—... y entonces Gollum cae al río de lava y el anillo se destruye junto con él...

—Y todos viven y son felices por siempre y para siempre ¿cierto?

Lo miré mal, no me agradaba para nada la manera tan grosera que tenía para menospreciar las cosas que me gustaban, como mis películas favoritas.

—Para tu información, los elfos se van a las tierras imperecederas y se llevan consigo a Gandalf y a Frodo, Sam y y los hobbits forman sus propias familias al igual que Aragorn pero no son inmortales así que...

— Así que viven felices por ¿cuánto? ¿cien, doscientos años? y después mueren como héroes y son recordados como héroes por las generaciones futuras. En otras palabras: Viven y son felices por siempre y para siempre.

Me crucé de brazos y bufé.

—Eres grosero y molesto ¿lo sabías? No es posible que incluso una de las mejores películas de todos los tiempos te provoque comentarios tan desagradables.

Imitó mi pose, claro que la suya era mucho más intimidante que la mía pero ¿cómo podría ganarle a sus casi dos metros de estatura, a su cara amargada y a su penetrante voz? Era realmente injusto.

—Y tú eres una niñita insolente, presumida y desesperante, no es mi culpa que tengas tan pésimos gustos o que, en su defecto, no sepas contar una buena historia.

Me levanté del sillón y empecé a recoger mis cosas con más intensidad de la necesaria.

—Mis historias son increíbles, el público es el problema. Nada te complace, mejor me voy a buscar a alguien que sí me de la atención que merezco.

Me miraba fijamente pero ahora con diversión, le gustaba hacerme enojar y yo siempre caía en su trampa.

—Lo lamento pero aún falta bastante para que termine su detención señorita así que hágame el favor y vaya a terminar de limpiar esos calderos.

Me quedé completamente quieta, tenía que estar bromeando.

—¿Qué? Pero si ayer limpié como cien.

—Exacto, le falta la otra mitad.

Iba a responderle que ni en sueños lo haría pero él se me adelantó.

—Le recomiendo que empiece ahora si pretende terminar antes de la cena y si no le agrada lo que le toca, no se preocupe, la próxima vez puedo dejar que la Profesora McGonagall se encargue de aplicarle su castigo.

Abrí los ojos de para en par, no se atrevería ¿cierto?, nos miramos el uno al otro por un largo rato hasta que decidí que no podía arriesgarme. Tiré al piso, con fuerza, mis cosas y me dirigí a dónde estaban esos sucios e infames calderos. Cuando empecé a frotar el primero escuché la tan conocida risa de mi carcelero.

—Ja ja ja, cuánta risa, tenerme aquí peor que a un elfo doméstico y sólo porque esa vieja McLoca parece que nunca está de buen humor, ja ja y más ja. Pero me las pagarás Snape, t elo juro.

Escuché más risas y casi me estallan las tripas del disgusto.

—Quince minutos más por amenazar a tu superior.

Miré en su dirección y lo vi parado contra la puerta con un semblante de felicidad que no podía con él.

—¿Te divierte esto?

Le mostré la esponja llena de jabón que tenía en las manos, sonrió con fuerza y se encogió de hombros.

—No diría que me divierte pero tampoco me molesta ver que hagas algo de provecho, para variar, en vez de estarte metiendo en líos como siempre. Y no olvides tallar bien el fondo, luego lo dejas con una molesta capa de grasa.

La sangre me hervía pero en vez de soltarle una buena fila de improperios le sonreí con ganas y le mostré lo comprometida que estaba a dejarlo todo sin una sola gota de grasa. No pudo reaccionar a tiempo para impedir que la esponja le diera de lleno en la frente, el líquido jabonoso comenzó a escurrirse por su cara y por su cabello, la que rió entonces fui yo. La esponja cayó al piso con un ruido húmedo, Severus se limpió el área de los ojos con una de sus manos y cuando los abrió para verme supe que debía correr por mi vida.

—¿Sabes? Creo que iré a buscar a McGonagall.

