aquello le causaba. No porque hubiera sido malo, sino todo lo contrario: había sido maravilloso, un momento mágico, irreal, como de otro mundo. Desde que había entrado en la adolescencia no había día en que no soñara conque algo como eso ocurriera, pero siempre lo había dado por imposible, dado que Naruto estaba enamorado de Sakura y ella prácticamente no existía para él.
Porque, Hinata, tú y yo estamos casados
Aquella oración a la que tantas vueltas le había dado en las últimas semanas volvió a ella con fuerza, las palabras quemándole el alma y el corazón.
Desde aquella preciosa declaración en la cima del Monte de los Hokages, días atrás, Hinata había hecho todo lo posible (o al menos todo lo que su timidez le permitía) para comportarse como la novia perfecta e ideal que Naruto siempre había soñado con tener. Había habido algún abrazo esporádico, se cogían de la mano cuando salían e incluso, en contadas ocasiones, le había permitido recostar la cabeza en sus piernas, tomando ella la suficiente valentía como para acariciar aquel cabello dorado como el sol que la fascinaba desde niña. Sobra decir que al hacerlo había cumplido una de sus más anheladas fantasías, aunque lamentó que el pelo del muchacho estuviera corto. Pero no se atrevía a pedirle que se lo volviera a dejar largo, no era tan valiente.
La conversación que había mantenido con las chicas en casa de Temari también le había venido a la cabeza en muchas ocasiones, trastornándola y haciéndola enrojecer a niveles insospechados.
Naruto no la había tocado nunca con esas intenciones, no le había notado nada raro o especial cuando estaban cerca, pero eso no quería decir que él no quisiera. Si estaban casados, se suponía que habían hecho… cosas.
Era en esos momentos cuando le hubiera gustado que existiera una forma de hablar con su yo adulto para preguntarle y así despejar todas sus dudas al respecto.
No es como si nunca lo hubiese imaginado pero…
Involuntariamente, sus ojos se desviaron al hueco vacío de la gran cama que había a su lado. Estaba más claro que el agua que el que dormía ahí, en ese otro lado, era Naruto; era una cama de matrimonio, lo cual era lógico ¿no? De lo más normal en una pareja casada que se ama.
Suspiró una vez más, sintiéndose horrible, la peor persona del mundo. Si ella fuera otra chica, alguien más valiente, más atrevida, más como Sakura, Temari o Ino, o incluso Tenten, tal vez se hubiera dejado de tonterías y se habría lanzado sobre Naruto para comérselo entero. No todos los días podías disfrutar de un bombón rubio, unos años mayor que tú y además con experiencia en el tema…
―¡No, no, fuera! ¡Vete, Hinata pervertida!―Escondió la cara en sus manos, negando una y otra vez con la cabeza, rogando porque Naruto no hubiera escuchado su pequeño grito.
Además, había otro problema, uno que estaba empezando a preocuparla sobremanera: en las veces en que ellos dos salían, ya fuera a pasear, a tomar algo, a entrenar o a comer en Ichiraku, notaba que todas las personas pertenecientes al sexo femenino en varios kilómetros a la redonda se volvían hacia ellos y miraban descarada y coquetamente para Naruto. Había descubierto más de una mirada del todo impura hacia el rubio, así como pestañeos y gestos nada inocentes.
Naruto, como el genuino despistado que es, ni cuenta se daba o, en todo caso, hacía como no las veía, ignorándolas deliberadamente. Sinceramente, Hinata rogaba con todas sus fuerzas porque fuera la segunda opción.
Porque no había por donde negarlo, Naruto estaba bueno, muy bueno; de toma pan y moja, como diría Ino, y parecía que lo que había soltado Tenten era cierto: todas las chicas parecían estar más que dispuestas a tener algo con él.
Aunque ellas debían de saber de sobra que estaba casado… con ella. Por lo que… Naruto era… suyo.
