¡YAHOI! Y llegamos al penúltimo capítulo. Si ya me da nostalgia y emoción con este no me quiero imaginar cuando suba el último. Lloraré, estoy segura. Siempre me da cosa acabar una historia.
Disclaimer: Naruto y sus pesonajes no me pertenecen, son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los uso para pasar el rato.
Buenas noticias
La observaba con cara de estúpido, con una sonrisa boba en el rostro, mientras ella iba y venía por la cocina. Sus gestos y ademanes al cocinar eran nerviosos. Podía apreciar claramente el ligero temblor que recorría sus finos y largos dedos. Sonrió aún más, no podía evitarlo. Aquel beso había sido tan… perfecto.
Supo que había sido algo totalmente impulsivo por su parte, motivado por los celos, cuando aquellas tres niñas salieron corriendo, llorando a lágrima viva. No pudo más que sentirse el hombre más feliz de la tierra, fuegos artificiales explotando en su estómago.
Era algo que amaba de Hinata, de su Hinata: aquellos arrebatos que le daban cada vez que sus fans revoloteaban a su alrededor. Cuando iniciaron su relación, nunca jamás habría imaginado que aquella chica en extremo tímida y tranquila podía llegar a ser tan celosa. Pero no era algo que lo molestara, sino todo lo contrario; además, no podía reclamarle nada, no cuando él se sentía de igual forma respecto a ella. La quería para él y solo para él. Solo esa muchachita de ojos perla podía sacar su faceta más posesiva y caprichosa.
Captó como Hinata lo miraba por el rabillo del ojo y le sonrió, apoyando la mejilla contra su palma. La reacción fue inmediata: un tremendo sonrojo cubrió sus pálidas mejillas y Naruto soltó una risita.
―L-la comida ya es-está. ―Naruto se levantó y comenzó a poner la mesa, en lo que Hinata terminaba de apagar los fogones y dejar la cocina lo más recogida posible. La ayudó a llevar todo al comedor.
―Ittadakimasu. ―Hinata lo imitó y pronto la casa se sumió de nuevo en el silencio. Se notaba que la chica estaba incómoda, pero Naruto decidió no hacer mención a lo que había pasado. Sabía por experiencia que si decía algo al respecto Hinata se retraería aún más y no le dirigiría la palabra en una semana por lo menos, por lo avergonzada que se sentiría.
Era frustrante, lo reconocía. Con los años y la convivencia mutua, Hinata había ido dejando gran parte de su timidez a un lado, así como la vergüenza. No es que no le gustara tener de vuelta a la adorable adolescente que había sido, era la mar de divertido verla enrojecer y taparse la cara por cualquier nimiedad, como hacía un par de días, cuando sin querer lo pilló saliendo del baño tan solo con unos pantalones cortos, el torso desnudo al aire. Él había alzado las cejas y Hinata se había puesto más roja que un tomate, corriendo a encerrarse en la habitación.
Eso sumado a que la pobre todavía era incapaz de ayudarlo a poner la lavadora y echar la ropa a secar, seguramente por el miedo que tenía a toparse con las prendas íntimas de ambos, lo hacía a veces querer echarse a reír a carcajadas a la par que darse de golpes contra la pared.
Terminaron de comer y la observó de nuevo. Hinata se levantó y empezó a recoger los platos, los cuencos y los vasos. Naruto la siguió hasta la cocina, se puso tras ella, alargó los brazos rodeando el cuerpo femenino y, con suavidad pero con firmeza, le quitó los cacharros de las manos. La sintió temblar ante el contacto y fue consciente del calor que empezó a crecer en su estómago cuando, al moverse ella para intentar salir de entre el hueco de sus brazos, sin querer sus nalgas rozaron cierta parte masculina.
Naruto maldijo para sus adentros y se esforzó por ignorar aquella sensación maravillosa que amenazaba con invadirlo y hacerle perder el control. Levantó un brazo para dejarla así salir y se pegó lo más que pudo al fregadero, para tratar de esconder su estado.
―Yo lavaré. ―Hinata lo miró unos segundos y asintió, no queriendo discutir. Lo dejó fregando y ella se escabulló hacia el pasillo, subió las escaleras y se metió en la habitación, cerrando la puerta tras de sí.
Una vez dentro se dejó caer sobre la cama, con una mano sobre el corazón, intentando mitigar los alocados latidos del mismo.
―Naruto-kun. ―Se le escapó en un suspiro. Cerró los ojos evocando la escena del beso y sintió como el calor invadía su rostro de nuevo. No sabía de donde había salido semejante atrevimiento por su parte, pero estaba más que claro que no se arrepentía ni un poquito de haberlo besado, ni de ser ella la que iniciara la caricia. Había sido de lo más placentero el sentir no solo sus labios acariciando los suyos, sino también sus manos en su espalda, los cuidadosos dedos de Naruto enredados en su cabello, haciéndole cosquillas con las yemas de los dedos en la nuca.
Se mordió el labio inferior y cerró los ojos, evocando ahora la cálida y abrasadora sensación que sintió hacía apenas unos minutos, cuando él se colocó a su espalda rodeándola con sus brazos, sus manos grandes y cálidas sobre las suyas, su cuerpo pegado al suyo.
