Allí estaban ambas mirándose mutuamente, examinándose, como si fuese la primera vez que se veían en toda su vida (aunque la realidad no se alejaba mucho de eso). Anna tragó saliva y cansada del silencio decidió hablar.

"¿Cómo estás?" Vale, buena esa Anna, le acabas de dejar claro a tu hermana que eres estúpida. Elsa se limitó a mirarla desconcertada.

Esta apretó los dientes y los ojos los fijó en un lado de la cocina, mientras daba un par de pasos y se apoyaba en una encimera que había delante de ella. "Ahora, algo mejor. Estoy curada." Hizo una mueca con los labios y volvió a mirar a Anna, la cual tenía una amable sonrisa cálida.

"Vas a estar mucho mejor, Elsa, confía en mí. Al menos, eso voy a intentar." Le dijo la pelirroja jugando con una de sus trenzas. "Siento no haber hecho nada todos estos años para intentar solucionar las cosas, realmente quería verte… aunque no lo pareciera." Anna no podía evitar sentir la necesidad de disculparse, ella misma reconocía haber sido una cobarde por no haber ido al hospital a ver a Elsa, pero sabía que si hubiese ido más a menudo se le habría partido el alma de ver a la rubia en tan mal estado. "He echado mucho de menos esos años en los que éramos pequeñas y jugábamos juntas todo el día." En ese momento Anna estaba recordando viejas anécdotas y no podía borrar la sonrisa de su cara, cosa que le hizo a Elsa sentirse más segura.

La rubia rodeó la mesa dando pequeños pasos hasta que acabó al lado de la pequeña, la cual seguía hablando. "Es decir, sí que echo de menos ese tiempo, pero no quiero decir que no esté feliz ahora que hayas vuelto, eh. Pero que sí, que me gustaba también aquella época y bueno estaría bien que volviésemos a ser tan cercanas como antes. ¡Pero sólo si quieres! Que no sé ni para qué lo digo ya que seguramente no querrás y bueno…" la voz de Anna poco a poco se iba haciendo más inaudible, ya que se estaba dando cuenta de que estaba hablando demasiado y se estaba avergonzando.

"Y sé que por mucho que me disculpe, o lo hagan papá y mamá, han pasado tantos años que ya es inútil, pero lo único que te pido es que nos des otra oportunidad para arreglarlo." Elsa agarró con delicadeza y vergüenza a partes iguales una de las manos de su hermana, y la apretó mientras se dibujaba en su cara una sonrisa. Era la primera vez que Anna se sentía tan cortada desde hacía mucho tiempo, nada más sentir la mano de su hermana sus ojos se movieron rápidamente para confirmar que la estaba tocando y se le subieron los colores. Todas las inseguridades de la pequeña se desvanecieron nada más ver esa sonrisa, en ese momento se dio cuenta de lo mucho que brillaba Elsa, y que se había estado desperdiciando esa perfección por una maldita enfermedad.

"No te preocupes, Anna, no te disculpes. Sé que tampoco fue fácil para vosotros todo esto." Le volvió a dar un apretón en la mano. "Podemos empezar de nuevo." Elsa deslizó sus brazos por el cuello de Anna y la atrajo contra su cuerpo, dándole un cálido abrazo.

La mente de la pelirroja se quedó en blanco, no esperaba que su hermana reaccionase así, pensaba que les tenía rencor por haberla abandonado. Y seguro que lo tenía, sí, pero Elsa era demasiado benevolente como para discutir con su familia el primer día de su regreso. Ya habría tiempo de hablar las cosas, ahora tenían todo el tiempo del mundo.

Anna se dejó llevar, apretando sus brazos en la cintura de su hermana, sin poder creer que no estuviera siendo rechazada. Sintió un cúmulo de emociones en su estómago así que escondió su cara en el cuello de su hermana para intentar frenarlas; dejó escapar un par de lágrimas, pero no más, no quería llorar; se sentiría más tonta aún por llorar de lo feliz que estaba por el regreso de su hermana y por querer volver a ser tan cercanas como lo eran antes.