Se giró hasta quedar boca arriba, fijando la mirada en el techo, con el corazón latiendo en su pecho a mil por hora y las mejillas rojas.
Todavía era incapaz de creérselo.
A la mañana siguiente despertó tarde, bastante tarde. Abrió los ojos lentamente y miró el reloj-despertador que había sobre la mesilla de noche a su lado, sorprendiéndose al ver la hora que era. Se levantó de un salto y salió corriendo al baño, para lavarse la cara y peinarse.
Cuando terminó bajó corriendo las escaleras, esperando que Naruto no se hubiera despertado aún, pero para su consternación encontró el desayuno hecho y dispuesto para ella encima de la mesa, junto con una nota manuscrita, en la que reconoció la letra del rubio.
Kakashi-sensei me ha llamado por un asunto. Espero estar de vuelta a la hora de comer.
Te quiero.
Naruto.
―Te quiero. ―Aquellas dos palabras hicieron que su corazón comenzara a latir apresurado, haciendo vibrar todo su cuerpo―. Te quiero―repitió, con sus orbes perlados fijos en la nota―. Te quiero. ―Una enorme sonrisa se adueñó de sus labios. No era un "te amo", y tampoco se lo había dicho cara a cara, pero a pesar de todo era perfecto, simplemente perfecto. Lo más probable es que Naruto no se lo hubiese dicho todavía de frente para no agobiarla, a pesar de que él parecía conocer a la perfección sus sentimientos al respecto.
Con un pequeño rubor cubriendo sus mejillas, se sentó a la mesa y degustó el desayuno que el chico había dejado hecho para ella, pensando que no estaría de más que a la hora de comer o, mejor, de cenar, hiciera algo especial para él. Sí, tal vez ramen estaría bien. Sonrió, con los palillos metidos en su boca.
Tendría que salir a comprar los ingredientes necesarios y dejar hecho algo sencillo para el mediodía. Pero todo lo valía con tal de ver sonreír al amor de su vida.
Naruto llegó a la División de Inteligencia cuando el sol ya estaba alto en el cielo. Se presentó a los guardias de la entrada y estos lo dejaron pasar sin mayor ceremonia. Todos sabían quién era, lo conocían. Eran pocos los sitios en los que, actualmente, le negaban la entrada.
Buscó el chakra de Kakashi y lo siguió hasta una de las salas de interrogatorios más bajas. Entró saludando a los ninjas que estaban trabajando y sonrió a su antiguo maestro cuando este se volvió a mirarlo, haciendo un gesto de reconocimiento hacia él con la cabeza.
Llegó a su altura y vio que Ino ya había empezado a hurgar en la mente de uno de los prisioneros. Siendo ella, Naruto estaba seguro de que pronto sabrían algo. La Yamanaka había heredado el talento en técnicas mentales de su padre, aunque no solían pedirle ayuda en dichos menesteres porque a ella no le gustaba meterse en las mentes de los demás para invadir sin ton ni son su privacidad. Sin embargo, aquella situación era diferente; cuando Kakashi se lo pidió expresamente no dudó ni un segundo en decir que sí. Por recuperar a Hinata, a su amiga, lo que fuera.
La rubia abrió los ojos y se alejó del tipo al que estaba interrogando. Se secó el sudor de la frente y se giró, sorprendiéndose al encontrar allí a su amigo rubio.
―Naruto ¿qué haces aquí?―Se acercó a él con una sonrisa a modo de saludo. Naruto se encogió de hombros.
―Kakashi-sensei dijo que necesitabais mi ayuda. ―La chica suspiró y miró de reojo para el Hokage.
―Le dije que no te molestara, que yo me ocuparía. Ahora mismo el tío está encerrado en una celda y de ahí no saldrá hasta que no dé con la forma de que deje de esquivarme. ―Ino se había puesto recta cual palo de escoba, cuadrado los hombros y puesto las manos en jarras. Naruto no pudo evitar una pequeña sonrisa de medio lado. Sabía que Ino era orgullosa, mucho más que Sakura o que él mismo. Solo la superaba Sasuke-soy-el-mejor-Uchiha.
