Disclaimer: Los personajes de Twilight no me pertenece, son de su creadora Stephanie Meyer. Yo los tomo prestados para mi historia la cual es completamente mía.

Capítulo 6

Bella caminó hasta donde estaban los autos de la empresa estacionados. Había un sin número de modelos muy lujosos, y entre ellos resaltaba el precioso Lamboghini blanco de Edward, el cuál ya estaba apoyado en el capó de este esperándola.

—Siento llegar tarde. Tuvimos una complicación con unos archivos —se acercó para saludarlo con un beso en la mejilla, Edward se quedó estupefacto—. Pero ya está todo bien.

—Me alegro —dijo subiéndose al vehículo—, ¿quieres que te abra la puerta de copiloto?

—No no —sonrió—. Gracias.

—De nada.

Condujo distraído hasta llegar al restaurante donde almorzarían, de pronto notó que Bella estaba algo inquieta y a la vez un tanto ausente.

—¿Sucede algo?

—¿Qué? No, todo está bien —dijo evasiva.

—No sabes mentir —dijo él—, pero si no quieres hablar del tema está bien.

—Es solo qué... me preguntaba —se mordió el labio inferior insistentemente—. ¿Qué se supone que somos? Me refiero... ¿que somos si salimos.. así, como lo estamos haciendo ahora?

—¿A qué te refieres? —preguntó confundido.

—No quiero dar a entender que no agradezco sus atenciones y todo lo que hace por mí, pero —respiró hondo y luego lo miró a la cara—. No llego a comprender si lo nuestro es una simple amistad o.. algo más.

listo, ya lo había dicho. Ahora dependiendo de su respuesta Bella volvería con el corazón hecho añicos o feliz.

Edward solo hizo una mueca antes de contestar, se tomó su tiempo, pero Bella sentía que debería samarrearlo para reaccionara.

—Creo que estás confundiéndo las cosas —dijo por fin—, yo no puedo iniciar una relación ahora. Tal vez nunca pueda, debido a lo que ocurrió con mi esposa.

—Pero, ¿entonces porqué me invita a salir, porque me da su número de teléfono y porque siempre está acechándome? —preguntó. Edward sonrió de medio lado.

—Yo no te acecho —dijo.

—¡Por supuesto que sí! —protestó—, Hoy solamente ha pasado diez veces por mi piso, enfrente de mi cubículo.

—¿Y qué? ¿Acaso no soy el jefe y puedo hacer lo que quiera? —preguntó sin levantar el tono de voz, girándo hacia la derecha.

—No quise decir eso, es solo qué...

—Es solo que ¿qué?

—Qué un jefe o un simple amigo no hace todo esto a no ser que quiera algo más —soltó. ¡Dios! ¿de dónde estaba sacándo tanto valor para decir todo aquello?—. No quiero que usted se tome esto como un reclamo, Señor Cullen, pero es que la verdad no lo entiendo.

—Y no hay nada que entender —dijo molesto entre dientes cuando ella lo llamó "Señor Cullen"

—¿Qué?

—Lo que oíste, no tomes las cosas por un rumbo que no van, y que no van a ir —contestó en tono firme y seco—. Somos amigos, es cierto. Y nada más. Dos amigos que salen, se divierten, disfrutan de un momento agradable en compañía del otro, y listo. No hay necesidad de enredar nada.

—¿Enredar? —explotó—. ¡Usted es un canalla!

—¿Disculpa? Que es esa manera de hablarle a tu jefe, jovencita. Aun puedo despedirte por si te olvidas.

—¡Perfecto! —dijo bajándo del auto a toda prisa—. Aunque no es necesario que me despida porque yo renuncio.

—¿Qué? —dijo atónito—. No hablarás en serio.

—Por supuesto que sí, suélteme.

—No voy a soltarte —dijo tomándo más firme su brazo—, yo no quiero que renuncies —susurró con tono apagado, a Bella se le oprimió el corazón.

—No yo... —dijo cerrándo la puerta del copiloto—, no puedo seguir así, lo siento. Es por mi bien —rio amargamente— no quiero ser el ligue de un hombre que luego ni se va acordar quien soy —suspiró fuertemente—. Así qué me temo que debo cortar... esto, lo que sea que estemos teniéndo.

—Una amistad —le recordó él.

—Una amistad —repitió Bella.

