Se metió un trozo de piña fría a la boca mientras seguía los movimientos de Haise por la habitación del Hotel. El pequeño permanecía acostado en la cama junto de si, rigorosamente cubierto por mantas limpias y pañales nuevos.
—Deberías relajarte —Trago— Las unidades no llegaran y solo faltan un par de horas para el amanecer.
Respiro hondo, se sentó en la cama y le miro.
—No resolverás nada moviéndote por ahí como si pudieras adelantar el tiempo.
Era la forma seria pero despreocupada la que lo detenía. Por alguna razón su voz le calmaba los nervios que descendían de su espina dorsal a sus manos temblorosas, algo de su extraña paz lo embriagaba de satisfacción. Se quedó observándole aquella pequeña sonrisa relajada, se había quitado los pasadores y ahora el cabello negro le caía húmedo en el rostro. Ambos habían preferido darse un baño al llegar al hotel más cercano, que termino siendo un Motel de mal a muerte con un cuartillo reducido que apenas albergaba un baño de regadera manchado con hongos en las paredes.
—Toma, te regalo la última.
Sus manos se lo extendían, observo sus brazos manchados por líneas cafés de heridas que antes estuvieron allí. De batallas perdidas y ganadas. Tomo el pequeño plato blanco que les habían dado en la recepción, cubierto de frutas. La última que quedaba era una fresilla húmeda. Estaba por llevarla a su boa pero se quedó mirándole cuando retrajo sus rodillas, que antes tenía extendidas sobre la cama, y tallo con fuerza su rodilla. Se daba una idea de la razón; la prótesis debía estar congelada.
—¿Te lastima?
—¿Qué? —Volteo su rostro y luego volvió a sus rodillas, negándole— Es que esta fría y siento que me arden los huesos.
Deslizándose en la cama se sentó junto a sus piernas y lentamente poso su mano en la prótesis tratando de darle un poco de calor. Temeroso. Estaba realmente helada. La superficie no era completamente metálica pero por debajo de la primera capa debía serlo. Incluso cuando trabajaron untos en el pasado jamás se atrevió a preguntar, en definitiva no era una complicación de nacimiento. En su momento, al recién conocerse, todos hablaban del regreso después de su rehabilitación y de lo mucho que había cambiado. Estaba asombrado de las historias que contaban sobre él, sobre lo inmensa que era su guadaña, todas las hazañas que, por su juventud, eran impresionantes: sin olvidar ni dejar de recalcar que jamás asistió a la Academia, al igual que él.
—¿Puedo preguntar…? —Empezó temeroso— ¿Cómo paso?...
Trago saliva, estaba rompiendo las reglas de Arima y haciendo caso de los consejos de Mado.
"—Si te da curiosidad, acércate y pregúntale."
Le había dicho tantas veces que no lo haría que volvía y le contaba de ahora seguro se burlaría de él y de lo mucho que se quedaba mirándole en los corredores. Se avergonzó y sonrió con pena sin poder encararlo, no le contestaría, seguro, había tocado una fibra sensible.
—El búho me ataco. Mi compañero murió por protegerme.
Dejo caer su peso en la cama luego de contestarle y extendió su pierna sana, en la otra aún tenía la mano de Haise curioseando sin prestar atención en la hendidura entre s piel y el comienzo de la prótesis. Le daba cosquillas que sus dedos le rozaran pero justo ahora no tenía ganas de reír.
—Oh… lo lamento.
Guardaron un momento en silencio, momento en el que el de ojos grises se levantó de la cama. Sus condolencias al igual que sus dedos apeas rozaron sus pensamientos, y salió de la habitación dejándole de nuevo solo con el bebé que, para su suerte, había terminado tan exhausto como ellos. Tomándolo con calma halo de una esquina de sus mantas, recorriendo su pequeño cuerpo hasta pegarlo a la lateral de su torso. Con os pies empujo un poco las colcas descoloridas y se cubrió las piernas. Recargo su cabeza de vuelta en la almohada. No serbia de nada lamentarse pero, aun sabiéndolo, dedico los segundos posteriores al letargo en hacerlo, en silencio. El calor que desprendía la rosada piel a su lado lo reconfortaba, se hizo un ovillo con el pequeño bultito de mantas pegado a su estómago. Le hacía mucha falta.
Lo extrañaba tanto.
Su guía, sus consejos, sus bromas, sus caricias. Incluso sus regaños.
