Los personajes le pertenecen a J.K. Rowling y la historia a Belle Aurora que se llama About Last Night, yo solo juego con ambos por entretenimiento, no pretendo violar ningún derecho de autor ni nada parecido. Espero que la disfruten
Capitulo 11
Quiero aclarar que a todas/os aquellos a los que no les guste el lemmon este cap se lo pueden saltear, a los que lean les recuerdo que es bajo su propia responsabilidad.
Draco
¿En serio acaba de preguntarme eso?
Esto era nuevo. Nunca había tenido una clienta que me pidiera que tome las riendas. Normalmente, las mujeres que querían ese tipo de cosas iban con Theodore. Él amaba ese tipo de mierda, se alimentaba de ello. ¿Yo?
No estaba seguro de estar a la altura. Fácilmente podría arruinar el sexo de Mía para toda su vida. Una mala experiencia era todo lo que se necesitaba.
Pero este era mi trabajo, y si quería esto de mí, lo manejaría de la mejor manera que pudiera. Por ella, lo haría.
Con su rostro cerca del mío, eché un vistazo a sus labios ligeramente entreabiertos mientras lamía los míos.
—¿Estás segura de eso?
Quitando la mano de su regazo, la colocó en el mío con una mirada suave en sus ojos.
—Sí. Confío en ti.
Oh, Señor. No digas cosas así, pequeña.
Luego añadió con una sonrisa:
—Mierda. No podrías ser peor que mis anteriores experiencias.
Apreté los labios. Odiaba saber que había dejado que un par de idiotas egoístas tocaran su precioso cuerpo. Pero arreglaría eso.
—Está bien. Cada vez que desees parar, ¿qué vas a decir?
Ella sonrió suavemente.
—Detente.
Asentí enfáticamente.
—Malditamente cierto. —Me detuve un momento y luego pregunté—: ¿Qué quieres hacer esta noche? Sé en cuanto al sexo, pero ¿qué hay de la modalidad oral? Dime lo que quieres, Mía.
Sonrojándose como el corazón de una llama, bajó la barbilla y respondió en voz baja:
—No me importaría explorar el sexo oral. En realidad no sé todavía lo que me gusta, Quinn. Estoy esperando que me ayudes a averiguarlo. —Lo haré, le prometí mentalmente. Ella levantó la cara y sonrió con una pequeña sonrisa—. Aunque, me gustan los besos.
Ella me estaba matando con esas sonrisitas retraídas y toda su timidez. Mi polla ya estaba lista para entrar en acción. Sin la necesidad de preguntar más, bajé mi rostro al de ella y capturé sus labios carnosos en un beso largo y suave.
Apartándome para mirar su rostro atónito, pronuncié:
—Entonces besarnos es lo que vamos a hacer.
...-...-...-...
Hermione
Draco me levantó como si no pesara nada y me acostó en el centro de la cama.
Mordí el interior de mi mejilla a medida que los nervios me recorrían.
De rodillas frente a mí, pareció tomar una decisión mental y entonces, asintió para sí mismo.
—Deberíamos desnudarnos.
Me atraganté con mi lengua, susurrando ronca:
—¿Ahora? ¿Ahora mismo?
Él sonrió.
—Sí, dulzura. Ahora.
Empujando mis rodillas hasta mi pecho, las mantuve allí.
—No lo sé...
—¿Quieres que me desnude primero? ¿Darte un poco de tiempo para que te acostumbres? —Esto no lo dijo de una manera arrogante, más bien a modo de información.
Tragué fuerte y asentí ligeramente. Me daría tiempo para aplazarlo, así como un momento para ver un pene en la vida real. Miré hacia abajo a su entrepierna y rápidamente desvié la mirada. Debe haberme visto, porque rió entre dientes.
—Puedes mirar, Mía. Quiero que mires. Quiero que toques. —Su voz se volvió áspera—. No puedo esperar a tener tus manos sobre mí. Eso es lo único en que pienso todo el día.
Mentira. Pero florido. Traté de ignorar la forma en que sus palabras hicieron que mi estómago aleteara. Aceptaría palabras floridas, sólo por hoy.
Draco se deslizó fuera de la cama y se detuvo a los pies de la misma.
Sus dedos trabajaron lentamente, desabrochando su camisa. Mientras más veía lo amplio que era su pecho, más nerviosa me ponía.
Cuando llegó al último botón, de hecho, jadeé sin aliento.
Por Dios, era increíble. Sólo podía imaginar las horas puestas en este cuerpo. Él era semejante a un dios griego escultural forjado en bronce.
Tiró de sus hombros y la camisa cayó al suelo. Vi sus largos dedos trabajar en el botón encima de sus vaqueros. Mis ojos se detuvieron sobre el pequeño rastro de vello allí, y apreté mis piernas juntas.
Duro.
Sin ningún esfuerzo en absoluto, el botón se deshizo.
