Al entrar en la cocina vio la bolsa sobre la mesa y supo, de inmediato, lo que su madre le iba a pedir. No obstante, aprovechando que ésta estaba de espaldas, en el fregadero, fingió no haberla visto.

- Mama, me voy.

- Vale, hijo - Mari Carmen se seca las manos con un trapo y se vuelve hacia Berto - oye, - duda antes de continuar, por un lado siente que es injusta con su hijo menor por pedirle este favor - ¿podrías pasarte y llevarle algo de comida a tu hermano? Iria yo pero... no puedo controlarme, ya lo sabes, y creo que lo pongo peor...

- No es esto lo que nos dijeron de hacer.

- ¡Ya! ¿Y acaso funcionó lo que nos dijeron?

Berto suspira. No, no puede decirse que hubiera funcionado. «Con Suso ya no hay nada que hacer», piensa con pena para sus adentros.

- Hijo, ¿tú crees que por llevarle algo de comer empeoramos las cosas? Al menos... al menos le echas un vistazo a ver como está.

«Pues cómo va a estar: mal».

- Vale, mamá, me pasaré.

Media hora más tarde, el coche de Berto se detiene junto a la casa de su hermano. Gira la llave para apagar el contacto mientras piensa en la última vez que subió allí. La última vez que se vieron. No había sido muy agradable. Berto suspira antes de abrir la puerta, espera ser capaz de contener los nervios esta vez. Y si no, piensa, pues me largo y se acabó. Venga, se apremia, que sea lo que Dios quiera. Coge la bolsa con la comida y se acerca hasta la entrada de la casa. La luz está encendida pero no parece haber nadie dentro.

- ¡Suso!

No hay respuesta. Se asoma, no ve a nadie, mira a su alrededor, en el exterior, hasta ver, unos metros más allá, el viejo sillón rojo donde a su hermano le gusta sentarse a mirar el paisaje. Recuerda el día que Suso rescató el sillón, que un vecino iba a tirar a la basura, para llevarlo a su casa en la finca. Prácticamente todo el mobiliario de la misma tiene el mismo origen, a veces manteniendo su aspecto antiguo, otras pintado de colores, lo que junto a los dibujos de las paredes y las columnas y unos troncos apilados de manera peculiar en el exterior le dan a la casa un aspecto distintivo. Tan suyo, tan de Suso.

- Suso, repite de nuevo Berto al acercarse al sillón. Pero al ver a su hermano, súbitamente comprende que algo va mal.

- Suso - repite, más nervioso, sacudiendolo ligeramente - ¡Suso, joder, dime algo! - lo sacude de los hombros, más violentamente. Los párpados de Suso se mueven, sus labios se separan ligeramente pero no llega a abrir los ojos ni a articular palabra.

- ¡Suso, coño! - Berto recurre a darle un par de tortazos, si esto no funciona...

No funciona. Tiene que darse prisa, al menos si no quiere quedarse sin hermano. Y no quiere. No quiere. Así que lo arrastra como puede hasta el coche y empieza a conducir camino al hospital. De vez en cuando le habla, lo sacude, le pide que se despierte, que aguante. Lleno de rabia, le insulta. Después le pide que no se muera. Suso no reacciona.

Por fin llegan a Urgencias. Por fin.

- ¡Sobredosis! - exclama ante la primera enfermera que se cruza al pasar la puerta. Ésta le hace un gesto a otra compañera:

- ¡Una camilla! - y volviéndose hacia Berto le pregunta - ¿sabes si ha tomado algo más? ¿Pastillas?

- No sé. ¡No creo! Es mi hermano.

- Pasa por el mostrador, por favor - le dice, después de que un celador le ayude a tumbar a Suso, que está extremadamente pálido y empezando a ponerse azul. La camilla desaparece por un pasillo.

Tras dar los datos en el mostrador, Berto se sienta en una silla de la sala de espera. Suspira. Un instante después, se derrumba y empieza a llorar desconsoladamente.