Capítulo XV

De cómo mi nacimiento marca una diferencia.

Emrys dio a luz a una niña, con un denso cabello negro cual plumas de un cuervo y ojos tan azules como el mar y el cielo. Fue el primer hechicero varón en engendrar una vida de su propia carne, sangre y magia; y aunque fue un proceso muchísimo más largo y doloroso que cualquiera conocido, e implicó una incisión en su vientre, la espera valió la pena.

Ella era perfecta y sana. El agarre de su pequeña mano era fuerte y firme, anunciando la gran luchadora en la que se convertiría. Su mente prodigiosa, siendo capaz de transmitir pensamientos incluso desde el vientre.

Lo primero que pensé al nacer, fue "brillante", porque papá me elevó en sus brazos y lo vi. Él, el gran Emrys, brillaba como un sol. Es curioso que pueda recordar esto, pero yo no soy precisamente normal, detrás de mi creación hay demasiado que no puedo ni comenzar a explicar.

Papá me nombró Kaya, en honor a Freya, la Dama del Lago y a Kara, la amiga de la infancia de Mordred, dos mujeres druidas que marcaron sus vidas, cuya desgracia y fortaleza las hicieron eternas en su memoria. No obstante, para él siempre he sido y seré su estrella, su mariposa, su pequeño amor.

Nací en la Isla de los Benditos, cuya estructura había sido lentamente restaurada por papá, sus cimientos latiendo con posibilidades y vida. Solo en esa isla, había querido formar un hogar en el que yo pudiera crecer protegida. Sin embargo, según como el misterioso barquero le informó un día después, mi nacimiento se sintió hasta en el último rincón abandonado del mundo. Pronto, druidas establecieron sus campamentos en la orilla y hechiceros de todos los reinos vinieron a presentar sus respetos para La hija de Emrys.

Pero no fue hasta que La Corte de las Disir apareció en el vestíbulo, cuando papá se replanteó que la isla fuera un lugar seguro. No obstante, ellas dijeron que no querían causar ningún daño. En la forma escalofriante en la que se comunicaban, hablando una tras otra, dijeron a mi padre que mi presencia en el mundo era un augurio de tiempos de paz. Le hablaron del levantamiento de la prohibición de la magia de mano de la reina Guinevere Pendragon y de la ascendencia de mi padre, Mordred.

"Un druida común y corriente no podía matar al único y futuro rey" Dijeron. "Sólo un druida puro, con la sangre la Antigua Religión corriendo por sus venas, podía tomar su sangre y robar tu corazón". "Tu hija, Emrys, es una criatura tan antigua como tú, tan poderosa que compartirá tu destino". "Ambos, juntos, lograrán grandes cosas". "La Triple Diosa le da su bendición".

El corazón de papá ardió en cólera y expresó finalmente todo lo que alguna vez había querido gritar a la cara de los dioses.

"Ni mi hija, ni yo queremos sus bendiciones, ni su destino. Mi hija escribirá su historia y hará lo que su corazón le dicte. A ella nunca han de llegar profecías ni misiones, porque ella es lo único que tengo, la protegeré con garras y dientes, como un dragón. Marchaos de aquí, sino tienen intenciones de ayudarme en ello, porque he sido demasiado tolerante con ustedes por mucho tiempo".

Las Disir guardaron silencio, como si escucharan los murmullos de la Triple Diosa en el aire y le dieron una reverencia respetuosa, antes de decir: "La Triple Diosa respeta tu deseo. Nosotras también. Que sepas, Emrys, que tu hija jamás será tocada por la oscuridad mientras vivamos". Y luego se fueron, una brisa misteriosa como única evidencia de que estuvieron allí.

Papá no se sorprendió cuando, algunos días después, Aithusa aterrizó en las almenas. La dragona había crecido, su envergadura reformandose con el tiempo, aunque era difícil esconder sus deformaciones.

Ella le pidió perdón por su deslealtad y mi padre se lo otorgó, porque desde que yo había llegado, en él ya no había espacio para el odio y el rencor.

Mi nacimiento había limpiado su alma.