Disclamer: Ni los personajes, ni los lugares, ni parte de la trama de esta historia me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi. Yo solo escribo para divertirme y entretener a quien quiera leerme, una navidad más

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Nota de la Autora: Este fic de temática navideña contará con 12 capítulos y participa en la #Dinámica_Navideña organizada por las páginas de Facebook "Inuyasha Fanfics" y "Mundo Fanfics Inuyasha y Ranma". Se trata de la dinámica #12_eventos_decembrinos. Gracias por invitarme a participar una vez más. ¡Espero que os guste!

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—Sol Invernal—

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—El Muñeco de Nieve—

Lunes, 26 de diciembre

Los tibios rayos de sol intentaban entrar por la ventana de la cocina, pero la capa de hielo que había recubierto el cristal durante la noche se lo impedía. El agua que salía del grifo estaba congelada, Akane notaba poca o ninguna sensibilidad en sus dedos mientras fregaba los tazones del desayuno pero continuó, no quería que los trastos se amontonaran en la pila.

De vez en cuando un escalofrío le recorría la espalda, un temblor traicionero que se colaba por debajo de su grueso pijama. Siguió fregando, con los labios apretados, refunfuñando para sí contra ese sol invernal que, sin calentar nada, lo iba a arruinar todo.

A este paso no nevará.

Si bien aún quedaba mucho invierno por delante, Akane tenía la sospecha (una sospecha que no obedecía a nada salvo a sus propias ideas) de que si no veía la nieve antes de fin de año, ésta ya no aparecería.

Quiero verla, aunque no sepa por qué.

Miraba el calendario que colgaba de la pared y contaba los días, con pesar, porque ya no faltaba mucho para el treinta uno.

Resoplando compungida, sumergió la mano en el agua, rompiendo las hebras de jabón que emborronaban la superficie y no le dejaban ver el fondo, rebuscó con ahínco por si quedaba algo. Su mente siguió pensando en la nieve, en por qué era tan importante para ella. Esta vez el agua le rozó las muñecas, una zona en la que la piel se había mantenido seca; fue como si la atravesara un millar de agujas.

Incluso su corazón tembló.

¡Hace frío ahí fuera!

No quería que nadie me oyera venir a tu cuarto.

Tengo que decirte algo muy importante.

Los hombros de la chica se irguieron cuando esas palabras volvieron a su memoria, porque ciertos recuerdos causan en el cuerpo el mismo efecto que una descarga eléctrica. Akane se estiró, con las manos aferradas al borde de la pila y dejó que el agua corriera. Parpadeó, a la pálida luz que se estiraba a través del ventanuco sobre la encimera, oyó a un pájaro que piaba cerca.

Se mordió el labio inferior porque, al tener las manos tan frías y mojadas, prefirió hacer ese gesto a cualquier otro.

Tengo que irme, Akane. Pero te prometo que no será por mucho tiempo.

Ya se acordaba.

Aquella noche también hacía mucho frío. No recordaba la fecha exacta, pero debió ser últimos de noviembre y las heladas se habían adelantado. Los cristales también se congelaron y en algún momento, mientras dormía aferrada al pecho de Ranma, empezó a nevar fuera. No fue una gran nevada, ni siquiera cuajó. Pero alcanzó para que viera los copos cayendo desde el cielo blanco, brillantes y ligeros, cuando se despertó sola en su habitación.

¡Cómo mucho será un año!

Y cuando vuelva, tú y yo podremos, por fin…

—No ha vuelto a nevar desde entonces.

Los dos inviernos siguientes a ese fueron fríos, crudos pero totalmente secos. Quizás lloviera en otoño o primavera, no sabía, pero sí que no había vuelto a nevar. Y esa idea se quedó flotando en su mente.

—¡Qué frio hace! —se quejó en voz alta. Esta vez no se dirigió a ningún objeto en concreto, pero es que las quejas deben verbalizarse aunque se esté solo, eso lo sabía cualquiera. Akane ya no sentía la necesidad de hablar con su pequeña colección de adornos navideños, ni con ningún otro objeto de cuantos la rodeaban—. Con este frio ya debería haber nevado, pero resulta que ha salido el sol.

Cerró el grifo, agarró un trapo y trató de devolverle la sensibilidad a sus manos rojas y doloridas. No sirvió de mucho, así que las llevó a su boca para que su aliento las templara un poco. No pudo parar de pensar en la nieve, en ese sol inútil, en el sonido de ese pájaro que se desgañitaba con desesperación al otro lado de la ventana hasta que escuchó los pasos de Ranma.

—¿No hace demasiado frío? —preguntó él. Le oyó resoplar y que los pasos entraban en la cocina. La presencia del chico se detuvo a su espalda, tan cerca que Akane sintió su calor corporal a través del pijama y se sintió mejor.

—Se ha estropeado la caldera —respondió.

—¿Y la calefacción?

—Pues también. Una cosa va con la otra.

—¿Y has avisado a alguien para que la arreglen?

Puso los ojos en blanco antes de responder, pero él no la vio.

—Pues sí —contestó y siguió exhalando sobre sus manos—. Pero tardarán en venir —Eran exhalaciones cortas aunque lentas, sobre la punta de los dedos, sus nudillos, después en las palmas—. La mayoría de operarios están de vacaciones, también es cuando más averías hay a causa de las heladas…

Esas eran solo algunas de las excusas que le habían dado cuando llamó a un servicio de, en teoría, urgencias 24 horas. La voz al otro lado de la línea sonaba adormecida y aburrida de repetir el mismo discurso; con todo, ella insistió y le aseguraron que alguien aparecería por el dojo en cuanto fuera posible.

La verdad es que una caldera rota en pleno invierno era un incordio terrible. No tenían calefacción, ni agua caliente, y había ocurrido justo en los días en que estaban teniendo las temperaturas más bajas de la temporada.

Tú eres la única que lo sabe por ahora.

Cuando los demás noten mi ausencia, diles lo que te he dicho.

Todavía tenía las manos congeladas cuando Ranma, de forma del todo inesperada, se pegó a ella y la rodeó con sus brazos. Akane, paralizada, sintió el fuerte escalofrío que agitó el cuerpo del chico, entonces. Desprendía calor, al menos ella podía percibirlo, pero debía estar muerto de frio por el modo en que la apretó contra él.

