Disclaimer: los personajes de Twilight no me pertenecen a mí sino a su creadora Stephanie Meyer. Yo solo los tomo prestados para mi historia sin fines de lucro.

Capítulo 4

Al llegar a su habitación se quitó los zapatos.

Aun no podía creer que al fin había podido hablar con Edward Cullen, y sin desmayarse en el proceso. Estaba tan radiante de emoción que aun no lo creía. Desde que había conseguido el puesto de secretaria ejecutiva en aquella prestigiosa empresa no pudo sentirse más feliz. Hasta que lo conoció a él.

Creyó que nada iba a ponerla más feliz que haber conseguido un empleo en donde al fin podrían pagar las renta de su pequeño y precário apartamento, darse algún gusto de vez en cuando, y ayudar con los gastos de alimentos. Todo los esfuerzos de Bella habían sido para ayudar a su familia luego de que su padre los abandonara y los dejara prácticamente en la calle. Su hermano Emmett aun estaba construyéndo su pequeña empresa de Software y Hadward, así que sus gastos estaban mayormente en cumplir ese sueño, así que no se molestaban en pedirle dinero para absolutamente nada, a pesar de que su hermano generosamente se lo ofrecía a menudo. Bella entendía su situación y lo apoyaba totalmente.

Era un sueño que Cullen se había ofrecido a traerla a su casa. El mismo hombre que la hacía suspirar en las reuniones y juntas de la empresa. El inalcanzable Edward Cullen que le aceleraba el pulso con solo saludar a los presentes con su radiante sonrisa cordial. Jamás olvidaría esa noche, al día siguiente le contaría todo a su tía. Entró en su habitación sin hacer ruido y comenzó a desvestirse para entrar en la cama, sí es que podría hacerlo, pensó emocionada. La noche se había sido un sueño hecho realidad, y por nada quería quitarse el buen sabor que le había quedado.

Por todos los cielos, Edward Cullen. Sexy, atractivo. Super semental. Un hombre por el cual cualquier mujer daría lo que fuera por captar su atención, y lo decía en sentido literal. No por nada había sido nominado como el empresario más guapo y seductor en dos revistas de moda y chimentos. Era un erudito en los negocios, eso estaba claro, y era el sucesor de Carlisle Cullen, su padre, un hombre con los pies puestos en la tierra en todo el sentido de la palabra. Sin duda, se había ganado con creces su puesto, y muchos decían que hasta ya había superado a su padre mucho más.

—Ojalá no le haya parecido muy charlatana —soltó una risita.

Luego se colocó un camisón beige de seda con encaje blanco, era muy fino y seductor, perfecto para ella, pero muy atrevido a su parecer. Belinda se lo había regalado para su noche de bodas, pero Bella lo había usado antes de tiempo, no era muy tradicionalista como su tía, eso era seguro. Se metió lentamente en la cama, pero al cabo de un rato se dio cuenta que no podía dormirse, estaba muy consternada por lo que había sucedido hace unas horas.

Edward Cullen, rayos.

Le había dado su tarjeta con la intención de que le llamara para una cita. Debía ser una broma. ¿Una cita? ¿Esa era la palabra correcta? Tal vez podríamos salir en otro momento...

Unos leves toques en su puerta la sacaron de su ensoñación, y con un leve adelante la persona entró a su presencia.

—Hola —dijo—. Lamento molestarte a esta hora.

—¿Qué sucede tía? —cerró la puerta detrás de ella, cuando entró.

—Yo —se mordió el labio inferior, nerviosa—. Debemos hablar —musitó con voz firme.

—¿De qué? —dijo sentándose en su cama sin quitarle la mirada fija.

—De todo un poco —suspiró—. Cariño, sabes que te adoro, y que por nada del mundo querría que algo te sucediera, pero es que —se acalló sin saber como continuar. Respiró hondo y siguió—. No me gustó para nada la actitud que tuviste esta noche. Lo considero una falta de responsabilidad y madurez de tu parte.

—¿A que actitud te refieres? —preguntó realmente dudosa.

—A la de salir a altas horas de la noche en compañía de un hombre que apenas conoces —frunció el ceño—. Bella, ¿quién era? Cómo se te acurre subirte al auto de un desconocido sin siquiera notificarmelo —ese había sido Chuck, el chofer de su tía.

—Escucha —suspiró hondo—. En verdad lo siento, pero...quería hacerlo. No podía desaprovechar una oportunidad así —Belinda la miró con reprobación.