Se giró sobre el colchón y se encogió en posición fetal, como si así pudiera deshacerse de todo lo que estaba sintiendo en esos momentos. Siempre había sido consciente de que Naruto era fuerte, mucho, y de que tenía un más que bien formado cuerpo con músculos marcados y definidos. Siempre recordaría la primera vez que había sentido la boca secársele junto a la imperiosa necesidad de ir junto a él y abrazarlo por la espalda, de sentir su piel contra la suya.
Claro que no se había atrevido a hacerlo, pero ahí fue cuando se dio cuenta de que, pese a su timidez, ella también podía sentir atracción hacia el sexo opuesto. Claro que no era (al menos no en esos momentos) una experta en el tema. Su conocimiento al respecto de las relaciones íntimas entre hombres y mujeres consistía en una escueta charla que Natsu, la sirvienta del clan Hyūga que las atendía a ella y a Hanabi desde niñas, le dio nada más venirle la regla por primera vez. Simplemente se había dedicado a decirle que se mantuviera alejada de los chicos para conservarse pura hasta el matrimonio, tal y como mandaba la tradición.
Claro que luego empezaron a venir las charlas con sus amigas y aquella electricidad que la recorría cada vez que Naruto, el chico que amaba, la tocaba, aunque fuera por accidente.
Suspiró. Habían pasado semanas desde que le habían dicho lo que había pasado con su cuerpo y su mente. Tsunade especulaba que su memoria no había sido borrada, sino que seguramente las drogas que había absorbido tenían bloqueada parte de su cerebro, impidiéndole acceder a esos recuerdos. Unos recuerdos que Hinata suponía serían maravillosos.
Unos golpes en la puerta la hicieron incorporarse de golpe.
―Hinata ¿estás dormida?―La voz de Naruto la hizo sentir cosquillas en el estómago.
―N-no. Pa-pasa. ―Se sentó en la cama en lo que la puerta se abría. Naruto quedó de pie, con una mano en el pomo de la puerta y la otra metida en uno de los bolsillos del pantalón. No pasó desapercibida para ella la sombra de dolor y tristeza que opacó durante unos segundos el brillo característico de sus ojos azules, cuando estos recorrieron la habitación. Se sintió culpable―. ¿O-ocurre algo?―preguntó, intentando aligerar la tensión. El rubio recompuso su expresión y le sonrió.
―Ha llamado Hanabi. Quiere verte. Le he dicho que puede venir o, si prefieres, puedes ir tú a-
―Q-que venga. ―Naruto asintió.
―Vendrá a merendar. Tendrás que preparar mucha comida, Hanabi come por diez. ―Se rio y su risa contagió a Hinata, disolviendo al fin la incomodidad de ambos.
―E-en ese caso necesitaré salir a comprar… ―Naruto metió la otra mano en el bolsillo y fijó la mirada en Hinata.
―Puedo ir yo, si quieres. Solo dime lo que necesitas. ―Hinata lo pensó. No quería molestar al rubio, pero sabía por experiencia que preparar una merienda para su hermana menor era todo un reto. No era que Hanabi la obligara a hacerlo, pero Hinata siempre la había consentido demasiado en ese sentido. Se había esforzado siempre para suplir las carencias afectivas que habían padecido durante su infancia, porque no quería que la pequeña se sintiera como ella se había sentido tras la muerte de su madre.
―D-de acuerdo. ―Se levantó, buscando con la mirada lápiz y papel. Adivinando sus pensamientos, Naruto sonrió, se acercó con paso seguro a una de las mesillas de noche y abrió el primer cajón, extrayendo de su interior una pequeña libreta junto con un bolígrafo. Antes de que lo cerrara, la peliazul pudo atisbar un libro y algunos coleteros desperdigados en el interior.
Naruto le tendió la libreta y el bolígrafo y, más que nerviosa, los tomó. Abrió el pequeño cuaderno y empezó a escribir aprisa, intentando por todos los medios no levantar la vista, segura de que los ojos azules de Naruto no habían dejado ni un segundo de observarla.
Cuando terminó arrancó el papel y se lo dio al chico, quien lo dobló y lo metió en uno de los bolsillos. Ella se quedó ahí, mirando como él iba hacia el armario, lo abría y sacaba una chaqueta naranja con capucha y cremallera. Vio como se la ponía y la abrochaba hasta la mitad. Luego le sonrió y se acercó a ella, se agachó a su altura haciendo que se le subieran los colores a causa de la cercanía. Lo oyó reír entre dientes para acto seguido sentir sus labios tibios en su cabeza, provocando que se le cortara la respiración.
―Volveré enseguida. ―Salió de la habitación, dejándola sola, con una sensación de felicidad pero también de vacío.
Aquella necesidad de sentirlo cada vez más cerca estaba empezando a abrumarla. Y no era tan tonta como para no darse cuenta de que Naruto ansiaba cada vez más su contacto. Siempre parecía estar buscando excusas para rozarla o tocarla, aunque fuera por accidente.
