Touken Ranbu no me pertenece. Es absoluta propiedad de sus creadores; Nitroplus, Juegos DMM, etc.

Mis únicos beneficios con eso son los que merece una fangirl (?)


Palabras: 998 (Sin contar ni el título ni los extras) (Vivo al límite, nenes (?))

AU

La imagen pertenece a: Pixiv Id 1607246 / M


El 89% de los Drabbles son en honor a Clau-clau, mi querida Kukú.


Setenta y dos


El mínimo, de pelaje castaño, muy oscuro, había nombrado aquel rincón de la casa como suyo, a pesar de las negativas de casi todos sus habitantes. El suelo era frío, pero los rayos del sol acariciaban el lugar, sin hacerse molestos, o en excesivos calurosos. La luz pasaba a través de un arbusto de hortensias al otro lado de la ventana, dándole un tono rosáceo a la luz, que se reflejaba en el pelo del intruso.

— ¡Por última vez! ¡Largo! —Una voz femenina estalló en la sala, y un segundo después el animalillo se vio asediado por toda clase de cosas: zapatos, libretas, cojines, etc. Se salvó de los cuadros y las tazas porque valían lo mismo que la casa. Yamato entró justo cuando su madre estaba por lanzarle su jarrón favorito. Estaba lleno de flores azules, pero siempre había alguna roja que asomaba, traviesa, entre las demás, a veces justo en el centro.

— ¡Saca a esa rata! ¡Ahora mismo!

— Es un gato, mamá — Refunfuñó, cargando al animalillo y llevándoselo a su habitación, equilibrándolo lo mejor posible con el peso de los libros en sus brazos.

— ¡Me da igual! No quiero volver a verlo — Sentenció la mujer, plantada en medio de la sala, viéndole fijo, como si así pudiese atravesarle con la mirada.

Tenían esa discusión al menos tres veces por semana; si podía llamarse así a algo donde sólo una persona participaba.

Yamato suspiró, dejándose caer en la cama, con su "invitado" encima. Dejó los libros a un lado, y le acomodó sobre él; deslizó los dedos por sus orejas, paseándolos desde su nuca hasta la base de la cola, rascándole allí, antes de tirársela un poquito, logrando que se pusiera de puntillas sobre sus patas traseras, arqueándose. No dejaba de ronronear, con los ojos cerrados, y se frotaba contra las manos y el pecho de su humano cada vez que paraba, sin pudor alguno.

Aquella rutina llevaba más de seis meses repitiéndose, y ambos se preguntaban cómo habían sobrevivido tanto tiempo a los ataques de la dueña de la casa. Era muy alérgica a los animales, sobre todo a los gatos, y por ello no los toleraba. El llevaba años muriéndose por tener una mascota. Tan sólo había tenido una conejita, a escondidas de su madre, pero había enfermado. Estuvo dos años con ella, y luego no volvió a tener animales bajo su techo. Se conformaba con los que podía acariciar en la calle.

Y luego estaba el valiente. Aunque su madre le exigía una y otra que vez que lo echase, y no era "suyo", continuaba viniendo. Quizá fuera por la comida, los mimos, o su fijación con hurgar sus cajones de ropa y esconderse en ellos, pero no le había abandonado. Y Yamato lo agradecía, muchísimo. Era difícil no cogerle cariño a una bola de pelos tan adorable. Llegó un punto de sus caricias que se quedó dormido. Estaba muerto de cansancio, y el gato siempre había tenido aquel efecto somnífero sobre él.

Despertó cuando su peso comenzó a hacerse molesto, pero no abrió los ojos. Aún podía sentir la luz sobre los párpados, lo que era inusual. Y de no ser porque le costaba un poco respirar, hubiese seguido durmiendo. Sentía un roce sobre las cejas, el cabello y la nariz, como si le alguien le acariciase con mucha suavidad, o estuviese respirando sobre él. Ninguna de las dos tenía sentido, porque, el peso que le molestaba estaba en su regazo.

Se removió un poco, dignándose por fin a mirar.

Y se quedó de piedra ante lo que vislumbró.

No era que tenía a un chico más o menos de su edad toqueteándole la cara, no. O que sus irises fuesen carmesíes, o que sus pupilas fuesen afiladas como las de los felinos. Ni que estuviese sentado sobre él, desnudo.

¡Y UNA MIERDA!

¡ERA TODO ESO, Y MÁS!

No hiperventilaba porque apenas podía respirar, concentrándose en no parpadear, porque sentía que soñaba, y desaparecería cuando terminase de espabilar.

— Sueles dormir un poco más — Susurró el intruso, tras una risita baja, tranquila, felina. Parecía muy entretenido trenzándole un mechón del flequillo como para ver la situación desde su punto de vista. Y parecía… cómodo.

Como si se hubiese hecho lo mismo al menos unas cien veces antes de esa.

— ¿Qué te pasa? Parece que estuvieses viendo a un fantasma — Refunfuñó, enfurruñado al no sacarle ni una sola palabra al azabache. Le hizo un mohín, acompañado de un golpecito en su frente, reclamando su atención, a pesar de que la tenía por completo.

— ¿Quién eres tú? — Tartamudeó Yamato, por fin, parpadeando un par de veces, intentando procesar la situación sin morir en el intento. Su corazón latía tan rápido que dolía.

Kashuu — Pronunció, lento, como si deletrease, con una mueca de dolor. Estaba ¿Ofendido? ¿CÓMO PODÍA OFENDERSE EN TAL SITUACIÓN?

Era increíble.

— Me has salvado unas siete veces de la loca de allá fuera — Aclaró, echándose hacia atrás, para sentarse, con la espalda recta. Sólo entonces el dueño de la habitación de dio cuenta del par de orejitas castañas que coronaban su cabeza. Se movían con los sonidos, y daban suaves golpecitos al aire cada cierto tiempo. Y, a pesar de las sombras, podían entrever una cola haciendo onditas a sus espaldas, rozándole cada cierto tiempo, e intentando enroscarse a sus piernas. Le hacía cosquillas.

— No… ¿No te gusto? — Murmuró, bajando las orejas, resaltando su expresión de tristeza. — Lo siento — Susurró, haciendo amago de levantarse, y, seguramente, irse.

— ¡Nononono! ¡Espera! — Suplicó el humano, saliendo de su trance, y sujetándole de la cintura, para que no se moviese. Cayó en cuenta de lo que había hecho, y se cortó un poco, pero no retrocedió.

— ¿Si?

— No han sido siete. — Señaló, curvando los labios en una sonrisa, intentando borrar su error, o al menos, dejar de actuar como si acabase de caer de la luna — Han sido… Más de setenta, creo.

Recibió una risita como respuesta

Y un beso esquimal.

Era imposible que pudiese conseguir compañía más extraña.


Las hortensias me parecen PRECIOSAS. Y desde que sé que su color puede alterarse con sangre, se han vuelto de mis flores favoritas. Originalmente pensaba poner un rosal, pero como ellas abundan en Asia, me parecieron una buena elección. Nunca es mal momento para mencionarlas (?)

¡Gracias por leer! Y gracias por los reviews, los agradezco MUCHÍSIMO. Sin ellos no hubiese considerado seguir actualizando esto