Capítulo XVII
De las reencarnaciones y el velo de las vidas.
Ser inmortales entre las efímeras vidas de los humanos a veces es difícil. Estuvimos allí cuando Camelot cayó y de su ruina renació un nuevo reino. Escondimos nuestra isla de los ojos curiosos y dimos asilo a los usuarios mágicos en épocas oscuras. Presenciamos la desaparición de la magia poco a poco.
Nos volvimos criaturas en las sombras, mirando, observando y ayudando cuando fuera necesario. Viajamos por las tierras conocidas y después nos aventuramos más allá. Papá fue conocido como consejero de grandes reyes en todo el mundo, y yo, yo era su aprendiz.
En dónde él fue limitado y temeroso de su magia, yo fui libre y exploradora. Me enseñó todo lo que había aprendido y me dejó descubrir mis propios límites, los cuales realmente parecen no existir.
Cómo dije, ser inmortales es difícil, solitario. Muchas veces he deseado ser normal, efímera como todas las otras chicas, tener amigos como los caballeros o un amor como el que me creó. Pero es duro abandonarse al amor cuando sabes que esa persona va a envejecer y morir, mientras tú seguirás avanzando sin parar.
Lo único constante siempre sería papá, su amor y su calor. Y, salvo por algunas excepciones, eso siempre bastaba.
Aprendí que las almas humanas renacen algunas veces más, y que a veces sus apariencias pueden ser las mismas que poseyeron en una vida pasada.
Lo aprendí cuando encontramos a mi padre, en un día de verano.
Fue en una visita a Francia, durante el apogeo de un movimiento artístico. Yo estaba recorriendo los pequeños puestos de un mercado cuando tocó mi hombro. El eco de su alma tejido en la mía me dejó sin aliento y supe, antes incluso de que papá lo confirmara, que era él a quien había estado esperando durante toda mi vida.
Poseía un acento que era una delicia y era tan joven, tendría cerca de veinte años, sus ojos brillantes con la llama de la vida.
Y él quería pintarme.
Se sorprenderían de lo mucho que me han pedido posar para retratos, y de la cantidad de frases halagadoras que he recibido por mi belleza. Dicen que los rizos de mi cabello son tan oscuros como las noches sin luna, que mis ojos brillan como fuego helado; dicen que mis pómulos podrían cortar el corazón de un hombre y mis labios sanarlo con suavidad. Que mi figura es perfecta, esbelta y rica en los lugares exactos.
Muchos me han llamado musa y me han puesto sobre pilares. Dicen que irradio un brillo sobrenatural y me han ilustrado como una diosa, como un ángel y como un hada.
La reencarnación de mi padre, en cambio, solo dijo:
"Te pareces a alguien que he visto en mis sueños".
Y solo pude sonreír.
Él no se llamaba Mordred, pero fue gentil como el caballero que había sido y me habló de sus pasiones. Me preguntó por qué una niña de catorce años podía tener una mirada tan madura y sostuvo mi brazo con suavidad. Pasamos una tarde mágica y, cuando conoció a papá, su corazón se saltó un latido.
Monsieur Merlín Emrys resultó ser el hombre que plagaba sus sueños cada noche, sonriéndole con ojos avispados y besándole con suavidad.
Fui espectadora de cómo el amor que les había unido en una vida pasada, renacía de las cenizas como un fénix. Él nos aceptó y nos amó como mi padre lo habría hecho de no haber muerto.
Lo llevamos con nosotros a la isla, lejos de los prejuicios del mundo y le mostramos la magia. Llenó nuestro castillo con hermosas pinturas y nuestros corazones con su sonrisa. Él vivió muchos años.
Al final de su vida, el velo que cubría sus recuerdos fue retirado y él recordó. Su mano tomó la mía y la besó con amor. Uní la mano de papá a las nuestras, porque yo era ambos y los tres éramos uno solo.
Nos miró como se mira a las cosas preciosas y dijo:
"Es más de lo que pude desear".
Yo lo amaba, como lo había hecho desde que podía recordar.
"Volveré", él prometió.
Y partió con una sonrisa.