¿Tanto la echaba de menos? ¿A su yo adulto? Por primera vez en todos aquellos días, suplicó a los dioses que Sakura, Tsunade y Shizune encontraran pronto la forma de devolverla a la "normalidad".
Odiaba ver al chico al que amaba cada vez más hundido en la tristeza.
―Mu-muchas gracias por su compra. ―La joven que lo atendía le devolvió el cambio con un tenue sonrojo en su rostro, mirándolo con algo parecido al deseo. Naruto guardó las monedas y cogió la bolsa, ignorando a la chica olímpicamente. Salió de la pequeña tienda y sacó del bolsillo la nota que le había escrito Hinata antes de dejar su casa. Tachó la mermelada de frambuesas (la favorita de Hanabi) y la ralladura de coco. Sonrió. Aquello le dijo que Hinata, seguramente, planeaba hacer algunas de sus deliciosas galletas. De solo pensarlo se le hacía la boca agua.
Emprendió de nuevo el camino, ahora hacia la panadería. Notaba las miraditas y los suspiros a sus espaldas, cosa que empezó a molestarlo ligeramente. Al principio, cuando todo esto empezó, ni siquiera entendía muy bien de qué iba el rollo. Es decir, él nunca había sido popular, y menos entre las chicas. Poco a poco, gracias en parte a sus amigos, lo fue comprendiendo. No mentiría, le había halagado en su momento tener tanta atención de parte de la población femenina de Konoha. Pero aquella sensación se había esfumado para ser reemplazada con molestia en cuanto empezó a salir con Hinata. Sobre todo porque todas parecían mirar mal a la chica de la que se había enamorado.
Las reacciones motivadas por los celos no se habían hecho esperar hasta el punto de que tuvo que intervenir dejando bien claro que solo tenía ojos para su novia y que dejaran de molestarla. Con eso habían parado de acosarlo y acosar a Hinata, pero ahora que toda la villa se había enterado de lo que pasaba con su mujer (algo que no entendía porque no es como si lo hubiesen ido publicando por ahí) habían vuelto a perseguirlo como perritos falderos.
Bufó, fastidiado, al percatarse de un grupito que lo observaban desde una esquina, sacándole fotos con aquellos nuevos aparatos llamados teléfonos móviles. Hizo como que no las veía, internándose al fin en una de las tantas panaderías de la calle.
Hizo su pedido al hombre de detrás del mostrador y este se apresuró a atenderlo. Pagó, revisó la lista de la compra una vez más, cerciorándose de que lo llevaba todo y, asintiendo para sí mismo, satisfecho, la guardó de nuevo. Reparó entonces en el reloj de la tienda, dándose cuenta de que debía apresurarse en volver.
Abandonó la panadería y se dirigió presuroso de vuelta a su hogar. Las mismas jovencitas de antes lo seguían entre risitas tontas. Suficiente. No iba a volver a permitir que se acercaran a su casa. Bastante mal le habían hecho ya a Hinata.
Frenó en seco y las muchachitas pararon a su vez. Entonces ellas parpadearon, la mar de confusas, al ver que de pronto su héroe y objeto de admiración había desaparecido en apenas un parpadeo.
―¿Os divertís?―Chillaron, espantadas ante la voz masculina, teñida de un claro tono de enfado.
―Na-Naruto-senpai. ―Retrocedieron, algo avergonzadas al haber sido descubiertas―. No-nosotras…
―Os agradecería que dejarais de seguirme. Es molesto'ttebayo. ―Las jóvenes pestañearon.
―Lo sentimos―dijo una, claramente nerviosa.
―So-solo… queríamos verlo y…
―¡Invitarlo a merendar!―gritó una―. Bu-bueno… s-si tiene tiempo y… ―Naruto rodó los ojos, mirándolas desde toda su altura.
―Chicas, de verdad, de verdad que esto es molesto. ―Ellas parecieron entristecerse, pero eso no lo detuvo―. Mirad. ―Llevó la mano al cuello, metiéndola entre el cuello de su camiseta, sacando de debajo de la tela una cadena de la que pendía un anillo. Se lo quedaron mirando, anonadadas―. ¿Lo veis? ¿Sabéis lo que significa?―Agitó la cadena, haciendo que la alianza se balanceara ligeramente con el movimiento―. Significa que quiero a mi mujer y que no voy a dejarla. Significa que tenéis que parar de una vez de perseguirme.
―Pero… los rumores… ―A Naruto comenzó a hinchársele una vena en la sien.
―Falsos―dijo, tajante―. Hinata está bien, así que parad ya. Os lo estoy pidiendo por las buenas. No me obliguéis a hacerlo por las malas. ―Y dicho esto se largó, dejándolas allí plantadas y con el corazón destrozado.
Al fin llegó a su casa y nada más abrir la puerta un olor dulce lo recibió. La desagradable escenita con sus admiradoras quedó en el olvido nada más llegar a la cocina y ver a su esposa concentrada en la tarea de echar en un molde la mezcla para un pastel, ataviada con un delantal blanco que le quedaba algo largo y la cara manchada de harina.