Fue un impulso que le dio, porque al instante se separó unos milímetros de ella, como pretendiendo ser respetuoso, aunque sus brazos siguieron ciñendo su estómago. Y eso la molestó.

¿Por qué tanto cuidado a esas alturas?

¿Es qué aún cree que voy a golpearle si se acerca demasiado?

¿Era esa la razón por la que Ranma apenas tomaba la iniciativa en nada?

Akane recibió la calidez de ese abrazo como algo delicioso, así que recostó su peso contra él e incluso hizo un sonido gutural, similar al que surge de la garganta al saborear algo exquisito. Esperaba que eso ayudara, esperaba de corazón que ese camino fuera más fácil.

Había sido un gesto algo torpe, pero Ranma nunca habría actuado así tres años atrás, cosa que la animaba un poquito. Para ser justos, ella tampoco habría reaccionado con tan buena predisposición en el pasado. Si pensaba en su yo adolescente sí que la recordaba suspirando de manera vergonzosa y soñando con momentos de romance con él, pero en la vida real ella respondía con violencia de manera automática. Ni siquiera ahora sabía por qué. Lo recordaba como un instinto grabado a fuego en su cerebro, así como el rechazo del chico a cualquier acto de intimidad que pudiera demostrar una debilidad en su imagen de artista marcial.

No le encontraba explicación… ¿Era por cómo los habían criado los dos hombres que, años después, los prometerían a la fuerza esperando de ellos una actitud amorosa instantánea? Quizás ninguno de los dos había tenido opción a comportarse de otro modo, pero Akane lamentaba, ahora, no haber sido más tolerante. Puede que si ella le hubiese dado pie a esos gestos, Ranma hubiese respondido de un modo distinto.

Aunque hubo una vez…

Había habido una noche en sus vidas en la que esas lecciones grabadas en sus mentes dejaron de tener poder sobre ellos. Puede que siempre deba ocurrir algo insoportable para que las personas cambien.

Akane disfrutó de ese instante de silencio. Sus cuerpos se acercaban ahora con tanta libertad y naturalidad que su corazón bailaba pleno en su pecho, era tan agradable sentir que el calor volvía a sus manos, a sus brazos, a sus mejillas y nada malo ocurría. Ni gritos, ni asaltos. Todo estaba tan tranquilo.

Todo está bien.

Podía relajarse y solo sentir como el rostro de Ranma se pegaba a su cabeza, el movimiento de este sobre su pelo, el roce de su nariz primero y después su mejilla que parecía descender sobre sus mechones. Sus labios presionando con suavidad…

¿O eso lo he imaginado? Se preguntó, divertida. Aquello parecía demasiado afectuoso para él.

Su cerebro feliz se estaba imaginando cosas.

Y no le importó, en realidad, hasta que los labios, aún un poco fríos, rozaron su mejilla y entonces, dio un respingo por la sorpresa. Se le escapó una risita y él la estrujo un poco más fuerte. Ahora podía ver por el rabillo del ojo el rostro del chico, inclinándose hacia ella y, aún más sorprendida, descubrió sus ojos cerrados.

¿Está pasando de verdad?

Podía simplemente girar la cabeza hacia él pero le gustaba esa caricia sobre su cara, se le antojó más dulce que cualquier otra cosa y también cerró los ojos sin borrar su sonrisa.

Cuando vuelva, tú y yo podremos, por fin, estar juntos.

—Estar juntos —Akane dibujó esas palabras en silencio sin darse cuenta.

Aquella noche formaron parte de una despedida y le oprimieron el corazón con tanta fuerza que no logró reprimir el llanto. Fue un sentimiento demasiado intenso, tanto que podría volver a llorar en ese momento también al recordarlo pero, justo entonces, sintió una mano subiendo por su abdomen y rozar, no sin cierta vacilación, la parte inferior de su pecho.

El gesto no la sorprendió, pero sí la hizo consciente de que ya no sentía frío en ninguna parte de su cuerpo sino todo lo contrario; el calor recorría su estómago, su pecho y su cuello, sofocándola. La cadera de Ranma la empujaba cada vez más fuerte y hacía un movimiento muy sutil, pero que ella pudo apreciar.

Abrió los ojos. El pájaro había dejado de piar, ahora solo oía el zumbido de la bombilla del techo y un tic toc lejano.

Se dio la vuelta y enganchó las solapas de la chaqueta del chico antes de que este retrocediera. Ranma se mostró un poco confuso, con las manos en el aire, ahora perdidas, incluso separó los labios y ella supo que le haría una pregunta tonta, así que no le dejó. Se adelantó para besarle, cualquier palabra arruinaría ese silencio mágico que se había creado a su alrededor.

Tiró de él y Ranma volvió a pegarse a ella, esta vez más veloz y brusco el movimiento con el que la acorraló, cuando su cadera volvió a pegarse a la de ella y sus manos se posaron en su espalda.

Akane estuvo segura de ser la primera en darse cuenta de que aquel beso no era como los otros. La necesidad y la urgencia de sus labios eran inauditas, mucho más feroces, casi como si no le hiciera falta respirar porque podía seguir viviendo del aire que tomaba del chico. Entonces, era eso, si dejaba de besarle probablemente moriría.

Ranma no se dio cuenta del cambio, tal vez, hasta que las manos de la chica tiraron de su chaqueta para quitársela. Entonces sí. Hubo un instante de estupor, un ligero choque en la punta de su nariz, pero fue brevísimo. Las manos de él bajaron buscando el borde de la prenda de ella y las hundió en su piel. Abarcó con ellas aquella zona cálida de la espalda, pasando sobre el cierre del sujetador sin detenerse para después bajar de nuevo y delinear la cintura con la punta de los dedos.

Akane siguió tirando hasta que él mismo se apartó para sacarse la chaqueta, y entonces ella, envalentonada, saltó sobre él y se agarró a su cuello.

Pero volverás, ¿verdad?

¿Lo prometes?

Los espasmos en su vientre empezaron como el ir y venir de las olas en una playa tranquila, cuando las manos del chico desabrocharon los primeros botones de la camiseta de su pijama. Sus nudillos, en el proceso, rozaron el pecho femenino y Akane se estremeció, besándole con más vehemencia.

¡Pues claro que volveré!

