Hola! Esta es una historia que ha estado en mi cabeza por cierto tiempo y he decidido escribirla como one shot. Espero que les guste y que me dejen sus comentarios.

Gracias por leer.


Regina estaba de pie sosteniendo la puerta de la taberna, era incapaz de mover un solo musculo; estaba asustada de tan solo pensar en acercarse al hombre en el que tenía la vista fija. Tinkerbell le había dicho que ese hombre era su alma gemela, su oportunidad para ser feliz y amar nuevamente; pero aun así no podía moverse, el hombre está ahí, sentado bebiendo una cerveza y aun resplandecía con un poco de luz verde que había provocado la magia del hada.

—Entra o sal linda. — Escuchó decir a un hombre regordete, con una gran barba y al que evidentemente le hacía falta un buen baño.

La morena desvió la vista al suelo y dio un par de pasos hacia atrás, dejando que la puerta se cerrara frente a ella. Segundos después, caminó a paso lente para salir del callejón a la plaza y en su cabeza se maldijo por ser tan cobarde. Con las manos en la cadera caminaba de un lado a otro tratando de decidir si regresaba o no a la taberna.

Cuando estuvo decidida a regresar al castillo, el impacto de su cuerpo contra el de un hombre la detuvo. Sintió los brazos del hombre tomarla por la cintura para evitar que ella cayera al suelo y fue ahí cuando levanto la vista y pudo ver unos preocupados ojos azules observándola.

—Lo siento milady, no la vi. — Se disculpó él.

Regina abrió la boca para decir algo pero se quedó callada. Estaban tan cerca que ella podía notar el olor a cerveza en el aliento del hombre. Segundos después, ella movió los brazos para zafarse de los fuertes brazos del hombre y después dio un par de pasos hacia atrás.

—Debería tener más cuidado. — Habló la morena en un tono molesto.

—De nuevo, me disculpo. Estaba algo distraído.

—Está bien. — Respondió ella sin darle mucha importancia.

Regina se pasó una mano por su frente y después se cruzó de brazos dando media vuelta mirando hacia las copas de los árboles que rodeaban la plaza en la que se encontraba.

—¿Se encuentra bien? Se ve algo acongojada. — Preguntó el hombre avanzando hacia ella.

La morena rodo los ojos y dio media vuelta para mirar de una manera fulminante al hombre.

—No es nada que le interese.

El hombre hizo una mueca y levanto las manos mostrando las palmas en señal de paz. Él solo quería ser amable y lo único que había conseguido era una chica molesta, muy hermosa, pero realmente molesta.

—Discúlpeme por entrometerme, mi intención no era ofenderla ni mucho menos molestarla. — La morena no dijo nada y solo desvió la vista al suelo. — Si le sucede algo, yo puedo ayudar. — Insistió él.

—No necesito ayuda de nadie…

El hombre volvió a levantar las manos y sin decir nada más dio media vuelta y comenzó a caminar. Había decidido salir de la taberna para tomar aire y definitivamente necesitaba regresar adentro por otra cerveza después de aquel raro encuentro. Al llegar a la puerta de la taberna se detuvo y giro la cabeza, observando por encima de su hombro a la hermosa chica morena quien se pasaba las manos por el rostro y miraba para todos lados como si esperara que algo pasara.

Maldijo entre dientes por ser tan débil ante una mujer en apuros y se recargo en la pared de la taberna mientras miraba a la mujer. Regina giro la cabeza al sentirse observada y se encontró con los ojos azules del hombre de cabello castaño. Ella lo observo por unos segundos vestía ropa de campesino: simples pantalones cafés, botas y una camisa blanca; sin duda el sabría el camino de vuelta al castillo.

Regina comenzó a caminar hacia él, dando pasos cortos y titubeantes. Se tomó las manos jugueteando nerviosamente con sus dedos y cuando estuvo frente a él, su vista se concentró en el suelo.

—En realidad. — Habló ella con timidez. — Me vendría bien un poco de ayuda.

