—Yo... creo que debiste decírselo.
Aquellas palabras fueron suficientes para que un estremecimiento incómodo recorriera su cuerpo de pies a cabeza. Chifuyu no quería ni imaginar las consecuencias que confesar sus sentimientos con toda la claridad podrían acarrear. Giró la cabeza para mirar a su compañero desde un mejor ángulo, Takemichi se rascaba el cuello como contemplando si agregar algo más o no.
Se encontraban en su departamento, justo después de regresar de la reunión asegurándose de que Baji los perdiera de vista. Por lo que pudo escuchar, a su capitán solo le habían permitido salir durante dos horas, de modo que podía estar tranquilo. Baji no se aparecería ahí de momento.
—Por supuesto que no —replicó—. ¿Acaso quieres que Baji-san me odie?
—¿Odiarte por haberte enamorado de él? No suena como algo que Baji-kun haría, Chifuyu.
—Bien, tal vez no hasta ese punto, pero después yo no sabría qué hacer para lidiar con su rechazo.
—Pero y sí…
—Basta, compañero —le cortó, abrazando más fuerte sus rodillas flexionadas, buscando darse calor en esa posición e imaginar que no era tan vulnerable como creía—. No me des esperanza, ¿quieres? Ya bastante tengo con la forma en la que mi cabeza malinterpreta el comportamiento de Baji-san.
Takemichi parecía querer seguir insistiendo, pero al final no dijo nada. Solo se limitó a levantarse de su sitio para regresar a casa antes de que se le hiciera más tarde. Chifuyu lo observó dirigirse a la puerta de su habitación, su amigo llevaba las manos apretadas en puños y una clara expresión de frustración. No podía culparlo, después de todo, Takemichi no sabía lo que era darse por vencido.
Él mismo solía ser así.
—Pensé que al menos lo intentarías, ¿sabes? —le habló Takemichi, aferrado al pomo de la puerta, sin voltear a mirarlo—. Aun así, yo respetaré tu decisión, Chifuyu. Te apoyaré de la misma manera en la que tú lo has hecho conmigo.
Las lágrimas nublaron su visión en cuanto procesó la magnitud de las palabras de su amigo y asintió. Lo hizo porque se sentía agradecido de no tener que verse en la obligación de dar más explicaciones, de saber que contaba con una persona que lo sostuviera en momentos como ese. Murmuró un gracias a la nada, puesto que su compañero ya se había marchado. Decidió que se lo diría de frente a frente en cuanto tuviera otra oportunidad.
Posteriormente, limpió una lágrima que escurría desde su ojo izquierdo y echó la cabeza hacia atrás, apoyando su espalda contra la fría pared de su habitación.
Bastante le había costado en el pasado el convertirse en alguien cercano para Baji, cuanto más el llegar a ser vicecapitán de la primera división. Luchar por estar a su lado lo dejó exhausto, pero la recompensa mereció toda la pena. Fue por ello que Chifuyu llegó a la conclusión de que no podía cometer la locura de arriesgarlo todo.
No después de tanto esfuerzo.
Se levantó de un salto cuando el sonido de la puerta interrumpió sus divagaciones nocturnas. Su madre debía llegar mucho más tarde, lo cual solo podía indicar que se trataba de Takemichi nuevamente. Miró sobre los muebles de su habitación y también en la sala para percatarse de si olvidó algo por ahí, sin embargo, no encontró nada fuera de lugar
Abrió la puerta dispuesto a reprenderlo por no ser más cuidadoso con sus pertenencias, e informarle que, lo que fuera que estuviera buscando, no estaba ahí. Aunque en el fondo sabía que existía la posibilidad de que Baji estuviera detrás de la puerta, pese a que era muy remota debido a que su capitán no acostumbraba a desafiar las indicaciones de su madre, pero aquello no cambiaba el hecho de que existía. No obstante, tuvo que tragarse sus ideas y congelarse en su sitio cuando se topó con la figura imponente de la persona menos esperada.
—Hola, Chifuyu —saludó Kazutora, con las manos metidas en los bolsillos de su uniforme de la ToMan, el cual se amoldaba a su cuerpo a la perfección—. ¿Podemos hablar?
—¿Tú? —Sus cejas se fruncieron en automático. La presencia de Kazutora no auguraba nada bueno—. ¿Qué estás haciendo aquí? —cuestionó, saliendo para cerrar la puerta detrás suyo antes de que el chico intentara algo raro, como colarse en su departamento sin su permiso, por ejemplo.
—¿Por qué siempre estás tan a la defensiva, hombre? —se defendió aquel—. Te lo acabo de decir: quiero hablar contigo.