Recordaba esa sensación, esos movimientos, esa manera de tocar tan distinta a todo lo anterior. Lo recordaba con claridad aunque solo había pasado una vez y aunque no hubiese vuelto a pensar en ello desde entonces, una parte oculta y ansiosa de sí misma reconoció que lo había estado esperando

Está bien que haya sido así decidió sin problema. Sus manos tiraron del borde de la camiseta de él para liberarla. Ahora es el momento.

¿Es qué no confías en que vaya a regresar?

Las caricias y las miradas le rozaban el alma, inflaban su pecho. Por fin sentía que sus sentimientos eran correspondidos con la misma intensidad que la acuciaba a ella.

Si tú no vuelves, yo…

De repente, un timbrazo se abrió paso por las paredes de la casa y los alcanzó.

Fue tan extraño escuchar ese ruido. Fue casi grotesco porque rompió el resto de sonidos: el de la ropa moviéndose sobre el cuerpo, las respiraciones aceleradas, el leve crujido de la madera de la encimera.

Alguien llamaba y eso también era descabellado. ¿Es qué aún quedaban personas en el mundo aparte de ellos?

Por una vez (y esta era la tercera cosa inaudita) Ranma no saltó lejos de ella ante la presencia de otro ser humano cerca. Se quedó parado, con el rostro enrojecido y alzó una mirada interrogante.

Quien sea se marchara si cree que no hay nadie pensó ella. Y no apartó sus manos del chico, apenas se movieron pero los dos esperaron sin saber muy bien el qué. El timbrazo se repitió, por desgracia, y después oyeron la voz:

—¡¿Hay alguien?! —Una voz horrible, aún más abominable que el timbrazo que lo había destruido todo—. ¡Soy de la empresa de calderas!

Akane hizo una mueca.

No podían fingir que no estaban y dejar que ese hombre se fuera.

—¡Un momento! —chilló. Ranma se apartó y ella se alejó, sacudiendo la cabeza y abotonándose el pijama de nuevo. Antes de llegar a la puerta volvió la cabeza, el chico seguía parado en el mismo lugar, otra vez con esa postura dudosa, sin saber qué hacer ahora con sus pobres manos.

¿Estaría pensando también en aquella noche y en la nieve?

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El técnico que acudió a revisar la caldera era, por la voz aburrida y nasal con que habló consigo mismo durante la inspección, el mismo con el que Akane había hablado por teléfono. Tenía una barriga de un tamaño similar a la mochila que colgaba de su hombro y una gorra con la que tapaba las entradas de su frente y que ella vio cuando, al hacer un desafortunado gesto, el hombre se sacó la gorra sin querer.

No parecía contento por estar allí.

Le explicó, aunque ella no le preguntó, que le había tocado a él estar de guardia esos días, que eran los peores del año, porque era cuando más fallaban esos trastos del demonio (señaló a la caldera) y cuando menos personal había para acudir a todas esas citas.

—¡La gente se pone como loca para que la atiendan!

—Es que hace mucho frío —apuntó ella.

Akane comprendió rápido que le estaba dejando claro la suerte que había tenido de recibir su visita tan pronto, de modo que tuvo que darle las gracias varias veces hasta que le pareció complacido.

Ranma acudió unos minutos más tarde. Parecía tranquilo aunque se le volvieron a encender las mejillas cuando su mirada se cruzó con la de la chica. Tosió con fuerza sin que le hiciera falta y cruzándose de brazos, preguntó.

—¿Puede arreglarla?

El técnico sacó su oronda cabeza de debajo de la caldera y le miró con el ceño fruncido. En su rostro se dibujó la pregunta: ¿Y tú quién diablos eres?

—Eso es lo que intento averiguar, señor —respondió, en su lugar, de manera seca.

Su cara sudorosa volvió a desaparecer en el interior de la caldera. Le oyeron soltar un par de maldiciones y todo tipo de sonidos metálicos que no auguraban nada bueno. En el tiempo que tardó la inspección, Akane volvió a enfriarse. Se frotó los brazos y sus ojos miraron a Ranma que estaba a su lado, aunque no demasiado cerca, al aparecer muy interesado en todo lo que estaba pasando.

¿Sería inadecuado que se acercara a él, buscando su calor otra vez?

Solo un pequeño abrazo.

Quizás el técnico hubiera pensado que estaban casados, así que no le incomodaría que Ranma la rodeara con sus brazos, ¿verdad?

—Bueno —soltó el susodicho, estirándose de nuevo. Esta vez se caló la gorra sobre su frente despejada y chasqueó la lengua, frotándose las manos sucias contra sus pantalones gruesos y no añadió más.

—¿Qué?

—Pues verá, señor, su caldera…

—Es mi caldera —replicó Akane, llamando su atención—. Esta es mi casa.

El hombre dio un respingo y miró a Ranma quien, al instante, se hizo el loco apartando la mirada.

—Su caldera, señora, no está del todo averiada —Le dijo, en primer lugar—. Solo tiene rota una pieza.

—¿Solo una? —Sonrió, aliviada—. Eso es bueno, ¿no?

—No tanto —El técnico resopló y sacó un cuadernillo de la mochila que revisó, para después asentir—. Me temo que la pieza que necesita está agotada.

—¡¿Qué está agotada?! ¿Cómo es posible?

—Es que se rompe mucho, señora.

—¿Y cuándo puede conseguir otra? —preguntó Ranma.

—No lo sé —Empezó a guardar los pocos utensilios que había sacado de su mochila como si ya hubiera hecho todo lo posible—. Es que estas fechas son muy malas, ¿saben?

. Yo puedo hacer el pedido hoy mismo, otra cosa será cuando llegue.

—Pero, ¿cuánto podría tardar?

—Unos días, lo más seguro.

—¡¿Días?! ¡No podemos estar días sin calefacción y agua caliente!

—¡Hace un frio que pela!

El hombre, muy tranquilo a pesar de los gritos que estaba recibiendo, se echó la mochila al hombro y les respondió con una mirada aburrida. Parecía mayor, lo suficiente como para que las quejas de un par de jovencitos que parecían estar jugando a las casitas pudieran afectarle.

—Yo no puedo hacer más —Se abrió paso entre ellos y marchó con paso firme por el pasillo, rumbo a la puerta—. En cuanto me llegue la pieza, volveré y les arreglaré la caldera.

—¿Eso es todo?