El hombre sonrió de medio lado y hecho la cabeza hacia atrás mientras se cruzaba de brazos.

—Pudo haberlo dicho desde el principio milady. — Alardeo él. — Aunque no estoy seguro si la puedo ayudar.

—Entonces no te hubieras ofrecido desde un principio. — Se quejó ella.

—No la puedo ayudar si no me dice lo que necesita. — Continuó él.

—Necesito llegar a un lugar. — Regina no estaba segura en decir que quería llegar al castillo, pues tal vez si el hombre supiera quien era, él querría aprovecharse de su posición y pedirle un jugoso pago. — Esta al norte del bosque, pero la verdad no sé cómo llegar.

—Ese no es problema. Conozco el bosque como si fuera la palma de mi mano.

—Entonces, ¿Me ayudaras? — La morena levanto la vista y sus ojos brillaron con cierta esperanza.

—Eso depende…

—¿De qué?

—Del pago. — El hombre volvió a sonreír de medio lado y Regina rodo los ojos.

—¿Qué es lo que quieres? — Preguntó ella cruzándose de brazos.

—Un trago. — Respondió él encogiéndose de hombros.

—Claro, cuando lleguemos allá te daré todo el dinero que quieras para que te lo gastes en tragos…

—No. — Interrumpió él. — Quiero un trago ahora mismo. Quiero que te tomes un trago conmigo.

—¿Eso es todo? — Regina frunció el ceño.

—Así es.

La morena observo al hombre con algo de desconfianza y él solo sonrió y se encogió de hombros.

—Está bien.


Robín estaba recargando ambos brazos en la barra de la taberna esperando con impaciencia los dos tarros de cerveza que había pedido. Afuera, en un banco de madera, lo esperaba una hermosa mujer de cabello oscuro y ojos grandes y cafés. No podía creer la suerte que había tenido de encontrarla en ese lugar, una mujer así de hermosa no se veía todos los días por el pueblo y ahora él se había ganado, o más bien cobrado, un par de tragos con ella a cambio de que la escoltara a la parte norte del bosque. Tomarían el trago afuera porque ella no quería estar rodeada de un montón de hombres ebrios, en sus palabras.

El hombre detrás de la barra deslizo los tarros de cerveza hacia él y Robín dejo caer varias monedas en la madera.

—¿Te vas tan rápido? — Preguntó el hombre.

—Tengo algo que hacer Clause. — Robín le dio un sorbo a su cerveza. — Espero que eso sea suficiente para pagar la cuenta.

El hombre miro las monedas sobre la barra y las tomo con cuidado, observándolas con mucha atención.

—Lo tuyo si, lo de tus hombres no estoy seguro.

—Que ellos se encarguen… Tienen suficiente dinero del botín de hoy.

Robín tomo el otro tarro de cerveza y comenzó a caminar fuera de la taberna. Cuando empezó a acercarse a la plaza, pudo observar que la mujer no estaba sentada en donde él le había indicado y él frunció el ceño.

Cuando salió completamente del callejón, pudo verla de pie extendiendo las manos para detener al hombre que buscaba acercársele. Robín no tardo más segundos en reaccionar y comenzó a caminar con pasos largos y apresurados; puso los tarros sobre una de las mesas de madera y continúo caminando hacia la mujer.

Inmediatamente, él se colocó frente a ella impidiéndole el paso al hombre y lo aventó poniéndole las manos en el pecho.

—¡¿Qué crees que haces?! — Le dijo el frunciendo el ceño y con un tono de voz alto.

—Tranquilo, solo quiero divertirme un poco. — Respondió el hombre arrastrando las palabras, estaba claramente ebrio.

—Ella está conmigo. — Robín sintió como la mujer se ocultaba detrás de él mientras el hombre se les quedaba viendo.

—¿Y no quieres compartirla? — El hombre ebrio sonrió y se relamió los dientes de una manera asquerosa.

Robín le lanzó un puñetazo a la cara y el hombre se tambaleo hacia atrás poniéndose la mano en la mejilla.

—Te dije que está conmigo. — Dijo él recalcando cada palabra.