Esperó a que finalizara su tarea y se le acercó por detrás, dejando caer su barbilla sobre su cabeza, sonriendo al ver cómo de repente su pequeño cuerpo se paralizaba y como sus dedos comenzaban a temblar, todavía sujetando el bol donde había hecho la mezcla. Rio internamente. Nunca se cansaría de sorprenderla.
―Ya volví―susurró. Hinata tragó saliva.
―Bi-bienvenido. ―El rubio levantó uno de sus brazos y depositó a su lado la bolsa con las compras. Pronto Hinata olvidó su nerviosismo para concentrarse en revisar que se hubiera acordado de traer todo lo que le había pedido. Asintió, satisfecha, y se giró a verlo con los ojos brillantes, provocando un sinfín de sensaciones en el estómago del Uzumaki―. Mu-muchas gracias, Naruto-kun. ―La chica se impulsó sobre sus talones, tomando valor, para depositar un tierno y cálido beso en la bronceada mejilla masculina. El jinchūruki tuvo que morderse el labio inferior, haciendo uso de toda su fuerza de voluntad para no girar el rostro y chocar sus labios con los femeninos; para no posar sus manos en aquel pequeño cuerpo que cada día lo encendía más.
Joder, nunca pensó que la abstinencia fuera tan mala de llevar.
―La culpa es de Ero-sennin y de Kakashi-sensei―se dijo una vez se hubo lavado el rostro con agua bien, pero bien fría. Sabía que por la noche tendría que hacer lo propio con su cuerpo.
―Eres demasiado bueno, Naruto. Yo que tú…
―¡Cállate, maldito zorro! ¡Yo no soy un pervertido!
―No, claro. ¿Quieres que te recuerde…
―¡NO!―rugió mentalmente a su bijū, colorado hasta las orejas, teniendo una idea de las imágenes que el Kyūbi querría mostrarle con el único fin de aumentar su tormento.
―Yo no puedo meterme contigo pero sí tengo que aguantar tus… sueños y tus… momentos a solas…
―¡Joder, Kurama, ya está bien! ¡La culpa es tuya por aparecerte cuando no debes!―gritó en voz alta, dejándose caer sobre el váter, restregándose el rostro, cansado.
Sí, vale, lo admitía: echaba de menos el sexo con Hinata. Pero es que ¡vamos! Su mujer estaba buena, la amaba y ¡mierda! No había día desde la primera vez que estuvieron juntos que no se buscaran el uno al otro, siempre y cuando sus obligaciones se lo permitieran, claro.
Pero, también era consciente de que no podía acercarse a Hinata con esas intenciones, no ahora mismo, al menos. Ella era en estos momentos una adolescente y él un veinteañero. Que él supiera no tenía complejo de asaltacunas, y menos aún intención de asustarla de ninguna de las maneras.
Suspiro una vez más, ignorando los latidos entre sus piernas.
Solo Kurama podría haberlo puesto peor de lo que ya estaba. Maldito zorro.
―¡Onee-sama!
―¡Hanabi!―Las dos hermanas se abrazaron en el vestíbulo. La menor restregó su mejilla contra la mayor, haciendo enrojecer a Hinata―. Ha-Hanabi…
―¡Eres tan suave, hermana!―El rojo en el rostro de Hinata se intensificó; por el rabillo del ojo Hanabi vio como su cuñado desviaba la vista con un rictus de molestia en el rostro. Rio internamente―. ¿Cómo estás?
―Bi-bien… ―Las dos chicas se dirigieron a la sala, sentándose en uno de los sofás. Naruto suspiró para acto seguido menear la cabeza.
―Hinata―la chica se giró―, os dejaré a solas. Iré a entrenar. ―Abrió la boca para protestar, para decirle que no era necesario, que quería que él se quedara, pero Hanabi no le dio tiempo a decir nada.
―¡La cuidaré bien!―Naruto frunció el ceño ante la sonrisa para nada inocente que se pintaba en el rostro de su cuñada, pero lo dejó pasar. Hanabi solo lo hacía para molestarlo. Parecía que fastidiarlo era su hobby favorito.
En cuanto las dos hermanas quedaron a solas Hanabi no pudo menos que reparar en la fabulosa merienda que seguramente su onee-sama había preparado. Hinata se había esforzado a lo grande; sus ojos brillaron al ver prácticamente todos sus dulces favoritos extendidos en la pequeña mesa de centro―. ¡Eres la mejor, onee-sama!―Volvió a abrazarla, haciendo reír a Hinata, quien le devolvió el gesto, contenta de ver a su hermana feliz―. ¿Cómo estás? ¿Naruto-nii-sama te trata bien?―Ante la pregunta la peliazul no pudo menos que enrojecer furiosamente. Hanabi ladeó la cabeza con una sonrisa pícara―. Has recordado algo ¿a que sí?
―¡N-no! ¡Na-nada en especial!―Los ojos blancos de la pequeña se clavaron en la mayor, ampliando su sonrisa. Levantó la mano y meneó el dedo en señal de negación.
―A mí no puedes engañarme, onee-sama. ―Hinata desvió la vista, buscando algo con lo que distraer a su cotilla hermanita.