Edward se preguntó como fue que todo se vino abajo.

Estaban tan bien, tan relajados. Tan cómodos el uno con el otro que no pensó que ella se le rebelara de esa forma, pero no podía culparla. Sabía que ella confundiría las cosas, y lo peor que todo era su culpa.

No quería una relación. No quería a nadie más que no fuera su Leyla. Sin embargo desde que Bella apareció en su vida no pudo quitársela de la cabeza, claro que solo la quería para el ámbito sexual. Necesitaba desesperadamente sacarse de encima a Irina, y Bella le parecía la mujer perfecta para esa labor. Grave error. Frente a sus ojos estaba toda una mujer luchadora que no se dejaría mancillar ni manipular. Había descubierto su treta, y ahora estaba a punto de pagar por ello.

—De acuerdo —dijo por fin atrayéndo la atención de Bella—. Yo te necesitaba, e hice todo mal creyéndo que... podría tenerte a mi lado, tu sabes —murmuró mirándo el suelo—. En mi cama.

—¿Qué? —preguntó—. ¿Era solo para eso para lo que me quería? —la tristeza en su voz era palpable y Edward se sintió como un perfecto cabrón.

—Sí.

Las palabras de su tía resonaron en su cabeza de pronto "solo quiere usarte y luego desecharte" Dios que horrible sonaba.

—Debo irme —se dio la vuelta y buscó un taxy con la mirada, Edward la detuvo del brazo antes de que caminara.

—No —dijo—. No quiero que te vayas —me vale una mierda lo que usted quiera, pensó irritada. Sin embargo solo se limitó a mirarlo a los ojos con frialdad.

—Suélteme —pidió.

—No.

—¡Qué me suelte! —intentó safarze.

—No hasta que me escuches —la agarró más fuerte sin llegar a hacerle daño—, por favor...

—No —le aseguró—, y nunca más voy a dejar que se me acerque, ¿me oyó? Nunca más.

—Déjame explicarte, Bella —dijo con calma—. Me gustas, no pienso negarlo. Pero... no puedo —cerró los ojos con dificultad—, no puedo amar ni ser amado porqué —se mordió el labio—. Porqué perdí esa capacidad —murmuró con tono tan dolido que Bella dejó de luchar por unos segundos.

—¿Cómo dice? —dijo—. Todos merecemos amar y ser amados.

—Yo no —la miró a los ojos de pronto—. Por mi culpa Leyla murió —parpadeó confundida y Edward se apresuró a explicarse—. Esa noche, estaba lloviéndo y... discutimos porqué tal vez ella estaba embarazada. Leyla quería ser madre, pero yo me había obsecionado con tener hijos y no me daba cuenta que eso la asustaba un poco —rio—, un día se hizo un test y salió positivo. Estaba embarazada después de tanto tiempo que llevábamos intentándolo, no podíamos estar más felices con la noticia hasta que... Leyla comenzó a actuar extraño, es decir, es común de que a las embarazadas sufran cambios emocionales —Bella escuchaba aténtamente el relato—, pero Leyla estaba fuera de control. Todos los días peleábamos por algo, a veces comíamos separados para no discutir mientras nos llevábamos un bocado a la boca.. Inclusive los últimos meses dormíamos en habitaciones separadas y... cuando la buscaba para darle los buenos días o para saber si necesitaba algo solo me ignoraba. Era muy duro vivir así —negó—. Un día llegué cansado del trabajo y ella tuvo sus primeros antojos. Quería arándanos y chocolate urgentemente, así que tomé mi abrigo de nuevo y caminé hasta la puerta para ir a comprárselos, pero ella se negó. Me dijo que no me molestara porque de todos modos ya no quería seguir conmigo.

Una brisa fresca comenzó a volvar los cabellos de ambos, pero Edward estaba tan absorto mirándo un punto ciego que no le prestó atención.

—Me dijo que iba a dejarme y a buscar un mejor padre para "su" hijo —la voz se le tiñó de amargura, y Bella tuvo el extraño impulso de consolarlo para que no siguiera sufriéndo—. Dijo que no servía como padre sino volvía a casa con unos chocolates y arándanos. Así que se fue.

—¿Y qué pasó? —preguntó sin poder evitárlo.

—Antes de que se fuera le grité que sería el padre ideal para nuestro hijo —Edward le había recalcado el "nuestro"—. Qué tenía errores como cualquiera, y que ella no debía juzgarme por no tener mucha idea del tema, pero ya se había ido.