El hombre escupió la sangre que tenía en la boca y miro a Robín con cierto resentimiento.

—Está bien… No quiero problemas.

Robín siguió protegiendo a la mujer con su cuerpo mientras el hombre daba media vuelta para alejarse.

—¿Está bien milady? — Preguntó él dando media vuelta para observar el rostro asustado de la morena. Ella solo asintió y se tomó los brazos mirando hacia el suelo. — Lamento que esto haya pasado. Nunca debí dejarla sola.

—Suerte que llegaste a tiempo…

—Tranquila, mientras esté con Robín Hood, no correrá ningún peligro.

—¿Robín Hood? — Preguntó ella alzando una ceja. — ¿Tu eres Robín Hood? El ladrón.

—A su servicio. — Robín sonrió y se inclinó a hacer una pequeña reverencia.

—Eres uno de los ladrones más buscados en todo el reino, ¿Sabes lo que te pasaría si los guardias reales te encontraran?

—Pero eso no va a suceder. — Se apresuró a decir él — Por qué este será nuestro secreto.

Robín sonrió y observo que la mujer aun lo observaba con cierta sorpresa y ella solo lo miro, ahí de pie, dándose cuenta de lo apuesto que el ladrón era.

—¿Podemos irnos ya? — Preguntó ella sacudiendo la cabeza.

—Aun no… Me debe un trago, ¿No lo recuerda?

—Bueno. — La morena rodo los ojos — Pero que sea rápido, tengo prisa.

El ladrón asintió y ambos comenzaron a caminar hacia la mesa en donde Robín había dejado los tarros de cerveza y ambos se sentaron en los bancos de madera quedando uno frente al otro.

—Creo que estamos en desventaja milady. — Robín dio un trago de cerveza sin quitar la vista de la mujer.

—¿A sí? ¿En qué? — Respondió ella tomando el tarro entre sus manos.

—Usted ya sabe quién soy yo, pero yo no sé quién es usted.

La mujer sonrió y jugueteo un poco con el tarro entre sus dedos. Titubeo un poco antes de responder, pero lo hizo.

—Regina, mi nombre es Regina.

—Es un bonito nombre. — Comentó Robín con una sonrisa de medio lado.

Ambos se miraron y le dieron un trago a su tarro de cerveza. Regina hizo una mueca ante el sabor del contenido. Ella nunca había bebido cerveza, solo había probado de los más finos vinos que había en el bosque encantado.

—Entonces Regina, ¿Por qué quieres ir con tanta urgencia a la parte norte del bosque? — Preguntó Robín arqueando una ceja mientras dejaba su tarro de cerveza en la mesa.

—Allá es donde vivo. — Respondió ella recargando los brazos en la mesa.

—Una parte muy acaudalada del bosque… Muy cerca del castillo.

—Así es. — La morena no le dio mucha importancia y bebió otro trago de cerveza, esta vez haciendo una mueca más leve ante el sabor.

—Entonces debes de asistir a muchos bailes, a fiestas increíbles y divertidas, como son las del palacio.

—Pues no son tan divertidas. — Se quejó la morena mientras se encogía de hombros — La gente solo asiste para criticar la comida o lo que llevas puesto.

—¡Vamos! ¿Nunca has disfrutado ninguna de esas fiestas? — Preguntó Robín con incredulidad.

Regina negó con la cabeza y dio otro sorbo a la cerveza, esta vez no hizo ninguna mueca y hasta mantuvo el líquido en su boca por unos segundos. Se estaba acostumbrando al sabor.

—Todas igual de aburridas.

—¿Y qué tal los bailes? Sin duda debes disfrutar cuando bailas.

—No mucho, no bailo muy seguido. — La morena clavo la vista en la mesa.

Tenía años que no bailaba por diversión. El rey siempre bailaba con su hija y los hombres que la invitaban a bailar eran tan aburridos que todo se volvía monótono.

—Pues, eso está a punto de cambiar. — Robín se tomó todo el contenido de su tarro de un trago y se limpió la boca con la manga de la camisa antes de levantarse de su asiento.