—¿Sobre qué y por qué tiene que ser a esta hora? —Chifuyu trató de no ser tan brusco esta vez, sin embargo, cruzó los brazos sobre su pecho y se recargó contra la puerta.
Kazutora suspiró. No, no se la iba a poner tan fácil.
—Escucha, solo quiero llevarme bien contigo, pero no puedo hacerlo si tú no cooperas. Ni siquiera entiendo las razones por las que no te agrado.
—¿Acosarme desde el día en el que nos conocimos no te parece una razón suficiente? —ironizó—. Espero que tengas claro que si no te he roto cada uno de tus huesos es por Baji-san.
Oh sí, lo dijo con todas sus letras finalmente, con lo que consiguió que Kazutora se echara a reír. Chifuyu pudo escuchar la mezcla entre el sonido de sus risas y el del cascabel que colgaba de una de sus orejas. Dio por sentado que el chico se estaba burlando de él y se preparó para ingresar a su departamento, dejándolo a solas en el pasillo antes de que su paciencia se agotara.
—Oye, oye, espera. —Kazutora puso fin a sus carcajadas al notar que ya se había dado la vuelta y abría la puerta. Sintió la calidez de sus dedos alrededor de su muñeca, el simple toque pareció quemarle. Recuerdos arremolinándose en su cabeza—. Empecemos de nuevo, ¿vale?
Chifuyu se mordió el labio, contemplando en el rostro de Kazutora en busca de cualquier indicio que delatara burla o mentira. Para bien o para mal, no encontró nada extraño. Parecía que estaba siendo honesto.
—Vale, tú ganas, aunque te dejaré sin dientes si te pasas de listo —advirtió. Kazutora le tendió la mano.
—Lo tengo claro, vicecapitán. —Chifuyu aceptó el saludo a regañadientes, contando los segundos hasta que consideró que era suficiente y retiró su mano. No iba a ponerle demasiada atención a la forma en la que lo había llamado—. Espero que podamos llevarnos bien a partir de ahora.
—Sí, como sea. Debo entrar ya porque tengo que… —titubeó—. Hacer muchas cosas. Buenas noches —se apresuró a decir. Y de nuevo, Kazutora lo detuvo solo con apoyar la mano sobre su hombro. Chifuyu lo observó por encima del mismo.
—¿Te puedo hacer una última pregunta? —pidió aquel.
—Adelante.
—¿Qué pasa entre Baji y tú?
No pudo evitar tensarse en cuanto escuchó el apellido de su amor frustrado, apretó los párpados aprovechando que estaba de espaldas a él y tomó aire para armarse de valor. No iba a mostrarse vulnerable para que Kazutora lograra ver a través de sus expresiones. Ni de broma iba a tocar un tema tan delicado precisamente con él.
Compuso su mejor sonrisa y lo enfrentó de nuevo.
—¿Qué pasa de qué? —Manos en los bolsillos, evitando así cruzarlos sobre su pecho.
—No hace falta que finjas. Resulta bastante extraño que ambos estén castigados y que ninguno de los dos quiera decir el motivo.
—Nuestras razones tendremos —respondió enseguida, notando el brillo curioso en los ojos contrarios. De todas formas, se obligó a sostenerle la mirada.
—Sí, supongo que es un argumento válido. —Sus palabras no sonaron como las de una persona convencida, pero para no incrementar la sospecha, Chifuyu decidió no decir nada al respecto—. Así que… ¿Qué harás mañana?
—Te recuerdo que estoy castigado. Tú mismo lo dijiste hace un instante.
—Qué lástima. Yo… quería ir al arcade un rato por la noche —le explicó, como si le hubiera pedido detalles—. No me animo a decirle a los chicos porque sería sin Baji —Chifuyu podía intuir la intención de sus palabras y, pese a ello, lo dejó terminar—. Entonces, ¿qué tal si vamos juntos?
—No puedo. Te acabo de decir que estoy castigado.
—Oh vamos. No te estoy pidiendo que vengas solo conmigo, también le diré a Takemichi. Si Baji tuviera permitido salir, créeme que no te estaría molestando. ¿Qué dices?
Por mucho que Chifuyu odiara aceptarlo, la petición de Kazutora sonaba sincera e inocente, contraria a la sonrisa socarrona que adornaba su rostro. Por otro lado, él podía acompañarlo sin tanto lío ya que su madre trabajaba en el turno de la noche durante esos días. Además, estaba el hecho de que el chico apenas se reintegraba a la sociedad y darle la espalda podía resultar contraproducente. No pensaba tirar por la borda los esfuerzos de Baji por mantener a Kazutora alejado del camino del mal o la venganza.