Se detuvo casi en la salida y les miró otra vez. Algo parecido a la compasión empañó sus ojos adormilados, pero no hubo otra manifestación de que la desesperación en los rostros de ambos hubiese removido alguna otra emoción en él. Probablemente, entendió Akane, seguiría resacoso por las fiestas navideñas, molesto por tener que trabajar con ese frio y estaría deseando volver a la central para echarse una siesta, en lugar de estar allí, congelado, inventándose soluciones que no existían.

—Trataré de que sea lo antes posible —Rebuscó en su bolsillo y puso algo en la mano de Akane. Era un muñeco de nieve de plástico, con el logo de la empresa en la base y que deseaba las fiestas de manera burlona—. Gracias por confiar en nosotros, estamos para ayudarles.

. ¡Felices fiestas!

Y se marchó.

El muñequito iba pegado a un muelle que se balanceaba sobre la base, los dos miraron su gracioso bailecito por espacio de unos segundos, hasta que la estupefacción de la situación se desvaneció por sí sola.

Akane resopló y soltó ese muñecajo feo y enclenque sobre la mesita donde tenían el teléfono, era demasiado horrible incluso para desterrarlo a la cocina.

—Es terrible —murmuró. Meneó la cabeza y se dio la vuelta—. ¡Voy a sacar todas las mantas que tengamos!

No tenía ni idea de cómo iban a conciliar el sueño esa noche con el frío que hacía.

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Ranma temblaba, descontrolado.

No sabía qué hora era, y no se atrevía a sacar el brazo del futón y las otras tres mantas bajo las que estaba sepultado para encender la lámpara y mirar el reloj. Tenía mucho frío. Era increíble que, aún debajo de ese peso, pudiera seguir helado. No había logrado conciliar el sueño más que unos pocos minutos en lo que iba de noche y se estaba poniendo de los nervios.

Giró sobre sí mismo, con el gesto paralizado en una mueca de fastidio y su cuerpo experimentó esa oleada de frío insoportable que era lo que le había estado impidiendo dormir. Si se quedaba estático por completo, lograba entrar en calor lo suficiente como para adormecerse, pero en cuanto movía un pie o un brazo y su piel entraba en contacto con un centímetro de manta helada, una descarga le espabilaba de nuevo.

En ese instante, tenía la frente y la nariz tan congeladas que incluso le dolía el aire que entraba por sus fosas nasales.

No voy a poder dormir sentenció, agotado.

La casa había ido perdiendo grados de temperatura en el transcurso del día y ahora, al otro lado de la pared, estaban teniendo la madrugada más fría del año, esa frialdad se pegaba a los muros del dojo buscando grietas, agujeros o cualquier fisura por la que entrar.

¿Qué me pasa? Se preguntó, haciendo un nuevo giro. He dormido en circunstancias mucho peores que esta.

Hacía apenas un mes que había regresado pero era como si China se estuviese alejando en su memoria muy deprisa, o puede que ya se hubiese acostumbrado a las comodidades del hogar. O quizás, solo quizás, la temperatura no fuera lo único que le mantenía en vela.

Akane pensó, apesadumbrado. Volvió a girar sobre su espalda y se encogió cuando notó los temblores en su cuerpo. Los dientes le castañeaban por mucho que los apretaba, y estaba esa tensión abominable estrangulando sus extremidades. No me ha dicho nada.

Ninguno de los dos había dicho al otro una sola palabra de lo que había ocurrido en la cocina esa mañana. La caldera rota les había proporcionado una excusa inmejorable para ignorar el tema, parecía más urgente acondicionar la casa para que mantuviera el poco calor que todavía albergaba, buscar todas las mantas y ropa de abrigo que pudiera ser útil.

Pero él sí que había pensado en ello, y aun a esas horas seguía con las mismas preguntas en la cabeza.

¿Qué fue lo que pasó?

Aburrido de estar tumbado, Ranma se puso en pie de un salto. Se calzó las zapatillas, se echó por encima el futón y las mantas (todo junto, sobre la cabeza) y como un fantasma atormentado, se movió por la oscuridad del cuarto hasta que sus piernas entraron en calor.

Al mismo tiempo, sus neuronas terminaron de sacudirse el frío. Le dijeron que él ya sabía lo que había pasado, que incluso imaginaba lo que podría haber pasado de no haber aparecido nadie en la casa.

Pero, ¿cómo pasó?

Se hizo esta pregunta, más que nada, porque cuando intentó reconstruir la secuencia de acontecimientos que habían tenido lugar antes del encuentro en la cocina, no fue capaz de recordar qué le había llevado hasta la susodicha cocina, para empezar.

¿Qué estaba haciendo antes? ¿Qué pensamiento lo condujo hasta allí?

Había aparecido en la puerta como ocurre en los sueños. Estaba allí, mirando a Akane desde el umbral y entonces, un pensamiento:

Creo que ha cogido algo de peso.

Observó su figura, sus curvas marcándose a través del pijama y se dijo, con absurda alegría, que volvía a verse como la chica de antes, volvía a ser esa chica a la que aún no había herido con su marcha.

Su prometida.

Ya había notado que Akane había recuperado su apetito; sus raciones de comida se habían ido incrementado con el pasar de los días y la había visto picar de los dulces que habían quedado tras la Nochebuena. Siguiendo su lógica en la que relacionaba el poco apetito de la chica con su desánimo, eso significaba que empezaba a sentirse mucho mejor. También su aspecto era ahora más saludable: sus piernas y sus brazos volvían a estar firmes, parecía más enérgica y, claro, otras zonas de su cuerpo también se veían más… plenas.

La piel del rostro se le encendió, luchando contra el frío, y Ranma siguió paseando por su habitación.

Había notado esos detalles, pero no había sido hasta esa mañana que lo notó de verdad. Y reconocer en Akane su físico de antes le llenó de felicidad, también de alivio. Experimentó, además, un deseo atroz por tocarla, por comprobar que sus ojos no le engañaban. Ahora había una especie de bruma vergonzosa que lo cubría todo, pero debió ser ese deseo lo que le empujó a ir hacia ella. A abrazarla, tocarla y… a dejar de pensar.

Su cerebro y esa fastidiosa precaución se apagaron por un momento, quería dejarse llevar, seguir sus instintos y dar rienda suelta a lo que sentía por ella, como ocurrió aquella noche tres años atrás.

