Capítulo 10
Llegó la víspera de Año Nuevo. Después de que Emma dejara sola a Regina, ella llamó a la madre para que fuera a buscarla, pasaría los últimos días del año en casa de los padres. Fue difícil, los padres casi no la entendían, y depender de ellos era horrible, Regina se sintió como una niña pequeña de nuevo. Evidentemente a Cora Mills le importó poco que Regina le hubiera dicho que ya no estaba con Daniel, y lo llamó para que pasara el Año Nuevo con ellos. El hombre fue y ayudó a Regina durante toda la noche.
Los amigos hablaban con Daniel, lo felicitaban y trataban a Regina como si ella fuera una niña. La morena los observa a todos pasando por su lado con sus ropas elegantes, con copas, riendo y conversando, se sentía invisible.
-Daniel, querido, ven aquí que quiero presentarte a una persona –Cora cogió la mano de Daniel y se lo llevó aparte, Regina observó cómo Daniel se alejaba de ella. Se sentía aún más sola, con Daniel a su lado, al menos, tenía su atención.
-Hola, ¿acaso no eres la mujer más bonita de la noche?- Robert se acercó a Regina –Mi sobrina preferida. Estoy feliz de pasar el Año Nuevo contigo, querida- cogió una copa de champán con una cañita y le dio a Regina, la mujer sonrió y tomó un sorbo de la bebida -¿Cómo te sientes?
-Estoy bien- respondió lentamente. El tío sonrió y le dio un beso en la cara.
-Vamos a aprovechar la noche, querida.
Al otro lado de la ciudad, Emma estaba apoyada en la puerta del bar a donde había ido con Regina una vez, bebiendo una cerveza, el día había sido pésimo, aún estaba peleada con la madre y no iría a pasar el fin de Año con ella, tampoco lo pasaría con Regina. Regina, echaba de menos a la mujer, cuidar de ella, abrazarla, besarla, darle cariño. Habían pasado algunos días sin tener noticias de la mujer, cuando se fue de su casa, se fue al apartamento que compartía con Ruby, cogió la guitarra y se quedó tocando hasta que le vino el sueño.
-Hola- Kara se acercó
-Hola- Emma reviró los ojos
-Vengo a desear Feliz Año Nuevo, ¿todo bien?- preguntó la muchacha parándose delante de Emma. No la veía desde el día de Acción de Gracias -¿Vas a cantar hoy?
-No me siento muy musical- soltó el aire
-¿Cómo está Regina?
-No lo sé- alzó la cabeza, los ojos estaban enrojecidos –Me despidió, o terminó conmigo, no sé, no sé cuál es la diferencia.
-Nunca me volviste a llamar- dijo poniéndose las manos en los bolsillos
-Es complicado- se apoyó en la pared
-Complicado- resopló –Por curiosidad, si yo fuera lo suficientemente tonta para invitarte a salir, ¿tendría alguna posibilidad?
-No estoy…- dejó de hablar y Kara bajó la cabeza
-Está bien, entiendo. Dale recuerdos a Regina de mi parte- dijo caminando hacia atrás y atravesando la calle. Emma se llevó la mano a la cabeza y la movió de un lado a otro. No quería ser grosera con Kara, pero últimamente estaba de mal humor, de muy mal humor.
-Kara- la llamó y la mujer se giró hacia ella –Quizás un día vea la realidad, así que no pierdas mi número, ¿ok?- dijo y la muchacha asintió y caminó hacia el coche estacionado al otro lado de la calle.
Emma despertó de sus pensamientos con el toque de su móvil, lo cogió y la noticia que recibió no le gustó nada. Tiró la botella de cerveza en la basura y caminó hacia su pick-up amarilla, entró en el vehículo y apoyó la cabeza en el volante. Eso no podía estar sucediendo, no ahora.
Regina estaba sentada en su silla observando el jardín, Daniel se acercó a ella y se sentó a su lado, el hombre suspiró.
