Ver las cosas desde arriba.
La idea que ha venido ocupandome la mente los últimos meses.
Cambiar de perspectiva. Ver las cosas desde arriba. Como los pájaros volando por el cielo. Podía imaginarmelo...
Pero al abrir los ojos veía que todo era mentira. Que estaba a ras de suelo. Como una cucaracha. Más abajo, incluso... como en la mina.
Esto es muy raro. Ahora, en este mismo momento... estoy viéndome a mí mismo desde arriba.
Debo de estar muerto.
Tendido sobre una camilla, lívido, flaco, rodeado de desconocidos con batas blancas buscando una vena medio decente para inyectarme el chute de naloxona. El antídoto. La resurrección.
Me miro. Es duro ver la realidad de uno mismo, mi cuerpo más muerto que vivo, las marcas de los pinchazos, mi delgadez. Todas mis miserias. Pero no siento pena ni desprecio por mí mismo. Sólo la sensación de que todo está bien, tal como está.
Siento una calma absoluta. Es una sensación muy agradable. Nunca me había sentido tan bien. No, ni en el mejor chute. Bueno, os voy a ser sincero, sí, se le parece un poco. Pero sólo un poco; esto es mejor.
Si me quedo aquí, está bien. Si vuelvo, también. Me abandono a mi destino.
Me llegan los sonidos de este hospital. Un recién nacido llora, un anciano dice adiós, una señora de mediana edad recibe con alegría el alta y la noticia de que podrá salir de este lugar.
Todo está bien.
Alguien llora por mí.
Un médico pide una nueva dosis de poción mágica para revivir a un hombre sin esperanza.
El fármaco cruza por mi sangre hasta llegar a su destino.
Mis pulmones se llenan de aire un instante antes de que mis ojos se abran.
La visión se desvanece.