La noche de la despedida se dijo.

Había pensado mucho en eso durante su viaje. A veces, los recuerdos le reconfortaban en su soledad, pero otras, le herían si solo conseguía centrarse en lo que había ido mal.

Si tú no vuelves, yo…

Sacudió la cabeza, parándose junto a la ventana. Las manos le ardían por la vergüenza y la culpa cuando clavó su mirada en el jardín, la luz de la luna se reflejaba en los minúsculos trozos de hielo del suelo creando un falso cielo estrellado allá abajo.

Aquella noche también hizo un frio de muerte recordó.

Le dolía todo el cuerpo cuando cruzó el tejado para descolgarse por la ventana de la chica. No quería que nadie de la casa le oyera ir a su cuarto, mucho menos lo que pensaba decirle pues había decidido que solo se despediría de ella. Se acordaba del calor de su cuerpo, de su brazo en torno a él mientras dormía y también de que el frío fue mucho más violento cuando dejó la cama para escapar por la ventana. Ese calor, el de Akane, lo sintió consigo todo el trayecto desde la casa hasta la estación de trenes pero se fue desvaneciendo según se alejaba de Nerima. Y horas después, cuando bajó en la estación de una ciudad desconocida, cubierta por la nieve, fue cuando Ranma se sintió solo de verdad, por primera vez.

El calor se fue, pero esa sensación se quedó todo el tiempo.

Aún estaba rememorando el recuerdo de la estación cuando oyó pasos suaves al otro lado de su puerta y se puso alerta.

Avanzó despacio y alargó la mano hacia el asidero justo cuando los pies pisaban, aún más flojo, frente a él. Deslizó la puerta y Akane dio un respingo al otro lado.

—¡Qué susto! —Se quejó, llevándose una mano a la boca. Le miró, extrañada—. ¿Qué haces?

El chico recordó que aún llevaba sobre la cabeza las mantas y el futón, así que se deshizo de ellos y una ola de frío le azotó el cuerpo.

—N-nada —La voz le tembló por los escalofríos—. ¿Y t-tú?

—No puedo dormir, hace demasiado frío —Ella también iba envuelta en una de las mantas, los pies enfundados en varios pares de calcetines y en unas zapatillas—. Me voy abajo, a encender el Kotatsu.

—¿Vas a tener el Kotatsu encendido toda la noche?

—¿Y qué otra cosa puedo hacer? —replicó ella. Se dispuso a continuar pero antes volvió a mirarle—. ¿Quieres venir conmigo?

. No podrás dormir ahí dentro.

Bajaron las escaleras, sin encender ninguna luz, y atravesaron el pasillo en penumbras. Entraron rápido en el comedor, hacía aún más frío que arriba, pero se aseguraron de cerrar todas las puertas y colocaron una pequeña lámpara en un rincón para que los alumbrara. Después, amontonaron cojines y mantas a su alrededor, creando un muro en torno al Kotatsu que encendieron sin perder un minuto.

Se metieron debajo y contuvieron el aliento hasta que notaron que sus pies empezaban a calentarse con la primera oleada. Suspiraron y sus cuerpos pudieron abandonar la tensión, dejaron de temblar, de contraerse. Ranma pensó que aquella era la mejor sensación del mundo.

—¿Qué hace eso ahí?

Volvió la cabeza hacia la chica y vio que esta, y su ceño fruncido, apuntaban al gracioso muñeco de nieve que el técnico de la caldera les había dejado. Tenía una sonrisa bobalicona dibujada en su cara redonda y blanca que le reconfortaba, así que Ranma lo había rescatado del destierro y llevado junto al resto de los adornos, sobre la mesa.

—Solo es un muñeco de nieve —respondió, encogiéndose de hombros—. No tiene la culpa de que ese técnico fuera un idiota.

—No me gusta que este ahí.

—Vamos, Akane… Parecía sentirse solo en la entrada.

La chica le miró pasmada ante semejante declaración, y de hecho, ni él mismo supo por qué lo había dicho.

¡Obviamente, él sabía que los objetos no tienen sentimientos!

—Pienso tirarlo a la basura.

—Como quieras, pesada.

—¡No me llames pesada!

Ranma decidió guardar silencio y disfrutar del calor. Centró su mirada en el techo, delineó las formas de los tablones que lo formaban pero descubrió que eso no era suficiente para ignorar con éxito el cuerpo de la chica tan cerca de él. La oía suspirar, mover la cabeza sobre su cojín, notó cuando ella se incorporó para quitarse los pares de calcetines y él tuvo el impulso de girar la cabeza en otra dirección.

¡Solo son sus pies! Se regañó. ¡Como si nunca los hubiera visto!

—Deberíamos apagar la luz e intentar dormir —opinó Akane. Volvió la cabeza, porque sabía que ella le estaba mirando y no le quedó más remedio que asentir.

Así notó el espacio vacío que había entre ellos y supo, aunque fuera contradictorio, que este no habría existido si lo de esa mañana no hubiese ocurrido. Muchas noches habían estado ahí mismo, echados el uno sobre el otro, viendo esas tediosas películas navideñas o dejando pasar los minutos hasta la hora de irse a dormir; sin embargo, ahora había una barrera de aire que Ranma no sabía cómo salvar.

—Si esperas que yo me levante a apagarla…

—¿Tengo que hacerlo yo?

—A mí no me molesta la luz.

Akane bufó.

—Bueno, pues a mí tampoco —Aunque se dio la vuelta para dar la espalda a la lámpara—. Buenas noches.

—Buenas noches.

Buenas no, fantásticas pensó él con sarcasmo. ¡Es algo fantástico!

Desde su vuelta había estado esperando que se diera la oportunidad para dormir con ella y ahora que gracias a la caldera tenía la excusa perfecta, sin haber tenido que pedírselo, estaban los dos dándose la espalda y separados por casi medio metro.

Aquello era responsabilidad suya, claro. ¡Ni siquiera sabía qué palabras usar para resolverlo!

¿Debía disculparse?

Pensará que soy idiota, ¿quién se disculpa si no ha hecho nada malo?

Entonces, ¿qué? ¿Pedírselo?

Akane, ¿puedo abrazarte?

¡No, no! ¡Se moría de vergüenza! Era mucho menos vergonzoso si solo se acercaba a ella y la tocaba, ¿no es cierto? Esa mañana lo había hecho y a ella le había gustado.