—¿Qué estás haciendo? — Regina frunció el ceño mientras miraba al ladrón.

—Vamos a bailar.

Él sonrió y extendió su brazo hacia ella. Regina lo observo con la boca abierta e incredulidad. La morena dejo escapar una pequeña sonrisa y negó con la cabeza mientras tomaba la mano del ladrón.

—Ni siquiera hay música.

—No la necesitamos. — Robín tomo la otra mano de Regina y la condujo hasta en medio de la plaza. — Escucha a los grillos y las ramas de los árboles. Esa es nuestra música.

Regina volvió a sonreír y observo como el ladrón hacia una reverencia. Ella respondió de igual manera y dejo que Robín la tomara de la mano y por la cintura, acercándola a su musculoso cuerpo.

Él olía a bosque y cerveza; su tacto era cálido y delicado; sus movimientos eran lentos y acompasados a pesar de la falta de música y ella solo lo seguía. Regina lo miro a los ojos claros y curveo los labios en una pequeña sonrisa. El hombre era bastante atractivo, con esa piel algo tostada por el sol y esa tierna sonrisa que no se le borraba del rostro. Él la miro con tanta intensidad que ella le respondió con un suspiro y de pronto sintieron que el mundo se desvaneció a su alrededor.

Robín la miraba, y no podía parar de sonreír. Ella era hermosa, sus ojos cafés, que estaban fijos en los suyos, sus mejillas afiladas, su nariz pequeña y sus labios carnosos hacían que no hubiera mujer más bella que ella.

Por un impulso, Robín tomo a la morena entre sus brazos y la levanto del suelo dando un pequeño giro y ella dejo escapar una carcajada y el ladrón no pudo evitar sonreir ante aquel sonido melódico de su risa y la miro a los ojos, sintiendo sus respiraciones mezclarse; segundos después, él dejo a Regina en el suelo, con lentitud y delicadeza, y la tomo por la cintura haciendo que ella rodeara su cuello con sus delgados brazos. Ambos seguían moviéndose rítmicamente y Regina desvió la mirada cuando sintió las mejillas enrojecer y pudo notar como las pocas personas que pasaban por el lugar se les quedaban viendo como si fueran un par de locos. La morena sonrió tímidamente y escondió la cara en el hombro del ladrón, recargando su mejilla. Robín recargo su cabeza en la de ella y aspiro su delicioso aroma sintiendo el calor de su cuerpo. Estaban tan cerca que sus cuerpos se movían como uno.

Regina se sintió demasiado cómoda entre los brazos de aquel hombre y se dio cuenta que ya no bailaban, solo estaban ahí apoyándose el uno del otro. La morena se separó lentamente del cuerpo firme del ladrón solo para mirarlo a los ojos. Ella quería decirle algo, pero no podía, estaba perdida e hipnotizada por aquel hombre; lo cual era bastante raro, pues apenas lo conocía, se había topado con él por accidente mientras buscaba a su supuesta alma gemela y ahora no quería apartarse de su lado. Pero, sabía que tenía que hacerlo. Robín le sonrió y levanto su mano para acariciarle la mejilla con la yema de sus dedos. La morena recargo su rostro en la mano del ladrón con una tierna sonrisa y su mirada bajo al brazo del hombre cuando una marca llamo su atención.

Era él. Él era el hombre del tatuaje de león. Él era a quien había visto sentado, resplandeciendo con luz verde. Él era el hombre a quien ella no se había atrevido a conocer. Y de pronto todo tuvo sentido; las cosquillas en la columna vertebral y en el estómago, la necesidad de suspirar mientras la abrazaba y el no querer apartarse de él. Según Tinkerbell, él era su alma gemela y aunque ella no se había atrevido a buscarlo, él la había encontrado.

—No puede ser… — Susurró ella, aun con la vista en el tatuaje.

—¿Pasa algo? — Preguntó compungido el ladrón.

