Capítulo V
De cómo se encontraron en un bosque y la chispa surgió en el hielo.
Guinevere era una doncella amable que sirvió en la casa de Uther y se ganó el corazón del príncipe. Pero también era una guerrera y una consejera excelente. Papá dice que poseía tanta valentía en su interior como lo hacía un caballero. La historia no fue buena con ella, sin embargo. Su historia fue manchada por la maldad y las mentiras.
Morgana, cuyo corazón fue compasivo antes de ser envenenado, eligió el miedo y la oscuridad. Ella tomó vidas que no le pertenecían y desfiguró sus corazones, esparciendo por el mundo un manto de muerte. La historia nunca ha alcanzado los límites que ella rompió y solo queda su leyenda como una gran hechicera.
La gran bruja Morgana siempre quiso una corona sobre su cabeza y, aunque por breve tiempo la tuvo, era a Guinevere a quién pertenecía. El destino fue cruel con estas dos mujeres, creciendo como amigas y poniéndolas una contra la otra. Papá dice que es una lección de cuán caprichoso es el destino en realidad; pero también de cómo lo malo puede dar paso a algo bueno.
Cuando Morgana fue reina, Camelot fue cubierto por una nube negra. De esta desgracia surgieron Los caballeros de la mesa redonda.
Y cuando Gwen se casó con el rey Arthur Pendragon, fue la primera chica sirvienta que se sentó en un trono y su corazón de león supo ganarse al pueblo con gestos de amabilidad y fortaleza.
Juntos, el reino se volvió fuerte y sólido.
Papá guarda mucho cariño a cada persona en el reino de Camelot, curiosamente, sabía cada nombre. Desde el chico de los establos hasta las doncellas de la reina. Pero, sobre todo, mi padre amaba a Los caballeros. Son muchos los cuentos que papá tiene de ellos, mis favoritos siempre son los de Sir Gwaine, lo más graciosos, y los de Sir Lancelot, los más inspiradores.
Él era el único de los caballeros que conocía el secreto de Emrys y lo amaba a pesar de todo, incluso se sacrificó por él y por el reino. Al irse Sir Lancelot, Emrys se encontró en una profunda soledad. Papá dice que tener a Gaius, su guardián, era una bendición, pero que hay cosas que solo un amigo puede darte. Emrys se sentía atrapado en una prisión a la que llamaba hogar, pues es difícil vivir con la mentira de quién eres en realidad, pesa como el mismo hierro y te hunde lentamente hasta que tocas fondo. Pero esas personas de las que te ocultas siguen siendo tu familia y los protegerías con tu propia vida.
Por eso, cuando Morgana secuestró a Sir Gwaine y Sir Percival, Emrys no dudó en seguir al rey para rescatarlos.
Poco sabía él de la secuencia de sucesos que seguirían a esa situación. De cómo un vidente le mostraría el hermoso rostro del asesino de Arthur Pendragon y de cómo, en su misión de rescate, ambos caerían en las manos de traficantes de esclavos para Morgana.
Y de cómo uno de ellos sería Mordred.
Papá narra fervientemente que cuando Emrys lo vio surgir de entre los árboles, vestido con gruesas y pesadas pieles, fue como si el tiempo se detuviera un instante. Y su magia vibró, por reconocimiento y excitación. Habían pasado al menos ocho años y ya no había más niño druida. Mordred era un hombre. Lo reconoció al instante porque se veía en su elemento, rodeado de naturaleza y sol. Mordred era un druida en todos los sentidos, como lo soy yo.
Emrys vio en sus ojos hielo y dolor, todo bajo una máscara tan fría como la extensión helada que tendrían que recorrer para llegar a Morgana.
Halados como ganado hacia Ismere, tanto el rey como Emrys buscaron una manera de escapar. Hacía mucho frío y los dos pronto temblaban en la nieve. Emrys, cuya fortaleza era mucho mayor a la del rey, no durmió como los demás y fue humillado por el líder de los traficantes. Viendo esto en silencio, Mordred sintió ira por la falta de respeto hacia el ser más poderoso que ha pisado la tierra e intentó que se les alimentara, aunque no funcionó.
Emrys vio el rostro de Mordred acercarse antes del amanecer, el mismo rostro que había aparecido en la visión del vidente, y tembló por razones muy distintas al frío que calaba sus huesos. Mordred le dio pan e información, intentando hacerle saber que estaba dispuesto a ayudarlos.
Esa fue la primera vez que Emrys se sintió tan confundido respecto a él, la primera vez que se preguntó si las palabras que le había dicho cuando era un niño ya no importaban y si el destino estaba equivocado después de todo. Su corazón latió acelerado al ver la sonrisa tenue en sus labios cuando se fue; le admiró y le temió.
Cuando lograron escapar cruzando una grieta en el hielo, Emrys lo vio ir hacia él una vez más, e hizo lo único que encontró prudente: ensanchó la brecha. Al verlo del otro lado, con la mirada fría y aliviada, Mordred dejó escapar el primer pensamiento que tejería la red de mi destino.
"Me alegra que estés a salvo, Emrys".
Y luego dio marcha atrás.