¿Y si me levanto y apago la luz? Puede que eso…

No comprendía por qué le seguían dando esos arranques de timidez a esas alturas. ¿A caso no habían intimado ya bastante? Parecía tan sencillo cuando era Akane la que daba el paso y él solo tenía que seguirla.

La última vez que yo tomé la iniciativa pensó, abochornado. Fue un desastre.

Se preguntó si ella también recordaba aquella noche, debía hacerlo pues había sido la última vez que se vieron… ¿Pensaría solo en la despedida o también en lo demás?

Ranma estuvo un buen rato reprochándose ser tan cobarde, despejándose más que buscando el sueño hasta que se dijo a sí mismo que era una gran tontería. Estaba claro que, por esa noche, todo estaba perdido. Pero si la pieza de la caldera tardaba varios días en llegar, como había dicho el técnico, puede que tuviera más suerte la noche siguiente.

Eso espero.

Se acomodó sobre el tatami, hundió la cabeza en el cojín y trató de recuperar el sueño.

—Ranma.

La voz de Akane le hizo dar un respingo.

—¿Q-qué?

—Todavía tengo frío —se quejó—. No puedo dormir.

—Oh… ¿quieres otra manta? —Tenía varias a su lado, así que estiró un brazo hacia ellas pero se detuvo cuando el cuerpo de la chica se pegó al suyo. Apretó los labios antes de que se le escapara una exclamación pero no pudo volver a doblar el brazo. Akane se acurrucó contra él, estiró su cuerpo que se rozó contra su espalda. Su brazo se precipitó al suelo—. ¿M-mejor así?

—No —respondió ella—. Mejor, date la vuelta.

—¿La vuelta?

—Abrázame.

Ranma obedeció y la atrapó en sus brazos, el diminuto cuerpo temblaba aunque estaba cálido bajo el pijama. Se pegó a él incluso más que esa mañana, adaptando sus formas femeninas a las del chico: su cabeza en su cuello, su torso sobre el de él, sus manos aferradas a su cintura. El joven tuvo la sensación dudosa de ahogarse pero nunca pensó que eso pudiera ser tan placentero.

Permanecieron en silencio hasta que pensó que Akane se estaba quedando dormida, y lo consideró una suerte pues su mente estaba en blanco, sus terminaciones nerviosas estaban tan desbordadas por el aroma de la chica, por los cosquilleos de su suave aliento en la piel, por los sonidos que hacía al respirar. No sabía si se acostumbraría y podría dormirse en algún momento, pero tampoco le importaba pasar despierto la noche en esas condiciones.

—Ranma —murmuró ella, una vez más.

—¿Qué?

—¿Me… echaste de menos mientras estuviste en China?

Aquella pregunta terminó de alejar cualquier rastro de somnolencia. Fue tan imprevista e insólita que tuvo que controlarse para no sufrir un espasmo. Parpadeó, confuso, mirando hacia la puerta del comedor, por encima de la coronilla de ella.

—¿Por qué me preguntas…?

—Lo hiciste, ¿sí o no?

—¿No has leído mis cartas? —Ahora fue Akane quien vaciló, movió sus manos sobre el torso del chico, dibujando formas con sus dedos en los espacios donde no se rozaban, puede que buscando ganar tiempo.

—¿Qué cartas?

—Ya sabes qué cartas —replicó, apretándola por la cintura—. Las que te escribí durante mi viaje y no pude enviar.

. Te las di con la Bola que te traje de China.

Hubo otra pausa y el cuerpo de la chica se retorció un poco contra él.

—Sí, aunque aún no he terminado —reveló—. Más o menos voy por la mitad.

—¿La mitad?

—Las estoy leyendo con cuidado para entender bien lo que dices.

Eso fue una decepción para él.

Después de tantos días, ¿solo había leído la mitad? ¿Eso era lo que le interesaba saber lo que le había pasado? Pero se detuvo ahí. No tenía derecho a reprocharle nada, a fin de cuentas, él era quien se había ido y ni siquiera había sido capaz de mantener una comunicación con ella en ese tiempo. No podía esperar que las leyera todas del tirón para que le comprendiera en el momento exacto en el que él quería que lo hiciera, ¿verdad?

No. Él no podía exigir nada.

Al menos las está leyendo se dijo.

—Claro que te eché de menos —confesó.

—¿Pensabas en mí?

—Yo… —apretó los labios—; pensaba en ti todo el tiempo.

. No pensaba en otra cosa, en realidad.

Seguía siendo un poco doloroso ser tan sincero, exponer algo tan íntimo incluso si se trataba de Akane pero debía hacerlo, porque eso era lo único que tenía a su favor. No había olvidado su misión de compensar a la chica por todo, había estado esforzándose en ello aunque también había cometido algún error en el proceso.

Ojala supiera qué más hacer.

Akane no dijo nada, y él no supo si le había creído. Pasaron varios minutos y justo cuando volvía a pensar que ella se estaba durmiendo, las manos de la chica subieron hasta sus hombros, estaban un poco frías pero no le molestó. El roce de su nariz sobre la piel cuando ella movió la cabeza y después, sus labios en el cuello. Ranma se estremeció, no solo por el contacto sino por la incertidumbre. Se quedó quieto, a la espera, la boca de Akane siguió deslizándose por su cuello, aumentando su calor.

Con un leve gruñido en su garganta, Ranma bajó la cabeza y sus ojos quedaron a la misma altura, pudo ver motitas brillantes en los iris castaños, abiertos de par en par, era una mirada calmada en apariencia, pero que parecía contener mucho más.

—¿Y tú? —quiso saber él—. ¿Me echaste de menos?

—Pues claro, tonto —respondió ella, sonriéndole—. Menos cuando estaba enfadada.

¿Y no estuviste enfadada todo el tiempo? No se atrevió a preguntar porque sospechaba cuál sería la respuesta.

Se lo tomó a broma y también sonrió, deslizando las manos a la parte baja de su espalda, apretándola con más fuerza, percibiendo las formas del otro cuerpo con toda claridad sobre el suyo.