-Regina…Necesitamos hablar- Daniel dijo y Regina lo miró, el hombre le tocó la mano –Lo siento mucho, siento mucho que Emma se haya marchado, y aunque no estemos ya juntos, quiero ayudarte, Regina, y me quedaré aquí para ayudarte. Quédate aquí estos días, y date cuenta de que te amo, amo tenerte a mi lado y si puedo tener eso solo siendo tu amigo, lo quiero. Vivimos quince años juntos, Regina, quince años. Déjame ayudarte, duermo en la habitación de invitados, pero no quiero dejarte sola con la empleada, no quiero dejarte sola, Regina, así que déjame ayudarte, siendo simplemente tu amigo- la mujer se mantuvo en silencio, pensativa. Ella no quería estropear la vida de nadie más –Y no pienses que vas a destruir mi vida, yo quiero estar aquí, Regina, en la salud y en la enfermedad, ¿recuerdas?
-Ya no estamos casados, Daniel
-Entonces, ¿cómo amigos? Déjame ayudarte como tu amigo- suspiró
-Solo como mi amigo, Daniel, nada más que eso- el hombre sonrió y besó la mano de la mujer.
-¿Sr. Daniel?- la mujer blanca de cabellos negros con un uniforme negro y blanco apareció –Hay una muchacha pidiendo ver a la sra. Regina- Daniel miró a Regina
-¿Estás esperando a alguien?- preguntó y Regina negó –Se levantó y caminó hasta la puerta encontrándose a Emma, con un cigarro en los labios. Ella lo encaró, sorprendida.
-¿Cómo estás, Emma?
-Nuestra amiga Magdalena ha muerto- dijo algo rápido
-Yo…Lo siento mucho
-Regina debería saberlo, no quería decírselo por teléfono- suspiró -¿Puedes decírselo?
-No sé si es una buena idea, la verdad- Emma sacó un papel doblado de la chaqueta
-Esto es una copia de la carta que su marido escribió para darle a los amigos en el momento en que ella muriera- entregó el papel al hombre –Léesela a Regina- dijo y caminó hacia el coche.
"Magdalena decía que se considera la mujer con más suerte del mundo y aunque la enfermedad la hubiera debilitado, ella fortaleció su relación con aquellos que tenía a su alrededor. Y en los últimos años de Magdalena, la enfermedad fortaleció los lazos con más personas de las que se puede contar, que ella y su marido han estado casados durante treinta y cuatro años maravillosos, y que nunca habían estado tan próximos como en los últimos cuatro años. Y que él se sentía el hombre con más suerte del mundo"
Esas fueron las palabras de John en el funeral de Magdalena. Las lágrimas caían de los ojos de Regina, Daniel se acercó a ella y acarició su mano.
-¿Puedes entrarme, por favor?- Regina pidió –Tú tienes que ir a trabajar, mi madre está aquí, puedes ir, estaré bien- dijo lentamente. Daniel hizo lo que la mujer pidió, y se fue a vestir para irse a trabajar.
Ya habían pasado dos horas desde que Daniel se había marchado, Regina estaba en su silla, con su madre a su lado agarrando su mano, ella no decía nada, estaba callada desde hacía un buen tiempo. Su cabeza estaba a mil, su amiga, una de las mujeres que había conocido hacia poco tiempo, había muerto y ella ni tuvo la oportunidad de despedirse. Emma había ido a entregar la carta y ni siquiera había entrado a verla, echaba de menos a la rubia, pensaba a cada segundo en lo que estaría haciendo, si habría comido, o cualquier otra cosa. El corazón de Regina se aceleró y comenzó a toser, aquella tos incontrolable, entonces comenzó a faltarle el aire y aquel dolor agudo en sus pulmones. Le estaba faltando el aire, no conseguía respirar de manera alguna, no escuchó a su madre hablándole a ella ni a la empleada para que llamara a una ambulancia. Era desesperador, la falta de aire, el dolor, todo. Y todo lo que Regina quería en ese momento era no sentir nada más.