―¡A-aún no has probado las galletas! ¡Ni el pastel! ¡Y, mira, hay tu mermelada favorita… ―La risa alegre de Hanabi provocó que un nuevo rubor cubriera su rostro.
―Vamos, onee-sama. Solo estamos tú y yo. Puedes confiar en mí. ―Hinata empezó a jugar con sus dedos, gesto que no pasó desapercibido para Hanabi. Hacía años que su hermana había dejado de hacer aquel tic, pero todavía le aparecía cuando estaba extremadamente nerviosa o avergonzada por algo.
―M-me besó. Y l-lo besé. Y m-me a-abrazó y… ―Se cubrió la cara con las manos, incapaz de decir nada más. Hanabi volvió a sonreír. A pesar de la vergüenza que seguramente su hermana mayor sentía en esos momentos, Hanabi también detectaba una inmensa felicidad en ella. Aquello la alegró. Todos en el clan Hyūga estaban preocupados por la situación de Hinata, sobre todo por la decisión de Naruto de cuidarla él en semejantes circunstancias. Su padre dudaba seriamente que su yerno pudiera con aquello, pero ella sabía que los sentimientos de su cuñado eran verdaderos, y que jamás de los jamases haría algo que pudiera dañar a su hermana.
Sonriendo, feliz, se inclinó para coger el plato con deliciosas galletas y lo puso sobre su regazo. Agarró una y se la llevó a la boca, mordiendo un pedazo. ¡Deliciosa! ¡Y eran sus favoritas! Hinata la consentía demasiado, claro que no iba a ser ella la que se quejara. Antes muerta que dejar de comer los ricos postres que preparaba Hinata.
―Eres muy divertida, onee-sama. ―Hinata descubrió al fin su rostro y parpadeó, observando a su hermana degustar lentamente una de las galletas que había hecho esa tarde―. No es nada raro que un marido bese a su mujer. ―Hinata se ruborizó de nuevo, haciendo reír a Hanabi de nuevo―. ¿No ha pasado nada más?―La extraña sonrisa que tenía ahora Hanabi le dijo que aquel interrogatorio iba para largo.
Sonrió, meneando la cabeza. Le alegraba que Hanabi siguiera siendo la misma niña enérgica y metomentodo.
En el campo de entrenamiento de siempre, Naruto peleaba contra Sai y Lee. Se habían encontrado los tres por casualidad, todos con la misma idea en mente de estirar los músculos y dejar de pensar durante un rato, distraerse de las preocupaciones cotidianas.
El rubio sonreía, ya sin la chaqueta puesta con el cuerpo cubierto de sudor. Kurama también parecía disfrutar aquellos minutos de ejercicio físico, con la adrenalina recorriendo su sistema.
Cuando se dieron cuenta habían pasado ya un par de horas, pero el trío de muchachos seguía a lo suyo. Ninguno parecía en exceso cansado, a pesar de las gruesas gotas de sudor que resbalaban por sus pieles; así como la falta de ropas superiores.
Después de otro rato dándose de golpes fue Sai el que decidió que era hora de un descanso. Los tres se dejaron caer a la sombra de un árbol, jadeantes por el esfuerzo pero con una gran sonrisa de satisfacción en sus rostros.
―¡Naruto-kun, sigues igual de enérgico que siempre! ¡Se nota que la llama de la juventud sigue ardiendo con fuerza en ti!―Naruto rio entre dientes, ignorando la pose "guay" de su amigo de ropajes verdes. Al otro lado, Sai también esbozó una sonrisa, mientras guardaba sus aparejos de pintura.
―Me sorprendió un poco verte hoy por aquí. Pensé que estarías en casa con Hinata. ―La expresión del contenedor del Kyūbi se ensombreció ante la mención de su esposa por pate de Sai, pero enseguida se recompuso, esbozando una sonrisa que al pelinegro le pareció un tanto forzada.
―Está con Hanabi. Vino a merendar a casa. Intuí que preferían estar solas y las dejé.
―¡Eres un marido de lo más considerado, Naruto-kun! ¡Hinata-san tiene suerte!―El aludido volvió a reír con una gotita de sudor resbalando por su nuca.
―Te equivocas, cejotas. ―Lee pestañeó―. Soy yo el que tiene suerte―susurró Naruto. Sai sonrió ante las palabras de su compañero de equipo.
―Tienes razón. Lo raro es que Hinata te aguante. Y que tuviera la paciencia de esperarte todos esos años. ―Ahora, Naruto miró para su (próximamente) muerto (ex) amigo.
―Sai ¿Qué te hemos dicho de pensar las cosas antes de decirlas?
―No tengo ni idea de lo que me estás hablando. ―El ex ANBU de Raíz amplió su extraña sonrisa, haciendo que Lee mirara a sus amigos confuso y que Naruto hiciera un puchero, cual niño pequeño caprichoso.
―Se lo diré a Ino'dattebayo. ―Ante la mención de su novia, la sonrisa confiada en el pálido rostro de Sai flaqueó, haciendo que fuera ahora el rubio el que formara una amplia sonrisa de triunfo con sus labios.