Había dado un solo paso cuando la cubeta de agua, que usaba para enjuagar los calderos, me cayó encima, empapándome de la cabeza a los pies. Estaba helada y yo no pude hacer más que dar bocanadas de aire para tratar de recuperarme del impacto. Eso no se quedaría así, tomé mi varita y en menos de un segundo estaba sumergida en una batalla campal de agua y jabón contra mi profesor de pociones.

Era increíble cómo las cosas habían evolucionado. El primer día de mi estancia en Hogwarts pensé que mis días de escuela serían tormentosos y terribles, y casi lo habían sido, pero resultó que ese primer amigo que había hecho se convirtió en mi mejor y más grande salvavidas. No fue fácil convencerlo de abrirse conmigo pero las largas detenciones, a las que me sometía McGonagall hasta por respirar, y las veces en que yo lo buscaba para aclarar cualquier minúscula duda, en realidad sólo era para no sentirme sola y no tener que soportar a mis insoportables compañeros, terminaron por ablandarlo.

Severus Snape era un hombre amargado, ermitaño y arrogante pero también era inteligente, astuto, fuerte y tenía una parte, realmente escondida, extremadamente sensible. Era una de esas personas que cuando te considera su amigo es capaz de darlo todo por ti y yo estaba extasiada de poder considerarme eso exactamente, su mejor amiga, su única amiga. confiaba en él para contarle cualquier cosa, si podía burlarse y ser desagradable pero cuando era realmente importante, siempre contaba con su apoyo y consejo.

Por supuesto, nuestra amistad era cosa de nosotros dos únicamente, de por sí todos creían que él me daba demasiadas facilidades, si descubrían que además nos tuteábamos y platicábamos por horas, ya fuera en persona o mediante los diarios que él hizo para poder comunicarnos cuando estuviéramos lejos, seguramente enloquecerían.

Eran tantas cosas que había descubierto de él, como que su infancia fue todo lo contrario a la mía, que no pude hacer otra cosa que quererlo. La prueba fehaciente de lo bien que nos llevábamos la traía encima en ese momento, chorreando por mi ropa y helandome la piel. Los dos terminamos acostados en el piso, riéndonos a todo pulmón y mirando al techo. Cuando recobramos la serenidad, lo tomé de la mano y suspiré, iba a extrañarlo, siempre lo extrañaba.

Mi segundo año había terminado y al día siguiente iría de vuelta a casa, moría por ver a Care pero no quería dejar a Severus. Además el siguiente curso sería especialmente difícil, Harry Potter vendría a estudiar a Hogwarts. Severus me contó la razón por la que Sirius estaba en Azkaban, ¿cómo podría ver a los ojos a ese chico sin morir de culpabilidad por lo que mi... por lo que Sirius había hecho? ¿cómo podría soportar la presencia del niño que perdió a sus padres por culpa de la traición del, que dicen que es el, mío?

—No es tu culpa.

¿Ya dije lo mucho que odio que haga eso?

—No me leas la mente, Snape, sabes que lo odio.

—No entré a tu mente, no lo necesito, estás pensando en Potter.

Me mordí el labio inferior, lo hacía siempre que estaba nerviosa o que quería ocultar algo.

—Lo ves, estás mordiéndote el labio. Te descubrí, Forbes.

Esa era una de las pocas líneas que no habíamos podido cruzar en nuestra amistad. Pese a las tantas veces que le pregunté, jamás me dijo cuál es su verdadero problema con Sirius y el apellido Black.

—Él va a odiarme, igual que todos, la diferencia es que el tendrá motivos de sobra para hacerlo.

—Te equivocas, no tiene ninguno. Tú no tuviste nada que ver con lo que sucedió.

El tono que uso fue el mismo de siempre que hablábamos de este tema, parecía que trataba de convencerse a sí mismo en vez de a mí.

—Además no todos te odian.

Asentí con una sonrisa, era cierto, a pesar de la aparente impopularidad general, sí podía contar con más de una persona. Tenía a Severus, por supuesto, a Joan que terminó sorprendiéndome y se convirtió casi en mi hermana y a Cedric Diggory, el chico más guapo e increíble de toda la escuela.