—¿Fue a buscarla? —interrogó.

—Sí, pero era tarde —suspiró—. Cuando salí ya había cogido un taxy a quién sabe donde —luego dijo en un susurró—: Media hora después recibí la llamada de la policía, de que mi esposa había tenido un accidente automovilístico. Y que estaba muerta.

—Dios, Edward —susurró triste—. En verdad lo siento muchísimo.

—No lo sientas —dijo—, tú no tienes la culpa de nada.

—Y usted tampoco —concedió.

—Claro que sí, si no me hubiera dejado vencer por mi orgullo ella estaría aquí, sana y viva.

—No tenías manera de adivinar que algo así ocurriría —dijo con suavidad, Edward la miró un rato largo, cosa que a ella le produjo un leve nerviosismo.

—¿Eso crees?

—Por supuesto que sí —sonrió—. Usted quería ayudarla, y apesar de su rechazo no se rendió.

—No —murmuró—. Pero ella murió.

—Aun así, es un gran hombre por haber intentado retenerla, aunque no lo haya logrado no quita que se portaste a la altura de un buen marido —y tal vez también hubiera sido un gran padre, pensó.

—Gracias —dijo con tristeza.

—No hay de qué —se acercó a abrazarlo con fuerza, Edward volvió a quedárse atónito, pero esta vez no perdió tiempo y correspondió a su abrazo. Se sentía muy cálido. Demasiado bien. Estuvieron por un rato largo así, abrazándose hasta que Bella rompió el abrazo—. No sé que pasará ahora.

Edward sonrió.

—Ahora que todo está aclarado entre nosotros que te parece si vamos a almorzar —hizo ademán señalándo el restaurante—. Vamos sé que tienes hambre.

—E-esta bien —dijo dudosa y empezó a caminar, sin embargo Edward la detuvo.

—¿Amigos? —dijo tomándola del brazo, Bella lo miró a él, y luego a su agarre para después asentir. Edward sonrió complacido.

La noche había caído, y sentía como poco a poco la confianza que había logrado demostrar en el almuerzo junto a Edward se iba desvaneciéndo. Poco a poco. Lentamente. Él había dicho que podían ser amigos y Bella lo había aceptado, ¿pero se conformaría con eso y ya? Ella misma sabía la respuesta. No.

Edward aparcó afuera de la mansión y la despidió con un beso en la mejilla antes de que abriera la puerta del copiloto. La detuvo y luego susurró:

—Gracias.

Bella apretó los labios sin saber que contestar, miles de emociones cruzaban por su cuerpo así que a lo único que atinó fue a asentir levemente.

—De nada —repitió en el mismo tono suave. Necesitaba salir de ahí urgente. Antes de que se largara a llorar como una magdalena, y no tenía derecho. O tal vez sí, pero no venía al caso. Después de todo él había asegurado que solo eran amigos.

Bajó del auto y caminó con prisa hasta el portero eléctrico de la inmensa propiedad. Al entrar su tía la saludó con una sonrisa, pero Bella sintió que el alma se le estaba encogiéndo, así que no pudo hacer más que oprimir sus labios y ojos en una mueca contristada, y rompió a llorar como había querido hacer desde hace varios minutos.

—Bella, ¿que..?

—Tenías razón —la cortó, sollozándo—, sobre él y yo. ¡Dios fui una tonta!

—Ya ya —dijo sobándole la espalda—. Vamos a tu habitación y ahí me cuentas todo ¿de acuerdo? —Bella asintió sin saber que más decir. Sin fuerzas se dejó guiar por su tía hasta su recámara.

.o.o.o.

Edward manejaba distraído, y a la vez estaba pensándo en Bella. Las cosas habían resultado bien más allá de su descubrimiento. Era una suerte muy grande que la joven lo hubiera perdonado. Tampoco podía culparla, era un galán. Un hermoso muchacho que cualquier mujer, fuera de la edad que fuera, querría conocer. Y más. Sin embargo, Bella parecía distinta al resto de las mujeres. No parecía estar interesada en el sexo, o tal vez no solo en sexo sin una relación establecida. Cosa que no iba para nada con él.

No.