―¡Sai-san, Naruto-kun, sois afortunados!―Lee lloraba ahora emocionado. Naruto suspiró. ¿Por qué parecía estar solo rodeado de raritos?
―Mira quién fue a hablar… ―Oyó la voz de Kurama en su mente.
―¿Qué insinúas, Kurama-idiota?
―Que el más raro de todos eres tú, niño. ―Naruto bufó, haciendo respingar a sus dos acompañantes.
―¿Kurama-san?―Naruto asintió ante la pregunta de Sai.
―Últimamente no hace más que tocarme los-
―¡Más respeto, ingrato! ¡Si no fuera por mí… ―Naruto puso los ojos en blanco.
―Sí, sí, lo que tú digas―masculló, cansado de sus conversaciones mentales con el zorro. Levantó la vista al cielo y, viendo que el sol ya estaba casi por empezar a ocultarse, decidió que era hora de regresar a su hogar. Ya le había dado tiempo más que suficiente a Hanabi para estar con su hermana. Ahora le tocaba a él.
Se puso en pie, sacudiendo lo más que pudo sus ropas. Se puso de nuevo la camiseta y la chaqueta y se despidió de Lee y de Sai. Lo cierto es que estaba más tranquilo y con la mente más despejada después de haber liberado el estrés acumulado con aquella tarde de entrenamiento. Llevaba días sin apenas separarse de Hinata, dejando a un lado sus obligaciones y su rutina como shinobi debido a la situación que vivía su mujer. No se quejaba, había sido decisión suya cuidar de la peliazul y no se arrepentía. Era su deber como su esposo. Sabía que ella se culpaba por lo sucedido, que pensaba que no era más que una carga para él, pero el rubio se encargaba de borrarle aquellos pensamientos nada más estos se reflejaban en su cara.
Hinata era su razón para existir, para vivir, para caminar, para respirar. Era su otra mitad, su todo, su alma gemela, el amor de su vida. Aunque aquella adolescente en la que se había convertido no lo creyera sabía que la Hinata de su edad, la Hinata con la que llevaba dos años conviviendo sí lo creía, lo sabía. Él se había encargado de dejárselo bien clarito y en botella en cuanto empezaron a salir.
Sonrió sin poder evitarlo, recordando uno de aquellos momentos tan preciosos que guardaba en su memoria: ella toda sonrojada, entre sus brazos; él gritando a pleno pulmón que la amaba; todo ello ante la estupefacta mirada de muchas de sus fans, quienes decían que solo aceptarían como pareja de su ídolo a Haruno Sakura, haciendo sentir mal a la mujer que verdaderamente ocupaba su corazón y sus pensamientos.
Sonrió de nuevo. Buscó las llaves de su casa en los bolsillos y la metió en la cerradura, abriendo la puerta.
―¡Ya estoy en casa!―Le extrañó no recibir respuesta y, más aún, el que hubiera tanto silencio. ¿Habría salido Hinata? ¿Tal vez a acompañar a Hanabi de vuelta a la mansión Hyūga para pasar un poco más de tiempo de calidad con su hermana? Se descalzó, se despojó de su arrugada chaqueta y caminó hasta la sala, con el ceño fruncido.
Se encontró no solo con Hinata y con Hanabi, sino también con Sakura. Las tres estaban calladas, las tres con semblante serio. Hinata algo más pálida de lo normal. Se asustó. En dos zancadas se plantó ante la peliazul y la tomó del rostro; el miedo emanando de todos los poros de su piel.
―¡¿Estás bien?! ¡¿Ha pasado algo?!―Hinata no decía nada, con sus ojos perlados apuntando al suelo. El miedo se convirtió en puro terror.
―Naruto. ―La firme voz de Sakura lo sacó de su trance. Sin soltar a su mujer retorció el cuello para poder mirar a su mejor amiga―. No ha pasado nada. Hinata está bien. ―Quiso creerla, pero la falta de reacción de la peliazul lo hacía dudar seriamente de las palabras de la Haruno.
―Na-Naruto-kun―la dulce voz de su esposa lo estremeció. Se volvió a mirarla, y le desconcertó ver sus preciosos ojos plateados llenos de lágrimas no derramadas.
―¡Hinata!―La apretó contra su pecho, la angustia recorriendo cada fibra de su ser―. ¿Qué es lo que- ―Una risita por pate de Hanabi acrecentó su molestia.
―No sabía que fueras tan melodramático. ―Naruto la fulminó con la mirada, sin dejar de abrazar con fuerza a Hinata contra su cuerpo. Sakura suspiró, frotándose la frente con una de sus manos.
Naruto era un exagerado cuando de Hinata se trataba. Aunque no pudo evitar sentir una pizca de envidia.
―Ella está bien, Naruto. Puedes soltarla. Déjala respirar. ―La respuesta del rubio fue estrechar aún más fuertemente el pequeño cuerpo de la ojiperla contra sí. Sobra decir que el corazón de Hinata retumbaba como loco en su pecho. El olor de Naruto la inundaba, la mareaba. Era una sensación simplemente maravillosa y no iba a ser ella la que rompiera ese contacto tan cálido. Sakura suspiró de nuevo. Cuánto drama para nada―. Ella está bien―repitió la pelirrosa―, si hemos venido es para daros buenas noticias. ―Los ojos azules se tiñeron de una ligera confusión.