Jugó con la cremallera y mis ojos se abrieron mucho más. Mi boca se secó y mi corazón se aceleró mientras bajaba la cremallera.
Con una mano agarrando mi pecho, casi jadeé cuando la cabeza de su erección saltó libre. Mi cuerpo se sacudió. Golpeé mis manos sobre mi cara y chillé:
—¡No estás usando ropa interior, Quinn!
—Nunca lo hago. —Sus suaves palabras cayeron sobre mí como una caricia.
Draco Malfoy era increíblemente sexy; le daría eso.
Sentada en medio de la cama con mi vestido y zapatos, sacudiendo la cabeza y cubriendo mis ojos, oí:
—¿Mía? Mírame, amor.
Amor.
Mierda. Eso era nuevo. Era nuevo, y me gustaba.
—Estoy avergonzada. —Erra una declaración honesta. Nunca antes me había sentido tan expuesta en mi vida, y ¡ni siquiera era yo la desnuda!
Escuché pasos avanzando a través del cuarto. La habitación estaba envuelta de repente en la oscuridad. Más pasos, y luego desde el rabillo del ojo, vi a Draco encender la luz del baño.
Cerró la puerta, dejando sólo una rendija abierta. Mis manos cayeron de mi cara. Podía distinguir a Draco desnudo, pero no lo suficiente como para entrar en pánico. La iluminación había cambiado todo para mí. Era perfecto. Él sabía exactamente lo que necesitaba.
Luego estaba subiendo a la cama. De rodillas frente a mí, puso sus manos debajo de mis brazos, llevándome hacia arriba en una posición de rodillas para coincidir la de él. Desplazándose más cerca, murmuró:
—¿Mejor?
El contorno de su cuerpo por la tenue luz le hizo parecer como la silueta un ángel. Tragué audiblemente.
—Mucho.
Sus brazos se envolvieron alrededor de mí, y entonces de repente, estaba presionada contra un muy alto y muy desnudo Draco Malfoy. Un pequeño jadeo se me escapó, pero Draco lo atrapó con un áspero beso profundo. Su erección se presionaba en mi región abdominal superior, apretujando mi seno izquierdo. La sensación de ello presionado contra mi pezón me hizo gemir en nuestro beso.
Su lengua se sumergió en mi boca, y la mía se defendió, bailando con la suya. Sus manos en mi espalda se deslizaron más bajo, sobre mi trasero, y luego aún más bajo hasta llegar a la parte posterior de mis muslos.
Permanecieron allí un momento antes de que sus dos manos desaparecieran debajo de mi vestido, subiendo de nuevo hacia las mejillas de mi culo. Draco gruñó y las apretó más duro de lo que esperaba.
—Quiero desnudarte, Mía. Por favor, déjame desnudarte.
—Sí —dije con voz áspera, levantando los brazos para darle un mejor acceso.
En un movimiento rápido, levantó mi vestido por encima de mi cabeza, con un brazo enganchado alrededor de mi espalda, y luego estaba cayendo.
Plantándome delante de él, Draco me llevó abajo con él. Nos recostamos lado a lado, uno frente al otro. Mis ojos, ajustados a la poca luz, miraron hacia arriba a los suyos. Vi su sonrisa y la devolví.
Su sonrisa vaciló.
—Quiero que toques mi polla.
No necesitaba más estímulo. Ya estaba encendida. ¡Este era el jodido Draco Malfoy! ¿Cómo no podía estar excitada?
Pero luego agregó:
—Pero quiero que lo veas. Me gustaría encender las luces de nuevo.
¡No! gritó mi mente.
Debe haber sentido mi vacilación, porque tomó mis manos entre las suyas y prometió:
—Sólo un poco. Puedo bajar las luces, Mía. Sólo quiero ver tu hermoso cuerpo. También quiero que me veas. —Liberando una mano, me tomó la mejilla y me miró a los ojos—. ¿Crees que haría algo para herirte o avergonzarte?
Mi respuesta fue inmediata.
—No. —Porque Draco no era ese tipo.
—Por favor.
Mi respuesta fue un susurro:
—Está bien.
Apretó mis manos, besó mis labios fruncidos, y entonces se puso de pie, caminando por la habitación. Tan pronto como las luces volvieron a encenderse, apreté los ojos cerrados hasta que sentí la cama hundirse. Mis ojos parpadearon y se centraron en la cara sonriente de Draco.
—¿Estás bien?
—Sí.
Me tomó suavemente por las muñecas y las llevó hacia abajo entre nuestros cuerpos, observándome todo el tiempo. Mis dedos entraron en contacto con algo largo, duro y grueso.
Mi boca se abrió. Draco sonrió. Era más grande de lo que esperaba.
¿Por qué diablos iba a querer eso para mi primera vez?
A veces podía ser una completa idiota.