El único verdadero amor que tuvo fue Leyla. Y no deseaba hacer sufrir a nadie como lo había hecho con la joven Swann. Ok, él había tenido bastante culpa por haberse acercado a ella desde un principio. ¿Pero quién podría evitarlo? Bella era hermosa. Y tenía un cuerpo de infarto a pesar de ser bastante delgada. Le molestaba muchísimo cuando pillaba a otros hombres mirándola, tal como Jacob Black y Mike Newton. Esos idiotas se la comían con la mirada, y ella parecía no darse por enterada.

Muchas veces se había desquitado dándoles a ambos pilas de trabajo extra para desquitar su mal humor, y no quería admitir que estaba celoso. Porque no lo estaba, eso quería creer.

Si ella querría iniciar una relación con alguno de esos dos tontos era su problema. Él no se metería. Sacó un folder que contenía las últimas estadísticas de comercialización, en lo que llevaban de su trato con un inversionista peruano, habían tenido serios problemas con su comercio de azúcar y café. La empresa Cullen Enterprise era una de las más prestigiosas a nivel mundial, sino estaban conformes con sus productos podían ser más específicos, pensó Edward. Ya hace mucho que estaban recibiendo quejas porque los productos que exportaban venían fallados. Eso era imposible, alguien estaba saboteándo su mercancía y dejándo su nombre y el del empório por los suelos. Eso jamás lo permitiría. Sacó su telefóno celular y marcó en la lista de contactos un número que conocía.

—¿Black? —dijo cuando respondiéron del otro lado—. Soy Edward Cullen.

—¡Ed! ¿Qué sucede hermano? ¿Algún problema con la empresa?

—Sí —contestó parco—. Necesito que estés dos horas más temprano mañana en la oficina, vamos a tener una junta y te voy a necesitar para respaldar mis informes.

—Eso no tienes que ni mencionármelo, Ed —sonrió—. Estaré mañana a las cinco.

—A las cinco —colgó.

Dejó el teléfono y se sobó las sienes, cansado. ¿Qué rayos estaba ocurriéndo? ¿Quién quería hundirlos?

o.o.o

Bella se secó las lágrimas con el puño de su bata, era obvio que aun estaba afectada, pero intentó ser fuerte delante de su tía sin mucho éxito.

Belinda la miró conmovida.

Le recordaba a ella cuándo tenía veintitres años, pero claro, con diferentes situaciones y emociones. Ni que hablar de las personalidades. Belinda era efusiva y demostrativa, Bella por el contrario, había sido una joven retraída con aspecto de que cualquier cosa la podría quebrar. Sin embargo no era así, había pasado por situaciones duras y ahí estaba, en pie de lucha.

—No le des tanta importancia —aconsejó.

—Creí que de verdad le importaba, yo... —rompió a llorar de nuevo—. Creí que quería conocerme, salir conmigo y... no sé algún día...

—No te mortifíques, cariño —le sobó la espalda cariñosamente—. Ya aparecerá la persona con la que realmente debes estar —Bella la miró confundida y negó.

—Tú no entiendes, tía. Él me gusta, y nadie más.

—Eso dices ahora —la codeó—. Ya quiero verte cuándo encuentres un hombre de verdad.

—Edward es un hombre de verdad.

—Bella estoy inténtando animarte, pero tú no me ayudas mucho que digamos —la regañó.

—Lo siento —masculló apenada.

—Ya —dijo para calmarla—. Que tal si nos vestimos para salir más tarde a dar una vuelta o algo.

—Gracias —sonrió—. Pero prefiero darme un baño y luego, no sé, alquilar una película.

—Me parece estupéndo —se levantó para coger el teléfono y marcar un número—. Pediré una pizza.

.o.o.o.

Emmett aparcó el auto afuera de la propiedad Hale, sospechaba que Rosalie estaba lista así que saldría en cualquier momento. Pasaron varios minutos y la rubia no salía, le mandó un mensaje y al poco tiempo su celular vibró.

—¿Hola?

—Emmett —saludó—, disculpa la demora. Ya casi estoy lista.

—De acuerdo —cortó la llamada. Al cabo de unos cinco minutos la hermosa rubia que era su nueva amiga salió a donde se encontraba—. Qué bueno que... —se quedó mudo al verla. Rosalie llevaba unos pantalones blancos, un sweter color mostaza y unas botas negras que hacían más hermosas sus piernas debido a lo ajustadas que le quedaban. Tenía el cabello recogido en una cola alta y estaba maquillada sutílmente. Solo rimell, una sombra dorada y un brillo—. Wow.