—No quiero imaginar que te podrían haber violado o quién sabe que otra cosa peor —negó—. Debiste haber regresado con Chuck, por eso no quise que fueras en taxy.

—¡Lo sé! Pero es que se trataba de mi jefe, Edward Cullen, ya te había mencionado sobre él hace unos días.

—¿Qué? ¿El Adonis?

—Sí —replicó tragándose una sonrisita travieza—. Sé que esto te ha puesto molesta. Y con toda razón, pero tienes que entenderme. Me ha gustado desde que lo vi por primera vez hace dos meses, y al parecer yo también le atraje así que se ofreció a traerme —su tía endureció el semblante.

—No lo conoces —espetó—. ¿No pensaste en que ese sujeto solo te está utilizando porque quiere una sola cosa? —Bella abrió levemente los ojos y se levantó de la cama sin dejar de mirarla a los ojos.

—No se propasó conmigo en ningún momento —dijo Bella.

—Que se porte como todo un caballero al principio no significa que no pueda mentirte ni engañarte —dijo con firmeza—. No quiero que salgas lastimada, es todo —Bella se sintió profundamente conmovida, sí había alguien que veía como su segunda madre era la mujer que tenía enfrente.

—Gracias, pero —murmuró—. Solo me trajo a casa, tampoco es para tanto —dijo omitiéndo rotundamente la parte en que le había dado su tarjeta y que quería verla para salir con ella en algún momento.

—Ten cuidado, es lo único que diré —sonrió maternalmente, Bella la imitó. Despues siguieron hablando un rato más acerca de la fiesta hasta las venció el sueño y se despidieron para descansar en sus respectivas camas. Había sido un día muy agotador y emocionante, pensó sonriendo.

o.o.o

Edward abrió una botella de Whisky, había tomado un vaso de cristal, pero ni siquiera lo utilizó simplemente tomó un largo sorbo del pico de la botella, se limpió la comisura de su labio y miró la botella entre sus dedos, esbozó una sonrisa rota. Él raras veces había probado el alcohol desde que su esposa había muerto, pero había ocasiones, como ésa, en que lo necesitaba desesperadamente. Bebió otro sorbo y puso el corcho en su lugar, no podía sacarse a esa chica de su mente, lo había cautivado de buenas a primeras, y eso solo había ocurrido una sola vez en su vida: con Leyla. ¿Qué tenía ella de diferente al resto? Tampoco podía dejar de calentarse al pensar en las cosas que le hubiera hecho esa noche si hubiera aceptado acompañarlo a su casa, pero claro. Ni siquiera le plateó la posibilidad ya que, sabía cuál sería la respuesta. Un auténtico rotundo no. También estaba su propia inseguridad la cuál le impedía ser gentíl y no pensar sí mismo teniéndo en cuenta que no deseaba tener otra amante pesada y exigente como era Irina, a quíen había seducido astuta y sigilosamente como había hecho con Isabella, aunque a diferencia de la más joven, fue Irina quién terminó seduciéndolo a él y metiéndolo en su cama.

El pensamento provocó en él un escalofrío, había cometido errores, y nunca le había entregado el corazón a ninguna amante. Porque Edward ya no tenía corazón, se lo había llevado su esposa a una fría y oscura tumba hace cinco años.

Sintió unos leves golpecitos en la puerta y se asomó para ver de quien era, en el mirador no aparecía nadie así qué abrió la puerta para ver quién demonios era.

—Tsk —bufó al no ver a nadie en la puerta, se dispuso a cerrar cuando un maullido muy leve le hizo bajar la cabeza al suelo, ahí en su alfombra de piel había un precioso y muy asustado gatito negro con manchitas blancas en las patitas restregándose cariñosamente al verlo. Parecía estarlo saludándo, pero Edward solo enarcó una ceja cuando sus ojos hicieron contacto con los del gatito. No quería que un gato anduviera husmeando por su piso porque que estaba prohibido en ese complejo de apartamentos que los animales rondarán por ahí.

—¿Qué demonios quieres? —dijo ceñudo, el animalito se restregó cariñosamente entre sus piernas mientras ronroneaba—. No creas que voy a dejarte entrar —soltó un pequeño maullido tan adorable que consiguió sacarle una pequeña sonrisa de lado—. Está bien, tengo algo de leche —lo dejó pasar y el minino entró con porte triunfal—. Pero luego te vas. No quiero verte aquí. ¿Entendiste?

