Capítulo I

Dust alzó la mirada tras escuchar los dos martillazos. Alguien estaba llamando a la puerta. El guardián Ralfh se irguió en su taburete, despertado por el ruido. Rápidamente, accionó una palanca que tenía a su lado y abrió la puerta de la sala. Las dos figuras en armadura entraron. Entonces, Mogu, con un tono triste en su voz, dijo:

—Bienvenido a la Sala de los Menesteres. Ponte cómodo, tenemos mucho de lo que hablar.

Se sentó en una mesa de piedra que había en el centro de la sala, y lo invitó a sentarse. Rai miró con recelo a los presentes, luego se sentó y se puso a cuchichear con la capitana. Dust se encontraba arrinconado en la pared opuesta a la entrada, justo al lado de la chimenea. El chico no era muy hablador, incluso antes de que se impusiera la Maldición. Aun así, podía reconocer fácilmente a casi todos los que, en ese momento, se refugiaban en la Sala de los Menesteres. Había tres miembros de la Guardia, además de los capitanes, así como unos cuantos ciudadanos. La mayor parte eran nobles, claro, puesto que el pueblo llano no había tenido siquiera oportunidad para salir de sus casas antes de la catástrofe.

A su lado estaba Banana, un refugiado del país de Lolico, que hacía poco había sido conquistado por una alianza de tribus pedófilas. Al otro lado de la chimenea estaba el embajador furro, Reshi, hablando con un grupo de lores. Se podía distinguir claramente que todos ellos llevaban una fedora: símbolo de su religión, el Fedoralismo. Bueno, a ver, religión… a Dust nunca le había quedado claro de si la Fedoración era una fe, un partido político o un mero club. Lo único que sabía era que eran raros. Detrás de lord Greystark, lord Raular y lord Daniel, los miembros (restantes) del Club Pintherol jugaban apáticamente a las cartas contra algunos de los roleros que quedaban vivos. Veis, eso sí que era una religión en toda regla. Ropajes, dogmas, mitologías, ofrendas… Claramente una religión de la que Dust se sentía orgulloso de formar parte.

Rai y Mogu seguían hablando cuando uno de los guardianes (Fausto, si no recordaba mal su nombre) trajo un mapa del castillo y lo extendió sobre la mesa. Un rato después, el capitán se levantó de su asiento y los llamó a todos.

—Acercaos— dijo con cierto aire teatral— vamos a matar a ese bastardo de Arnold.

—Veamos,— dijo Rai en cuanto todo el mundo se hubo acercado— sé que muchos de vosotros no sabéis que demonios ha ocurrido, y sé que estaréis confundidos, así que he pensado que sería mejor si os hiciera un pequeño resumen de lo que ocurrió hace dos semanas.— Carraspeó.

» Como todos sabréis, el rey Lynx siempre ha tenido a dos jueces en su corte: nuestro querido Snuffy y el mal bicho de Arnold. Mucha gente odiaba— y odia— a Arnold, pero nunca mostró indicios de su maldad. Lo que hacía que el juez fuera tan despreciado era su pragmatismo e indiferencia ante todos, que lo hacía parecer un autómata sin corazón. Y, ahora que lo pienso, a lo mejor lo es. La cuestión es que su comportamiento, a pesar de ser aborrecible, era tanto útil como necesario, y eso evitaba que el rey lo expulsara de la corte.

Lo normal era que Arnold dictara sentencias de silencio ante cualquier crimen y dejar que la Guardia se ocupara del resto. Muchos se negaban a callar, por supuesto, pero había algo en esas órdenes que acababa por silenciar al más revolucionario. Deberíamos habernos dado cuenta antes de ello.

Tampoco ayudaba mucho que Snuffy no se tomara tan en serio su trabajo. Las cuestiones judiciales se las dejaba a él, y mientras tanto se dedicaba a ser el consejero personal del rey. No podemos culparlo mucho, puesto que se le daba maravillosamente bien, y gracias a él se habían instaurado varias leyes que protegían al pueblo de la influencia de Arnold. Podríamos decir que su inesperada muerte fue, seguramente, el detonante de todo este desastre.