—¿Te.. gusta?

—Que sí —dijo sonriéndo de medio lado—. Estás... hermosa.

—Gracias —contestó apenada.

—¿Vamos? Se nos está haciéndo un poco tarde.

—Claro —sonrió.

Al cabo de diez minutos, ambos estaban deborándo un hot dog que Emmett les había comprado, al parecer su hambre no podía esperar lo que duraba una preparación de comida en un restaurante.

—¿Sabes que pienso? —dijo de pronto, obtuvo la atención de la chica—. Que los dos hacemos una gran pareja —Rosalie casi se atragantó con un trozo al oírlo.

—Sí, bueno, si. Creo que tienes razón —sonrió dulcemente.

—Gracias —sonrió ampliamente. Rosalie rodó los ojos.

—¿Siempre sonries por todo? —indagó.

—Yo, pues sí —se encogió de hombros—, me gusta sonreír.

—Ya lo veo —comentó dando una mordiscada a su comida.

—¿Y tu siempre eres seria? Me refiero a que ¿no sales con amigas y te la pasas estudiando todo el día?

—No —negó—. No salgo con amigas, y no me paso todo el día estudiándo.

—Ah.

—Tengo buena retención y mucha agilidad mental. Saqué un cien en un exámen estudiándo solo el día anterior —explicó.

—Vaya —dijo sorprendido.

—Sí, y tengo ciento diez de coeficiente intelectual —Rose sonrió al ver los ojos de Emmett abrirse como platos.

—Dios mío.

—Si vieras tu cara —sonrió.

—Es qué... eres increíble —Rose dejó de sonreír al oírlo.

—Nah.

—Que sí —refutó.

—Tampoco es para tanto —dijo quitándole importancia con un gesto de mano.

—¿Qué no es importante? —resopló—. Nadie que yo conozca ha conseguido semejantes calificasiónes. Y menos ese coeficiente, eres increíble.

—Ya —dijo sonrojada—. Vas a hacer que me apene.

—Ya estás apenada —dijo murmurándo—. Y la verdad es... que te queda bonito —Rosalie lo miró a los ojos. Tenía unos ojos muy bonitos, de un azul profundo que podrían atravezar a cualquiera.

—Gracias —murmuró. Emmett sonrió.

—De nada, nena —Rosalie siguió sin quitárle la vista de encima. Era hermoso, no podía evitarlo. Tenía que intentar algún acercamiento pronto.

—Yo, ah —dijo indecisa.

—¿Tú? —dijo mirándola.

—Quiero besarte —dijo de pronto—. En los labios.

—¿Ah sí? —cuestionó.

—Sí.

—Pues, me halagas, pero... —se encogió de hombros—. Ya qué —dijo por fin acercándola a su cuerpo con un abrazo y pegándo sus labios suaves en los duros y carnosos de Rosalie. La joven abrió los ojos sorprendida, no esperaba que las cosas resultaran así de pronto, pero ya estaba besándola y no podía alejárlo. O más bien no quería hacerlo.

—Emmett —murmuró sobre sus labios.

—¿Sí?

—Me gustas —confesó—. Y mucho.

—Tu también me gustas, Rose —sonrió encantadoramente—. Que te parece si ahora vamos a cenar.

—Me gustaría —asintió, sonriéndo.

—Pues, vamos entonces —se levantó de su asiento y tiró lo que quedaba de su hot dog en un bote de basura cercano.

o.o.o

La noche había sido increíblemente larga y tormentosa para Bella, quién no dejaba de preguntarse como era que la relación que había comenzado con su jefe hubiera acabado antes, incluso, de empezar.

Si es que a eso se le podía llamar relación.

Suspiró.

No podía dejar de llamarse tonta así misma, ¿qué rayos había pensado? Un hombre como Edward Cullen no andaba por la vida fijándose en jovencitas que apenas parecía de la edad que decía tener.

No se fijaba en don nadies como ella. Bella era bonita, y ella lo tenía presente. Pero no era una super modelo millonaria como las mujeres con las que habían vinculado a su jefe. Ni siquiera era tan bonita como la mujer que había visto a su lado, acompañándolo en la fiesta esa noche. Hasta Rosalie era sumamente hermosa en comparación. Se metió a la ducha con el semblante y los ánimos por el suelo, dejó que el agua caliente empapara su cuerpo con la esperanza de que arrastrara toda su pena.