Como si supiera lo que acababa de decir soltó un pequeño maullido más, aparentemente acatando la orden, Edward suspiró.

—Por aquí.

Caminó hasta la alacena de su cocina donde tenía un pequeño recipiente metalico, volcó en él una medida justa de leche de su refriguerador y se la colocó en el suelo. El animalito soltó un ronroneo más fuerte y comenzó a beber bastante gustoso. No podía negar que era bonito.

Suspiró cuando el gatito terminó su leche y se dispuso a sacarlo, pero de nuevo lo miraba con esos ojos grandes y brillantes, como pidiéndole mudamente que le diera una oportunidad, una oportunidad de pasar la noche con él.

—Ah no. Ni lo sueñes —negó tajante—. Tienes que irte, ese era nuestro trato.

El gatito maulló más fuerte soltando un resoplido, como haciéndole acordar de que era un gato y no comprendía de que trato le estaba hablando.

—Ya tomáste tu leche —masculló revolviéndose su negra cabellera, pero el gato parecía no querer entender—. Mira gato, no puedo tenerte esta noche aquí. Hay reglas y no tengo la más pálida idea de donde saliste, pero no te puedes quedar —soltó un gritito que lo irritó más a la vez que le provocaba una sensación cálida—. No me vengas con miau, debes irte ahora —recalcó la ultima palabra, pero fue en vano—. Dios mío —negó derrotado. Tomó al felino entre sus dedos y se lo acercó dirigiéndose a la salida del apartamento, el pequeño se restregó en su pecho fuerte y desnudo y de pronto sintió una punzada extraña. Como si fuera remordimiento. No sabía porque, pero no creía que se tratara de esa sensación. El animal siguió haciendo contacto con su piel, y no pudo evitar sonreír de lado—. Eres un maldito. ¿Lo sabías? —otro maullido—. Sí como quieras.

Se encaminó hasta su sofá y sentó con él en su regazo. Le acarició el pelaje un rato hasta que comenzó a sentir un poco de sueño.

Soltó un profundo bostezo y se levantó dejándolo en el sillón con una improvisada caja con arena y comida en dos recipientes diferentes. Uno contenía un poco leche fría y el otro agua.

Caminó hasta su cama y pensó si quitarse los pantalones de piyama gris que llevaba puesto o dejárselos. Optó por lo segundo y se metió entre las sábanas, amaba dormir en bóxers, pero estaba tan cansado que ni siquiera le importó. Se fue rindiendo de a poco al sueño hasta que, luego de unos largos segundos, no supo más nada del mundo. Solo sintió un pequeño peso que se recargaba tímidamente en sus pies. Ese animal se estaba tomándo muchas atribuciones.

...

La noche de Bella había sido muy relajada. Había dormido como un bebé.

Había soñado extraño: Que su amado jefe se colaba por las ventanas de su habitación, que se acercaba a ella cuidadosamente y comenzaba acariciarla. Era una locura, pero no podía dejar de pensar en su sonrisa, sus ojos y...sus besos. Nunca la había besado, pero en sus sueños abusaba de su boca como nadie quitándole el aliento de forma sensual. Primero con ternura y luego con ardiente pasión que amenazaba consumirlos a ambos. Era increíble. Un sueño tan fogoso que todavía añoraba estar dormida para disfrutarlo, seguía más abajo tocando su piel con ternura, con una caricia que los derretía y les arrastraba al extasís que solo dos cuerpos tocándose podían sentir, ambos pedían más y más.