―Sé que podrías, Ino, solo pensé que quizás Naruto podría hacer el proceso más rápido. ―Ino masculló algo inentendible entre dientes, pero que bien podría haber sonado a algo así como "los hombres y sus prisas"―. ¿Él querrá…
―Oh, Kurama no ha hecho más que rezar para que surgiera la oportunidad. En mi opinión, se aburre mucho.
―Eso, tú dale mala fama. Estúpido mocoso. ―Kakashi e Ino alzaron una ceja cada uno al ver a Naruto reír solo. Pero luego se encogieron de hombros. No era la primera vez que veían al chico tener un diálogo interior con su bijū sin tener en cuenta a los demás que estaban a su alrededor.
―Entonces… ¿este tío es un ninja?―preguntó el Uzumaki mientras seguía a su amiga y a su antiguo sensei hacia las celdas.
―Así parece. Es el que dirigía el cotarro, un renegado. No sabemos aún de qué villa, pero todo parece apuntar a que sí, a que es un shinobi. Quizás un ex patriado de la Lluvia, de la época de Akatsuki, o un renegado de los que se fueron tras la guerra, no lo sabemos… El caso es que el muy cabrón ha conseguido echarme cada vez que quiero ir a lo más profundo de su mente. Y, créeme, eso no es fácil. ―Naruto asintió―. Aquí está. ¡Eh, tú, imbécil! ¡Levanta el culo!―Naruto miró para Ino y luego meneó la cabeza. Sí que la Yamanaka estaba enfadada de verdad.
Un sonido de cadenas arrastrándose lo distrajo y fijó la vista en los barrotes de la celda, tras los que apareció una figura robusta y de sonrisa burlona. Naruto frunció el ceño automáticamente, no dándole buena espina aquel sujeto.
―¿Vienes a por otra sesión, guapa?―Ino bufó. Kakashi se adelantó un paso y el hombre dirigió ahora su atención a él―. Cuánto tiempo, Hokage-sama. ¿Desde hoy a primera hora?
―Yo que tú no me reiría tanto. ―El renegado clavó ahora su vista en la tercera voz y su sonrisa se borró de inmediato. Un escalofrío que no pasó desapercibido para ninguno de los allí presentes le bajó por la columna vertebral. Naruto sonrió, parecía que lo había reconocido. Sus hazañas no habían pasado desapercibidas ni entre los shinobis renegados. Mejor que mejor, pensó él.
―Uzumaki Naruto… ―el hombre tardó un poco en recomponerse de la impresión, pero tras unos segundos la sonrisa burlona volvió a aparecer en su rostro―. ¿A qué debo el honor de la visita del más grande héroe del mundo ninja? Creí que lo tuyo era la acción y no los jueguecitos mentales. ―Ino lo fulminó con la mirada ante el claro insulto hacia su persona y su clan. Naruto amplió su sonrisa y se acercó a la jaula; metió los brazos por entre los barrotes y entrelazó sus manos, apoyando el cuerpo en los mismos.
―Normalmente no me involucro en los interrogatorios, como tú bien has dicho, no es mi fuerte y no me va eso de invadir la privacidad de las personas pero ¿sabes? Esta vez voy a hacer una excepción. Tú te has convertido en alguien de mi especial interés. ¿Quieres averiguar por qué?―El hombre iba a contestar algo, seguramente alguna estúpida broma, pero Naruto fue más rápido. Alargó un brazo por entre los barrotes y lo asió de la ropa, tirando de él con toda su fuerza y haciendo que el prisionero chocara de forma brutal contra el hierro de la puerta. Un alarido de dolor rasgó el silencio e hizo eco a través de las paredes del recinto. No obstante, nadie se inmutó. Aquello era algo relativamente normal en aquel lugar―. Verás―el hombre volvió sus ojos a Naruto; intentaba tapar con sus manos la hemorragia en su frente y en su nariz, la cual, seguramente, estaría rota―, hace unas semanas uno de tus subordinados quiso pasarse de listo con un equipo de ninjas de nuestra aldea…
―E-eso f-fue c-culpa vu-vuestra… ―El prisionero calló al sentir como le faltaba el aire de repente. Una mano bronceada lo había agarrado del cuello, apretándolo.