Empezándo por lo que acababa de vivir tan solo hace unas semanas con su padre hasta ahora.

Cuando salió de la ducha caminó hasta su closet y se vistió con el uniforme que llevaba todos los días al trabajo, se alisó el cabello con su planchita y luego bajó a desayunar. Saludó a todos sin ganas y en silencio miró como las tostadas se veían incluso menos quemadas que su vida.

Llegó a la empresa y saludó a Jesica que estaba como siempre, sumergida detrás de su pantalla de computador. Incluso ésta, estándo inmersa en su trabajo notó el pesar de Bella, y sin despegar los ojos de los números que estaba tecleándo le preguntó:

—¿Va todo bien?

—Eh...sí.

—De acuerdo —contestó no muy convencida—. Dime una cosa, ¿termináste los reportes de la exportación de la azúcar?

—Sí, ¿porqué?

—Porqué tendrémos una reunión dentro de una hora —informó.

—Genial —dijo sin ganas.

—Oye, ¿en serio estás bien?

—¿Porqué me lo preguntas? —cuestionó cansada. Jesica hizo un gesto.

—Pareces, no lo sé... ausente.

—¿Ausente?

—Triste —contestó.

—Ah.

—¿Qué sucedió? —preguntó esta vez más preocupada—. Sabes que puedes confiar en mí.

—Sí, pero —se mordió el labio, nerviosa—. Si te lo digo... no me lo vas a creer —Jesica juntó sus cejas, interrogándola silenciosamente. Bella respiró hondo antes de contestárle:

—Estuve saliéndo con alguien y...

—¿Tú? —la interrumpió—. ¿La señorita del hielo? Esa es buena —sonrió.

—¡No me llames así!

—De acuerdo, de acuerdo —alzó las manos—. Es que tú... —se mordió el labio inferior, no sabía como decir aquello sin que sonara hiriente—. Digamos que —suspiró—, no eres lo suficientemente... sociable que digamos.

—Soy muy sociable —dijo incrédula.

—Ok —dijo con rendición.

—No puedo creer que pienses eso de mí —dijo ofendida—. ¿Crees que soy una especie de mojigata o algo así? —preguntó dolida. Jesica se molestó consigo misma.

—No es eso es que..

—Es que.. ¿qué?

—No pareciéra que que disfrutaras de las cosas que hacen los demás jovenes de tu edad.

—Cosas como cuales.

—No lo sé: salir, conocer chicos, irte de viaje, maquillarte. Ya sabes, cosas que haces cuando empiezas la adolecencia y que sigues haciéndo hasta que te mueres —sonrió.

—Ah.

—Sip.

—Bueno —se mordió el labio—. Creo que tienes un poco de razón.

—¡Tengo toda la razón! —protestó, y luego la señaló con su mano—. Solo hace falta echárte una mirada para que un hombre piense: ¿eso es una joven o una anciana?

—¿Qué?

—Lo que oyes —dijo—, te vistes como anciana, te comportas como una, y tienes de mejor amiga a tu tía. ¡¿A donde se le ha visto?!

—Todo lo que mencionas son mis decisiones personales —se defendió.

—Bueno, pues tus decisiones personales te van a llevar a perder al hombre que quieres —Bella se sorprendió.

—¿De qué hablas?

—Del sujeto con el que salías, no me extrañaría que lo hubieras perdido por tu extraña forma de comportar y vestir.

—Pero —dijo enojada—... tu no sabes nada de él —protestó—. No te he dicho ni su nombre.

—No hace falta —se encogió de hombros—. Sé como viene la mano, y eso es todo lo que hay que adivinar.

—Eres... —apretó las manos en puños y sus labios para no soltar una grosería—. Me voy a la cafetería —dijo saliéndo con zancadas del cubículo que compartían ambas. Jesica la detuvo.

—Aun no empieza el horario del almuerzo.

—No me importa —salió dando un portazo, y Jesica se sintió realmente mal por todo lo que le había dicho.

—Dios, que hice —negó, volviéndo a sentarse detrás de su laptop.


Hola hola holaaa! Aquí llego con el capítulo 6, espero que les haya gustado y nos leemos en estos días. ¡Goodbye my babys!

:D

LadyWriterMine