Respiro su aroma. Jamás había estado tan cerca de uno desde su niñez. Trato de concentrarse en ello. En el orfanato que lo acogió tenían una sección donde no dejaban entrar a nadie, menos a él. Su piel lechosa y sus pequeñísimos ojos castaños. Al menos ahora no lloraba. Como en su primer encuentro paseo sus dedos por sus mejillas. Pensó en Haise. ¿Cómo es que todos eran tan ciegos con él? Corruptos, pensó. Se dejó dormir por su suave aliento.
Si lo sabía todo o no, el no rompería esa magia.
Lo sentía moverse por el cuarto, quitarse las botas al pie de la cama y quedarse allí, al otro lado, meditando si meterse en conjunto a su lado o no, pues no había más habitaciones libres y la tormentosa lluvia reciente lo enfriaba. Sonrió con los ojos cerrados ¿Cómo no hacerlo? Jamás habría imaginado una escena así en su vida.
—Eres gracioso~ —Le murmuro entre dientes, aguantando la risa—
Podría mofarse de el con algún comentario, pero no tenía ganas, lo escucho murmurar un par de cosas pero la verdad era que tenia demasiado sueño para responderle. Su personalidad amable y penosa pero fuerte le hacía un buen líder. Como Shinohara.
En algún momento entre murmurarle incoherencias y desafíos adormilados perdió la consciencia entre las cálidas colchas. Sasaki lo miro dormir, no era tan inquieto al dormir como lo era de día. Y era por esa razón que sin quererlo abrió los ojos justo a tiempo para mirarle apretándole el pecho con una mano y con la otra extendida en el aire dispuesto a dejar caer el vaso de plástico con pudin Y su inconmensurable sonrisa. Oh si, esa sonrisa que helaría a cualquiera.
—¡Hahaha! ¡Te tengo Haiseee!
Cerró los ojos con fuerza, era el fin.
Unas pequeñas gotas del contenido cayeron en sus mejillas en cuanto dos sonidos detuvieron a su atacante. Primero un ojo y luego el otro. No había dejado el pudin pero al menos ya no le amenazaba con él ni le impedía levantarse.
—¡Hanbee eres tú! —Respondió con una sonrisa y risillas entre dientes— Arruinaste mi broma mañanera. Hanbee~
Se levantó entre risas cuando lo vio salir de la habitación con el celular pegado a su oído. Resoplo divertido sonriéndole a la puerta. Limpio las gotas espesas del producto y cargo al pequeño que lloriqueaba por ser despertado. Lo reviso, le habían cambiado los pañales… ¿Entonces cuánto es que Suzuya llevaba despierto?
Miro la luz que se filtraba por la ventana sin poder darse real cuenta de la hora, por las pesads nubes oscuras. Había una mamila llena en el pequeño mueble frente a las ventanas, la tomo y volvió a sentarse. Al acercársela en un principio la había aceptado pero después revolvió su rostro y entre babeos saco lo poco que había succionado.
Lo vio entrar de regreso, demorándose apenas nada, con su camisa de tirantes negra y los pantalones sin remangar pero con los calcetines puestos, incluso a él debía darle un poco de asco el lugar. Recién parecía haberse puesto el pantalón pues aún no estaba abrochado ni llevaba el cinturón. Tenía un dedo en forma de gancho jalando su mejilla desde el interior y aunque parecía divertido en realidad expresaba aburrimiento, casi hastió. Suspiro, en realidad no tenía idea. La puerta se azoto con el aire que entraba desde la ventana y al fin se acercó frente a él.
—Mi escuadrón viene en camino.
Se acercó a él y le quito al lloriqueante ser. Apenas saco su lengua he hizo viscos paro de llorar, no porque gracioso, cabe recalcar, pero no parecía asustarle.
Le dirigió una mirada seria.
—Tardaran un par de horas en llegar, la Central más cercana fue atacada a noche.
—Bien —Se enderezo— Clase Especial Suzuya, creo que deberíamos llevar primero al bebe a un Hospital y…
—No no no —Respondió como si estuviera asustado—
Entrecerró los ojos y ladeo su cabeza a un lado y al otro. Indeciso.
—¡Tengo hambre Haiseee!
Se quedó con la cabeza ladeada y por un momento creyó estar viendo un cachorro.
—Pero… el protocolo…
—¡Hambre! ¡Haise!