Después de un rato de la reunión de las hermanas, sus padres aparecieron de nuevo en la cocina y se pusieron a comer todos. La comida transcurrió básicamente con Anna hablando sin parar sobre sus estudios y las cosas de las que tenía que poner a su hermana al día, al ser viernes tenían un fin de semana por delante bastante intenso. Elsa habló poco, la verdad, pero no se perdió ningún detalle de todo lo que decían sus padres y su hermana. Eso sí, la rubia alabó la comida hecha por su madre, a lo que ella respondió muy ilusionada y agradecida. Elsa había echado mucho de menos la comida de su madre… estaba tan buena como la recordaba.

De postre su madre cogió el pastel de chocolate que había hecho antes y lo sacó del frigorífico, donde estaba enfriándose. Mientras lo partía, ambas hermanas estaban embobadas mirando fijamente el pastel, les encantaba el chocolate.

"Hacía años que no hacías algún postre de chocolate." Dijo Anna, intentando recordar la última vez que comió algo de chocolate preparado por su madre.

La mujer mayor relajó sus facciones y con una pequeña sonrisa contestó. "Creo que es un buen momento para empezar a volver a hacerlos." Y dirigió sus ojos a Elsa, la cual le respondió con un gracias a través de la mirada.

Después de la comida y de recoger la mesa todos se separaron, y se fueron a hacer sus propias cosas. La pelirroja decidió relajarse, no tenía que preocuparse por tener que hacer algo, el domingo terminaría las tareas para el lunes. Mientras sus padres estaban en el salón, Anna le enseñó la casa un poco a Elsa, por si no recordaba bien las cosas ya que hacía unos cuantos años que no había venido de visita. Después de enseñarle toda la planta baja y casi toda la primera planta de la casa, sólo quedaba por enseñarle a Elsa su propia habitación y la de Anna.

Anna guió a su hermana hasta su habitación, la cual llevaba tanto tiempo cerrada que Anna ni se acordaba de cuándo fue la última vez que entró. Dejó que fuese Elsa la que abriese la puerta y que le inundasen los recuerdos de su infancia. Dando pequeños pasos la rubia cruzó la habitación y abrió la ventana para que entrase algo de aire, ya que estaba todo lleno de polvo. Al mirar a su alrededor le dio una punzada de dolor en el pecho al ver y recordar todos esos juguetes que compartió con Anna por las tardes.

Anna estaba igual, desde la puerta, contemplando la cantidad de tardes que pasaron en esa habitación jugando. Entró y cogió una muñeca de una chica con una larga trenza rubia colgando de uno de sus hombros y un largo vestido azul claro decorado con pequeños copos de nieve, adornado con una capa casi transparente. "Elsa, mira." Anna le entregó la muñeca a Elsa, la cual se emocionó mucho ya que la recordaba perfectamente. Ella misma la hizo.

"Madre mía, no me acordaba ya de esta muñeca…" Le acarició la cabeza mientras le arreglaba la ropa y le quitaba el polvo acumulado. "Realmente se parece a mí, eh." Dijo poniendo la muñeca al lado de su propia cara y comparándose. "Hice un buen trabajo, no como tú, que tu muñeca no se parecía en nada a ti." Dijo bromeando.

"No seas mala, que sí que se parecía." Respondió Anna haciendo un puchero. "Voy a encontrar mi muñeca y lo verás." Se sonrieron con complicidad y comenzaron la búsqueda de la muñeca compañera, pero de poco sirvió. Decidieron marcharse ya que había demasiado polvo, se encargarían de la limpieza más tarde.