Akane le besó, acunando su rostro en sus manos, con lentitud y suavidad al principio, no como esa mañana, pero también metió las manos bajo su pijama, para ese momento estaban mucho más cálidas y la caricia fue tan placentera que el chico notó que su cuerpo se agitaba en una vibración conocida. Sus manos también querían acariciar, así que las dejó ir más lejos, volar por encima del trasero de la chica quien, debió tomar ese gesto como una dulce invitación, pues se movió hasta colocarse casi sobre él.

Si no vuelves…

¿Por qué? ¿Por qué el recuerdo insistía en abrirse paso en su mente?

Siguió besando a la chica, a un ritmo tierno y dulce, pero las imágenes de aquella noche se reprodujeron en su cabeza sin remedio.

Aquella ocasión, fue él quien la besó primero. Lo hizo fingiendo una confianza que se habría resquebrajado como una hoja seca si Akane hubiese vacilado si quiera un instante, pero no lo hizo. Era la primera vez que no le rechazaba con un golpe, pero es que no iban a verse en mucho tiempo.

El tiempo influye en todas las cosas.

Fue también él quien, con más miedo que otra cosa, se tendió sobre ella después de que una Akane colorada y nerviosa le dijera en voz muy bajita. Por momentos, y pese a su falta absoluta de experiencia en lo que hacía, logró manejarse aunque todo el tiempo lucharon en su interior la ansiedad que le estrangulaba por estar cerca de ella y el presentimiento de que no estaba haciendo lo correcto. Estaba confuso y asustado por el viaje, por la distancia, la separación.

De pronto, ella dijo esas palabras:

Si tú no vuelves, Ranma, no sé qué haré.

Y ahí fue que se paró, puede que con repentina brusquedad. No por las palabras en sí, sino porque descubrió que, en realidad, no podía estar seguro de que volvería.

¡Por supuesto esa era su intención!

Pero, ¿y si tenía un accidente? ¿Y si enfermaba? ¿Y si se tropezaba con alguien peor y más poderoso que Saffron y…?

¿Qué pasaría con Akane si él no regresaba?

Ella era una de las personas más fuertes que conocía, no solo por su físico, sino porque su voluntad y su buen corazón la protegerían de desperdiciar su vida esperándole, eso lo sabía. Pero había cosas que debían tomarse con cuidado pues, una vez hechas, ya no tienen vuelta atrás.

Por eso no fue capaz de seguir adelante. No estaba bien hacer algo así a la chica que amas y después desaparecer. Y había habido muchos momentos en su viaje en que se había alegrado de no haberlo hecho, incluso cuando no sabía la fecha exacta de su vuelta a casa y solo podía aferrarse al recuerdo de la joven para seguir caminando.

Ahora estaban juntos otra vez y cuando el recuerdo acabó, Ranma confirmó que no había presentimiento malo alguno rondándole. Sus manos acariciaban el cuerpo de Akane con más libertad, estaba más seguro de lo que deseaba hacer que de ninguna otra cosa. Ya no había dudas, ni arrepentimientos. Estaba allí y se quedaría con ella el resto de su vida.

La amaría el resto de su vida igual que lo hacía ahora.

Akane se incorporó, sentada sobre su cadera y le miró un momento, con el rostro ruborizado y los mechones lisos y brillantes de su cabello enmarcando su cara de un modo adorable.

—Esta mañana me he acordado de la noche en que te fuiste —Le reveló y él, sorprendido, se irguió también—. Aquella noche nevó.

—¿Todavía piensas en la nieve?

Le hizo una mueca y sin embargo, empezó a desabotonarse la camisa del pijama con cuidado. Ranma respiró hondo sin saber si debía ayudarla o solo contemplarla.

—¿Te acuerdas de que esa noche, nosotros casi…? —Dejó la pregunta en el aire, aunque no parecía avergonzada. De hecho, Ranma se sentía expectante y ansioso, pero no nervioso. Había querido recuperar cuanto antes la vieja intimidad que había entre ellos, pero ahora percibía una mayor, más poderosa y a la vez, más natural.

Había sido una pérdida de tiempo intentar recuperar los sentimientos del pasado cuando ya estaban creando otros nuevos, más adecuados para la relación que estaban listos para tener en el presente.

—Sí —contestó, llevando sus manos a la cintura de ella—. No salió muy bien —aceptó con tranquilidad—. Éramos aún demasiado críos para eso.

Los botones se acabaron, la camisa quedó suelta y abierta revelando un abdomen pálido que él deseó besar con abrumadora intensidad, y la mitad de unos pechos que asomaban por encima de un sujetador de color blanco.

—O estábamos demasiado tristes —opinó Akane. Hizo ese gesto, el de apartarse un mechón con la punta de los dedos, estirando hacia delante su cara y Ranma contuvo un estúpido suspiro—. Tú aun estás triste a veces —Le dijo, tomando su rostro de nuevo—. ¿Te sentiste muy solo estando lejos?

El chico la miró con pavor, no quería responder a esa pregunta. ¿Tenía derecho a quejarse de una soledad que él mismo había buscado? Retuvo la respuesta pero el modo en que ella lo miraba era tan apremiante, como una súplica, que le dejó sin voluntad.

—Sí.

Akane le abrazó un momento antes de que contestara, adivinando esa respuesta. Le estrechó contra su pecho casi desnudo, le acarició la nuca y Ranma apretó los parpados intentando controlar una emoción devastadora. No era la que quería sentir en esos momentos pero le barrió hasta dejarle casi sin fuerzas.

—Ninguno tiene que volver a estar solo —murmuró ella en su oído—. Sé que aún te sientes así cuando recuerdas aquello —Se separó para mirarle—. Pero yo estoy contigo.

Al oír esas cosas en boca de Akane se hicieron más reales de lo que habían sido hasta entonces. Él ya sabía que no estaba solo, que estaba con ella, que estaba en casa, pero sí, era verdad que aún había momentos en que se perdía tanto en sus recuerdos que volvía a experimentar esa soledad.

Como le pasó en Nochebuena.

Pero no estaba solo perdido en un bosque o en la selva de otro país, no tenía que pasar días sin oír la voz de otra persona, no tenía que apretar los dientes y soportar el dolor cuando los recuerdos de su familia, de su casa, le asaltaban de repente y no sabía si volvería a verles. O si ellos aún pensaban en él.

No iba a desaparecer de nuevo, estaba allí para quedarse.

Para estar con Akane. Para siempre.