―¡Naruto!―advirtió Kakashi al ver cómo su alumno temblaba de la más pura furia. Ino tan solo se limitó a suspirar y a dejarlo hacer. Sabía que el rubio no mataría al prisionero, aunque ganas no le faltaran lo necesitaban vivo para regresar a Hinata a la normalidad.
―No me interrumpas. Como decía, uno de tus esbirros quiso darle la del pulpo a unos shinobi de Konoha, seguramente en un intento estúpido de darse a la fuga y ocultar las pruebas de vuestros trapicheos―apretó el agarre en torno al cuello del hombre un poco más, haciendo que se pusiera azul―. El caso es que no solo le salió el tiro por la culata, sino que la mierda con la que pretendíais traficar en nuestro país hizo efecto en uno de esos shinobi que habían ido a deteneros. ―El hombre abrió y cerró la boca varias veces, acusando la falta de aire.
―Niño, lo vas a matar. ―Con un gruñido de molestia Naruto aflojó su agarre. El prisionero clavó su vista en el rubio, con ira contenida. El ser humillado de esa manera seguramente estaba siendo un golpe muy duro para su pose de machito.
―E-eso n-no de-debería…
―¿No debería importarte? Bueno, seguramente en otras circunstancias no, pero… ¿tienes idea de quién era ese shinobi?―El hombre negó con la cabeza, ahora confuso. ¿Por qué el más grande héroe de las naciones ninja se preocupaba por un simple shinobi de su aldea? En las misiones siempre había riesgos… ―Ese ninja, desgraciado, mejor dicho, esa kunoichi se llama Hinata y ¿tienes por casualidad la más mínima idea de quién es? ¿No? Actualizaré tu información―lo acercó un poco más hacia él, haciendo que el hombre se revolviera, intentando librarse del agarre. Detrás, Ino y Kakashi pensaban que Naruto tal vez se estaba empezando a pasar de la raya, pero creían que aquel tipo, en cierta manera, se lo merecía―. Esa chica, esa preciosa kunoichi a la que quisisteis tomar por imbécil, es mi mujer, el amor de mi vida. ¿Entiendes ahora mi interés por bajar aquí a tomarme la molestia de intercambiar saliva con una escoria como tú?―Ante tal declaración por parte del Uzumaki el prisionero se puso pálido. No en vano todos los shinobi conocían el rumor de que si atentabas contra alguien o algo que fuera querido por el portador del Kyūbi este mismo en persona iría a por ti hasta el mismísimo infierno si hiciera falta para hacerte pagar por semejante osadía.
―Y-yo n-no…
―Oh, sé que no lo sabías, pero ahora que lo sabes, dime ¿estás dispuesto a colaborar?―Un destello de desafío asomó a los ojos del hombre. Naruto sonrió de forma escalofriante, cerrando los ojos―. Lo imaginaba. ―Cuando los volvió a abrir, estos ya no eran azules; el cautivo tembló de puro terror al tener dos pupilas del más puro rojo carmesí fijas en él; dos aterradores colmillos se asomaban por las comisuras de los labios del rubio, sus uñas semejaban garras y las marcas en sus mejillas se habían acentuado.
Pero eso no era lo que tenía al hombre pálido como fantasma y temblando del más puro miedo. No. Lo que verdaderamente lo aterrorizaba era aquel extraño zorro de pelaje naranja que por arte de magia había aparecido a las espaldas del chico, rugiendo de forma amenazadora y enseñando fieramente unos largos y afilados colmillos y unas garras que parecían deseosas de hundirse en su carne para desgarrarla sin el más mínimo reparo ni compasión.
