¡Buenas noches! Sí, sé que están impresionadas por mi actividad literaria en estos últimos días. Pero nada qué hacerle. Así pasa cuando de repente se me meten locas ideas a la cabeza. Y debo culpar a mi amiga Alba por hacerme recordar mi amor por Gintoki. Sin nada más que decir, disfruten y no me odien demasiado por hacerles sufrir.
Crimson
¿Por cuánto tiempo se quedó abstraído, viéndose al espejo sin realmente contemplarse? ¿En qué instante se desconectó de su presente y navegó sin rumbo por su inconsciente? ¿Acaso requería del sonido penetrante del timbre para volver en sí mismo?
Lavó su cara con la fría agua del lavabo. Se secó y se dio un par de cachetadas para despertarse. Tal vez su lapso de ausentismo se debía a las desveladas experimentadas a lo largo de la semana. Eso es lo que él prefería pensar antes que optar por la otra posibilidad.
Abrió la puerta y recibió a la recién llegada con un prolongado bostezo. Ella le dedicó una mala mirada, pero pasó; llevaba consigo dos bolsas plásticas que transportaban algo que olía demasiado bien para ignorarlo. Y silenciosamente se dirigieron hacia el comedor.
—Cada día está más desordenado por aquí. —Fue el comentario de la rubia mujer tras hallar bolsas negras a un costado de la puerta de la cocina—. Limpiar de vez en cuando no te va a matar.
—He estado muy ocupado calificando exámenes y haciendo cosas de adultos que no tengo tiempo para esas labores. —Se sentó y sacó todo lo que había sido traído por ella—. Vaya. Hoy toca comida tailandesa.
—Hemos agotado todos los restaurantes convencionales —expresó burlona antes de tomar asiento junto al desaliñado hombre—. Pronto serán las vacaciones de verano y al fin podremos descansar de la escuela y de todos.
—Oh, sí. El verano está a la vuelta de la esquina. —No había considerado esa fecha en lo más mínimo—. Sería perfecto ir a la playa y relajarme para variar. Todo este estrés va a matarme o a envejecerme antes de tiempo.
—Podríamos ir juntos —propuso. Ambas miradas se cruzaron y ella lo evadió por reflejo—. L-lo digo porque siempre estás corto de dinero…—Usó esa excusa para recomponer su oración. Mas el sonrojo en sus mejillas la delataba.
—Está bien. No suena mala idea. —Él no le dio más vueltas al asunto y aceptó—. Solamente debemos ver qué playa es la que nos queda más cerca.
—Todavía tenemos tiempo —dijo antes de probar la comida que había comprado—. Come o todo se enfriará.
—No puedo comer esto sin una buena lata de cerveza.
Se levantó y caminó hasta el refrigerador. Lo abrió y buscó su preciado alcohol. Lo encontró al lado de una lata de té.
«Pensé que había sacado hasta la última lata. Me encargaré de ella cuando saque la basura».
Agarró su bebida y volvió a cerrar el refrigerador para regresar al lado de su acompañante.
—¿Sucede algo?
—¿Por qué habría de pasarme algo? —Destapó su bebida y le dio el primer sorbo—. Únicamente estoy molesto de que esta sea la última cerveza de mi refrigerador y gracias a ello tenga que ir a la tienda más cercana a comprar más. —Él era perezoso, ella lo sabía mejor que nadie; pero sabía que había algo más.
—Gintoki, ¿crees que lo que estamos haciendo está bien?
Había estado reuniendo todo el valor que poseía para lanzarle aquella interrogante. No era fácil para ella tratar un tema tan delicado como ese porque involucraba muchas cosas de por medio; muchas que probablemente aquel idiota no llegaba a entender en su totalidad.
—¿Por qué no habría de estarlo? —respondió con una media sonrisa en sus labios—. Ambos somos adultos. Y los adultos tienen «necesidades» —explicó con ese tono grueso de voz que lograba crisparle la piel; y el que simultáneamente, la hacía caer bajo cualquier treta que utilizara en ella. Él era su debilidad en más de un sentido y no lo consideraba justo ni por asomo—. No voy a meter la pata si es eso lo que te preocupa. —Era obvio que ella no hablaba de eso—. ¿O es que ya encontraste a alguien más con quien pasar el rato?
