1 de septiembre del 2017
Hermione Granger se encontraba en la entrada de King's Cross. Aquel día era el único que se tomaba libre en el Ministerio de Magia, fuera de sus vacaciones. Y no era para menos: era el día en que sus hijos partían hacia el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Despedirse de Rose por primera vez iba a ser difícil. Todavía no había entrado a la plataforma 9 ¾ y ya sentía la angustia en forma de nudo en su garganta. Que rápido pasaba el tiempo… sentía que había sido ayer mismo cuando ella se despedía con efusividad de sus padres, saludándolos mientras el tren se alejaba.
No te angusties – se repetía a si misma – todavía tienes un año más a Hugo en casa antes de que vaya a Hogwarts también.
Aquel era un consuelo vago, lo sabía perfectamente pero el hecho de tener durante 12 meses más a su hijo constantemente con ella, le daba fuerzas para despedirse de su hija mayor.
Miró ansiosa su reloj de pulsera: había quedado con Ron de verse directamente en la Estación. Él era quien llevaría a los niños hasta allí, en parte porque Hermione tenía horarios rígidos que cumplir ya que su puesto demandaba absoluta responsabilidad, y en parte porque desde hacía meses que él venía hablando del nuevo coche muggle que había adquirido, alegría que se había visto en alza al haber podido sacar la licencia de conducir dos días atrás.
- Déjame llevarlos hasta la Estación, los chicos se van a divertir – le pidió Ron con una sonrisa – sé que Harry se maneja en coche todo el tiempo pero los chicos están ilusionados con ver manejar a su padre.
Por supuesto que tenía ciertas dudas en cuanto a seguridad (No por nada ella era la Jefa del Departamento de Seguridad Mágica), pero no podía dejar de admitir que el pelirrojo más allá de su eterna impulsividad jamás haría algo que pusiera en peligro a sus hijos.
De modo que allí estaba, haciendo sonar nerviosamente su tacón contra el suelo frío de King's Cross. La niebla generada por el vapor de la locomotora era bastante espesa, la castaña suspiró resignada no pudiendo evitar darle otro vistazo a la hora, rogando porque Ron llegara a tiempo.
Unos minutos más tarde cuando Hermione repasaba mentalmente las palabras de disculpas que tendría que darle a Minerva McGonagall por no llegar a tiempo al Expresso de Hogwarts, vió tres cabezas pelirrojas que se distinguían en la multitud borrosa. Con paso apresurado fue hasta ellos, agachándose para darle un beso a Rose, y un abrazo breve pero sentido a Hugo. Una vez que se puso nuevamente en pie, alzó una ceja inquisitivamente hacia el padre de sus hijos.
- Hey, ¡no me mires así! El tránsito es una locura, me costó encontrar un lugar cercano para estacionar – se excusó el pelirrojo mirándola con una disculpa grabada en sus ojos azules – lo importante es que llegamos a tiempo.
La castaña rodó los ojos con impaciencia pero no rebatió sus palabras. Aquel día era muy importante como para andar discutiendo por cosas menores.
- Albus y James ya deben estar acá ¿Verdad? – Rose tironeó del traje de su madre con ansiedad. Su madre la miró tiernamente ¡No podía creer que su pequeña ya tuviera once años! Podía reconocer la euforia que sentía su amada pelirroja en aquellos ojos avellanas exactamente iguales a los suyos.
- Estoy segura que ya deben estar en la plataforma – Le aseguró ella, ganándose una sonrisa de su pequeña
- ¿Entonces que estamos esperando? ¡Vamos! – con impaciencia la niña empujó con fuerza el carrito, ayudada por su padre quien no pudo evitar reír ante la emoción de ella. Por lo general Rose era igual de correcta y tranquila que su madre pero eso no significaba que no fuera en esos momentos una niña más, entusiasmada por ir por primera vez al colegio más famoso de todos. Hermione le extendió la mano a su hijo quien no dudó en tomarla para acercarse a la plataforma.
- ¡Hola! – dijo Albus con evidente alivio al ver a sus primos. Rose, que ya llevaba su túnica nueva de Hogwarts, lo miró sonriente.
- ¿Pudiste estacionar bien? – le preguntó Ron a Harry – yo sí. Hermione no confiaba en que aprobara el examen de conducir de muggles ¿Verdad que no? Creía que tendría que confundir al examinador.
- Eso no es cierto – Replicó Hermione – Confiaba plenamente en ti.
Escuchó un leve murmullo de parte del pelirrojo mientras él y Harry subían los baúles y las jaulas con las lechuzas de Albus y Rose, sin embargo no les prestó atención. A lo lejos había divisado dos cabezas rubias que destacaban incluso más que todo el séquito pelirrojo. No pudo evitar mirarlos con curiosidad.