—Está bien. Te acompañaré.
Si antes no había podido dormir bien al no poder tener la oportunidad de aclarar las cosas con Chifuyu, ahora que ya lo había conseguido, Baji no estaba seguro de que podría pegar el ojo en lo que restaba de la noche. Llegó a casa diez minutos antes de lo acordado, cruzando la estancia con todo el entusiasmo de un alma en pena y el humor de los mil demonios.
Apenas le respondió a su madre cuando ella le preguntó sobre cómo estuvo la supuesta fiesta del abuelo Sano. Esto seguramente le haría merecedor de una retahíla de regaños al otro día durante el desayuno, pero existía una preocupación mayor por ahora en su cabeza.
La actitud de Chifuyu lo mantenía todavía desconcertado. Quería entenderlo y vaya que lo había estado intentando hasta el instante en el que el chico dijo que estaba enamorado. Para Baji fue como si le hubieran arrojado un balde de agua helada encima, como descubrir un secreto de estado o recibir la noticia que todo lo que se creía imposible en realidad no lo era tanto. Porque sí, de algún modo estúpido, Baji llegó a pensar que el mundo se resumía a su madre, los miembros de ToMan, Chifuyu y él.
A pesar de que era consciente de la individualidad de cada parte, jamás le cruzó por la mente la posibilidad de que un día Chifuyu ampliara su visión. Olvidó que llegaría el momento en que quisiera más. A alguien más, y menos de esa manera en específico.
Le resultaba difícil de procesar porque, hasta hacía apenas unos cuantos días atrás, ellos dos estaban… ellos dos habían… Carajo, ¿Había estado usurpando el lugar de la persona a la que Chifuyu quería, solo porque el chico había sido incapaz de pedirle que se detuviera?
¿Se aprovechó de Chifuyu?
No, no había sido así porque…
—¡Baji, ya levántate que tienes cita con el dentista hoy! —vociferó su madre, abriendo la puerta de su habitación única y exclusivamente con tal propósito. Baji se maldijo por no haberlo recordado y pensar que todavía contaba con algo de tiempo para tratar de dormir.
Excelente, solo iba a ser otro día sin poder encontrarse con Chifuyu para ir juntos a la escuela, así no podría saber si las cosas entre ellos se habían solucionado al fin, o si todavía tenía que seguir intentando arreglar lo que estuviera roto. Aun si no tenía ni la menor idea de lo que era.
Durante su cita y de camino al colegio, Baji se sintió como en piloto automático. Respondía a las preguntas de su madre con monosílabos que le valieron un pellizco para que "terminara de despertar", según las palabras de ella. Nadie sabía que en realidad Baji nunca había estado más consciente en su vida. Lo estaba tanto que le causaba terror.
Necesitaba más respuestas, por ello, cuando el final de la jornada escolar llegó, salió a toda prisa del aula, importándole poco si chocaba con algunos de sus compañeros en su camino. Anduvo por los pasillos como alma que lleva el diablo hasta llegar al salón donde pensaba que se encontraría Chifuyu. Sí, pensaba, porque al llegar todo lo que encontró fue a un grupo de chicas conversando, quienes le informaron que el resto de sus compañeros se habían marchado temprano debido a que el profesor de la última clase se reportó enfermo.
Y así, las esperanzas de Baji se fueron en picada de un solo golpe.
—¿Por qué la cara larga? —le preguntó Draken al topárselo justo a la salida. El chico se encontraba solo, lo cual era una novedad—. ¿Se te perdió algo?
—Más bien alguien. Chifuyu.
—Oh. —Draken elevó las cejas.
—¿Y bien? ¿De qué querías hablar? —averiguó—. Espero que no vengas exclusivamente a sermonearme porque ese es el trabajo de mi madre, y créeme, es experta en ello.
—No, bueno… En realidad, es más mi intento número cuatrocientos veinticinco por hacerte entrar en razón por la vía del diálogo.
—¿Eh?
—Nada, nada. Solo sígueme.
Recorrieron varias calles entre charlas sin importancia, al menos hasta que llegaron a un pequeño parque que quedaba de paso. Estaba prácticamente solo, a excepción de una anciana que alimentaba a las aves en una banca lejana a donde ellos se instalaron. El lugar parecía idóneo para sostener una conversación sin distracciones.
Draken sacó un paquete de dulces de menta y le ofreció uno, Baji se negó a tomarlo porque no quería alargar más la espera. Entre él, el problema de Kazutora y Mikey, aunado al reciente rechazo de Chifuyu, lo estaban volviendo loco. Su paciencia, que nunca había sido mucha, se veía mermada con el correr de los segundos.