Terminó de quitarle la camisa y después, la tendió sobre el tatami, tirando de la manta para que no pasara frío. Se colocó sobre ella, sin pizca de miedo esta vez, y la besó mientras introducía sus manos bajo la manta, buscando su cuerpo. Se apartó cuando la chica le sacó la camiseta por la cabeza y después… ya no se alejó de ella el resto de la noche.

.

.

Su instinto le despertó, otra vez, unos segundos antes del amanecer.

Aquel despertar se pareció mucho al primero que había tenido en esa casa tras su regreso. Estaba en el comedor, con esa luz gris penetrando desde algún lugar. La lámpara seguía encendida y el Kotatsu también; toda la habitación estaba cálida y silenciosa.

Uno de sus brazos estaba bajo el cuerpo de Akane y el otro, en torno a su estómago. El primero, en contacto con su piel desnuda, el otro la sujetaba por fuera de la sabana. Frente a su cara tenía el pelo de la chica, una pequeña parte de su nuca y su hombro derecho. Se sintió inmensamente feliz cuando su cerebro adormilado revisó todos esos detalles y se las mostró.

Era un día cualquiera de diciembre, todo estaba bien. Podían quedarse metidos en esa habitación el resto del día si querían, nadie iba a molestarles. Y del mismo modo en que lo hizo aquella mañana de principios de mes, Ranma dio gracias por estar allí, por haber conseguido volver, por estar en casa.

Por Akane.

Agradeció (no sabía muy bien a qué o a quién) que ella hubiese estado en la casa cuando él llegó con la tormenta. Que lo dejara entrar y lo acogiera, aunque no se lo merecía. Porque estaba con él a pesar de todo lo que había hecho.

Porque ya no tenía que estar solo.

En medio de esa quietud deliciosa, Ranma escuchó algo. Parpadeó y movió la cabeza. Sobre la mesa seguían los adornos y el pequeño muñeco de nieve se movía sobre su muelle, como si una corriente de aire lo hubiese empujado. Aunque era imposible que hubiese tal cosa puesto que el cuarto estaba cerrado a cal y canto.

Intrigado, se separó de la durmiente y después de arroparla bien y ponerse los pantalones, se sentó ante la mesa y observó el muñeco. Esa sonrisa bobalicona. Extendió la mano y rozó con un dedo su cabecita, el movimiento se detuvo.

Qué raro…

Entonces, sonó el teléfono.

Se puso en pie al segundo timbrazo y salió corriendo a responder antes de que el ruido despertara a Akane. El pasillo debía estar a menos de cero grados y el muy tonto iba descalzo y sin camiseta.

—¿Diga? —preguntó de mala manera. ¡¿Quién llamaba a esas horas?!—. Ah, hola… sí, estuvo aquí ayer revisando la caldera —Eran los de la empresa de reparaciones para decir que ya tenían la pieza que necesitaban para arreglarla—. ¡Vaya! ¿Cómo la han conseguido tan deprisa? —Al parecer les quedaba una pieza en el almacén, pero nadie la había visto hasta ese día—. Entiendo. Sí, una suerte.

. ¿Hoy? ¿Tan pronto? ¡No, no, claro que queremos que vengan!

Se estaban muriendo de frío.

No obstante, Ranma se rascó la cabeza mirando desde allí la puerta del comedor.

—Aunque tampoco pasa nada si no vienen hoy —Les dijo, justo después, con las mejillas un poco encendidas—. Hace frío, pero podemos aguantar un par de noches más así.

.

.

.

Hola a todos y a todas

¡Vaya, cuánto tiempo! Jejeje, ¿aún os acordáis de esta pequeña historia?

Antes que nada, ¿qué os ha parecido el nuevo capítulo?

La intimidad entre Ranma y Akane comienza a volverse más seria a cuanto más tiempo conviven y más cosas comparten, pronto la barrera que creció entre ellos durante esos tres años se habrá desvanecido del todo.

Sé que ha pasado bastante desde mi última actualización . No suelo tardar tanto en actualizar porque, por lo general, cuando publico un fic ya lo tengo completo escrito y solo voy subiéndolo y respondiendo a los comentarios. En este caso no ha sido así, me armé un plan imposible de cumplir en cuanto a los plazos para actualizar y no llegué De hecho, en mis planes estaba colgar el último capítulo el día 12 de enero, así que imaginaos.

Los capítulos se han ido volviendo cada vez más largos, no me daba tiempo a revisarlos como quería antes de actualizar y me quedaba fatal pensando que no estaban del todo "perfectos". Aun así, me seguí presionando para llegar a tiempo y todo lo que me costó publicar en Nochebuena hizo que tras eso quedara totalmente exhausta. Tanto así, que no os imagináis lo que me ha costado que me salieran las palabras para este nuevo capítulo.

Es mi culpa. Una vez más me exigí más de lo que podía hacer y no reaccione hasta que no estuve saturada del todo, tanto así que perdí el interés en seguir este fic. Pensaba: "¿Para qué? Si no está quedando como yo esperaba. Si ya no me divierte" T.T

Necesitaba un descansito para aclararme y reiniciar (como los ordenadores, jaja), y por fin pude sentarme y escribir este capítulo que era, además, uno de los más complicados para mí.

Pero aquí está ya *_* Y espero que os haya gustado.

Quiero agradecer a todos y a todas las que me escribisteis en los últimos capítulos, que habéis seguido apoyando este fic y a mí misma, y a los que habéis estado esperando por una continuación este tiempito. Recordar: yo no dejó fics huerfanitos, así que los capítulos que restan llegarán. Eso sí, no puedo dar fechas aproximadas para no agobiarme, cuando esté segura de que el capítulo está lo mejor posible para vosotros, os lo compartiré con todo mi amor.

Gracias a:

—SARITANIMELOVE.

—Banania90.

—Alissonagmc.

—Serendipity.

—K.

—XXLalalulu.

—James Birdsong.

—JHO.

— .

—Juany Nodoka.

—Chat Nihiliste.

—Akai27.

—Benani0125.

—Psicggg (Gracias por todo ^^)

— .

—BereNest.

—Luz.

—Arianne Luna.

—Gatopicaro831.

—Lu Chan87

Y también a todos los invitados anónimos que me leen y me escriben ^^

Gracias de corazón por todo vuestro apoyo.

Os mando muchos besotes.

-EroLady-