- No quiero que te sientas presionado – escuchó la voz de Ron repentinamente cerca, sacándola de sus cavilaciones – pero si no te ponen en Gryffindor, te desheredo – le dijo con diversión a su hijo más pequeño al ver que hablaba con su prima sobre que casas les tocarían a ellos cuando fueran a Hogwarts.
- ¡Ron! – No pudo evitar llamarle la atención escandalizada. Si bien sabía que lo decía mitad en broma mitad en serio, no podía dejar pasar ese tipo de comentarios teniendo en cuenta todo lo que ella había luchado por la integración, la inclusión y la igualdad no solo entre alumnos, sino para limar asperezas entre los magos luego de la Batalla de Hogwarts, y a su vez defendiendo derechos de seres como los Elfos Domésticos. No podía evitar fruncir los labios ofendida cada vez que Ron bromeaba de aquella manera – No lo dice en serio…
- ¡Miren quienes han venido! – lo más disimuladamente que pudo, Ron señaló a ambos rubios que ya se encontraban definitivamente cerca del tren.
Draco Malfoy se hallaba en la estación junto con su hijo, quien parecía ser una copia en miniatura de su padre. Malfoy se dio cuenta de que Harry, Ron, Hermione y Ginny lo miraban y los saludó secamente con la cabeza, dándose vuelta.
- Así que ése es el pequeño Scorpius – murmuró Ron – Asegúrate de superarlo en todos los exámenes Rosie. Suerte que has heredado la inteligencia de tu madre.
- Has el favor Ron – esta vez la castaña no pudo disimular la severidad de su voz - ¡No intentes enemistarlos antes incluso de que haya empezado el año!
- Tienes razón, perdóname – se disculpó Ron, aunque no pudo evitar añadir – Pero no te hagas demasiado amiga suya Rosie. El abuelo Weasley jamás te perdonaría si te casaras con un sangre pura.
- ¡Ron! – exclamó Hermione escandalizada. Harry y Ginny se habían adelantado para no presenciar otra de las peleas diarias de ambos. Se despidieron de sus hijos con abrazos y besos (James enfurruñado frotándose la mejilla con fuerza luego del beso efusivo de su madre). Ron y Hermione no tardaron en volver, a pesar de que se notaba la tensión parecían haber hecho una tregua tácita por el bien de sus hijos: aquella no era la forma en la que ambos esperaban despedir por primera vez a Rose. Cada uno se despidió de ella con un abrazo sentido, luego de que Hugo le diera un beso cargado de tristeza, viendo como su hermana subía al tren.
Hermione volvió la cabeza hacia donde se encontraba Draco Malfoy, quien seguía de espaldas y se había agachado para revolver cariñosamente el cabello platinado de su hijo, luego ayudarle a subir su baúl y despedirse levantando la mano viendo cómo se alejaba el tren de la estación. La castaña no pudo evitar sorprenderse por esa muestra de afecto en público de parte del rubio: si bien la antigua rivalidad entre ellos había quedado en el olvido para ella y de vez en cuando se cruzaba a Malfoy por los pasillos del Ministerio, saludándose como lo habían hecho en la plataforma con un movimiento de cabeza que indicaba reconocimiento, lo cierto es que no sabía que había sido realmente de su vida luego de terminar el colegio, específicamente luego de los juicios que precedieron la batalla.
Hermione recordaba perfectamente el día del juicio contra los Malfoy. A ella, Harry y Ron los habían llamado como testigos de relevancia. Harry no dudó en testificar a favor de Narcissa Malfoy, explicando su vital papel a la hora de derrotar a Voldemort. A ella misma le temblaron las manos cuando fue llamada a testificar, pero no le tembló la voz al decir que Draco Malfoy no los había delatado cuando fueron atrapados por los carroñeros y llevados inmediatamente a Malfoy Manor. Fue la única vez en todo el juicio que vio a Malfoy levantar la mirada de su regazo y mirarla fijamente a los ojos, el gris hielo refulgiendo con fuerza reflejado en los avellanas de ella.
Luego de eso, supo que los Malfoy eran algo así como parias de la sociedad. A pesar de que Lucius Malfoy era un mortífago, el hombre no dudó en defenderse aludiendo al terror que habían vivido dentro de su propia casa y a justificar sus terribles actos para garantizar la seguridad de su esposa y su hijo. Si bien esto era cierto, no se podía pasar por alto diversos factores que lo hacían ver irremediablemente culpable del sufrimiento de familias inocentes, por lo que el tribunal decidió no enviarlo a Azkaban pero si multarlo con estratosféricas cifras a pagar como indemnización por los daños causados. Los Malfoy suspiraron aliviadamente una vez supieron el veredicto.