Él guio mis manos hasta que estuvieron firmemente envueltas alrededor de él, mis manos pequeñas no pudiendo envolver todo el espesor. Con sus manos sobre las mías, las movió de arriba hacia abajo en cámara lenta. Respirando superficialmente, dijo entre dientes:
—Mira hacia abajo, nena.
Eso no era tanto una pregunta sino una orden, e hizo que mis pezones se endurecieran al mismo tiempo que mi estómago se enroscaba en lujuria pura. Miré hacia abajo.
Mi piel era oscura en su contra.
La suya era blanca. Yo era oliva.
Mis manos se veían pequeñas bajo las suyas.
Él balanceó mi mano de ida y vuelta sobre su polla y entonces susurré:
—¡Oh,Dios!
Oh Dios mío, en efecto.
Era hermoso. Largo, grueso y fuerte.
Quería jugar con él, pero no sabía cómo. Cuando miré hacia arriba otra vez, Draco había cerrado los ojos, perdido en la sensación de mi piel sobre la suya. Me gustaba eso. Me daba un nuevo sentido de coraje.
—¿Quinn?
Abrió los ojos para mirarme y me vio con su mirada entrecerrada.
—¿Sí, Mía?
Me entretuve un momento antes de dejar escapar:
—¿Puedo, por favor, chupar tu polla?
...-...-...
Draco
Mi respuesta fue áspera.
—Cuando me preguntas algo así de lindo, te dejaré que me hagas casi cualquier cosa.
Ella se ruborizó, apartando su mirada de ojos saltones.
—Me-me gustaría intentarlo.
Mierda. Ni siquiera tenía que preguntarlo lindo. La dejaría hacer lo que quisiera.
Moviéndome lentamente, me volví a sentar en el borde de la cama con los pies firmes en el suelo. La miré de nuevo y le expliqué:
—Para un principiante, esto va a ser más fácil. —Tomé una almohada de la cama y la puse entre mis piernas abiertas. Tocando mi polla necesitada, incliné mi cabeza—. Ven aquí, nena. Arrodíllate entre mis piernas. Te voy a mostrar cómo se hace.
Caminó alrededor de la cama y se arrodilló a mis pies, viéndose un poco sumisa. Mi polla saltó en mi mano.
Ella la vio y se lamió los labios.
—Tómala—le pedí. Lo hizo. Lo hizo igual cómo le había mostrado—. Más fuerte. Más rápido. —Tiró como a mí me gustaba.
Miré su dulce rostro, acuné sus mejillas, y llevé mi cabeza hacia ella. Con sus manos en mi polla, la besé con fuerza, me aparté, y luego pasé mi pulgar por encima de sus labios hinchados color rosa.
—Chupa mi polla, Mía.
Tragó fuerte y asintió, bajando la cabeza. Observé detenidamente, colocando estos recuerdos en una parte reservada de mi cerebro. Esta sería la imagen con la que me masturbaría de ahora en adelante. Los labios de Mía se separaron y los presionó en la punta de mi polla, su pequeña lengua saliendo para lamerme. Siseé.
Ella se echó hacia atrás, viéndose culpable.
—¡Lo siento!
Empujé en sus manos.
—Hazlo otra vez. Eso fue increíble.
Sorprendida, bajó la cara y me lamió otra vez. Todo mi cuerpo se estremeció. Eso era nuevo.
Mis ojos se cerraron.
—Sí, nena. Ahora pon tu boca alrededor de mí. Chúpame suavemente al principio. —Sus labios me rodearon y no pude recordar un momento en que una mamada fuese tan buena como esta. Miré hacia ella y le di instrucciones—: Usa tus manos, Mía. Tira mientras me chupas. Mueve tu boca de arriba hacia abajo. No trates de tomar demasiado o te ahogarás.
Oh, hombre. Mía siguió las instrucciones como una profesional.
Lamió luego me chupó, tomando hasta la mitad de mi polla, y luego retrocediendo de nuevo. Sus manos trabajaron sobre mí hasta que estaba más duro que una maldita roca. Se volvió mucho más cómoda, más audaz, a medida que continuaba. Gemí, empujando mis caderas suavemente en su boca. Con los ojos abiertos, gruñó alrededor de mí, y vibró alrededor de mi polla.
Me aparté, agarrando mi polla tan fuerte como pude mientras colocaba una mano sobre el hombro de Mía para empujarla un poco hacia atrás.
—Mierda. Eso será todo por ahora, nena.
Vio mi mano apretando mi polla y luego miró hacia mí.
—¿Qué pasó?
Jadeando ligeramente, le expliqué:
—No quería venirme en tu boca. Eso puede ser raro la primera vez. Además, tan caliente como estoy, hubiera sido demasiado. No quería que te ahogaras.
Su expresión de sorpresa se volvió blanda. Me sonrió y arrugó la nariz adorablemente.
—¿Casi te hice venir?
La miré fijamente, pero lo suavicé con una sonrisa.
—A nadie le gusta una presumida, Mía.