Sus bocas continuaban un baile que no tenía fin, suave, lento, como la caricia de una rosa, sin nada de prisa, sus mojadas lenguas se amarraban la una a la otra sin clemencia, dando paso a la desesperación y la lujúria. Bella se abrazaba de Edward de manera que quedaba sentada a horcajadas, y comenzaba a besarlo sin control. Profanando su boca llena del hambre que le había tenido siempre y que ya no podía controlar. Lo besaba una y otra vez de arriba a abajo, sin control, con desesperación, con lujúria, con sed. No podía quedarse quieta. Tenía que tenerlo en ese preciso momento. Y no iba a esperar más. Luego de llenarlo de besos comenzó a friccionar sus sexos una y otra vez con lentitud. Esperando una reacción de su parte, la obtuvo. Edward echó la cabeza hacía atras y se dejó llevar, la joven sabía moverse. Tal vez le faltaba algo más de práctica, pero eso no suponía ningún problema...¿Sino para que estaría él? La tomó bruscamente de las caderas deteniendo sus movimientos cada vez más rápidos hundiéndo la cara en su cuello y levantándola por su trasero para que su miembro encajara de golpe en su intimidad. Y lo consiguía, para delicia de ambos. Bella dejó escapar un profundo y largo gemido que lo llenó de satisfacción, haciendo que miles de corrientes viajaran por su cuerpo causándole un reacción inesperada. Desconocida. Una que jamás había sentido en su vida, una que no sabía si le daba más placer que dolor. Tal vez ambos. Y el baile sensual de sus cuerpos comenzó, primero despacio, luego fuerte, hasta que se convirtió en una danza erótica en la que ambos eran prisioneros y ya nunca más podrían escapar. Se movieron mucho hasta que quedaron exhaustos, sintiéndo la liberación hacerse presente en el momento menos pensado.

—E-edward.

—Bella —ronroneó.

Ambos quedaron cansados uno arriba del otro sin poder moverse. Temiéndo que pudieran romper la cálida y cómoda atmosfera que los rodeaba. Se aferró a su cuello rodeándolo con sus brazos.

Había sido una sensación sublime. Maravillosa.

—Me encantas —suspiró—. Quiero hacerlo de nuevo.

—Tus deseos son órdenes, cariño —la penetró con fuerza, sin más, sintiéndo como una segunda liberación los embargaba, hasta que...

—Bella —dijo Edward.

—Edward.

—¡Bella!

Se levantó de golpe al sentir el grito y vio a su tía con una ceja enarcada mirándola como si pidiera una explicación. Le había reprochado el haberla despertado de su ardiente sueño, pero luego de mirar el reloj en su mesita saltó de la cuenta y comenzó a vestirse para no llegar tarde al trabajo. Claro que lo hizo luego de darle un sonoro beso a su tía en la mejilla quien seguía divertida.

—Casi llegas tarde por causa de tu Adonis —rio, y Bella se sonrojó como un tomate. En silencio salió de la enorme habitación para tomar el taxy que la llevaría a su trabajo.

Llegó temprano sintiéndo como cada músculo tenso de su cuerpo se relajaba. Una sola tardanza y estaría en serios problemas con... él.

Suspiró endiosada, ahora que lo pensaba, llegar tarde no era una mala idea. Si eso significaba verlo unos minutos antes de que empezara la jornada laboral.

Salió del auto y entró casi corriendo al edficio para insertar su tarjeta de asistencia, se chocó con alguien llevándose un buen golpe en el trasero.

—¡Disculpa, es que no te vi! —se disculpó el extraño.

—Ya sé que no me viste. Deberías tener más cuidado —se quejó adolorida.

—En verdad lo siento —la ayudó a levantarla y le estrechó la mano—. Un placer, soy Mike Newton. ¿Tu eres?

—Isabella —respondió.

—Un gusto Isabella —Bella se quedó atónita al voltear y mirar al joven que tenía en frente. Era alto rubio y muy bien parecido. Parecía uno de esos actores de Guardianes de la Bahía* que solía ver su madre cuando era más joven.

—Igual —dijo ella—. Ah...ya debo irme.

—Claro —dijo el joven sonriéndo—. Creo que nunca te he visto por aquí, lo recordaría si lo hubiera hecho.

—¿Eh?

—Trabajo aquí como técnico de PC y mantenimientos de ordenadores. Hace poco el señor Cullen me llamó para que eliminara un virus muy peligroso que había atacado varias computadoras y había dañado sus discos duros. Afortunadamente el problema está resuelto y no se perdieron datos importantes.

—Vaya —dijo asombrada—. Eres muy inteligente.

—Gracias —sonrió, y Bella corrió la mirada algo avergonzada. El joven tenía una sorisa algo seductora que tenía un tinte especial.

—Te veo luego, Mike —se despidió, él le devolvió el gesto con la mano.

—Que tengas un buen día, Isabella.

—Dime Bella, mis mejores amigos me llaman así.

—De acuerdo —sonrió más—. Bella.

Sin más se fue dejándolo al joven solo en el pasillo. Caminó hasta la oficina donde trabajaba, y al entrar saludó amablemente a Jesica. La horas laborales pasaban lentas y tediosas, y Bella no podía más que agradecer eso profundamente en su interior. Le gustaba estar en aquel lugar pese a la pila de trabajo que le cargaban a diario, si con eso podía compensar de verlo a... él.