Cayó al suelo, temblando como una hoja. Un olor desagradable inundó el ambiente y tanto Kakashi como Ino no fueron capaces de reprimir la mueca de asco: el prisionero se había orinado encima.
―Naruto, es suficiente. ―La voz de Kakashi hizo que un gruñido de lo más gutural saliera de la garganta del chico―. Naruto. ―Volvió a llamar Kakashi. Tras unos segundos; al fin el Uzumaki soltó al hombre, eso sí, de muy mala gana y de muy malas maneras.
―Ya no le dejan a uno divertirse. Qué injusticia. ―El rubio volvió a la normalidad y miró de nuevo para el prisionero, despectivamente. Le temblaban las manos y el cuerpo entero, la sangre hervía en sus venas y le estaba costando un mundo refrenarse para no entrar en aquella jaula y desquitarse a gusto con aquel desgraciado. Si no fuera por un bastardo codicioso como él…
―Creo que lo has amedrentado lo suficiente. Dejemos a Ino trabajar. ―El chico dio un bufido pero echó a andar junto a su maestro, todavía con la ira recorriendo sus venas. Había sentido verdaderas ganas de despedazar a aquel tipo. Por primera vez en mucho tiempo, había sentido auténticas ganas de matar a alguien.
Abandonó el edificio de la división de inteligencia sintiendo un gran malestar en el estómago. No podía ir a casa ahora, estaba seguro de que haría una locura si viera a Hinata en esos momentos. Primero necesitaba tranquilizarse, despejarse y deshacerse de aquellas ansias asesinas que lo impulsaban a volver sobre sus pasos para acabar con el maldito traficante.
Tal vez no le vendría mal entrenar un poco para echar fuera todo el estrés y la adrenalina que sentía. Así que se dirigió a uno de los tantos campos de entrenamiento, para descargar todos aquellos sentimientos que lo estaban ahogando.
Tenía que relajarse antes de regresar con su mujer.
―¡Gracias por su compra!―Hinata correspondió a la educada reverencia de la dependienta y salió de la pequeña tienda de alimentación. Hizo recuento de todo lo que llevaba en las bolsas y asintió.
―Creo que solo me falta algo de carne de cerdo y ya. A ver, la carnicería estaba… ―Echó a andar sumida en sus pensamientos; iba más feliz que una perdiz, pensando en lo contento que se pondría Naruto en cuanto viera que había ramen para cenar aquella noche. Soltó una risita.
Dio con la carnicería y entró, saludando a los dueños y a los clientes que hacían fila. Se puso a la cola, esperando su turno, analizando al tiempo lo que en los estantes se exhibía.
―¡Siguiente!―Hinata avanzó un paso y sonrió al dependiente, un chico joven que enseguida se sonrojó―. Hinata-san ¿qué se le ofrece?―La chica parpadeó, un tanto sorprendida de que el muchacho conociera su nombre. Ahora que lo recordaba, casi todo el mundo la había saludado por la calle desde que había salido de su casa. Curioso. Ella nunca había destacado más allá de por ser la heredera de la rama principal del clan Hyūga. Creía que era invisible para todos.
―Que-querría un poco de lomo de cerdo, por favor. A-así como cinco filetes, cortados finos. ―El chico asintió y cogió el trozo carne correspondiente. Lo puso encima de una tabla y, empuñando un afilado y enorme cuchillo, empezó a cortar. Sacó la cantidad que Hinata le había pedido y se los enseñó. Hinata asintió. El muchacho pesó los filetes y se los envolvió con sumo cuidado, guardándoselos en una bolsa de plástico.
―Aquí tiene. ―Hinata le dio el dinero y cogió la bolsa. Esperó por la vuelta, la guardó en la pequeña cartera que llevaba en el bolso y se despidió.