Conocí a Cedric durante uno de mis castigos, a él lo había castigado Severus por haber provocado un accidente en una de las clases. Resultó que congeniamos en muchas cosas y que él no creía que yo fuera una escoria despreciable. Desde ese día nos hicimos amigos, bueno, algo más que amigos, digamos que hace una semana me dijo que le gustaba y me robó un beso, aunque después salió corriendo y se escondió de mí desde entonces, ¿qué somos ahora? La verdad, no tengo ni idea.

—Es cierto, te tengo a ti y a Joan.

De reojo vi como negaba con diversión.

— Y no nos olvidemos de ese indeciso Hufflepuff, por cierto, ¿ya te dio la cara o sigue escondiéndose?

—No creo que se esconda, simplemente, no hemos tenido oportunidad para hablar.

—Sí claro y yo soy Legolas.

No pude evitar botarme de risa ante la comparación.

—Creo que te faltan puntas para tus orejas.

Nos mantuvimos quietos por un buen rato hasta que el reloj nos indicó lo tarde que era, él fue el primero en levantarse y yo lo seguí. Tomé mi varita y realicé el hechizo para secarnos y limpiarnos lo que me mereció un asentimiento de aprobación de su parte. Me acompañó hasta la Sala Común y antes de entrar le di un enorme abrazo, no lo vería por un tiempo y eso dolía bastante.

—Tranquila, son sólo unos meses, yo seguiré en el mismo lugar cuando regreses.

Me limpié las lágrimas que habían logrado salir y lo miré a los ojos.

—Promete que me escribirás y que usaremos los diarios al menos una vez al día y que considerarás lo de ir a mi cumpleaños.

Puso los ojos en blanco.

—Prometo escribirte y mantener cerca mi diario por si llegas a necesitarme, lo otro, no creo que sea posible.

—Pero...

Puso un dedo en mis labios.

—Pero nada, soy tu profesor, ¿qué pensará tu madre si me ve llegar hasta tu casa para tu cumpleaños?

—Que eres un gran profesor.

No, sabía que no le gustaría para nada. La sheriff Forbes pensaría mil cosas y ninguna sería la correcta. Son pocos los que pueden comprender una amistad entre dos personas con tanta diferencia de edad y, ninguno de ellos, podría entender el grado de complejidad de Severus.

—Tal vez cuando cumplas diecisiete o noventa, entonces iré con gusto.

Agaché la vista con tristeza.

—De acuerdo.

Severus se agachó y me tomó de la barbilla para que lo mirara.

—Amber, disfruta de estas vacaciones y del tiempo con tu familia. A mí me tienes al alcance de una palabra así que no quiero caras tristes ni lágrimas. Y, si quieres, puedo hechizar a Diggory para que por fin te de la cara.

Alcé la vista como un resorte y negué con energía.

—No, ni se te ocurra siquiera decirle algo o si no...

Sonrió con alegría.

—Lo ves, esa es la Amber que conozco.

Volví a abrazarlo, le dije que lo extrañaría y con una elegante reverencia se fue. Entré a mi habitación y Joan se puso a hablarme de todo lo que tenía que arreglar antes de irse pero ella sí prometió que iría a mi cumpleaños, ambas hicimos las maletas y rememoramos los mejores momentos del año. El mejor fue cuando Callie exigió al Director que la cambiara de habitación porque no soportaba estar con dos peligrosas locas como nosotras, y todo porque le pusimos un bichito en su almohada luego de que se burlara del nuevo empleo del padre de Joan, le dieron el cambio y a nosotras un castigo que resultó ser una tarde de aprender pociones avanzadas y comer helado con Severus.

La hora de ir a dormir fue extraña, dentro de mí sabía que la próxima vez que durmiera en esa cama nada volvería a ser igual. Las palabras de la última carta de Caroline llegaron a mi mente. "Tienes que verlos, Amber. Son tan raros, los hermanos Salvatore tienen algo muy extraño, quién sabe, a lo mejor también son brujos, como tú" y esa simple idea se apoderó de mis sueños de esa noche.