—Baji —le habló Draken. Su cuerpo tensándose con anticipación—. ¿Se puede saber qué demonios le hiciste a Chifuyu?
—¡¿Ah?! —La expresión se le deformó en automático. Cejas casi juntas y la rabia burbujeando desde su estómago—. ¿De qué mierda me estás hablando? ¿Por qué siempre tengo que ser yo el villano del cuento?
Draken se mantuvo estoico, analizándolo en silencio.
—Escucha, podemos andarnos por las ramas todo lo que quieras y alargar esto hasta que tu madre te llame para recordarte que estás castigado todavía —le recordó—, o podemos dejarnos de estupideces e ir al grano. Quiero ayudarte, Baji. También a Chifuyu.
Tuvo que morderse el interior de su mejilla derecha, apretar la tela del saco de su uniforme y contar hasta diez, de ida y vuelta, para poder controlarse. Aceptaba que su humor no era el mejor en aquel momento, pero Draken no tenía por qué ser un bote de basura donde desechara todo disgusto.
—¿Chifuyu te dijo algo? —indagó, cruzando los brazos—. Si es así, dímelo ahora porque a mí no ha hecho más que confundirme anoche.
—¿Y no es lo mismo que tú has estado haciendo con él? Confundirlo, quiero decir.
—¿Confundirlo con qué?
—Oh vamos, Baji. Deja de jugar al tonto que no te queda.
—Sí, no te queda —apoyó una tercera voz a sus espaldas. Una en extremo familiar—. Ya sabemos que no eres muy listo en las cuestiones escolares y que te caíste de la cama cuando eras niño, pero ni eso puede justificar que no te des cuenta de lo que aquí sucede, Baji.
Ambos se giraron al mismo tiempo en dirección al recién llegado, porque era mejor creer que acababa de aparecer por ahí que considerar que no se percataron de su presencia mucho antes.
Un par de ojos negros los miraba con remarcada atención.
—¿Hace cuánto estás ahí? —averiguó Draken, con cierto recelo en su tono. Baji trató de reprimir un tic en su párpado al ver la sonrisa socarrona del líder de la pandilla.
—Desde… siempre. Venía detrás de ustedes, pero como vi que estaban platicando quise darles su espacio, o esa era mi intención hasta que me quedó un único taiyaki. ¿Kenchin? —Mikey levantó el alimento en cuestión, en una petición silenciosa de lo que necesitaba.
—Mikey, por dios, estoy en medio de una plática importante con Baji y tu vienes a pedirme más taiyakis cuando te compré varios hace veinte minutos, ¿qué te pasa?
—Me pasa que quiero más.
—Entonces ve a comprarlos tú —dictaminó, girándose de nuevo hacia Baji
—Oh, si ese es el problema, entonces yo puedo agilizar las cosas —interrumpió de nuevo, metiendo la cabeza entre los dos—. Baji, le gustas a Chifuyu. Y no, no como a mí los taiyakis o a ti quemar autos. Le gustas como para pasarse el chicle y criar gatitos juntos —reveló sin anestesia, aun cuando Draken intentó cubrirle la boca—. Ahora, a tu casa. Kenchin, mis taiyakis.
—¡Tienes la lengua muy larga, Mikey!
—Te ahorré tiempo, admítelo.
—No, solo hiciste que a este idiota dejara de llegarle oxígeno al cerebro. Míralo.
La pequeña discusión de sus amigos se filtraba por sus oídos sin que él pudiera encontrarle significado a lo que estuvieran diciendo. Las piezas de un rompecabezas en su mente comenzaban a encajar de a poco.
—Ya, ya. Déjalo que lo que asimile por su cuenta.
—Se supone que estarías con Emma, ¿qué carajo haces siguiéndonos?
—El hambre mueve montañas, Kenchin.
—¡Emma te iba a preparar el almuerzo!
—¿Ah sí? —Draken se golpeó la frente con frustración—. Entonces vamos por taiyakis y de ahí con Emma.
El parque comenzó a llenarse de niños que buscaban un rato de entretenimiento al aire libre. Keisuke reaccionó hasta mucho después de que Mikey se llevara a Draken arrastrando en la dirección opuesta a la que habían llegado.
—Yo… ¿le gusto a Chifuyu? —Su dedo índice tocándole el pecho y el corazón a mil—. Yo soy de quien está enamorado.
Sin embargo, ya nadie pudo reafirmárselo ni ayudarlo a entender cómo proceder.