—Pero…
—Soy tu superior ¡Ve por comida!
Termino desistiendo, tal como era obvio que haría. Y entre palabras y burlas le pareció que Suzuya era la forma física de la equivocación, en muchos sentidos; era la rectificación de lo mucho que las personas se equivocan al juzgar a otros. El maletín de su quinque estaba junto a su pierna que balanceaba rozando la cama, en la otra tenía el plato de pay que le había traído, él estaba sentado en una vieja silla al otro de la cama, apretando su café entre las manos. Su sonrisa amistosa cada vez que lo miraba era siniestra y juguetona, se perdía en sus comisuras manchadas de glaseado.
—Al menos no era un pañal sucio.
—Si lo pensé pero sentí pena por ti~
Abrió los ojos con sorpresa y estallo en carcajadas dejándolo perplejo. Hasta el pedazo de pay que tenía en el tenedor se resbalo de sus zarpas y callo en sus piernas. Su compañero se cubría los labios mientras seguía riendo por sus ocurrencias, sus pómulos se realzaban y sus ojos grises se empequeñecían con la acción.
—Ah… —Respiro profundo— ¿Qué pasa? —Él había parado de sonreírle—
—Eres divertido —Tomo el trozo de su regazo y lo engullo con rapidez. Se encogió abrazando sus rodillas—
Sus sonrisas se hicieron cómplices. Después de toda una noche y esa hora comiendo juntos en la cama de la habitación por fin llego a sentirse cómodo junto a él.
—¿Por qué el cabello de panda?
Señalo su cabello y se recostó sobre las almohadas con el plato en el estómago. Descanso su espalda en el respaldo de la silla. Escaneo su brazo, topándose con una gasa que antes no cubría su muñeca izquierda. Repaso si preguntarle o no hacerlo mientras observaba su humeante taza de café.
—Bueno yo… no lo sé —Le miro— Así ha estado desde que recuerdo, antes era completamente blanco pero empezó a crecer y ahora es así. Mado dice que sufrí un trastorno llamado "El síndrome de María Antonieta" que fue descubierto en… ¿Te aburro?
Abrió los ojos y fingió un gran bostezo— Si~ eres muy aburrido Haise~
Le respondió, estirando sus mejillas hacia abajo.
Se tocó las mejillas— ¿Estirado?
—Es tu turno, ya me aburrí.
Acomodándose en la cama cerró los ojos y se estiro soltando un quejidito adorable. El platillo callo en la cama, vacío, y se concentró en las pequeñas migajas amarillas regadas a su rededor, iguales a la mantequilla brillante como el glaseado entre sus labios.
—¿Por qué el 13?
Abrió un ojo— ¿Nunca has jugado Poker?
—No pero… — se rasco la nuca, avergonzado— he leído sobre cómo se juega alguna vez.
—Es más divertido jugarlo.
Acaricio los relieves de su taza a medias de café. Quería preguntarle muchas cosas, profundizar en ellos, pasar las fronteras de las típicas charlas de trabajo y los saludos rutinarios. Se encontró deseando conocerlo aunque fuese solo un poco más.
—Cuando era niño mi madre me llevo a un circo de Arlequines, un payaso me enseñó a jugar.
—Hum… yo nunca he ido a un circo… o no lo sé, me gustaría poder recordar mi infancia. ¿Cómo es?
Se enderezo en sus codos y lo miro.
—Bueno, es enorme, puedes perderte, yo me perdí, dos veces —Rio quedamente— hay unas carpas enormes y muy coloridas, ¡Y hay Jirafas! ¡Muchas jirafas! ¡Y leones también!
Esa sonrisa tan verdadera no se podía fingir. Todo su cuerpo vibraba de solo pensar en aquellos animales que simplemente le fascinaban. Aprieta la taza entre sus manos, su emoción le toca en lo más profundo y la felicidad se le pegaba a la piel. Algo en sus acciones, en sus palabras de satisfacción incongruentes le da esa verdadera felicidad a compartir. Una brisa hace crujir los muebles, oculta bajo su sonrisa.
De nuevo su fragancia le llego con más intensidad que siempre, dulce y hambrienta.
—¿Y tu madre…?
—Mi madre… me castigo después de eso.
Sus ojos dejaron de centellear. Los cristales brillantes que los componían temblaron y su pequeña manzana de adán subió y bajo casi imperceptiblemente.