Regina abrió los ojos, estaba en un cuarto con varios aparatos conectados a ella. Lo que más temía había sucedido. Miró hacia la ventaba y divisó a su madre y a su padre conversando con un médico.
-"Si no puedo dar mi consentimiento, autorizo a la persona que figura aquí abajo como mi apoderada para tomar las decisiones médicas por mí"- el doctor Hopper leía un artículo que Regina le había pedido a su padre y a su abogado que hicieran, en caso de que ella estuviera al borde de la muerte, alguien podría tomar decisiones por ella, desconectar los aparatos o llevarla a casa.
-¿Por qué aceptaste esto?- Cora miraba al marido
-Ella necesitaba ayuda y yo la ayudé
-Podría haber escogido a Daniel como apoderado, a fin de cuentas es su marido y él es abogado.
-Ella puede designar a quien quiera- Henry habló
-¿Tú sabías esto?- Cora preguntó a Daniel que ahora estaba al lado de su ex suegra
-Investigué sobre ello, es una decisión de ella, no se puede echar atrás, no cuando está en este estado, solo ella la podría cambiar.
-No es lo que ella quiere- dijo Henry
-No, ella no está en condiciones de decidir nada, va a recibir el respirador ahora- dijo Cora y Daniel se pasó la mano por el rostro
-Lo siento mucho, Cora, sé que estás enfadada, pero tenemos que honrar lo que ella quiere hacer…Tenemos que honrar su actitud
-Has escuchado lo que ha dicho el médico, si no se le pone el respirador ahora, quizás no lleguemos a verla mañana.
-Lo sé, lo sé…- dijo apartándose de la mujer.
Emma corría, corrió velozmente por el aparcamiento del hospital. Ni cogió el ascensor, subió por las escaleras, su corazón estaba acelerado, al llegar a la recepción encontró a Daniel, dio sus datos y caminó con él hacia el cuarto en que estaba Regina, su corazón estaba a mil, no sabía exactamente lo que estaba sintiendo, miedo, preocupación, era todo al mismo tiempo.
-¿Cuándo sucedió?- preguntó mirando a Daniel, el hombre estaba algo pálido, parecía nervioso y preocupado
-Hoy por la tarde- decía mientras caminaban
-¿No le habrán puesto el respirador, no? Ella no lo quería…- fue interrumpida por el hombre
-No se lo han puesto, quieren hablar contigo. Dejó escrito que tú decidías- dijo parándose en la puerta del cuarto y mirando a Emma, la muchacha tenía sus ojos verdes desorbitados
-¿Yo?- dijo sorprendida, Emma miró a Regina a través de la ventana, abrió la puerta y entró en el cuarto, Regina estaba durmiendo, ella tocó la mano de la mujer y la observó, Regina abrió los ojos y vio a la muchacha parada delante de ella. Regina alzó el dedo índice y acarició el rostro de Emma. Ella sabía lo que tenía que hacer, veía el pedido de Regina en sus ojos. Necesitaba hacer lo correcto.
Daniel, Henry y Cora estaban en la habitación de Regina sentados cuando Emma entró con un papel en las manos, todos centraron su atención en ella.
-¿Qué ha hecho?- preguntó Cora -¿Qué ha hecho?
-Le he dicho a los médicos que ella quería ir a casa- dijo sincera
-¿Y le va a poner el respirador?- Cora examinaba a Emma
-No, no es eso lo que ella quiere- dijo Emma y Cora se levantó
-Usted no sabe lo que mi hija quiere, ¿cómo se atreve? Es mi hija- Cora se acercó más
-Señora
-Por favor, no haga eso, no nos la arrebate
-No se la estoy arrebatando, solo la estoy llevando a casa- Cora dejó caer algunas lágrimas y observó a su hija, con algunos aparatos conectados a ella, estaba durmiendo.