—¡C-claro que no, idiota! —Le recriminó—. No soy esa clase de mujer que va de hombre en hombre. —Se cruzó de brazos indignada—. E-eres el único con el que estoy en estos momentos…
Tan tímida, tan primeriza en cuestiones del amor y de las relaciones carnales. Sí. Esa era una de las razones por las que él cruzó la línea con ella.
—Bueno, has mejorado desde que comenzamos. —Descaro era lo que le sobraba a aquel hombre. Ella le acomodó una magnifica bofetada—. Te voy a dar una cachetada como esta. Y no en la mejilla y te va a gustar.
Él siempre lograba que ella le lanzara blasfemia y media mientras su rostro enrojecía.
—¡Imbécil! ¡Maldito pervertido!
—Y aun así sigues aquí… Tal vez te gusten los hombres que tienen la boca sucia.
Sujetó su rostro con brusquedad y se encargó de entrelazar sus labios con los de ella una y otra vez, hasta dejarla sin aliento, hasta el punto en que la chispa del deseo se avivara entre ambos.
—¿Por qué no dejamos el almuerzo para otro momento y nos enfocamos en el postre?
Ella era una mujer hermosa y su cuerpo podría ser la perdición de más de uno. Y aunque había muchos hombres que la deseaban y rogaban por un poco de su atención, él era quien la tenía a su absoluta disposición cuando le apeteciera. Y, sin embargo, eso no parecía ser suficiente para él.
La tenía como mujer, como amiga, como cómplice. Y estaba sumamente agradecido por ello. Porque eso lo había salvado, lo había ayudado a regresar al camino correcto y no pensar más en las heridas del pasado.
¿Eso sería suficiente para él, para ella? Tal vez no estaba siendo justo ni con esa mujer ni consigo mismo. No obstante, no conocía otro modo para ahogar el vacío que estaba presente dentro de él.
—No entiendo tus manías, Gintoki. —La mujer había terminado de vestirse y ahora se encargaba de arreglar su cabellera—. ¿O eres tan ansioso que no aguantas llegar hasta tu alcoba? —Aprovecharía esas pequeñas oportunidades que tenía para burlarse de él.
—Soy un hombre poco convencional. Para mí el hacerlo en la cama es como muy soso y aburrido. —A veces envidiaba la facilidad que él poseía para hablar de la intimidad que tenían cada vez que se veían en ese departamento—. Tsukuyo, al final lo que importa es que ambos lo disfrutemos.
Ella volvió a sonrojarse y lo ignoró por un rato.
—Deberías aprovechar la tarde para limpiar todo. —Ya estaba parada bajo el umbral, sonriéndole como siempre lo hacía cuando experimentaban aquel íntimo instante.
—Después de haberte dejado satisfecha, menos ganas tengo de hacer algo. —Podría haber dicho más, pero un par de bolsas se estamparon contra su rostro—. Tomaré eso como que lo disfrutaste enormemente.
—¡Idiota! —Fue lo último que escuchó de esa boca.
Su amante había abandonado su departamento, azotando la puerta tras salir.
—¿Por qué tiene que ser tan insistente con la limpieza de este sitio? —Rascó su oreja y despabiló—. Bueno, igualmente no tengo nada mejor que hacer.
Sacó todas las bolsas de basura fuera de su departamento. Barrió, sacudió e incluso pasó una buena trapeada por cada una de las áreas que conformaban su compacto y apacible hogar. Hasta la pila de platos sucios no fue más que un mero recuerdo. Y ya que estaba de ánimos también se aventuró a sacar la apestosa ropa de su cuarto.
—¿Por qué hay tanta ropa encima? —Su cama parecía ser usada para todo menos para lo que fue creada—. Hasta hay una bufanda. Aunque no recuerdo que tuviera una de este tono.
Aquella prenda era suave al tacto y de un rojo encarnado; era demasiado elegante y fina para pertenecer a su colección de ropa.
—Esta bufanda es de…—La apretó, dispuesto a arrojarla al bote de basura.
Se detuvo. Algo le impedía deshacerse de esa prenda. Lo único que pudo hacer para no volver a verla fue meterla dentro de uno de los cajones de su buro.
—En verdad que necesito hacer una limpieza profunda.
Su lecho estaba ausente de cualquier estorbo. Al fin podía apreciar la colcha y las dos almohadas que tenía. Era una cama lo suficientemente ancha para que dos personas pudieran dormir ahí. Sí. Dos personas y sin embargo, él no la usaba ni con su amante ni para dormir. Él descansaba en el sillón de su sala.