Después de esto fueron a la habitación de Anna, gracias a la cual Elsa pudo ver en quién se había convertido su hermana pequeña. Las paredes estaban llenas de pósters de cantantes y grupos, gente a la que admiraba; las estanterías llenas de libros y CDs de música; en una esquina de la habitación tenía varios instrumentos, y otros cuantos estaban dispersados por otras estanterías. Aún así, la cosa que más le gusto de la habitación es que todo olía exactamente igual que Anna.

Elsa no tenía ni idea de esa faceta de Anna, no sabía que estuviera tan metida en el mundo de la música. Recuerda alguna conversación con Anna donde le decía que sus padres le habían comprado algún instrumento, pero poco más. Bueno, siendo sincera, Elsa ya no sabía nada de Anna. Hacía años que no pisaba esta casa, su último hospital estaba demasiado lejos; solamente sus padres y su hermana habían ido a visitarla, no al revés. Aunque llevaran poco rato juntas, Elsa pudo distinguir entre esas pecas y trenzas pelirrojas de su hermana aquella niña con la que solía jugar hace trece años: la persona con más energía que jamás había conocido, despistada a más no poder y con un corazón más grande que cualquiera.

Anna, muy orgullosa de su afición a la música, estaba esperando la impresión que había causado a su hermana. "¿Qué te parece mi habitación?" Dijo con una sonrisa en la boca, esperando ansiosa la respuesta.

"Increíble." Elsa se acercó a la esquina de los instrumentos y comenzó a rozar las cuerdas de algunos. "Se ve que papá te ha pegado su amor a la música." Contestó con una sonrisa pícara. Anna se acercó a ella y cogió la guitarra acústica que estaba mirando Elsa. Su padre Kai era profesor en la escuela de música de la ciudad. No quiso imponerles a las pequeñas su pasión pero era inevitable que alguna de ellas sintiera curiosidad.

"Sí, bueno, él sólo me dio un empujoncito, el resto es ya cosa mía." Se sentó en su silla y tocó rápidamente varios acordes con la guitarra. Era su favorita de todas las que tenía, sin duda, y a la vez su instrumento favorito, el que más tiempo llevaba tocando. "Aquí sólo tengo los instrumentos que más toco, el resto están en el desván. Esta guitarra fue la primera que me compré, y la verdad es que es bastante mala, pero me encanta. " Devolvió la guitarra a su sitio y siguió enseñándole a Elsa el resto de instrumentos.

Después del gran tour por la casa, se quedaron en la habitación de Anna. Elsa se tumbó en la cama a ojear un par de libros que tenía Anna mientras esta ponía un disco indie en el equipo de música y se sentaba en su mesa para coger el ordenador. Si no recuerdo mal, mientras que no le ponga nada comercial, no creo que Elsa se queje de la música. Se comentaban cosas de vez en cuando, y Anna le contaba a Elsa pequeños detalles que la rubia preguntaba al azar. Anna le preguntó a ella también, poniéndose algo al día. Aun así no era suficiente, y menos para Anna. Elsa apenas hablaba y si lo hacía era con respuestas cortas. No tenía mucho que contarle a su hermana, apenas había hecho nada en comparación durante su vida, al menos eso pensaba la pelirroja. Querían compensar todos esos años separadas en una tarde, pero sabían que no podían, y tenían que ser algo más pacientes.

Cuando Anna estaba embelesada con el ordenador, Elsa se levantó de la cama y se puso a mirar más a fondo por la habitación, intentando encontrar algo con lo que entretenerse. Ya había leído demasiados libros a lo largo de estos años como para apetecerle leer otro el primer día de regreso al mundo real. Aunque no lo aparentase, realmente no estaba tan cómoda. Era muy extraño estar de nuevo en aquella casa, con esas personas que supuestamente eran su familia. Es cierto que tenía muy buenos recuerdos pero había pasado más de la mitad de su vida lejos de ellos, así que prácticamente era como conocerlos de nuevo. Elsa se había acostumbrado a pasar casi todo el día en silencio. Al ser una interna durante tanto tiempo, aunque te estés hospedando en el mejor hospital o la mejor residencia del mundo, hasta los trabajadores de allí se acaban olvidando te ti. Incluso los amigos que solía hacer, al cambiar tanto de hospital los iba dejando en las diferentes ciudades. Los últimos años los había pasado más cómoda al tener una mejor condición de salud y algún amigo al no haberse ido del hospital aquel, pero su familia no había ido a visitarla. Sin embargo, por muy extraña que se sintiera allí, seguía apreciando a su hermana muchísimo.