Luego de que el día llegara a su fin, tomó sus llaves y su bolso, caminó despreocupada por los grandes pasillos saludándo a cuanto conocido se le cruzara, y ahí lo vio. Estaba recargado en uno de los barandines que daban paso a las escaleras de emergencia, con la cara mirándo al suelo y su hopo cobrizo tapándo sus ojos hermosos.

También estaba de brazos cruzados y sus piernas se entrelazaban dandole un aspecto endemoniadamente sexy. Demasiado sexy para ser legal, pensó acercándose lentamente hasta él con paso tembloroso. Al verla, Edward levantó la mirada para admirarla y cuando terminó sonrió de lado.

—Te esperaba —susurró. A Bella la recogió un estremecimiento muy agradable por el cuerpo.

—Lo sé... yo, te vi y pensé en eso —susurró. Edward se salió de su posición de galán para acercársele y mirarla de frente a los ojos.

—¿Tienes planes para la noche?

—No —susurró.

—Estupendo —sonrió tenuemente.

La condujo por un camino fuera del edificio que llegaba al estacionamiento de la empresa. Al llegar a Lamborghini de Edward lo esperaba con las luces centelleándo por los costados. Condujo hasta un modesto y elegante restaurante italiano que quedaba casi a las afueras de la ciudad, pero a Bella no le importó, sabía que él la traería sana y salva de vuelta a su casa.

—Yo lo hago —dijo con una sonrisa al ver que ella se disponía a abrirse la puerta.

Al entrar Bella se quedó maravillada por el ambiente de aquel lugar, era precioso y muy acogedor. Era el tipo de lugar que parecía haber sido sacado de un cuadro familiar, que se colgaba arriba de la chimenea, ya que el clima era tan suave y cálido, Bella no dudo en que no debía ser un restaurante costoso.

—Es precioso —murmuró anonadada, admirándo cada tramo del lugar.

—Lo sé —dijo Edward.

—¿Vienes a menudo? —preguntó.

—De vez en cuando —dijo—. Cuando quiero salir de la rutina o pasar un momento a solas me hago una escapada por estos lados —Le hizo señas a un mesero que pasaba por ahí. El esbelto hombre se acercó a pasos firmes hasta donde estaban y los saludó haciendo una leve inclinación—. Señor —saludó—. Señorita —miró a Bella y luego volvió la visión a Edward—.¿Cabernet? —hizo un gesto como sacándo una libreta de su bolsillo.

—Esta vez no, Waylon —dijo con una sonrisa—. ¿Te gusta el Champagne?

—Sí.

—Champagne será entonces.

—Estupenda elección, señor —sonrió el hombre—. ¿Y de comer que van a pedir?

—Traéme una pasta con salsa de Alfredo —dijo.

—Ok —anotó el mesero el pedido—. ¿Y la señorita?

—Una Lasaña individual por favor —dijo mirándo el menú que el hombre les había ofrecido.

—En seguida —dijo y se retiró.

—¿Te gusta la comida italiana? —preguntó.

—Sí, mucho.

—No lo sabía —comentó él.

—Usted no sabe casi nada sobre mí, señor Cullen —se encogió de hombros—. Convengamos que ésta es nuestra primera...salida.

—Salida —rio—. Buen nombre para sustituír lo que realmente estamos teniéndo.

—¿Y eso es?

—Una cita —aclaró—. Ni más ni menos.

—O-okay —respondió dudosa.

—Hablame de tí, ¿viajaste a Italia alguna vez? —preguntó dando un sorbo a su copa con agua.

—Mi tía tiene socios en italia —corrigió—. Mi familia y yo pasamos una temporada con ella mientras su esposo aún vivía, digamos que fuimos de excursión. Aprendí mucho del lugar y hermoso. Y además que la comida es deliciosa los paisajes son espectaculares —cerró los ojos recordándo viejas experiencias felices.

—Supongo por como te expresas que querrías vivir allá —dijo tanteándo terreno. Quería saber que tanto le importaba ese lugar en especial.

—La verdad es que no. Me gusta el clima, los paisajes, la zona, pero mi lugar está aquí. En estados Unidos —afirmó—. No me imagino viviendo en un lugar donde no sé manejar el idioma nada bien y siempre las personas me dan cosas totalmente diferentes de las que pedí —rio, y Edward enarcó sus cejas cobrizas.