―¿Buenas noticias?―Sintió a Hinata removerse y aflojó un poco su agarre, el suficiente para que ella pudiera despegar el rostro de su camiseta y mirarlo directamente.
―Sa-Sakura-san dice que pu-pueden devolverme a… a mi yo actual. ―Los azules orbes de su amado se abrieron como platos. Hinata sintió cómo el corazón del Uzumaki comenzaba a latir descontrolado bajo sus palmas. Un pequeño rubor cubrió sus mejillas sin que pudiera evitarlo. Se preguntó si su yo adulto se sentiría de igual forma cerca de él.
―¿L-lo dices de verdad, Sakura-chan?―la aludida asintió―. ¿D-de verdad?―La esperanza que vio reflejada en el rostro del Uzumaki hizo que algo se revolviera en su interior.
―Al fin hemos podido identificar las sustancias que el cuerpo de Hinata absorbió. Mañana tendremos listo un antídoto para contrarrestar los efectos. Deberás traerla al hospital por la mañana sin falta. ―Naruto asintió repetidas veces, todavía sin soltar a Hinata. Hanabi se acercó a ambos tortolitos y abrazó a su hermana mayor, separándola así de una vez del rubio.
―¡Me alegro mucho, onee-sama!―Hinata asintió, con una expresión indescifrable en su níveo rostro. Mientras, Naruto acompañó a Sakura hacia la entrada.
―Gracias, Sakura-chan, de verdad. No sé cómo… ―Sakura lo interrumpió haciendo un gesto con la mano, como quitándole importancia al asunto.
―No tienes que decir nada. ―Ambos sonrieron y acto seguido el jinchūruki la abrazó. Sakura se permitió unos segundos entre sus brazos. Siempre la había gustado la forma en que Naruto la abrazaba: suave pero firme, cálida y amable. Era una sensación de calma y seguridad que no sentía con nadie más que con él.
Se separó al fin y se despidió del chico con una última sonrisa, abandonando así el hogar Uzumaki. Hanabi la siguió casi al instante, pellizcando cariñosamente el brazo vendado de su cuñado antes de salir por la puerta.
Cuando al fin se vio a solas con su mujer, Naruto regresó a la sala. Se sentía repleto de felicidad. Una ancha sonrisa adornaba su bronceado rostro y sus ojos brillaban más que nunca. Al verlo, Hinata sintió que su corazón se rompía.
Desvió la vista al suelo, sentada en uno de los sillones, incapaz de mirarlo en estos momentos. Ni ella misma entendía por qué se sentía de aquella manera: tan triste, tan angustiada, tan rota de repente.
―¿Hinata?―Su voz hizo que un escalofrío bajara por su espalda. Apretó la falda que llevaba puesta, arrugándola y clavándose las uñas sin quererlo. Lo sintió agacharse a su altura, frente a ella, pero se negó a levantar la vista―. ¿Qué te pasa?―La preocupación era notable en el tono. Negó con la cabeza, incapaz de hablar. Si ahora abría la boca estaba segura de que se echaría a llorar, y lo último que quería era hacer sentir mal al hombre al que amaba. Él no tenía la culpa de sus confusos sentimientos.
Naruto suspiró. Amaba a Hinata, pero a veces lo exasperaba esa manía suya que tenía de encerrarse en sí misma y no querer compartir con nadie, es decir, con él, con su marido, sus preocupaciones o sus miedos. Cuando empezaron a salir tuvo que armarse de toda la paciencia que no tenía para que ella, poco a poco, dejara atrás sus inseguridades y se abriera a él.
Lo habían superado, por supuesto, él era Uzumaki Naruto y nunca se rendía, sobre todo en lo que tenía que ver con ella, con Hinata, con la mujer que amaba con locura. Pero verla ahora de nuevo en ese estado lo enfadaba.
Sabía que era absurdo, porque la Hinata que estaba ahora mismo con él no era más que la adolescente tímida y asustadiza que había sido en el pasado, y ella no tenía la culpa de estar así pero…
Lentamente, con delicadeza (algo muy poco común en él) levantó una mano y la posó en una de las pálidas mejillas femeninas. La acaricio unos segundos con el pulgar, sintiendo como el pequeño cuerpo de la chica se estremecía con el suave contacto. Afianzó el agarre y la obligó a mirarlo. Sus ojos perlas destilaban ansiedad, como si algo muy gordo la estuviera carcomiendo por dentro. Suspiró de nuevo.
―¿Qué ocurre? Sabes que puedes confiar en mí'ttebayo. ―Hinata apretó aún más la falda entre sus manos, al tiempo que se tensaba. Tomó valor para hablar. Necesitaba sacarse las dudas de encima o estas acabarían por ahogarla.