El único sonido que había en la habitación era el de la música, incomodando más aún a Elsa. Se puso nerviosa, intentando distraerse mientras abría los cajones de su hermana. No entiendo cómo está tan tranquila ahí sentada en su ordenador mientras estoy aquí sin hacer nada. Igual es verdad que le importo bien poco. ¿O quizás es tan tonta que aunque llevemos tanto tiempo sin vernos ya me ha acogido como su hermana y se siente tranquila a mi lado? Esto último le hizo esbozar una pequeña sonrisa, tranquilizándola, sabía lo despreocupada que era su hermana. Al abrir el primer cajón de la mesita de noche de Anna, encontró una nintendo 3ds, cosa que la sorprendió muchísimo.

"Anna, ¿juegas a esto?" Mientras le daba tiempo a la otra para responder, la giró para sacar el juego y ver cuál era.

La pelirroja se apartó del ordenador para responder a Elsa. "El juego es un Súper Mario. La verdad es que no, está ahí en el cajón cogiendo polvo. Creo que apenas jugué ni diez minutos, me mareaba el 3D" Se encogió de hombros, pero se dio cuenta de que la rubia le estaba prestando más atención a la consola que a sus palabras. "Si quieres te la puedes quedar. No sabía que te interesaban estas cosas." Le sugirió con una cálida sonrisa.

Después de devolver el cartucho a la consola tras comprobar que era el juego que decía su hermana, la miró a los ojos boquiabierta. "¿De verdad?" Anna le respondió asintiendo la cabeza, a lo que Elsa le dedicó la sonrisa más tranquilizadora que había visto la pelirroja jamás. Esta se ruborizó un poco al haber recibido tal gratitud por una simple consola. "Los juegos han sido el único entretenimiento que he tenido durante estos años. Papá y mamá me mandaban un poco de dinero cada mes para gastar en caprichos, aunque no se puede comprar el afecto con dinero. He ahorrado la mayoría, ya que gastaba poco en videojuegos, solía usar los mismos." Elsa volvió a sentarse en la cama y encendió la consola mientras dejaba a su hermana asimilar la confesión de sus padres.

Anna dirigió la mirada al suelo, avergonzada por no haberle demostrado a Elsa lo mucho que la aprecia desde el principio de su enfermedad. No quería que sus padres compraran su cariño con dinero, ni ella quería comprarlo con una consola. Volvió la misma necesidad de disculparse que tuvo antes de la comida, pero no quería volver a hacerlo. Ella también había sufrido por sus padres, nunca tuvo la edad suficiente para ir por su cuenta a ver a su hermana, dependía de Kai y Gerda. Intentaba convencerse de que ellos fueron los culpables del alejamiento con Elsa, pero no surtió efecto. Serás egoísta. "Es el único juego que tengo. Podemos ir a comprar alguno más, seguro que papá y mamá tienen dinero de sobra para regalártelos."

"No hace falta, puedo costeármelos yo. No necesito que me paguen nada, estoy acostumbrada a ser independiente." Elsa suspiró tras decir eso, y cuando se quiso dar cuenta de que ese comentario había sido algo destructivo, Anna puso una mueca de dolor. Esta quitó la mano del ratón del ordenador para pasársela por detrás de la oreja, recogiendo un par de mechones de pelo. No hace falta ser tan borde de mierda, sólo intenta ayudarte. Mira la cara de pena que te ha puesto. "Pero sí necesitaría que me acompañases a la tienda, no recuerdo nada del centro de la ciudad."