Cuando salió la temperatura había aumentado unos cuantos grados, dando a entender que ya pasaba del mediodía. Pensó que tal vez debería volver a casa, que quizás podría comer con Naruto si ya había terminado sus asuntos con Kakashi. Echó a andar, asegurándose de equilibrarse bien con el peso de las bolsas.
―¡Hinata!―El grito con su nombre la hizo detenerse. Se volvió y vio a Temari yendo hacia ella. La rubia llevaba también un par de bolsas en las manos―. ¿Haciendo las compras?
―U-um… a-algo así. ―Se sonrojó sin saber muy bien por qué. Temari ladeó la cabeza, esbozando una sonrisa pícara.
―Ya veo… ―Sin saber por qué, sintió que sus mejillas se calentaban más. Temari rio―. No debes avergonzarte por querer prepararle algo especial a tu marido. De no ser por nosotras, los hombres morirían de hambre. ―Hinata se ruborizó intensamente, de nuevo, pero acompañó esta vez a la Nara en sus risas―. Oye ¿te gustaría ir a tomar algo fresquito? De repente se levantó el calor. ―Hinata lo sopesó. A ella le apetecía tomar algún refresco, pero no sabía si estaba preparada para enfrentar de nuevo a sus amigas, a cualquiera de ellas. La conversación de hacía unas semanas aún seguía latente, torturándola.
Al final, y debido a la expresión cada vez más ansiosa de Temari, accedió con un asentimiento de cabeza. ¿Qué tan malo podía ser tomarse una limonada o un refresco con una amiga? Temari la guio hasta una pequeña cafetería que disponía de una agradable terraza con toldo, resguardándolas así del sol.
Ambas dejaron sus compras en el suelo y se sentaron. Hinata se sacó la chaqueta una vez sentada y la dejó caer sobre el respaldo de la silla, aliviando así un poco el bochorno que había empezado a sentir. También agitó su falda, despegándola de sus piernas.
―¿Qué van a tomar, señoritas?―preguntó una chica acercándose a ellas con una pequeña libreta en la mano.
―Para mí una limonada.
―L-lo mismo para mí. ―La camarera lo apuntó.
―Y ¿podría, por favor, ponernos también unos dango?
―Enseguida. ―La muchacha hizo una pequeña reverencia tras terminar de apuntarlo todo y desapareció hacia el mostrador.
―Bueno, cuéntame ¿cómo estás?―Hinata se miró las manos, algo cohibida. Temari siempre la había intimidado un tanto.
―B-bien.
―Ya sé de tus salidas por ahí con Naruto ¿te trata bien?―Hinata asintió―. Eso es bueno. ―El silencio las envolvió unos minutos―. Hinata, yo… la verdad es que quería disculparme, por lo que pasó la última vez en mi casa. ―La peliazul pestañeó y después negó con la cabeza, acompañando el movimiento con sus manos.
―N-no hay nada que disculpar. Cre-creo que yo también exageré u-un poco… ―Temari negó.
―No, nosotras deberíamos haber tenido más tacto, dada tu situación. Pero es que ya casi nos habíamos olvidado de… cómo eras… antes. ―A Hinata le causó mucha curiosidad aquella afirmación. Estaba por interrogar más a fondo a Temari cuando la camarera volvió con su pedido. Dejó una bandeja con varios pinchos de dango en el medio de la mesa, así como dos vasos delante de cada una con una rajita de limón en el borde y la jarra de limonada.
―¡Que lo disfruten!―Cuando la camarera se fue Temari cogió una tira de dango y se la llevó a la boca. Hinata se sirvió limonada y le sirvió a Temari, después ella también cogió una tira de dango. Tomó uno con la boca y lo degustó despacio, tomándose su tiempo mientras pensaba una forma de abordar el tema que llevaba días carcomiéndola.
―Temari-san―se animó al fin. La aludida la miró de forma distraída―. ¿Có-como se supone q-que soy yo… ahora? To-todas me decís que cambié pe-pero… ―La Nara tragó el último dango de su palillo y dejó este sobre la bandeja, tomando otra tira de aquellos dulces.