—No, nada. — Regina se separó lentamente de él, deslizando sus manos por sus fuertes brazos. — Creo que ya debo irme.

Robín hizo una mueca y asintió desganado. Estaba pasando un momento realmente mágico con la hermosa morena, pero él sabía que una mujer así, ni en mil años estaría a su alcance.

—Está bien.

Regina se dio cuenta de que la actitud del ladrón había cambiado y se sintió mal por haber arruinado aquel momento, pero se había puesto tan nerviosa al ver aquel tatuaje que no se le ocurrió que más hacer más que decir que se tenía que ir. Lo más extraño para ella, fue las sensaciones que había comenzado a sentir sin saber que aquel ladrón era su destino.

Robín se pasó las manos por el cabello y le indico con la mano a la morena que comenzara a caminar. Regina avanzó con pasos lentos y titubeantes y espero a que el ladrón estuviera a su altura para levantar la vista hacia él.

—Gracias por acompañarme.

—Fue un trato. — Respondió él encogiéndose de hombros.

—Fue una noche increíble. — Confesó ella con timidez y extendió su brazo buscando la mano de Robín. Él ladrón se sorprendió ante el gesto pero no lo detuvo; él solos sonrió y observo a Regina quien le sonreía de una manera tan hermosa que su sonrisa se hizo aún más grande.

—Creo que fue una casualidad muy linda encontrarte. — Las palabras salieron solas, sin permiso y el ladrón quiso maldecir al haber dicho eso.

—O tal vez fue el destino. — Respondió ella.

Ambos se miraron y sonrieron. ¿Destino o Casualidad? Depende desde que ángulo se viera. Porque tal vez estaba en el destino aquel encuentro, pero fue casualidad que sucediera en ese momento.


Caminaron por el bosque en silencio, mirándose de reojo y sonriendo con timidez. Iban tomados de la mano y la luna les alumbraba el camino. Ambos caminaban en el mismo sentido y no solo por la dirección de sus pasos.

El camino se hizo corto y en cuestión de minutos alcanzaron la parte norte del bosque. Se podía ver el castillo a lo lejos y la pequeña villa que lo rodeaba. Regina se detuvo y miro a Robín quien le dedico una pequeña sonrisa. Ella no pudo contenerse y lo abrazo con efusividad. El ladrón la envolvió fuertemente con sus brazos apretándola a su cuerpo y enterrando su cara en el largo cabello oscuro de Regina.

—¿En dónde habías estado todo mi vida? — Susurró él.

—Estuve un poco ocupada. — Respondió ella y se separó un poco del ladrón para poder mirarlo — Aunque siendo sincera, no entiendo en que.

Robín le sonrió y le acaricio la mejilla haciendo que su tatuaje se asomara por la manga de su camisa. La morena se aclaró la garganta y le acaricio el brazo en el que tenía su tatuaje.

—¿Te puedo contar algo? — Preguntó la morena.

—Adelante.

—Hoy, un hada me dijo que yo podía encontrar a mi alma gemela con su ayuda y ella lanzo un hechizo que me llevo hasta la taberna en donde nos encontramos. — Robín frunció el ceño sin entender lo que Regina estaba diciendo. — Ella me señalo a un hombre que estaba sentado bebiendo una cerveza y él resplandecía bajo la luz verde del hechizo… Yo estaba muy asustada y no pude entrar a la taberna, no tuve el valor. Ese hombre, mi alma gemela, tenía un tatuaje en el brazo. — Regina tomo el brazo del ladrón en donde tenía el tatuaje y lo levanto un poco mientras se mordía el labio inferior — Un… tatuaje de león.

Robín la miro y abrió los ojos como platos; movió la boca un par de veces tratando de pronunciar alguna palabra y la morena solo sonrió.

—¿Era yo? — Habló él aun sorprendido.

—Siempre has sido tú.

Regina le sonrió y se paró en las puntas de los pies dándole un corto y dulce beso en los labios. Robín se quedó tan sorprendido que no pudo hacer ni decir nada y solo se quedó ahí, de pie, observándola alejarse.