Elsa no lo dijo con mala intención, era la verdad, no quería hacerle daño a Anna con ese comentario. Esta notó que su hermana no lo había dicho con maldad y se animó pensando que al menos iba a ir de compras con ella. "¡Genial! Podemos ir mañana si quieres, el domingo no porque está todo cerrado. La semana que viene también podemos ir pero sería por la tarde, por la mañana estoy demasiado ocupada con las clases y bueno, me callo ya que estoy hablando demasiado y no sé cuándo prefieres ir tú" Elsa se llevó una mano a la boca para taparse mientras se reía de su hermana avergonzada, dejando la consola a un lado. La verdad es que le daba igual cuándo ir, sólo le importaba que fuera con ella.

"Podemos ir mañana mismo, ni que tuviera algo que hacer." Le sonrió cortésmente para dejarla satisfecha y volvió al juego que tenía entre sus manos. Anna también retomó lo que fuera que estaba haciendo en el ordenador. Se quedaron un rato más en silencio pero esta vez algo más cómodas ya que cada una tenía su propio entretenimiento. Su padre les llamó en algún momento de la tarde para ofrecerles un café y un chocolate caliente a las niñas. Elsa no solía tomar bebidas excitantes por miedo a su condición, aunque técnicamente si se tomaba ahora un café no le afectaría nada, pero solía tomar chocolate caliente aunque fuese pleno agosto.

No pasó mucho más rato más hasta que anocheció, ya estaban en otoño y los días eran mucho más cortos. Llegó un punto de la tarde en el que terminaron en el salón hablando con sus padres, cenaron y terminaron de nuevo las dos hermanas en la habitación de Anna. Elsa fue la primera al hablar justo al cerrar la puerta de la habitación.

"Por cierto Anna, he estado hablando con mamá." La pelirroja se giró y miró fijamente a Elsa, curiosa por lo que le iba a decir a continuación. "Ha dicho que me tengo que quedar aquí a dormir por un tiempo hasta que mi habitación esté perfectamente arreglada y limpia, y que como ya estoy mayorcita van a reformarla un poco y tal." Elsa tenía un ligero rubor en la cara. ¿Dormir en la misma habitación que su hermana justamente el día en el que volvía a casa? Elsa dio gracias porque Anna tuviese dos camas en su habitación. La rubia estaba segura que no podría soportar dormir en la misma cama con Anna, ahora sería muy extraño debido a la falta de relación.

Anna, en cambio, se animó mucho por la idea. "¿De verdad? Oh, sabes que no vas a dormir, ¿no?" Le dijo con malicia a su hermana mayor. Mientras hablaban, iba preparando las camas para poder dormirse, sacando las sábanas correspondientes, por las noches ya empezaba a refrescar.

Al escuchar esas palabras Elsa las malinterpretó y se puso roja, sin poder mirar a su hermana a la cara. A la pelirroja le costó más pillar la broma, ya que no lo había dicho con esa intención. Estalló en una carcajada, riéndose de su hermana por avergonzarse por esa tontería y disculpándose por escoger unas palabras erróneas. "Bueno, creo que te gusta demasiado dormir como para aguantar mucho tiempo despierta hablándome." La rubia se rió después de decirle eso, ya que sabía que llevaba razón, Anna parecía del tipo que les encanta dormir.

La pelirroja se rió de ella misma y lo afirmó, metiéndose en su cama y tapándose hasta las orejas. Se burló de su hermana mientras también se metía en la cama y estuvieron un rato más hablando y conociéndose. Anna tenía tantos planes para Elsa, tantas ideas que llevar a cabo, que pensaba que necesitaría demasiado tiempo, y aún así quería empezar a hacer todo lo más rápido posible. Habían pasado apenas medio día juntas y Anna ya sentía que había esperanza de volver a tener la misma relación con Elsa que la que tenía cuando eran pequeñas.