—¿Cuánto tiempo ha pasado ya?
La mente traiciona cuando se topa con aquello que está conectado con un fuerte recuerdo del pasado. Él lo sabía perfectamente y no podía evitarlo. Pasaba automáticamente. Era una dolorosa manía que se había arraigado a él sin que se diera cuenta.
—Creo que el suficiente como para que esté cavilando sobre cosas que no pueden cambiarse…
En ese instante de debilidad parecía estar viendo al fantasma de su pasado. Parecía que podía tanto verle como oírle; parecía que podía escuchar aquello que lo hizo olvidarse por completo de la razón.
«Entonces, haz que mire en tu dirección. Haz que me enamore perdidamente de ti y de nadie más. De ese modo no tendríamos que preocuparnos por nada. Solamente así podremos estar juntos».
No. Él no quería volver a escuchar esas palabras; no de esa boca, no de esa persona. No más. Y tampoco es como si pudiera volverlas a oír sin importar cuanto lo deseara.
—Esto tiene que ser una broma de mal gusto. Sí, es lo que es. —Se decía a sí mismo, sonriendo, forzando una carcajada. Así minimizaba el vuelco de su corazón al conmemorar a esa persona—. Creo que ha sido suficiente limpieza por un día. Iré al pachinko y después molestaré a la vieja Otose mientras bebo un poco.
Guardó su cartera y salió, intentando dejar todo su pasado tras la puerta que cerró a sus espaldas.
—Tengo que deshacerme ya de todo o continuaré pensando en…
Avanzó entre las calles, entre el bullicio de la tarde y entretuvo su atención en los espectaculares; en las noticias que eran dadas en las grandes pantallas que decoraban los altos rascacielos. Sólo así el tiempo parecía ir mucho más rápido.
Ante su propia sorpresa sus pasos lo condujeron a un pequeño barrio repleto de bonitas y antiguas casas japonesas. Un lugar tan alejado del ruido de la ciudad que le resultaba de lo más apacible y acogedor. Incluso el aire era mucho mejor allí.
—Tal vez debería mudarme por esta zona. —Cambiar de domicilio podría ser la decisión más sensata que tomaría en mucho tiempo—. Necesito un cambio de aires.
Ese particular olor llegó hasta su nariz y lo hizo poner más atención a su entorno. ¿Cómo es que no había notado las coloridas flores que embellecían las pequeñas jardineras del vecindario? ¿Las había pasado por alto por su propio descuido o lo había hecho inconscientemente?
—Amapolas…—Él no era capaz de reconocer o nombrar otra flor que no fuera esa. Mas no lo logró por sí mismo, sino gracias a alguien más—. Hay de tantos colores…—Y a pesar de la belleza natural que poseían, ninguna lograba atraparle—. Y el único color que me gusta no está…
Cuando aquel parasol morado con estampado de blancas camelias se cruzó frente a él, enmudeció. Y se perdió en aquel uniforme escolar y en esa lacia y oscura cabellera.
Debía estárselo imaginando todo. No existía forma de que ella estuviera allí. Y aun sabiéndolo a su cuerpo parecía importarle un bledo. Optó por seguirla en silencio, con lentitud. Desde donde se encontraba podía verla caminar con soltura mientras el viento hacía bailar a su cabello y el olor de su perfume le entumecía el alma.
También percibía la flor que llevaba en su mano y que de vez en cuando olía. Era tan roja como la grana y tan familiar para él. Y simultáneamente, tan dolorosa. Porque esa flor le llevaba a conmemorarla sin anestesia.
«No comprendo tu interés en mí. Ni siquiera somos de la misma edad o poseemos los mismos intereses. Tal vez lo que dicen sobre ti es cierto y debería alejarme de ti».
—Sí, tenías toda la razón. Todos esos rumores eran ciertos…—Nunca le importó lo que las mujeres pensaran sobre su estilo de vida. Fue siempre de esa manera hasta que el destino decidió que era suficiente.
Rememorar el instante en que se conocieron, en que cruzaron miradas por primera vez, le hizo darse cuenta de que no debió inmiscuirse en su vida. Ella era joven, tan llena de metas, tan opuesta a lo que solía atraer a su vida. Eran dos mundos destinados a chocar. Eran polos opuestos. Mas la curiosidad que le despertó al final se transformó en su mayor condena.
