Declaración: Los personajes no me pertenecen, le pertenecen al maravilloso tío Rick… y la trama le pertenece a Quinn Loftis.
Capítulo 16: Annabeth XVI
-Creo que deberíamos ir- declaro Annabeth por milésima vez.
-Annie, hemos tomado nota de lo que piensas, no es necesario que lo sigas diciendo- las palabras de Poseidón eran ligeramente sarcásticas, pero suavizadas por el brillo de sus ojos.
-Tomar nota no es lo suficientemente bueno, Alfa. ¿Por qué estamos aquí sentados cuando podríamos caminar a través del bosque para estar con los demás? La unión hace la fuerza, ¿recuerdas?- Annabeth paseaba por la sala de reuniones mientras los demás continuaban mirando los libros que habían traído con ellos de los archivos.
-Me voy a poner en contacto con Hera y a consultar con ella sobre esto. ¿Qué te parece?
Annabeth miro a Poseidón fijamente.
-Mejor.
Después de que Poseidón hablara por teléfono con Hera, se reunió con los demás en la sala de reuniones. Todos tomaron los lugares que extraoficialmente habían asumido como propios entorno al fuego abrazador.
-Hera dijo que Thals está muy débil para viaja, y Luke también. Ella está de acuerdo contigo Annie, de que todos deberíamos estar juntos.
-¡Guau! Te lo dije, ¿no lo hice?- Annabeth sonrió con malicia.
Percy le dio un codazo, insinuando que debía cerrar la boca. Annabeth se calmó a regañadientes.
-Como estaba diciendo, ella piensa que deberíamos estar juntos. Sin embargo, no es seguro para nosotros viajar por el bosque sin protección. Ella va a enviar a uno de los suyos para que pueda ocultar nuestra presencia. La bruja está constantemente en busca de nosotros para atacarnos de alguna forma. Así que vamos a esperar hasta que su… persona llegue.
-¿Cuánto tiempo va a tardar?
-¿Por qué los humanos son tan impacientes?- todos se giraron hacia la puerta para ver a una mujer pequeña con largo cabello ámbar trenzado en su espalda. Tenía una cara inusual, con ojos almendrados de un inusitado color verde, una pequeña pero linda nariz chata, y una boca enfurruñada que parecía mantenerse en una sonrisa permanente. Llevaba puesto pantalones de cuero café y una camisa verde, cómoda y térmica. Sobre la camisa usaba un chaleco que contenía cuchillos de distintos tamaños, y por lo que podía verse asomando sobre sus hombros, sus espadas. Sus botas estaban fuertemente amarradas alrededor de las pantorrillas hasta debajo de las rodillas. Annabeth decidió que fuese cual fuese su nombre, ella iba a llamarla "Seguramente", porque seguramente podía darle una paliza a cualquiera.
-¿Tu eres la que Hera nos envió?- pregunto Poseidón.
-Sí, Alfa. Mi nombre es Enebro, estoy aquí para llevarlos al velo. Debemos movernos rápido, hay maldad en el viento.
Todos se levantaron y comenzaron a dirigirse a las escaleras para recoger sus cosas, Enebro los detuvo.
-Todo lo que necesitan es un abrigo grueso. Todo lo demás les será proporcionado.
Rachel y Annabeth se miraron una a la otra y luego se encogieron de hombros.
-Si tú lo dices, Seguramente- murmuro Annabeth.
Rachel la miro con los ojos entornados.
-¿Debo preguntar por qué la llamas así?
Annabeth se rio y se lo explico a Rachel.
Rachel negó con la cabeza, riendo.
-Nunca dejas de divertirme.
Cuando estuvieron en camino, moviéndose rápidamente a través del bosque lleno de nieve, Percy siguió a Annabeth a la parte delantera del grupo. Enebro los guiaba.
-¿Así que tú eres un hada?- pregunto Annabeth con curiosidad.
Enebro sonrió y Annabeth no pudo evitar sonreírle en respuesta. Enebro era una de esas personas que contagian felicidad. A Annabeth le agradaba ella.
-Soy un hada- le confirmo Enebro.
-Puedes hacer todo tipo de cosas interesantes, ¿verdad?
"Luna, ¿Qué estás haciendo?", la voz de Percy lleno la mente de Annabeth.
"Relájate, hombre lobo. Solo quiero hacer algunas preguntas. Quiero decir, vamos, no todos los días uno conoce a un hada."
Percy sonrió ante la curiosidad de su compañera, pero también estaba preocupado de que pudiera ofender a Enebro. Un hada enojada es algo con lo que nadie quiere tratar.
-Supongo que puedo hacer cosas más geniales que los humanos- dijo Enebro pensativa- pero no puedo hacer ningún tipo de magia en este momento, sería demasiado fácil para la bruja encontrarnos, incluso a través de hechizo de encubrimiento.
Annabeth asintió, comprendiendo.
El grupo permaneció en silencio mientras caminaban. Una extraña quietud lleno el bosque: no había animales corriendo ni aves sobrevolando la zona. Es como si el bosque entero contuviera la respiración. Tratando de ocultarse a plena vista, esperando.
El silencio no pasó desapercibido para el Enebro mientras conducía al Alfa y a sus lobos a través de los árboles. Hera le había dejado en claro que tenía que moverse con rapidez, tener pocos descansos y hacer paradas cortas. Enebro podía sentir la magia negra deslizando a través del escudo que había lanzado sobre ellos, y se estremeció ante el conocimiento de quien había ejercido esa magia. Miro hacia atrás, encontrando rápidamente los ojos de Poseidón, dando un leve asentimiento que el entendió: apuren el paso. Y cuando Enebro comenzó a moverse más rápido, todos los demás siguieron su ejemplo.
…
Mona estaba de pie frente a la cornisa de la montaña donde su casa estaba situada. Ella sabía que una persona, o muchas, se movían a través del bosque. Sin embargo, no pudo obtener una visión de ellos. Usando su voluntad para moverse en el aire, siguió buscando a quienquiera que fueran. Aun nada. Frustrada, abrió los ojos y miro los vastos bosques ante ella. Decidió que era hora de adivinar el futuro. No era algo que le gustara por lo general, ya que podía ser difícil descifrar el significado de lo que vería. No siempre significaba algo obvio, pero eran tiempos desesperados.
Mona entro en su casa y giro a la izquierda, entrando en una habitación llena de jaulas, todas contenían diferentes animales.
Abrió una de las jaulas del fondo, agarrando a un conejo por la nuca. Sin pensar, le torció el cuello con un crujido repugnante. Ella puso el animal ya muerto sobre la mesa y le corto la garganta, lo que permitió que la sangre fluyera en un cuenco poco profundo y grande. Una vez que la sangre dreno, arrojo el pequeño cuerpo a una cesta debajo de la mesa.
Recogió sus piedras de adivinación y las sostuvo en sus manos para calentarlas. Luego, entono:
"Piedras del misterio, piedras del destino,
Miren a través del velo de hoy.
Tomo una vida para darte sangre,
Derrama la verdad como una inundación."
Canto eso una y otra vez mientras lanzaba las piedras al cuenco lleno de sangre. A media que la última goteaba el líquido aun tibio, abrió los ojos para ver el resultado. Sus ojos se estrecharon y una sonrisa siniestra cruzo sus labios.
-Bueno, ¿no es eso interesante?- una risa malvada surgió de su pecho- amo cuando las cosas se ponen interesantes- murmuro para sí misma.