El problema vino después. La sociedad todavía se encontraba muy resentida como para perdonar a una familia sangre pura que había colaborado abiertamente con el Innombrable, pero a su vez no eran bien vistos por otras familias allegadas al Señor Oscuro que sufrieron peores consecuencias de sus actos. En resumen, los Malfoy se encontraban en tierra de nadie: los buenos no los perdonaban, y los malos los envidiaban y odiaban a partes iguales. Por lo menos aquellas familias de exmortífagos se tenían las unas a las otras para aguantar estoicamente la presión social, pero los Malfoy se encontraban realmente solos.
Luego de eso, cada quien había seguido su vida: Hermione decidió volver a Hogwarts para terminar sus estudios, mientras que Harry y Ron eran aceptados en la Academia de Aurores. Malfoy no había vuelto y ahora sospechaba que era porque querían convivir como familia con la tranquilidad que nunca pudieron tener mientras el Innombrable usaba su casa como cuartel general, tratándolos como sirvientes en su propia mansión.
- Hermione, ¿Estás escuchando? – la voz irritada de Ron la devolvió a la realidad – te decía que tengo entradas para ver a los Chudley Cannons, pensaba llevar a Hugo
- ¿Puedo ir mami? ¿Puedo? – su hijo la miraba con súplica pero no pudo evitar fruncir el ceño. Aquel fin de semana le tocaba a ella estar con sus hijos y lo cierto es que estaba encantada de irse con Hugo luego de despedir a Rose, pero como siempre, el pelirrojo se las ingeniaba para organizar una salida que sabía que a su hijo le iba a encantar. Para colmo, le había preguntado en presencia de él asi que si decía que no, ella quedaba como la mala de la película.
- De acuerdo, pero quiero que vengas a casa para cenar ¿Estamos? – la última pregunta la hizo mirando directamente a Ron, con seriedad.
- Si, si, no te preocupes – el pelirrojo alzó a su hijo en brazos – por la noche lo llevo a tu departamento.
Hermione suspiró. Realmente, aquella no era la vida que había planeado tener.
Apenas terminó sus estudios, comenzó a trabajar en el Departamento de Regulación y Control de Criaturas Mágicas. Si bien empezó en un puesto de muy baja jerarquía, pronto sus jefes tuvieron que admitir que la chica no era solamente la amiga de Harry Potter, sino una mujer que sabía bien lo que quería y como conseguirlo. A partir de allí fue ascendiendo hasta que el Departamento de Seguridad Mágica la fichó. Un año después la habían nombrado Jefa de Departamento.
Laboralmente era un sueño hecho realidad. Se sentía plena y satisfecha con su trabajo, si bien todavía quedaban muchas leyes que modificar a su parecer. Paralelamente su relación con Ronald fue cada vez más estrecha. Ron iba a verla a Hogsmade cada vez que ella tenía una salida de Hogwarts en su último año, y pasaban horas en el Caldero Chorreante tomando cerveza de mantequilla, hablando de nada y de todo. Una vez que terminó sus estudios y comenzó a trabajar en el Ministerio, Ron se aparecía en sus descansos para almorzar junto a ella. Nunca dejaba de halagarla, decirle lo bonita que estaba ese día y llevarle flores. El comienzo de su relación fue algo muy bello, muy esperado por los dos durante mucho tiempo. No pasó mucho tiempo antes de que decidieran irse a vivir juntos.
La convivencia fue difícil en un principio: Ron estaba acostumbrado a vivir con sus hermanos por lo que sus maneras de ser eran muy… desordenadas. La castaña tuvo que reprimir varias veces su enojo cada vez que volvía cansada de trabajar y encontraba la casa como si un tornado la hubiese atravesado. Para él las cosas eran sencillas: desayunaba, iba a trabajar a Sortilegios Weasley y cuando volvía se sacaba la túnica de trabajo para ponerse cómodo mientras preparaba la cena. Muy acostumbrado a que Molly mantuviera en orden la cocina y fuera detrás suyo recogiendo la ropa tirada, no fue consciente de que ya era un adulto viviendo con su pareja. Las peleas no se hicieron esperar. La cosa iba de mal en peor cuando descubrieron que Hermione estaba embarazada. Aquél fue el punto de inflexión de Ronald Weasley. Comenzó a comportarse más responsablemente, mantener el orden del hogar y procurar que su novia tuviera todas las comodidades posibles. La castaña simplemente se emocionaba por estar reviviendo los primeros meses de noviazgo donde Ron era detallista y romántico.
Sin embargo aquello no duró mucho: una vez que Rose nació, el agotamiento de padres primerizos sacó lentamente a la luz de nuevo aquellos defectos de convivencia que habían padecido.