«¿Sabes en los problemas en los que nos meteremos si la gente se entera de lo que ocurre entre nosotros?».
—Estaba consciente de lo ocurriría si alguien llegaba a enterarse de lo nuestro.
Y era justamente esa adrenalina de tentar lo prohibido la que lo orilló en primera instancia a ir por ella. Esa emoción desmedida fue la que le hizo anhelarla. Y nunca se imaginó que esa sensación pasajera se transformaría en un sentimiento mucho más asfixiante.
«La verdad no entiendo por qué has reaccionado así. No es como si estuviera interesada en ese sujeto… Casi suenas como si estuvieras celoso».
—Tampoco fue la última vez que me sentí de esa manera.
Ella era joven, atractiva y libre ante los ojos de todos. Era normal que fuera pretendida por los chicos que llegaban a tomarse el tiempo de conocerla y prendarse de su particular personalidad. Y cuando presenciaba eso no podía más que frustrarse y esperar a que ninguno de ellos la convenciera. Se había vuelto tan estúpidamente vulnerable sin desearlo.
—Al final tú...
Giró hacia la derecha y luego hacia la izquierda. Subió por una empinada sin despegar su atención de lo que debía ser un maldito y añorante espejismo. Tal vez la culpa, la soledad y ese sentimiento que no se esfumaba lo habían enloquecido al fin.
Caer en la locura era mucho mejor que fingir que vivía en el presente cuando lo que deseaba era retroceder el tiempo y vivir nuevamente el ayer para evitar aquella tragedia.
«Siempre me lo he preguntado. ¿Eres feliz con la vida que has conseguido? ¿O sientes que falta algo en ella? Supongo que no. Siempre eres tan despreocupado y todo lo que te digo le restas importancia. A veces quisiera ser tan libre como tú».
—¿Libre? —inquirió con una sonrisa torcida—. Yo no era libre. Solamente viví huyendo de cualquier lazo que pudiera formar con alguien. Pero al final me atrapaste. Y ahora que te has ido no sé cómo romper este lazo…
Se detuvo cuando el suelo se acabó. Y aquella a quien había perseguido se esfumó como si nunca hubiera estado allí.
Lo que había por debajo de donde yacía de pie era un inmenso campo de altos pastizales y flores carmesíes. Era una vista maravillosa que se endulzaba con la puesta de sol; una panorámica que le otorgaba tanto paz como desasosiego. Era tan agridulce como su recuerdo.
«¿En qué me parezco yo a esa flor? No tiene sentido alguno para mí. Aunque es algo tierno que te hayas tomado la molestia de decirme esto. Creo que sabes ser dulce a tu propia manera. Y esa parte de ti me gusta mucho».
A él le gustaba cómo lo trataba, lo mucho que se preocupaba por él. Apreciaba más que cualquier otra cosa el tiempo que pasaron juntos. Incluso cuando solamente permanecían en silencio en la habitación; u optaban por molestarse mutuamente antes de quedarse dormidos uno al lado del otro, abrazados.
También le encantaba cuando se acurrucaba a su lado y se dejaba llevar por sus juegos y por lo que ambos sentían. Se sintió fascinado por esos labios que lo besaron tan torpemente al inicio; esos que después supieron cómo dejarlo sin aliento.
Era ahora cuando extrañaba todo de ella. Era ahora que sus propios sentimientos le quedaban claros. Sin embargo, existían cosas en este mundo que no podían ser cambiadas sin importar cuánto lo deseara, sin importar cuán roto estuviera.
—Lo diré las veces que sean necesarias: eres como estas flores.
Ella lo atrajo, lo apasionó. Ella hizo su mundo un poco mejor. No obstante, ella era como esas carmesíes flores que observaba con nostalgia. Podía apreciarlas tanto como deseara, mas no podía tenerlas a su lado; no podía hacerlo porque se marchitarían y lo destruirían a él en el proceso.
—Eres como la amapola…
«Las amapolas seducían a quien las mirase y simultáneamente los alejaban. Eran flores egoístas, destinadas a ser admiradas y recluidas en la soledad; poseían un destino trágico, pero a la vez, hermoso. Y probablemente eso fue lo que lo llevó a enamorarse perdidamente de ella».
Le susurró al viento. Le murmuró a aquel recuerdo que se había aparecido ante él para conducirle a aquel lugar, a aquel escenario que marcó el inicio y el final del amargo encuentro del que jamás sería capaz de desprenderse.