Colocando sus manos en mis rodillas, se puso de pie y aplaudió.
—¿Y ahora qué? —Podría haber jurado que casi parecía emocionada.
Extendí la mano y la agarré por la cintura, acercándola. Extendiendo mis manos en sus caderas, enterré mi nariz en el valle entre sus pechos.
—Ahora me toca jugar.
Mis dedos juguetearon en la cinturilla de sus bragas de seda rosa pastel, mi mirada voló hasta sus pechos y su sostén rosa a juego. Se veía tan inocente. Era fácil olvidar su inexperiencia cuando me miraba con esos ojos ardientes.
Con mis ojos en los suyos, extendí la mano detrás de ella y desabroché el sujetador con un movimiento suave. Mi mirada se estrechó, desafiándola a objetar. Me sorprendió cuando no lo hizo.
— Voy a tocarte y besarte ahora. Si hago algo que no te gusta, ¿qué medirás?
Su sujetador cayó por sus brazos y al suelo entre nosotros.
—Detente—pronunció débilmente. Mis manos se deslizaron hasta su cintura, suavemente sobre sus costillas, y luego más arriba hasta que sostuve sus pechos en mis manos codiciosas. Eran deliciosos, de un poco más que un puñado. Sus pezones rosados erguidos y orgullosos. No pude evitarlo. Bajé mis labios a uno y lo chupé en mi boca hambrienta.
Llevó las manos a la parte posterior de mi cabeza, agarrándome, sosteniéndome cerca de ella. El jadeo que le siguió me alentó.
Chupé uno antes de pasar al otro. La escuché jadear y gemir cuando apreté el pecho opuesto del que tenía en mi boca. Tiré de un pezón mientras lamía el otro. Estaba en el cielo. Mi polla necesitaba contacto; casi rogaba por él. Extendí la mano detrás de mí a una de sus manos en mi cabeza, la agarré, y entonces la bajé a mi dura longitud. No necesitó más estímulo.
Tiró a medida que mordisqueaba su brote tenso y luego lo lamía con la lengua.
Le gustó que jugaran con sus pechos.
Y a mí me gustó jugar con sus pechos.
Esta noche iría muy bien, pensé.
Una vez más a punto de correrme, gruñí:
—A la cama.
No le di la oportunidad de moverse por su cuenta, me puse de pie, la tomé y la acosté en la parte superior de las sábanas. La luz atenuada era para que Mía pudiera tener comodidad, pero podía ver todo. Mirando hacia su cuerpo curvilíneo, puse mi mano sobre su estómago y pasé los dedos sobre el patrón que vi antes.
Tenía un tatuaje en la parte baja del estómago.
Era un tatuaje de encaje que rodeaba su vientre y luego se enroscaba alrededor de su cadera derecha, y descendía en su muslo izquierdo. Me estaba excitando tanto que quería pasar mi lengua sobre él.
Mi mirada atrapó la suya. Tiré de sus bragas.
—Quitaré estas. Y después de que haya terminado de admirarte, voy a comerme tu coño hasta que te corras.
Se puso rígida. Sus ojos se abrieron mucho más antes de que los cerrara con fuerza y su cuerpo se relaje. Lo tomé como permiso. Colocando mis dedos a ambos lados de su cintura, bajé el trozo de seda y luego miré su cuerpo desnudo.
Mi corazón latió más rápido. Era hermosa. No sabía lo que había hecho para obtener a una bonita, divertida y dulce mujer, pero estaba contento por ello. Tenía la esperanza de que nuestra amistad siguiera después de que esto terminara. De hecho, rogaba que lo hiciera. Me gustaba Mía. Me gustaba mucho.
Aún acostada con los ojos cerrados, me sonrió. Bajé mi cara a la suya y capturé su boca en un beso suave.
—No tienes que mirar, dulce Mía. Sólo siente, nena. Déjame cuidarte.
Para mi sorpresa, levantó la cara para besarme una vez más. Sus labios carnosos sobre los míos se sintieron como si ella debería cobrar por este encuentro, no yo. Susurró:
—Está bien, Quinn.
Besé su cuerpo, dejando un rastro desde su mejilla, hasta el valle entre sus pechos, por su vientre suave, y más allá en su cadera. Mordisqueé el hueso de su cadera antes de perder la batalla y pasar mi lengua por toda la longitud de su tatuaje. Desde una cadera a la otra, lamí, mordisqueé y besé su piel de terciopelo, regocijándome ante su suspiro de excitación.
Tomando mi mano, bajé a la zona limpia y recortada entre sus muslos, suavemente pasando mis dedos sobre ella, acariciándola. Honestamente, me gustaba una mujer con algo de vello. No había nada sexy en una mujer que se parecía a una niña.
Qué asco.
Agarré suavemente sus rodillas y las aparté. Las manos de Mía volaron hasta su cara, protegiéndose los ojos. Sonreí y negué con la cabeza.
