Capítulo 11
Emma y Daniel estacionaron sus coches frente a la mansión. Emma salió de su pick-up amarilla y se dirigió al coche de Daniel, él mismo sacó a Regina y entró en casa a la mujer en sus brazos. Mientras Daniel la sujetaba, Emma preparaba la cama para la mujer morena, colocó las almohadas y las sábanas para taparla. Daniel la recostó y la cubrió con las sábanas dejándole un beso en la cabeza.
-Emma, estaré abajo, en la sala, ¿podemos hablar?- encaró a la muchacha que estaba al otro lado de la cama.
-Claro, ya bajo- dijo y el hombre asintió, le dio un último vistazo a Regina y salió. Emma se acercó a Regina –Voy a charlar con Daniel, intenta dormir un poco, el interfono está aquí así que cualquier sonido que emitas los escucharemos- se acercó a Regina y le dio un beso en la cabeza, Regina murmuró algo y Emma la encaró, ella intentó levantar la mano para acariciar el rostro de la rubia, pero no tenía fuerzas en sus músculos, Emma acercó el rostro a sus manos y sintió los dedos de Regina rozar su mejilla, la rubía sonrió, sintió sus ojos humedecerse, se acercó a los labios de Regina y le dio un piquito lento, tocando el rostro de la mujer –Ya vuelvo- dijo Emma apartándose – Intenta descansar, por favor- Regina esbozó una sonrisa sin mostrar los dientes y cerró los ojos. Emma salió del cuarto y caminó hasta la sala, Daniel estaba sentado en el sofá con la cabeza apoyada en la mano -¿Qué querías?- Emma se sentó al otro lado mirando fijamente al hombre.
-Emma, no voy a dejar a Regina sola, sé que tú tampoco vas a dejarla- respiró hondo –Regina está débil y no voy a abandonarla en este momento. Sé que lo que le hice estuvo mal, pero estuvimos juntos 15 años y Regina es mi amiga, no quiero dejarla en estos momentos.
-Entiendo, lo entiendo perfectamente. Podemos quedarnos cada uno en un cuarto de invitados junto al dormitorio de Regina- Emma se pasó la mano por la cara y se la restregó –Yo tampoco voy a dejarla.
-Has cambiado tanto, no pareces aquella muchacha irresponsable y desastrada- dijo moviendo la cabeza y sonriendo, Emma resopló sonriendo enseguida –Emma, sé lo que sientes por Regina, sé que es imposible no quererla, ella es increíble. La manera en que toca el piano, la manera en que sonríe. Sería imposible si no la quisieras, pero sabes lo que va a suceder, ¿no?
-Daniel, sé lo que va a suceder y estoy aquí para cuidarla. Desde el comienzo, Regina me mostró un mundo totalmente diferente al que yo conocía, me mostró que puedo ser responsable de alguien aparte de mí misma. Cuando tú la engañaste, vi lo triste que se quedó, en realidad, devastada y aun así, no lo demostraba. Es fuerte y me hizo ser fuerte también. Nos acercamos mucho y puedo hasta decir que la amo, la amo como nunca amé a nadie, y puedo parecer tópico, pero amo a Regina y voy a quedarme a su lado hasta el último momento, aunque eso acabe conmigo después, quiero estar aquí.
-Entonces, estaremos aquí por ella- dijo él finalmente.
-Sí, por ella- Emma se rascó la nuca –Voy a ver cómo está, instálate en uno de los cuartos- se levantó y subió, Regina dormía tranquilamente.
Emma estaba sentada al piano, tocando algunas notas en una melodía lenta, Regina estaba sentada en su silla cerca de la gran ventana de vidrio desde donde se veía el jardín y Daniel estaba sentado en el sofá, mirando a Regina. Los tres estaban bien, no irían a pelear ni guardar rencor los unos hacia los otros, simplemente irían a aprovechar los momentos que tenían, con la mujer que ambos amaban. Regina suspiró y cerró los ojos, escuchando lo que Emma tocaba, estaba floja y sentía su cuerpo cada vez más debilitado. Daniel se levantó, acercándose a la silla de Regina, y la empujó hacia donde estaba Emma. La rubia miró a Daniel y entendió lo que el hombre había pensado, él cogió la mano de Regina y la colocó encima de la de Emma. Emma comenzó a tocar Chopin, fantasía en F menor, Op. 49. Ella no era una artista como Regina, pero tocaba lentamente, hasta que la mujer consiguió acompañarla. Regina cerró los ojos al sentir sus dedos encima de los de Emma, moviéndose lentamente y las notas sonando en sus oídos, sonrió. ¿Hacía cuánto tiempo que no sentía eso? ¿Hacía cuánto que la enfermedad le había robado la libertad de tocar una sencilla melodía? Daniel cogió su otra mano y la apoyó en la otra de Emma, era como si volviera a tocar, diferente, pero aún así estaba tocando. Emma la miró, sus miradas se cruzaron por unos segundos, una lágrima resbaló de los ojos de la mujer morena, Emma volvió a mirar al piano y Regina cerró los ojos, solo apreciando aquel sencillo toque, aquella sencilla música.