—¿A que te refieres? —inquirió—. Te has adaptado a la comida y a los habitantes, ¿Pero no al idioma?

—Bueno —titubeó—. Las oportunidades de conseguir un empleo no son muy buenas —explicó—. Al menos así lo veo yo, y pues.. con respecto al idioma, creo que menos oportunidades tienes cuando no lo manejas bien.

—Vaya —dijo asombrado—. Tu sinceridad me asombra, no muchas personas aceptan algo así, digo, hablar italiano es muy sencillo. Al menos para mí si lo es —ladeó un suave sonrisa que a ella le provocó un pequeño rubor.

—No me gusta mucho, eso es lo que pasa —se defendió timidamente.

—Y está bien —la miró fijamente—. No es necesario ir por ahí finjiéndo lo que no eres solo para impresionar a un grupo de tontos.

—Creo que no podría estar más de acuerdo —sonrió brillantemente, y a Edward eso le provocó en nudo en el estómago. ¿Cómo podía algo tan insignificante como esa sonrisa ponerle los pelos de punta? Sacudió la cabeza para alejar esos pensamientos y concentrárse en ella. Cuando el mesero trajo sus pedidos se dedicaron a comer sin mucha más conversación, solo se lanzaban un par de mradas furtivas de vez en cuando, o mejor dicho era Isabella la que lo hacía.. Sin embargo Edward no se quedaba atrás, varias veces lo pilló ojeando sutilmente el suave escote que su camisa blanca de oficina le ofrecía a la vista. La verdad era que el silencio que los rodeaba era agradable, y bastante acogedor, no deseaba que se acabara nunca.

—¿Entonces porque trabajas si es obvio que vienes de una familia adinerada? —preguntó de ´pronto.

—Am, no. Mi familia no es adinerada —explicó con voz suave—, Belinda, la hermana de mi madre tiene acciones, empresas y cadenas de hoteles en el extrangero. Heredó todo eso de su padrastro, ya que sus padres biológicos la desheredaron al contraer matrimonio con un hombre que no era de su clase social —explicó—. Ya sabe como eran esas cosas antes.

—Ya veo.

—Mi familia es de clase media. Mi hermano Emmett trabajamos para mantener a mi madre luego de que... —negó—. No tiene sentido.

—¿No tienes padre? —Bella pareció atragantárse cuándo le hizo esa pregunta, que por supuesto no se esperó. —Disculpa, ¿Mi pregunta te incomodó? —negó mientras tocía disimuladamente. Carraspeó para luego mirarlo con una sonrisa que quiso parecer natural, pero él sabía que estaba algo tensa.

—Mi padre... era camionero —contó—. No lo veíamos mucho porque a veces le tocaba salir del país y regresaba luego de meses estándo fuera, pero fue un buen hombre al menos la mayor parte de su vida —murmuró lo último desviándo su cara con algo de rencor.

—¿A que te refieres? —indagó desconcertado—. ¿No era un golpeador o alcóholico, verdad?

—No, no —suspiró—. Se fugó a quién sabe donde con la novia de mi hermano —explicó soltándo un resoplido—. ¿Quién lo imaginaría? un hombre viejo conquista a una joven bonita e inteligente. Un golpazo de suerte diría yo —dijo con pronunciado sarcasmo. Edward abrió mucho los ojos.

—¿Es en serio?

—Sip. Por supuesto que la fortuna que papá heredó de su difunta madre abogada tuvo mucho que ver en la decisión de la...joven —dijo guardándose las ganas de decir una palabra más adecuada para catalogar a su ex cuñada.

—Disculpa —murmuró—. Soy un idiota, no debí haber sacado este tema a colación.

—No hay problema. Soy una persona bastante optimista y sé salir de los problemas...O al menos sobreponerme a ellos con entereza —dijo con una sonrisa orgullosa. Edward rio suavemente.

—Me alegra escuharlo. Y sí, te sirve, yo sufrí mucho cuando se separaron. En ese entonces tenía unos once años, pero luego comprendí que a veces el divorcio es la mejor manera de poner fin a un asunto irremediable —explicó con voz apagada—. ¿Entiendes?

—Sí, entiendo. Y también siento mucho eso.

—Gracias —sonrió.