Esto no podía ser fácil para ella. Ahí estaba yo, un hombre al que apenas conocía, tratándola de una manera muy íntima. Tenía que ser difícil, pero lo estaba manejando mejor de lo esperado.
Separando sus piernas, las empujé a la cama por las rodillas. Tenía que ser cómodo para que esto fuera placentero. Me acosté entre sus piernas abiertas y la miré.
Era tan rosada en el coño como en sus pezones. El rosa era definitivamente su color. Bajé la nariz y aspiré su olor dulce que me hizo la boca agua. Olía delicioso. No podía esperar para probarla, así que no lo hice.
Colocando mi boca directamente en su centro, la besé donde nunca la habían besado antes. Mía se puso rígida. Seguí. Mi lengua recorriendo la cálida carne dulce, y gemí. Sentí el pre-semen agruparse en la cabeza de mi polla. Seguí lamiéndola lentamente, degustándola antes de separarla con los dedos y adentrarme en su interior. Maya gritó una y otra vez.
Era extraño. Podía sentir su virginidad en mi lengua. Sabía a pureza, intocable. Su sabor me estaba volviendo loco.
Lo que tenía la intención de ser una agradable primera experiencia se convirtió rápidamente en un frenesí apresurado.
Necesitaba comerla; me sentía poseído.
—Maldición, eres tan dulce. Podría comer tu coño todo el día, nena.
Esta era la primera vez que había pronunciado esas palabras y quería decirlas.
Mía gimió debajo de mí. Rocé la protuberancia con la lengua antes de tomarla en mi boca y chupar suavemente. Su espalda se alzó en la cama mientras dejaba escapar un gemido.
—¡Mierda! ¡Oh, Dios mío!
Sonreí al recordar las palabras que Mía gritó cuando se venía a través del teléfono.
Estaba en el camino correcto. Ella estaba casi allí.
—Cristo, nena. Quiero follarte tanto. Mi pene está doliendo por tenerte.
Mía gritó más fuerte que antes. Le gustaba hablar sucio. Otra cosa que teníamos en común.
Extendiendo la mano, giré sus pezones entre mis dedos mientras chupaba su clítoris. Ella gimió un torturado:
—¡Dulce Jesús! ¡Oh, Dios! ¡Oh, mierda!¡Quinn!
Dejé caer mi boca de nuevo en su entrada mojada a medida que empujaba su clítoris con mi nariz. Entonces, de repente, su cuerpo se puso rígido. Dejó escapar un gemido bajo un momento antes de que su coño convulsionara violentamente alrededor de mi lengua. La humedad se filtró en mi boca. Bebí como si estuviera deshidratado y ella fuera la única cosa que podía curar mi sed.
Eso, mis amigos, era el sabor de la victoria. Y la lamí.
Hasta. La. Última. Gota.
Después de apaciguar mi ego hinchado, me acosté junto a Mía, observando su suave sonrisa de satisfacción.
—¿Estás bien?
Sin abrir los ojos, sonrió con más fuerza.
—Estar bien, no son palabras que basten para explicar lo que estoy sintiendo en este momento.
Eso le consiguió una sonrisa.
—Bien.
Luego se volvió hacia mí, con los ojos en los míos, la viva imagen de la inocencia.
—Pero, ¿no...? —Dejó de hablar.
Apoyé la mano en su cadera desnuda, pasando mi pulgar sobre ella.
—Este es un lugar seguro. Puedes preguntarme lo que sea.
Ella arrugó la nariz.
—¿No sabía raro?
Contuve la risa. En lugar de responder, llevé a mi boca a la suya.
—Toma —pronuncié un momento antes de que mis labios encontraran los suyos. Suspiró contra mis labios y profundicé el beso, deslizando mi lengua en su boca, persuadiéndola a probarse. Retrocediendo, le susurré al oído—: Así es como sabes.
Ella parpadeó. Entonces parpadeó otra vez antes de responder con:
—No sabe cómo pensé que lo haría. —Con un rubor, admitió—: Sabe... bien.
Negué con la cabeza.
—No. Sabe mejor que bien, nena. Tu sabor es como ambrosía, y si no estuvieras tan sensible ahí abajo ahora mismo, comería tu dulce coño de nuevo.
Ella hizo una mueca que entendí como vergüenza. Me regañó suavemente:
—¡Quinn!
No sé qué me pasó. Estaba cachondo, y algo en Mía me hacía ser mandón. Quería todo de ella.
—Bésame. —No era una petición. Era una demanda. Una orden.
Los ojos somnolientos de Mía estudiaron mi rostro un segundo antes de acercarse más. Envolviendo sus brazos alrededor de mi cuello, me empujó a ella. Y tenía curiosidad. ¿Cómo se sentiría ser besado por Mía bajo sus términos? Yo había iniciado los besos toda la noche. Quería que me mostrara cómo le gustaba ser besada.
