Metálico.

El alma inocente.

La sangre chorreo sin sutileza frente a sus ojos y por fin se sintió libre, casi tan liberado como las ratas del cielo. Bajo la guadaña hasta que la base toco el piso, del mismo modo que cayó al suelo el cuerpo inerte.

Se rasco la pierna con ansiedad, tratando de disminuir el dolor. No quería caminar ahora que la adrenalina había parado de anular sus dolencias. Apretaba los labios y frotaba su pierna con más fuerza. Respiro profundo para pasar por el pasillo imaginan lo que encontraría por su incesante llanto.

Tomo el cuchillo de su pierna. Algo por lo que era bien conocido el joven Shinigami era la taza de éxito en todas sus misiones y la forma en que, en los encuentros, hacia avanzar las investigaciones de grandes rasgos.

Soltó un sonidito disgustado al encontrarlo y se acercó hasta quedar de pie frente a su pequeño cuerpo cubierto de sabanas sucias. Se dejó caer de rodillas frente a ellas. La curiosidad lo llamaba a contemplarlo esos ojuelos que al llorar relucían como un par de pequeñísimas estrellas.

No se atrevía a tocarlo pero sintió que debió hacerlo, el llanto traspasaba su cabeza.

Apretaba sus parpados cerrados y cuando los abrió sus ojillos no mostraban lo blanco tinturado a negro, ni el iris manchado en sangre. Resoplo con alivio. Comprendía mejor que nadie que cada ser peleaba con sus propios espectros. El mismo lo hacía, su espectro era aquel pequeño que empujaba los bordes de las sabanas con sus minúsculos puños. Paso un dedo por su rosada mejilla y sus deditos rozaron los hilos del dorso de su mano.

La bondad era el fruto sumergido en amabilidad y pureza. Los pensamientos y sensaciones que corrieron por su cabeza cada vez estaban más cerca de ese fruto. Mientras aguardaba con los labios apenas cerrados y el sabor a la nada. No le recordaba a sí mismo en lo absoluto, su niñez aparte de enferma había sido dotada de constantes lujos. Su visión de ese mundo no era de completo dolor y tortura, solo de conocimientos breves y erróneos para su mundo actual.

Lo alzo con suavidad, consciente de lo frágil que podía ser su cuerpo. En incontables ocasiones, en el parque, en el zoológico, en la cafetería que solía frecuentar, incluso en la entrada de la Central cuando los Investigadores se encontraban con sus familias, aquellos hombres mujeres cargar esos pequeños trozos de carne de esa manera. Pegándolo con un poco más de fuerza de la debida a su pecho el pequeño ser paro de gimotear y gritar. Seguía con las lágrimas pegadas a su piel pero ahora solo mantenía el contacto curioso, ambos con la misma chispa en los ojos recorriendo sus rostros.

Aguanto la respiración. Y aunque se mordió las mejillas no logro contener el estremecimiento cuando empezó a llorar. Estiro las piernas en el suelo mientras jadeaba tratando de recuperar el aliento, cuidadoso de no subir y bajar su pecho con brusquedad donde ahora el rostro del bebe se recargaba.

—Hola… —Jadeo recuperando fuerza en su voz— mi nombre… es Rey… —Y se desvaneció—

Las urracas se quejaron en los frondosos árboles arropados en su oscuro plumaje, como el ahora envuelto en el solitario jardín. Escondido entre las sombras paseo por las esquinas cubiertas del amplio jardín, de las salas, las habitaciones, todo en completo abandono. Las cigarras ahogaban el silencio en conjunto con el crujido de las pisadas de la madera podrida.

No había nada allí que pudiera registrar, les habían mentido. Avanzo con más calma por el lugar, en el centro de la habitación principal las paredes se desquebrajaban por la humedad. Al entrar en una de las habitaciones de la primera planta, tallo su nariz con el dorso de su mano enguantada, el aroma era pesado, sobrecargado de polvo entre el clásico aroma del guijarro mojado y el aroma picante de las colillas de cigarrillo fumadas en una habitación cerrada. Entorno los ojos a todas direcciones sin encontrar nada diferente de las otras habitaciones. Un mullido colchón en una esquina emanaba aquel aroma a ropa mojada pudriéndose, manchándolo con rastros amarillentos y grisáceos.

Se quedo de pie frente aquel lugar, la sangre le helaba.

Aquel pequeño cosquilleo descrito como el miedo lo obligo a quedarse completamente erguido entre la habitación. Una clara escena de terror frente a sus ojos y la inminente oscuridad profunda acaparando todo el espacio, la pequeña luz lunar era la única que se reflejaba entre la ventana sin vidrios, sin cortinas y con las protecciones destrozadas.

En medio de aquel espesor sombrío se escuchaban los sonidos de pisadas inexistentes, de crujidos y murmullos. El lugar estaba vacío, estaba completamente seguro, ningún Ghoul o animal podría no ser visto por los goggles de visión nocturna que se sostenían pegados a su vista.