―T-tú… ¿m-me odias?―Naruto se paralizó ante la pregunta. Sus ojos se abrieron con la más absoluta sorpresa y su boca formó una perfecta o. Retiró la mano que mantenía en el rostro femenino y la miró, ahora con los ojos entrecerrados.
―Hinata ¿de dónde has sacado eso?
―He si-sido una carga pa-para ti, l-lo sé. T-tú n-no me quieres a mí si-sino a… ―La angustia le apretaba cada vez más el nudo que tenía en la garganta, asfixiándola. Las lágrimas amenazaron con derramarse impunemente de sus orbes perlados.
Naruto bajó la cabeza, mascullando maldiciones. Ahora por fin lo entendía. Se restregó el pelo varias veces, desesperado, no sabiendo muy bien qué decir para quitarle esas absurdas ideas de la cabeza.
Cierto era que cuando eran adolescentes él no se le había acercado mucho, no al menos hasta poco después de que regresara de sus casi tres años de entrenamiento con Jiraiya, cuando, por alguna razón, descubrió que le gustaba tener la presencia de Hinata cerca. Claro que en aquellos tiempos era un imbécil que no se dio cuenta del por qué, estaba muy ocupado con otros asuntos y no se paró a analizar las cosas como debería haber hecho.
También se sentía tremendamente culpable por haber ignorado su sincera declaración, aunque ese tema ya lo habían hablado y, al menos en lo que concernía a ese asunto en concreto, ya todo estaba zanjado.
Si pudiera regresar en el tiempo golpearía a su yo pasado por imbécil. Incluso a su yo de doce años, por hacer preguntas estúpidas en su momento ante los sonrojos y desmayos de la muchacha. Cuando al fin lo comprendió, años después, se había sentido el hombre más feliz de la tierra: nunca hubiera esperado que alguien, y menos alguien como Hinata, lo amara desde hacía tanto tiempo y con tanta intensidad.
Hinata estaba empezando a temblar de angustia y miedo, pensando que no debería haberle dicho nada. Mañana todo se solucionaría y…
Un grito de asombro escapó de su garganta cuando, de pronto, se vio elevada en el aire entre unos brazos bronceados que ella conocía a la perfección. Ahora era Naruto el que estaba sentado en el sillón, con ella sobre su regazo. Las manos masculinas subieron hasta su rostro y se lo sujetaron, obligándola a mirarlo.
―Hinata―la voz de Naruto sonó ronca; un escalofrío la recorrió de pies a cabeza―, escúchame bien: no hay ni habrá fuerza en el universo que haga que deje de amarte, ni en esta vida ni en ninguna otra―los ojos plateados se abrieron con sorpresa―. Tú eres el motor de mi existencia ¿entiendes? No importa la edad ni el aspecto que tengas: te amo simple y llanamente por ser tú. ―Ahora sí, gruesas lágrimas se desprendieron de los orbes femeninos―. Nunca jamás has sido una carga, no para mí. En todo caso el que debería pedir perdón soy yo, por haberte hecho tanto daño en el pasado. Si pudiera retroceder en el tiempo… ―Los delgados brazos de Hinata lo rodearon por el cuello, abrazándolo. Naruto cerró los ojos con una sonrisa y enterró el rostro en la curva del cuello femenino, dejando que el olor de Hinata lo envolviera.
―L-lo siento―se disculpó la chica―. Y-yo… ―Naruto negó, haciendo que con el movimiento su nariz rozara con la piel pálida, suave, de su mujer.
Había sido una tonta. ¿Cómo había podido creer que Naruto fingiría, mentiría, diciendo que la amaba? Ella, que decía conocerlo bien, que sabía que el rubio jamás sería capaz de jugar así con los sentimientos de nadie, había sido la primera en dudar de su sinceridad.
―Está bien―dijo el portador del Kyūbi al cabo de un rato de estar en la misma posición―. Sé por qué lo has dicho. ―Se separó al fin de ella y la miró directo a los ojos, con una amplia sonrisa―. Pero, como te dije, no me importa qué edad tengas; tú sigues siendo Hinata, mi Hinata. ―Al fin, una preciosa sonrisa apareció en el rostro de la peliazul. El corazón de Naruto se aceleró: aquella era su sonrisa, la que ella guardaba especialmente para él.
Y no pudo resistirse más: la tomó de la nuca, estiró el cuello y la besó. Hinata cerró los ojos, disfrutando del contacto y afianzando las manos en los hombros masculinos.
No fue un beso apasionado, sino uno cariñoso, plagado de ternura y sentimientos.
Y Hinata supo en ese momento que amaría a ese hombre por el resto de sus días, que no importaba si se tenía que quedar como una adolescente para toda la vida, lucharía para ser la mujer de la que Naruto se había enamorado, para hacer que él volviera a sonreír como siempre.
Su sonrisa la había salvado en innumerables ocasiones. Era su turno de hacer algo por él.
Fin Buenas noticias
¡Bien! Parece que pronto Hinata podrá volver a la normalidad y eso es bueno para nuestra pareja favorita ¿verdad? Ay, qué monos que son, por Dios.
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Gracias.
¡Nos leemos!
Ja ne.
bruxi.