Colocó un pequeño beso en mis labios. Mis manos serpentearon alrededor de su cintura. Me besó de nuevo, un poco más firme esta vez. Me estiré para apretar su trasero.
Ella inclinó su cabeza ligeramente y presionó un suave beso húmedo en mi boca. Mi polla se sacudió contra su vientre. Ante la respuesta de mi cuerpo, Mía me besó una vez más, esta vez más audaz. Empujó sus pechos contra mí, y mi boca se abrió en necesidad.
Con sus labios sobre los míos, tomé los besos de Mía. Hicieron que mi cabeza flote. Me besaba suavemente, pero con firmeza. Me besaba de una forma en que una mujer besaría a su hombre. No la podía culpar, aún no sabía la diferencia entre sexo y hacer el amor, y si esto era lo que Maya quería, se lo daría.
Con sus labios sobre los míos, tomé los besos de Mía. Hicieron que mi cabeza flote. Me besaba suavemente, pero con firmeza. Me besaba de una forma en que una mujer besaría a su hombre. No la podía culpar, aún no sabía la diferencia entre sexo y hacer el amor, y si esto era lo que quería, se lo daría.
Me quedé de piedra ante la reacción de mi cuerpo frente a sus besos mansos. Estaba ardiendo. Le devolví el beso un momento antes de alejarme lo suficiente para pronunciar un firme:
—Mía... ahora vamos a tener sexo.
Con mis ojos fijos en los de ella, vi el hermoso momento cuando la duda se deslizó fuera de la mente de Mía.
Con una tímida sonrisa, susurró:
—Lo sé. Quiero hacerlo.
Estirándome, rocé mis dedos por su mejilla.
—¿Estás segura?
Pasó su mano por mi pecho para descansaren mi estómago.
—Sí. Estoy lista.
Eso era todo lo que necesitaba escuchar. Empujando suavemente su espalda hacia la cama, tomé una almohada y levanté a Mía para colocarla debajo de sus caderas. Ante la mirada confusa en su rostro, le aclaré:
—Ayuda, de verdad.
Alcancé la almohada bajo su cabeza y agarré el pequeño paquete de aluminio. Poniéndolo en mi boca, lo abrí con habilidad. Justo cuando estaba a punto de colocarlo sobre mí, dudé, y entonces la miré.
—¿Quieres ponerlo? ¿Sabes cómo?
La frente de Mía se frunció.
—No lo he hecho en mucho tiempo, pero, claro, lo intentaré. —Mi ceño se frunció. Antes de que pudiera preguntar a quién le había estado poniendo los condones, ella se deslizó hacia adelante, tomó el condón de mis dedos y agregó: Por supuesto, esto no es educación sexual, y eres mucho más grande que un plátano.
Ah. El misterio quedó resuelto, y retuve mi risa, así como los latidos de mi corazón, los cuales elegí ignorar.
No estaba celoso...no lo estaba.
De rodillas frente a mí, vi con asombro como Mía se apoderaba de la base de mi dura longitud, colocando el condón en la cabeza palpitante.
Concentrándose en la tarea, colocó los dedos alrededor de ella y poco a poco, pero con firmeza lo movió, dejando espacio en la parte superior. Lo había hecho con gracia, de una manera que nunca había visto antes. Estaba maravillado de ella.
Sus manos se movían lentamente sobre mi polla hinchada y envainada cuando me miró con esos ojos preciosos.
—¿Cómo lo hice?
Me estaba matando.
—Genial —dije simplemente con voz ronca. Me aclaré la garganta y traté de nuevo—. Escucha, no creo que debamos apresurarnos. Me gustaría besarte por un rato antes de que hagamos esto. Dame un poco más de tiempo para jugar contigo.
La sonrisa que se extendió por su rostro era impresionante, pero cuando se sonrojó y levantó las manos para cubrir sus mejillas rosadas, había acabado conmigo. Era adorable, dulce, y sexy como el pecado. Estaba llegando a mí en una forma que ninguna clienta me había afectado.
Eso es, me recordé.
Es una clienta. Te contrató.
No es una chica con la que estás saliendo, zoquete. Detente.
Podría haber sido una clienta, pero era más que eso y lo sabía.
Aunque eso no significaba que hiciera algo al respecto. Todo lo que podía esperar era que a Mía le gustara lo suficiente para contratarme de nuevo.
Tenía la esperanza de que lo hiciera. No, rogaba porque lo hiciera. Aún no había tenido suficiente. Necesitaba más de ella.
Mi cuerpo dolía por ella, me recosté con mi cabeza en la almohada, y entonces le tendí mis brazos, totalmente expuesto. Se arrastró a mi lado y me miró como si no estuviera segura de lo que yo quería. Por supuesto que no lo estaba. Ella nunca antes había hecho nada de esto. Así que hablé:
—Pon tus rodillas por mis muslos y monta sobre mí, encima de mí. Acuéstate sobre mí para que pueda abrazarte, besarte, y alcanzar todo lo que quiero tocar al mismo tiempo. Ven aquí, amor.