Trago saliva.

Cuando aquellas manos se deslizaron por sus costillas las sintió en un tacto frio y puro bajo la tela. Los largos dedos acariciando cada poro, las palmas lizas y las uñas rozándole. Se dejó envolver por las sensaciones, la frialdad y el aroma que embargaban cada sentido que pudiera tener, las glándulas le llenaron de saliva mal contenida y el aroma lo mareo como alcohol etílico. Estaba congelado y su corazon dejaba de latir con lentitud. La cinta de los visores dejo de apretarse contra su cráneo y el sonido de su armónica voz le removió los cabellos.

Su aliento. Su aliento era como el tierno espesor de una madre susurrante. El cariño y la ternura con la que le susurraba hasta su muerte.

Escuchaba el latido de dos corazones. La sensación de los suaves pechos ajenos sobre su espalda. De pronto la tela del cuello le asfixiaba. Congelado. El frio que congelaba se volvía caliente, se volvía fuego bajo la piel. Sus manos se deslizaron por sus brazos sin dejar de acariciar apenas cada albino bello. Como serpientes a su presa se fundieron con el cuerpo de sus manos amarrándose, entrelazándose. Suspiro perdiendo las fuerzas que lo mantenían de pie y avanzo, avanzo entre la oscuridad de su alma.

Un sonido lejano comenzó. Lo rompía mientras su corazón se descrebajaba bajo sus huesos. Un pitillo molesto que se tragaba la paz, que escupía fuego en su congelada armonía. Apretó los parpados y las pestañas por la fuerza se pegaron a la delgada piel, cosquilleando, dándole una sensación que antes nunca había percibido. La fuerza volvía.

Una voz pequeña, casi dispersa entre la parálisis. No hallaba como describirla y aferrarse a la voz de su subconsciente que fue obligada a enmudecer por el sedante de su tacto.

Abrió los ojos para recibir el abismo incoloro en el que estaba. Se alejó de la orilla de un hueco en el suelo que antes no estaba allí. Se tocó el rostro en busca de sus visores nocturnos y apretó sus cienes con claros signos de estrés, lo que no pensaba en ese momento es que no sería la última vez ese día. Respiro profundo.

—Ha-Haise… —Su voz quebrada le llamo, rebotando en su cabeza— Ven aquí…

Dio la vuelta en un instante y sus zancadas crujieron. Su llamado no era el usual. Su voz.

Su voz…

El sonido despedazado que se cortaba tras la línea, aquella vocecita espectral que le halo de lo lejos, hizo palpitarle aquella preocupación. Esa que aparece cuando pierdes algo. Cuando vez a un pequeño cachorro a punto de caer en la carretera sin poder oponerte. Una preocupación impotente, como la mayoría de las preocupaciones en general.

Más que impotente se sentía nervioso.

Transcurrieron seis largos minutos sin que pudiese siquiera divisarlo. Sentía que el mundo a su alrededor avanzaba con frenesí y dentro de su pecho el palpitar de su corazón retumbaba.

Su corazón que casi se paralizo. Acercándose con lentitud en el pasillo. Avanzo sigiloso al entrar en la celda. Sus sentidos aún se sentían extasiados, con el hormigueo en su piel de aquellas manos frías, y avanzo casi mecánico en aquella bruma.

Sonrió enternecido a pesar que en sus ojos se delataba su tristeza. Un hormigueo distinto repiqueteaba en su estómago, agradable. No evito sonreírle de esa manera. Inclinándose frente a ambos capto su mirada. Corrieron los segundos en el reloj y no pararon de mirarse. Sus ojos coloridos no dejaban los suyos, inexpresivos pero aun llorosos y los grises se endurecieron con reconocimiento de su pasado olvidado, alejado de su gentileza habitual.

Respiro con hambre su aroma y sus papilas salivaron dentro de su boca.

—Parchado.

—¿Ah?

—Que te muevas, me incomodas.

Parpadeo un par de segundos hasta que comprendió la cercanía por la que su aliento rozaba sus mejillas. Separándose callo sentado al mugriento piso. Su anodacion era evidente pero Juuzou o parecía prestarle la mínima atención, en su cabeza rondaban muchas cosas pero la más consistente era salir de allí y entregar el pequeño sujeto a alguien encargado de esos casos. Apoyándose en las rejas como si temiera moverse para no asustarlo se irguió, frunciendo el ceño cuando su pierna dolorida se puso recta. Casi juro escuchar sus huesos quebrarse.

Con ayuda del otro joven investigador y del largo mango de su guadaña, que uso de bastón, salieron de aquella estancia destrozada y llena de murmullos. La noche siguió recibiéndoles igual de oscura que cuando entraron y ahora el pequeño retazo de carne descansaba en los brazos de Sasaki, quien no paraba de llamar por su radio a la Central que no contestaba. Respiro fastidiado mientras se acercaba a su superior que, recargado en la pared, cabeceaba.

—Las unidades vendrán al amanecer, debemos llevarlo a un hospital.