Hermione se volvió huraña dentro de su propio hogar. Empezó a sentirse culpable de dejar a la pequeña Rosie a cargo de su madre o de Molly, mientras se refugiaba en su trabajo. Le carcomía el corazón sentir que era libre solamente cuando estaba en el Ministerio. Por su parte Ronald empezó a frecuentar más la madriguera, aprovechando que su madre cuidaba de su hija.
A pesar de todo esto, ambos se querían. Y querían que las cosas funcionaran. Así fue como llegó Hugo un año más tarde. La castaña, con pánico de pasar nuevamente por lo mismo, tomó su decisión.
Con seis meses de embarazo, decidió tomarse licencia. Jamás pensó que algún día se la tomaría a menos de que fuera estrictamente necesario pero allí estaba, decidida a empezar a hacer las cosas bien por mucho que le doliera. Ese primer día de descanso lo ocupó limpiando y ordenando, jugando a su vez con su hija y disfrutando sin preocupaciones el ser madre. Por primera vez en mucho tiempo comenzó a sentirse en paz. Hizo una cena especial, y esperó pacientemente a que su novio volviera de trabajar.
Cuando el pelirrojo entró y vio el cambio de la casa, entendió. Besó tiernamente a su mujer y ambos se sentaron a comer. Por fin podían tener esa charla que tanto se había prolongado. Para sorpresa de Hermione, Ron no lloró y pataleó por sus palabras. Sonrió tristemente al saber que el también comprendía que aquello ya no daba para más. Durmieron a su hija y hablaron toda la madrugada. Recordaron sus épocas de colegio, sus aventuras, rememoraron sus sentimientos. Era probable que se hubiesen equivocado. Aunque eso no significara que no se quisieran, de hecho separarse fue lo mejor para poder retomar su amistad, aquella que nunca debió pasar a mayores. Esa noche durmieron abrazados, despidiéndose con cariño.
Y así pasaron los años. Rose era muy pequeña cuando decidieron separarse y Hugo todavía no había nacido por lo que vivir con padres separados era totalmente natural para ellos. Desde que tenían uso de razón había sido así. Y eran felices sabiendo que ambos se llevaban bien, viviendo uno lejos del otro.
Comenzó a caminar distraída, metida en sus pensamientos. Ron ya se había ido con Hugo, y tanto Harry como Ginny se habían despedido ni bien el tren arrancó. Rose se había marchado a Hogwarts. Por primera vez en mucho tiempo, se sintió completamente sola. Sin poder impedirlo, su visión se volvió borrosa súbitamente por las lágrimas acumuladas en sus ojos. Avanzó lentamente sin poder ver bien, razón por la cual tropezó con alguien.
- Disculpe – farfulló enojada, viendo como aquellas lágrimas que hasta ese momento pudo retener, ahora corrían por sus mejillas producto del choque.
- Quien diría que algún día te vería llorar Granger – una voz arrastrada la frenó en seco. Quitándose con furia las gotas de su rostro (después de todo a nadie le gusta llorar en público), miró al hombre. Se paralizó al darse cuenta que no era otro más que Malfoy.
Sin ser consciente, lo miró de pies a cabeza. Quizás de lejos no había apreciado cambio alguno con aquel adolescente que la miró fijamente durante el juicio a su familia, pero ahora de cerca podía ver claramente el paso del tiempo. Malfoy seguía igual de alto y pálido como lo recordaba, pero sus rasgos habían perdido del todo aquellas redondeces propias de la infancia dando paso a un rostro anguloso y bien marcado. El pelo rubio platinado lo llevaba un poco más largo, hasta las mejillas, y suelto. Definitivamente le quedaba mejor así en lugar de tirado hacia atrás con litros de gomina para cabello, pensó.
- ¿Ya has acabado de evaluarme? – el rubio levantó una ceja platinada con elegancia.
- Malfoy, yo… lo siento, es que yo… - tonta y más tonta. Si Luna pudiera verla pensaría que se le había metido un torposoplo por el oído y le había embotado el cerebro. Inspiró para tratar de recuperar cordura – Lo lamento, venía enfrascada en mis pensamientos y no te vi.
- Creo que eso es obvio – Si bien su voz tenía un tinte egocéntrico, su voz sonó más suave de lo que recordaba. Con movimientos refinados se quitó un polvo inexistente de su abrigo – bueno, no pienso quedarme en medio de la plataforma viendo como la heroína del mundo mágico se autocompadece, así que si me disculpas…
Hermione se quedó de una pieza viendo como el ex slytherin daba media vuelta. Bueno, había sido políticamente correcto al hablar, pero todo él gritaba a leguas la ironía con la que se había expresado. Estuvo a punto de gritarle un par de cosas por el súbito enojo que la embargó, pero se recordó a tiempo que ya no eran estudiantes sino adultos responsables. Sin entender bien por qué se había puesto tan furiosa con un simple comentario, apretó el paso rumbo a su departamento.