―¿Realmente quieres saber? Pronto volverás a ser tú así que… ―Hinata negó.
―Ne-necesito saberlo. ―Temari suspiró, llevándose otro dango a la boca.
―No tartamudeas, ni eres tan tímida. Te sigues cohibiendo a veces pero… eres más decidida, más… no sé cómo decirlo… ¿madura? No soy la más indicada para estas conversaciones, Hinata, porque tampoco te conozco de siempre. Tal vez Sakura o Ino te puedan decir mejor que yo. ―La chica negó de nuevo con la cabeza.
―Ne-necesito un punto de vista neutral. Sakura-san e Ino-san solo me dirán cosas buenas porque no quieren lastimarme. P-por eso… ―Temari asintió, comprendiendo. Suspiró y se echó para atrás en su silla, recostándose en el respaldo de la misma.
―Para empezar, no te incomoda tanto hablar de ciertos temas. A decir verdad, en ocasiones te sueltas bastante. ―Hinata enrojeció furiosamente. ¿En serio? ¿Ella hablando sobre sexo? Nunca lo hubiera imaginado―. También te vistes de forma algo distinta, ya no te tapas tanto. Aunque… es gracioso ver a Naruto corriendo a ponerte encima una de sus sudaderas cada vez que se te da por mostrar algo más de piel. ―Hinata ahogó una risa tras su mano―. También das miedo cuando te enfadas, aunque las únicas que han recibido tus miradas de odio han sido las fans de Naruto. No te ofendas, chica, pero tu marido o es tonto o un despistado de narices. ―Hinata rio. Sí, eso sonaba a Naruto.
―A-así que… Na-Naruto-kun tiene… admiradoras. ―Temari asintió.
―Pero no tienes de qué preocuparte, para el caso que les hace. El mismo que una pared a la que le hables: cero. ―Hinata asintió, algo más tranquila a ese respecto. Oírlo de una persona externa a ellos la tranquilizaba en cierta forma.
―Gracias. ―Temari alzó las cejas. Pero al final asintió, quizás comprendiendo un poco el motivo por el que ella le agradecía. Continuaron charlando de cosas más triviales. Hinata le preguntó a la rubia por sus hermanos y si se había adaptado bien a la vida en Konoha. Temari sonrió y empezó a relatarle alguna que otra anécdota por demás graciosa―. ¿De verdad que Gaara-kun hizo eso?
―¡Te lo juro! Según Kankurō, no solo se dedicó a esconderse tras de él, sino que a poco más acaba con el pobre niño… ¿Cómo se llamaba? ¡Ah, sí! Konohamaru.
―Pobre… aunque no hacía a Gaara-kun tan tímido, se supone que debería estar acostumbrado a dar discursos. ―Temari rio, con ganas.
―Sí, pero lo cierto es que antes de hablar en público se pone extremadamente nervioso. Y, esa vez, creo que fue peor porque se trataba de un mensaje para Naruto. A Gaara nunca se le ha dado muy bien tratar con los demás, aunque con Naruto es distinto. ―Hinata sonrió, sintiendo una gran calidez explotarle en el pecho.
―Naruto-kun es especial. ―Temari ladeó la cabeza. Los ojos de Hinata brillaban. Esos dos se amaban, no había duda. Sintió un poquitín de envidia. Shikamaru no era precisamente de derrochar amor por doquier.
Conversaron un poco más hasta que Temari anunció que debía irse. Hinata miró para el reloj de la cafetería y, alarmada, se levantó de golpe, diciendo que ella también tenía que volver a casa. Recogieron las bolsas, Temari pagó, diciendo que la invitaba, se despidieron y cada una emprendió el camino de vuelta a su respectivo hogar.
Hinata iba contenta, con una gran sonrisa en el rostro. Hablar con Temari había despejado algunas de sus dudas, haciéndola sentir, por primera vez en días, segura de sí misma. Dobló la esquina, cavilando sobre lo que hacer de comida, pero sus pasos se detuvieron de golpe al ver una escena ante ella que, ciertamente, no esperaba ver.