Luego de que Edward pagara la cuenta se retiraron del restaurante y condujo hasta la mansión donde vivía, Bella lo miró con unsa sonrisa a modo de agradecimiento mientras abría la puerta del copiloto para salir.

—Adiós, y gracias por la cena.

—De nada —cerró la puerta despidiéndose de ella con la mano—. Que descanses —la vio marchar por el sendero que llevaba hasta el portón principal. Al llegar Bella sintió que alguien agarraba su brazo con fuerza, impidiéndole que oprimiera el botón del portero eléctrico.

—¿Qué..?

—Sé que esta noche solo hemos hablado de ti, y casi nada de mi, pero quiero que sepas que... —guardó silencio un momento, y luego agregó:— No soy de hablar mucho de mi mismo.

—E-esta bien —sus ojos verdes parecían refulgir con algo más que la luz mortecina de la farola que estaba en una esquina de la calle. Algo parecido a la tristeza. ¿Que podría haberle pasado para que tuviera aquella mirada?—. ¿Edward...

—Perdí a mi esposa hace cinco años —soltó—. En un accidente automovilistico. Estaba más que seguro que estaba embarazada, tuvimos una pelea y ella se marchó. Aunque nunca más pudo regresar —murmuró con una tristeza que era casi palpable. Bella se quedó boquiabierta, sin saber que decir para consolarlo. Era obvio que aun seguía sufriendo aquella pérdida. Y no era para menos, se trataba de un ser querido... De la mujer que él amaba.

—Señor —susurró—. Lo siento muchísimo.

—No lo sientas —dijo—. Tengo que sobreponerme, como tu misma dijiste hace un rato.

—Pero esto no es lo mismo. Lo suyo es... horrible —murmuró sin poder hayar una palabra más adecuada—. Y no puedo imaginar lo que siente.

—Dolor. Y mucha bronca —suspiró mirándo el hermoso cielo nocturno—. Dios mío, no sabes cuánto la extraño... Y cuánto me odio por lo que le pasó.

—¿Cómo se llamaba? —quiso saber.

—Leyla.

—Lo siento —repitió suavemente.

—Gracias —dijo esbozándo una sonrisa que no le llegó a los ojos—. Me siento un poco raro contándote esto, pero supongo que esta bien, para, ya sabes, sacar lo que te aflije.

—Hizo bien. Yo soy una especie de... amiga —sonrió sinceramente, Edward se permitió pensar por una fracción de segundo, solo por una fraccción las cosas en que podría necesitarla. Inmediatamente como llegó borró ese pensamiento de su mente.

—Bueno, me retiro. Gracias por... aceptar mi invitación.

—Gracias por confiar en mi lo suficiente como para contarme algo tan personal —susurró con una sonrisa—. Me hace sentir...útil, de alguna forma —Edward pudo sonreír un poco más.

—Adiós Isabella.

—Llámeme Bella.

—¿Bella? —rio—. ¿Eres fan de La Bella y la Bestia? —Bella soltó una carcajada.

—No, no me gusta mi nombre, es todo.

—¿No te gusta? ¿Estás loca? Pero si es un nombre hermoso y... —se calló abruptamente al notar lo que acababa de decir, ¡maldición!, pensó—. Yo, pues, creo que me voy.

—Adiós, Edward —mencionó su nombre de una manera tan pero tan suave que para Edward su nombre, en los labios de aquella bonita muchacha sonó a algo parecido a una melodía. La miró más detenidamente, era hermosa. No había duda de eso, y poseía curvas tan suaves que transformaban su cuerpo esbelto en una verdadera figura. Y su cara parecía hecha de porcelana, tan blanca, tan suave...tragó en seco.

—Adiós —dijo dandose la vuelta y marcharse a su auto, Bella miró el vehículo hasta que se perdió en el horizonte. Esa noche era otra para recordar. ¿Cómo era posible que le hubiera tenido tanta confianza como para contarle algo tan delicado y personal?

Tal vez, si le gusto, pensó, pero tan rápido como esas palabras aparecieron en su mente negó para que se esfumaron.

—Sí, claro.

Comenzó a reír para por semejante ocurrencia. Edward Cullen no tenía ni tendría ojos para otra que no fuera que su esposa. Lo había visto en sus ojos esa misma noche.


Capítulo 4! Gracias por todo. Espero que hayan difrutado de la lectura y nos leemos la próxima actualización (ya tengo casi listo el capítulo 5) Yeiii!

LadyWriterMine :3