Suspiró cansado por quinta vez consecutiva mientras el personal del lugar hacia su trabajo en él; Desde arreglando el saco verde alineando a la perfección las hombreras que habían puesto debajo de esto para hacerle parecer más alto, hasta las maquillistas que le comenzaban a aplicar un poco de polvo.
Observó a su padre a lo lejos, se encontraba hablando con el fotógrafo sobre la siguiente prenda que usaría.
Era poco usual que para las compañas de modelaje se usara un estudio interior, pues según su padre sería sumamente tonto desperdiciar las hermosas locaciones de París, una de las capitales de la moda.
Dirigió su mirada de manera discreta al reloj de la maquillista, pudiendo ver la hora con claridad, eran pasadas de las ocho de la mañana y eso simplemente le hizo suspirar de cansancio nuevamente.
Aquello habia sido una sesión fotográfica improvisada para él, pues el modelo que su padre habia contratado era un par de años mayor que él y por causas mayores no pudo presentarse. Razón por la cual debían darle una apariencia más madura.
Se encontraba frustrado, pues aquel era un día más en el cual se aplazaba su inicio en la escuela. De alguna manera se podría decir que se sentía traicionado, pues cada vez más parecían encontrar mayores pretextos para que se viera incapacitado a ir.
Ya no tenía excusas que darle a Chloé, pues sabía que si le decía la realidad de las cosas ella era capaz de armar un escándalo con su padre, el alcalde André. Y realmente no se encontraba con ánimos para soportar aquello.
― Tranquilo ― Reconoció la voz a su espalda, era Nathalie, quien con un ademan de manos ordenó que lo dejaran en paz, o al menos eso fue lo que notó.
Sonrió de lado cuando ella colocó su mano sobre su hombro.
― Sí, lo estoy, solo que sucedió de nuevo ― Soltó mientras un mohín de enfado aparecía en su rostro.
Nathalie lo observó, sintiéndose terriblemente mal por lo que Adrien continuaba viviendo constantemente, y también impotente.
No le faltaba nada en su vida, tenía todo lo que podía desear e incluso más de lo que el mismo podía contener para sí solo, pues no tenía más que un par de amigos con quienes compartir todo aquello.
Y quizás muchos quienes lo veían de lejos lo catalogaban como un niño mimado, porque parecía que todo aquello no le era suficiente para llenar su vacío.
Pero él no era materialista, poco le importaban los lujos con los que su padre le llenaba.
Para estar completo nuevamente era obvio que necesitaba de él, y Gabriel también necesitaba de su hijo.
Pero era más fácil refugiarse en el trabajo, pensando que con aquello su hijo se volvería fuerte, cosa que él claramente no era.
Adrien sabía que lo único que necesitaba era simplemente lo poco que quedaba de su familia, además de un poco de libertad de los muros en los que se habia encontrado encerrado durante dos largos años.
― Terminará rápido esto, el fotógrafo no está de buen humor y tener a tu padre aquí no ayuda mucho ― Intentó animarlo, logrando que una sonrisa sincera saliera de los labios del pre adolescente.
― Tampoco está de tan buen humor que digamos ― Se atrevió a agregar con un toque bromista ― Parece que alguien se despertó del lado equivocado de la cama ― Añadió, sonriendo al ver como la asistente de su padre intentaba contener una risa.
El ambiente de complicidad entre ellos cesó por completo cuando el fotógrafo le llamó, indicándole que se posicionara entre los reflectores. Y así lo hizo, siguiendo cualquier indicación que él le hacía, pero era claro que sus movimientos y poses no eran lo que el fotógrafo italiano necesitaba.
El fotógrafo tomaba las fotos desde los ángulos perfectos para obtener la perfección. En otras ocasiones Adrien soltaría una carcajada por sus poses o por su palabrería extraña con fijación por la comida italiana, pero en esa ocasión no tenía ánimo de hacerlo.
Su padre lo veía fijamente desde la esquina, escudriñando cada posición que hacía.
Y era claro que no estaba feliz.
― Fiorenzo, puedes parar ya ― Gabriel Agreste ordenó en un tono de voz metódico, logrando que el fotógrafo suspirara resignado y chasqueara los dedos para que sus asistentes comenzaran a guardar su equipo, pues era claro que ya no iban a seguir.
Adrien enarcó una ceja cuando observó a su padre acercarse a él.
― Desde que llegamos tu mente esta en otro lugar Adrien, no estas concentrado y solo entorpeces el trabajo de los demás ― Soltó, mirando de manera firme a su hijo ― Tienes que entender y ser considerado con los que te rodean, este es el trabajo con el que llevan sustento a sus hogares y el que lo entorpezcas no ayuda a nadie, te pido que fijes tus prioridades hijo ― Las últimas palabras habían sido casi suaves.
Pero aun así no ayudaron a sentirse mejor a Adrien.
Pues, de cierta manera su padre tenía razón.
Aun así, no quitaban sus sentimientos de impotencia de su cabeza. Y, como todo pre adolescente, su boca no se pudo mantener cerrada.
― ¿Cuándo mis prioridades serán en realidad mías? ― Le preguntó, a la par que sus ojos evitan los de su padre.
Esa pregunta, aunque no lo hubiese premeditado, calo hondo en su interior. Pues, también quería saber la respuesta.
Sin dar alguna explicación comenzó a caminar hacia la salida a paso rápido, ignorando la voz autoritaria de su padre mientras le hablaba y la suave voz de Nathalie quien le pedía que no se fuera, auténticamente preocupada por él.
Cuando salió del lugar, sus pasos comenzaron a incrementar la velocidad, corriendo en los pasillos del edificio, buscando la salida del lugar, huyendo.
No era alguien rebelde, no gustaba de causar problemas y aun en esos momentos aquello no era lo que deseaba.
Solo tenía unas inmensas ganas de huir.
Cuando llegó a la planta baja del lugar, observo en el gran reloj la hora. Faltaban solo diez minutos para que las clases comenzaran, nuevamente él se volvía a perder su primer día de clase.
No se detuvo, cruzo la calle con rapidez y sin percatarse que habia llegado al final de esta, estando a las faldas del rio Sena.
Con molestia se quitó el molesto saco, y de un movimiento lleno de furia lo lanzo hacia el rio.
Pero al ver lo que habia hecho, le hizo meditar las cosas.
No era correcto lo que hacía en ningún sentido. No debía ser alguien tan mezquino como su padre lo era la mayoría del tiempo, debía apreciar lo que tenía.
Aunque fuese tan difícil sentirse así.
Se agacho al borde del rio, estirando su mano para poder alcanzar el saco que poco a poco se comenzaba a hundir en el agua, agradecía no haberlo lanzado más lejos o no tener la fuerza para aquello.
Se estiró un poco más, pues no era capaz de alcanzarlo.
Cuando sus dedos rozaron la gruesa tela, sonrió victorioso.
Pero no duro mucho la sonrisa en su rostro, pues pronto sintió como perdía el equilibrio y se inclinaba hacia adelante, cayendo de lleno al Sena.
Y poco a poco, comenzó a perder el conocimiento mientras pudo distinguir la campana de alguna escuela en la lejanía sonar.