Ante la puerta del jardín de su casa, la cual se encontraba abierta, había tres chicas asomadas. Parecían buscar algo ansiosamente con la mirada. La peliazul no tenía que ser adivina para imaginar qué buscaban o, mejor dicho, a quién.
Fue presa de los celos, no pudo evitarlo. Chirrió los dientes y apretó las asas de las bolsas que llevaba en las manos. Con paso decidido, se fue acercando. Las muchachas parecieron percatarse de su presencia, porque al menos tuvieron la decencia de sobresaltarse y ponerse coloradas, seguramente debido a la vergüenza de haber sido descubiertas.
―¿Puedo ayudaros?―preguntó al tiempo que entraba en el jardín y se giraba a mirarlas, con mirada decidida. Hasta a ella le sorprendió la falta de tartamudeo.
―No-nosotras no… ―balbucearon a la vez. Hinata clavó la mirada en ellas, esperando una explicación. No obstante, una de ellas tuvo el descaro de examinarla con sus ojos, de arriba abajo, como evaluándola. Aquello la enfadó.
―Si no queréis nada, deberíais iros, vuestros padres estarán preocupados. ―Se arrepintió de ser tan mezquina, pero simplemente no pudo evitarlo.
―Tú no pareces mayor que nosotras. ―Esas palabras se le clavaron como puñales en el corazón. Sintió que, de nuevo, quería echarse a llorar, pero consiguió reprimir las ganas y retrocedió unos pasos, poniéndose rígida.
―Eso a vosotras no-
―¿Qué pasa aquí?―Aquella voz masculina las hizo respingar a todas. Hinata levantó la vista, topándose con un Naruto en camiseta, todo sudado, con las telas de sus ropas pegándosele al cuerpo y la chaqueta echada sobre uno de sus hombros, los mechones rubios de su corto flequillo pegándosele a la frente. Todo ello haciéndolo ver condenadamente atractivo.
Parecía que venía de entrenar.
De reojo, vio como las tres chicas se lo quedaban mirando embelesadas. Casi podía ver los corazones revoloteando a su alrededor así como oía las risitas tontas y los cuchicheos que se daban entre ellas.
No lo soportó.
Sin saber muy bien lo que hacía soltó las bosas, que cayeron al suelo con un ruido sordo; se acercó al rubio hasta que las puntas de sus pies casi se tocaron, aferró su camiseta con sus manos y, poniéndose de puntillas, tiró de la tela obligándolo a él a bajar el rostro y estrelló sus labios contra los suyos.
Naruto estaba tan sorprendido que tardó unos segundos en procesar lo que estaba pasando. Hinata lo estaba besando. Ella a él, no él a ella.
―¡Espabila, niño!―Dicho y hecho: envolvió sus brazos alrededor del cuerpo femenino, enredando sus dedos en los finos cabellos azulados de su mujer, pegándola más a él y profundizando la caricia.
Se olvidaron del mundo que los rodeaba.
Durante unos breves y preciosos minutos, no existió nada ni nadie más que ellos.
Fin Reacciones ¿exageradas?
Bueno ¿qué os ha parecido? Pesonalmente, me encantó escribir este capítulo, sobre todo por la escena del final. Hinata celosa... siempre imaginé que, aunque nunca la viéramos armar una escena al más puro estilo de Ino o Sakura, tenía que molestarle en cierta manera el que tanta fémina anduviera detrás de su chico ¿no? ¡Y además teniendo en cuenta todo lo que le costó enamorarlo! Sería de lo más lógico y entendible xD.
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Un review equivale a una sonrisa.
*A favor de la campaña con voz y voto. Porque dar a favoritos y follow y no dejar review es como manosearme una teta y salir corriendo.
Lectores sí. Acosadores no.
Gracias.
¡Nos leemos!
Ja ne.
bruxi.