Su rostro enrojeció, su boca separada mientras trepaba sobre mí, montada a horcajadas. Agarré sus caderas antes de que pudiera acostarse, y la apreté hacia abajo sobre mí. Su coño amortiguó mi polla y su excitación me cubrió. Incluso con un condón, se sentía increíble. Cerrando mis ojos, suspiré a medida que continuaba moviéndola de arriba hacia abajo en mi verga.
Se suponía que debía estar haciéndola sentir bien, pero mierda, me estaba perdiendo en esta experiencia. Y por los gemidos entrecortados procedentes de Mía, la estaba excitando de la mejor manera. La punta de mi polla rozaba su clítoris con cada movimiento hacia adelante. Podía sentirlo y cuando sus gemidos se hicieron más fuertes, más altos, comencé a perder la lucha por controlarme.
—Oh, nena —murmuré cuando me senté un momento para envolver mis brazos a su alrededor antes de traerla de vuelta conmigo para yacer sobre mí.
Con sus pechos aplastados contra mi torso, me deleité con la sensación de nuestros cuerpos desnudos entrelazados. Continúe con el empuje, presionando sobre su coño.
Con sus ojos aturdidos en una neblina de lujuria, gimió. Tomé su boca duro, mordiendo sus labios hinchados de color rosa. Mi corazón se aceleró. Mi boca en la de ella, gemía en su interior mientras ella gemía en mi boca. La fricción de nuestra no-tan seca follada era alucinante.
Entonces, Mía me sorprendió al empujarse hacia atrás unos centímetros más y diciendo:
—Oh, Dios, Quinn, por favor. No puedo esperar. Por favor.
Mi mente estaba confusa. Estaba borracho de sexo. Estirándome entre nuestros cuerpos, empuñé mi polla y la rocé en su entrada, tentándola.
—¿Esto es lo que quieres?
Sus ojos se clavaron en los míos mientras rogaba:
—Sí. Por favor. Por favor.
Sin responder, detuve mis movimientos, vacilante en su entrada, y empujé. La cabeza hinchada de lujuria de mi polla estuvo inmediatamente envuelta, y gemí al mismo tiempo en que Mía gimió. Éramos una sinfonía de sexo.
Empujé lentamente.
Ella tomó otro centímetro antes de que encontrara su barrera. Me quedé quieto al momento en que su cuerpo se tensó y siseó ligeramente.
Oh sí, independientemente de nuestro juego previo, esto dolería. Me contuve ahí, subiendo mi mano y pasándola a través de su cabello castaño y por su espalda.
—Esto va a doler un poco.
Sus grandes ojos miel se encontraron con los míos. Sonrió con tristeza.
—Lo sé.
Mis ojos sostuvieron los de ella cuando empujé. Su boca se abrió mientras su rostro se contorsionaba en dolor. Pero aun así, empujé. Apretó los dientes y mi estómago cayó. Podía hacer esto de dos maneras.
Aguantándolo, prolongado su dolor, o hasta la empuñadura de un solo movimiento. No quería que estuviera en una gran cantidad de dolor. Quería que el dolor pasara lo más rápido posible, así podíamos disfrutar uno del otro.
Después de esto, no habría más sexo esta noche. Tenía una sola oportunidad para hacerlo estupendo para ella.
—¿Mía? —La calmé. Hizo una mueca a medida que me miraba, obviamente con dolor—. Bésame, nena.
Lo hizo. Me besó suavemente, casi débilmente, y detuve mi invasión.
La besé de nuevo con todo el corazón, pasando mis manos por su espalda, masajeándola, amasando su culo. Al momento en que sentí su cuerpo relajarse otra vez, envolví mis brazos alrededor de su cintura con fuerza. Tan fuerte que era incapaz de moverse.
Fue entonces cuando lo hice. Fue cuando me metí en ella, hasta la empuñadura.
Su jadeo sobresaltado y los ojos muy abiertos se sintieron como la última traición. Me sentí como un desgraciado. Su cuerpo se puso rígido sobre el mío, la vi cerrar sus ojos cuando una lágrima bajó por su mejilla.
Sujetándola contra mí, besé la lágrima.
—Lo siento, amor. Aférrate a mí. No me estoy moviendo. Simplemente sostente. El dolor aliviará, lo prometo.
Con el ceño fruncido, jadeó y se aferró a mí con tanta fuerza que sus uñas seguro me marcaron, y usaría las marcas con orgullo. Otra lágrima cayó. La besé, manteniendo mis labios en su mejilla en apoyo silencioso.
Comenzamos esto juntos, y pasaríamos esto juntos.
Un tiempo largo pasó, y Mía haciendo pucheros, susurró:
—Ow.
Mis labios aún en su mejilla, sonrieron en su cálida carne.
—Lo siento.