Tras ese momento en el piano, Emma ayudó a Regina a bañarse, mientras Daniel esperaba del lado de fuera. Regina se fue a acostar, estaba demasiado cansada aunque no había hecho ningún esfuerzo. Mientras la morena dormía, Emma descendió al jardín y vio a Daniel sentado en un banco con la cabeza apoyada en las manos. Ella se acercó.
-No consigo…Yo…- Emma se sentó a su lado y le pasó el brazo por encima del hombro.
-Todo bien. Todo va a estar bien- dijo sin mucha confianza
-No logro estar aquí viéndola morir- dijo y algunas lágrimas cayeron de sus ojos
-Ve a hablar con ella…Conversa con ella- dijo mirando al hombre, él se levantó y entró en la habitación de Regina, la mujer estaba echada con los ojos cerrados, él se acercó lentamente para no despertarla y se sentó en la cama. Regina abrió los ojos lentamente y miró al ex marido, ella esbozó una débil sonrisa, él se acercó a ella y le dio un beso en la cabeza, y enseguida la abrazó.
-Te amo…Te amo, Regina- dijo dejando algunas lágrimas escapar de sus ojos, se levantó y salió del cuarto dejando a la mujer sola.
Ya era de noche, Emma estaba echada en la cama de Regina, observando a la mujer. Se había convertido en uno de sus hobbies preferidos, mirar a Regina. Emma había visto tantas fotos diseminadas por la casa, de una Regina bien vestida con una sonrisa pintada en sus labios rojos, e incluso enferma, en una cama, desprovista de cualquier maquillaje, aún seguía hermosa. Emma tocó los cabellos de la morena que estaban esparcidos por la almohada, se quedó acariciándolos lentamente, en completo silencio.
-ELA me vistió de ajedrez- dijo Regina sonriendo, captando la atención de la rubia
-¿Qué?- preguntó Emma aún acariciando los cabellos de la morena. Regina respiró hondo intentando recuperar el aliento.
-Si el ELA no me matara, el ajedrez me mataría- dijo sonriendo, haciendo a Emma también sonreír. La risa de ambas inundó el cuarto hasta que Regina dejó de reír para recuperar el aliento. Emma la encaraba, preocupada –No vuelvas aquí esta noche- dijo bajito, Emma alzó la cabeza para mirarla, Regina la miró a los ojos –No pidas ayuda- dijo con dificultad, Emma se levantó, y se sentó encarando los ojos marrones -¿Lo prometes?
-Son muchas promesas- dijo seria, Regina la miró, respiró hondo de nuevo
-Encuentra a alguien que te vea…- inspiró con más fuerza
-Alguien que me vea…- dijo Emma para que continuase
-Vea a…a la persona que yo…veo
-La persona que tú ves
-Sí- movió la cabeza lentamente
-Está bien, ahora tú debes prometerme algo. Voy a elogiarte, solo quédate ahí y escucha- Regina asintió, los ojos verdes estaban llorosos, la nariz de Emma estaba comenzando a ponerse roja –Gracias por los zapatos y por enseñarme a cocinar. Pero lo más importante, por lo que tengo que agradecerte…es que no me dejaste estropear esto, porque nadie nunca en la vida ha hecho esto por mí- las lágrimas ahora caían de los ojos verdes y de los ojos marrones, Regina respiraba con dificultad mientras intentaba hablar.
-Ahora ve…ve- dijo Regina, y la rubia asintió, las lágrimas caían de ambos pares de ojos. Emma se acercó a Regina y le dio un beso en la comisura de los labios.
-Te amo, Regina Mills- se apartó y acarició el rostro de la mujer
-Y yo te amo a ti, Emma Swan.
