La de Mari Carmen es la típica casa de pueblo del norte, de dos plantas y paredes de piedra. Una más de las de la pequeña localidad de la cuenca minera asturiana. A ambos lados de la puerta de entrada, dos bancos corridos de madera aguardan en el exterior, sobre una estrecha acera de hormigón. Frente a ellos, un pequeño jardín: las plantas a las que dedica gran parte de su tiempo. Una hilera de rosales frente a los que crecen distintas plantas, bulbosas que se se van sucediendo según la época del año: peonías, narcisos, freesias, gladiolos... un jardín cuidadosamente mantenido que revela, si lo miramos atentamente, una curiosidad: no hay flores en él. No es que las plantas no florezcan, sino que los capullos desaparecen poco antes de abrirse.

Mari Carmen sale de casa. Bajita, la melena canosa. La ropa, sencilla pero impecable, le hace sin embargo parecer mayor de lo que es. Mil ideas en la cabeza, en plena ebullición. Una pena (el marido, ya difunto). Una preocupación (el hijo mayor). Otra preocupación, menor (el hijo pequeño). Una última preocupación, la cajita de pastillas que lleva en el bolso, que es la que en estos momentos le lleva hacia la farmacia.

- Que mire, don Gonzalo. Que yo pensé «pues dejo de tomarlas, que me atontan mucho». Y me puse fatal, no pude.

Don Gonzalo no suele estar cara al público; prefiere dejar a sus empleados el trato con los pacientes y encargarse del papeleo o de elaborar las fórmulas magistrales en el laboratorio. Pero ayer Blanca salió antes de trabajar y le tocó atender en el mostrador.

- No mujer, estas pastillas no puede dejar de tomarlas de golpe, ¿no se lo dijo el médico? Mire: ¿por qué no viene usted mañana, que estará Blanca y puedo atenderla mejor?

«Hay que ver, con lo seco que parece este hombre» piensa Mari Carmen, con la remota esperanza de que el farmacéutico le preste más atención que su médico de cabecera. De momento, le invita a pasar a un pequeño despacho en la parte trasera de la farmacia. La caja de pastillas pasa del interior del bolso a la mesa del despacho.

- Yo ya las tomé cuando el accidente de mi Ramón. O igual eran otras, no recuerdo. Bueno, el caso es que entonces no las tomé mucho tiempo, pero esta vez, llevaré cerca de un año con ellas, y según me sienta yo, pues me tomo más o menos... ya sabrá usted, con lo de mi hijo estoy que no vivo. Se va a matar él, y me va a matar a mí.

Don Gonzalo asiente. El hijo mayor de Mari Carmen es uno de los toxicómanos que suelen acudir a la farmacia a intercambiar las jeringuillas usadas por otras nuevas. Alto, moreno, delgado. Siempre acude solo. Parece tranquilo. Don Gonzalo duda si tratar el tema con la paciente (obviamente la pobre mujer necesita que la escuchen) o centrarse en asesorarle sobre la medicación.

- Pero no está viviendo con usted, ¿no? - pregunta finalmente.

- No. Él, de muy jovencito ya se construyó su casa en una finca del padre y se fue a vivir solo. Imagínese: fiesta tras fiesta, así acabó... Yo creo que lo del padre le tocó en mala edad... Si no vamos a verle el hermano o yo es casi como si no existiera; pero ahí está, como... como un fantasma... y el hermano... que a veces yo me siento mal, porque pienso que le he desatendido...

- No diga eso, mujer. Estas cosas son muy difíciles, no se sienta usted mal. ¿No ha acudido a alguna asociación, a algún psicólogo...?

- ¡Ya fui! ¡Para lo que me sirvió! Que le eche de casa me dijeron, ¡si no vive conmigo! Mire Don Gonzalo, perdóneme si le estoy quitando tiempo con mis penas, pero déjeme contarle una cosa. Mi marido, salía de trabajar de la mina y se iba a emborrachar al chigre, ¡con los guajes tan guapos y listos que teníamos! Y le daba igual. Nunca le faltó la comida hecha, la ropa limpia, mi compañía en la cama cuando volvía a casa, demasiado borracho para apreciarla. Nunca me puso la mano encima, pero lo mismo hubiera dado. Y a mí nadie vino a decirme que me separara ni nada parecido, porque aquello era normal.

Mari Carmen hace una pequeña pausa, antes de seguir.

- Un hijo me cae en la droga y me vienen diciendo que soy, una palabra que no oí en mi vida, que soy una codependiente, que ni techo ni comida le de, que tengo que dejarle que toque fondo. ¿Tocar fondo? Se estrelló contra él el desgraciado, y ¿mejoró algo? Nada, yo diría que empeoró. - suspira - Total, que no hay nada que hacer. Yo al menos ya no sé que hacer. Sé que él lo intentó, intentó dejarlo y no pudo. Alguna vez vino a casa y pasaba unos días malísimo, para nada, porque al poco tiempo robaba algo de casa y desaparecía... volvía a su casa, a las andadas. ¿Centros? Ya estuvo y no aguantó... - suspira - Y yo, claro, pues hay días que tiro de las pastillas... pero es que me atontan, que me atontan mucho...

- ¿Lo ha comentado con el médico?

- Sí, pero no me hace caso. ¡Me dice que para qué las quiero dejar, si me van a hacer falta!

- ¿Cuántas toma al día?

- Pues ya le digo... según el día... para dormir todos los días, de día... pues según.

- Bien, mire... si quiere dejar de tomarlas, o quedarse sólo con la de la noche... como le decía, si quiere dejarlas tiene que ser poco a poco, ni se le ocurra hacerlo de golpe. Yo puedo facilitarle unas pautas, pero primero tenemos que saber cuantas toma.

- Ya le digo, depende del día...

- ¿Por qué no lo va apuntando? Y sería conveniente que su médico esté al tanto.

- Yo... yo ya se lo digo, si usted insuste, pero para el caso que me hace...

- Bueno, pues empezamos por ahí. Apunta usted cuantas toma y vamos hablando, si le parece bien.

- Gracias, don Gonzalo. Muchas gracias...