Se inclinó hacia mí, y lo tomé como una buena señal. Un minuto más tarde, anunció:
—Creo que ya estoy lista.
Cerrando mis ojos, le contesté suavemente:—¿Estás segura? —Maldición, olía a limón y vainilla. Como un maldito pastel de merengue de limón. Delicioso.
—Estoy segura —pronunció en voz baja. Decidí probar el agua.
Sacándolo, la vi estremecerse, y lentamente, embestí de nuevo suavemente.
Su mueca de dolor fue menor esta vez, así que lo hice de nuevo, y de nuevo hasta que su coño apretado y húmedo me tomó fácilmente, y Mía suspiró con cada empuje.
Estaba lista. Sosteniéndola con fuerza, nos di la vuelta para que así yo estuviera en la parte superior. Manteniéndome dentro de ella, envolví un brazo bajo su trasero y la levanté para colocar una almohada bajo su cadera.
Durante todo ese tiempo, me miró aturdida. Cuando estuvo acomodada y lista para seguir, acaricié su mejilla con el dorso de mis dedos.
—Ya no eres virgen, Mía.
Entonces, sonrió. No, sonrió ampliamente, y todo lo que quería hacer esta besar su dulce boca. Me acosté suavemente sobre ella, besando sus labios sonrientes, y lo sentí tan natural que mi columna empezó a sentir un hormigueo de inquietud. Lo empujé a un lado y mantuve mi boca en la de ella cuando comencé a follarla. Lentamente al principio, moviéndome de una manera calculada.
Luego, ganando velocidad, escuchando sus suaves gemidos alentarme, en poco tiempo, estaba conduciéndome dentro de ella con todo lo que tenía. Apoyando mis brazos a los lados de su cabeza, la follé duro, amando la manera en que su boca se abría lentamente y su cuello se sonrojaba. No pensé que pudiera hacerla venir, no ahora, no después del dolor al perder su virginidad, pero supongo que estaba equivocado.
Su caliente y resbaladizo coño palpitó a mi alrededor, apretándome aún más. Empujé con más fuerza, su boca redondeándose en una O. estaba a punto de perder la compostura; mis bolas estaban apretadas y estaba a punto de disparar mi carga en su cálido núcleo.
—Envuelve tus piernas alrededor de mí —jadeé manteniendo mi ritmo.
Sus piernas se levantaron, y las entrelazó en mis caderas, y se quedó sin aliento cuando el cambio de posición hizo que su placer fuera aún mayor. Agarrando mis hombros, un gemido bajo se inició en su garganta y supe que estaba ahí. Alcanzando sus caderas, las agarré y me mecí en ella como un loco.
—Eso es, nena. Ya casi ahí —susurré con los dientes apretados.
Empujé, mecí y me estrellé contra ella profundamente, y cuanto más fuerte lo hacía, más apretado se volvía su coño. Entonces, de repente, con la espalda arqueada, agarrándose a mí, sus ojos cerrados, su rostro se contrajo y su coño se sacudió alrededor de mi polla enfundada. Su espalda se desplomó y ella siguió viniéndose, temblando y jadeando, antes que gimiera largo y bajo en su garganta.
Sus piernas cayeron de mis caderas, coloqué mi mano bajo sus caderas, bajé hasta que agarré su culo, apretándolo y amasándolo mientras me movía para liberarme. Mis embestidas se hicieron erráticas, y pronto, estaba abrumado por la sensación de ella.
Empujé de nuevo, una, dos veces, y entonces me quedé inmóvil dentro de ella, mi cuerpo rígido, mi mandíbula apretada, jadeando y gruñendo entre dientes. Chorros calientes de esperma llenaron el condón y colapsé, mi rostro enterrado en el espacio entre sus pechos.
Respirando pesadamente, envolví mis brazos lentamente alrededor de ella, jadeando en su piel, esperando no ser demasiado pesado para ella. No debe haberlo sido, porque entrelazó sus piernas con las mías, levantando sus manos para pasar sus dedos por mi cabello.
Un momento de comprensión me estremeció.
No había lugar en el que preferiría estar que los brazos de Mía.
Bueno bueno... esto se poso caliente jajajaja
Sé que dije que tal vez no actualizaba este finde peeeero no pude mantenerlas y mantenerme con la intriga jajaja así que acá tienen... 17 hojas de word solo para su entretenimiento :D
Espero que les haya gustado y que me dejen saber lo que piensan acerca del nuevo capitulo, miles de gracias a todas/os los que comentan capitulo a capitulo aguantando las tardanzas! De verdad que me hacen la tarde. Bienvenidos como siempre los nuevos lectores!
Rindo una materia el martes, así que seré breve y espero que nos leamos prontamente- deje una de mis materias para febrero así que a partir del miércoles ya voy a tener más tiempo para adaptar, espero hacerlas felices con esa noticia :)
Besos, una muy apurada y estresada por finales Isa.
