Disclaimer: Los personajes de Inuyasha no me pertenecen, son de la maravillosa Rumiko Takashi, yo solo me dedico a escribir sin fines de lucro para mi crack pairing favorita Sesshomaru y Kagome. La historia que han leído a lo largo de los años y cada suceso relatado aquí son de mi completa autoría, espero que la disfruten tanto como yo.

La concubina del Inuyoukai

¿Cuántos días más pasaría derramando lagrimas mirando al atardecer esperando a que el apareciera para venir por ella? Hoy sería el último. Inuyasha le había concedido el espacio que ella tanto había pensado que necesitaba. ¡Pero estaba harta de autocompadecerse!, y con paso decidido salió no solamente de la habitación sino también de la gran mansión.

La cálida luz del sol ilumino su demacrado rostro, la gelidez del aire vespertino la hizo darse cuenta de que tiempos helados se acercaban, pero eso parecía no importarles en absoluto a los diversos habitantes de la numerosa comunidad en la cual se encontraba, entre los cuales pudo distinguir tanto humanos como aquellos seres denominados como semidemonios o híbridos, aunque al principio se sorprendió después no hizo diferencia alguna para ella en aquel lugar todos parecían convivir en perfecta armonía y equilibrio.

Humanos, demonios y los frutos de sus hermosas, pero también prohibidas historias de amor ¿la suya era una historia de amor o más bien una tragedia destinada al fracaso? Inhalo profundamente, y continuo su caminata, mientras más avanzaba más lograba vislumbrar a aquella comunidad trabajando, saludándose, amándose unos a otros, un pequeño edén alejado de tanta maldad e incomprensión, lagrimas volvían a caer de sus cansados orbes chocolate, pero con cada paso que daba la carga sobre sus hombros parecía aligerarse cada vez un poco más.

¿Sería capaz de superar esto? Ser valiente no era algo a lo que estuviese acostumbrada, al nacer bajo el yugo de la familia imperial había disfrutado de una abundancia, lujos entre muchas otras cosas que cualquier otro ser humano podría haber estado agradecido de tener la oportunidad, sin embargo, también conllevaba un enorme sacrificio en cuanto a sus libertades personales.

Porque sus vidas no les pertenecían a ellos mismos sino al estado, a su pueblo. Así que cuando tuvo la edad suficiente para darse cuenta de lo que significaba realmente ser hija del emperador dejo de luchar contra la corriente para fluir en sintonía de lo que se esperaba de ella.

¡Pero había podido elegir! Cuando se suponía que ya no tenía nada, que el curso de su vida estaba escrito, ocurrió, aquella noche mientras husmeaba en los documentos de su padre para ver qué clase de actividades se tenían preparadas por el cercano cumpleaños de su madre la emperatriz, un fuerte estruendo la asusto e hizo que se escondiera tras el enorme biombo que funcionaba como partición en la habitación ocultándola de la vista de cualquiera. En ese preciso momento su padre entro al lugar y se detuvo justo en medio de la habitación, fuerte, alto e imponente, con una mirada de resolución en su rostro que le infundía un aire de madurez y sabiduría que solo se podía ganar con los años, Kagome jamás lo había observado así nunca antes.

El caos, la tierra y el humo entrando por el balcón de su padre, la hicieron caer en la cuenta de que algo realmente grave estaba sucediendo fuera de palacio. Un enorme rugido y una luz cegadora entraron por la habitación, y ahí, de pie frente a su padre estaba el ser más majestuoso y solemne que habría de conocer en toda su vida.

Como líder de los humanos esta traición deberá ser pagada con tu cabeza.

Lo entiendo, Higurashi Souta mi heredero mayor, será quien tome mi lugar como emperadorcontestaba su padre, el hombre más honorable y bondadoso en todo su mundo, uno que se caía a pedazos al escuchar su sentencia de muerte, las lágrimas rodaban por sus mejillas no podía permitirlo, sin pensarlo un segundo más siquiera salió de su escondite a la luz de la habitación y su destino quedó sellado.

Una voz la sacó de su ensoñación, y vio el atardecer reflejado en el río, el frío le calo en las húmedas mejillas.

—¿Kagome? —le llamó nuevamente el ojidorado.

—Yo…—trató de responder aún con los sentimientos a flote, tratando de enterrarlos en su garganta, pero sus cristalinos ojos marrones la delataban.

—He visto esa mirada muchísimas veces más de las que me hubiera gustado—confesó sujetándose del pasamanos de piedra del puente en el que se encontraban—hace mucho, mucho tiempo.

Ella le miró con extrema confusión en su rostro, pero sin articular palabra alguna invitándole de manera silenciosa a continuar hablando. El simplemente pareció perderse en algún punto entre sus recuerdos y el agua del río que fluía sin ninguna prisa su curso natural.

—Hace más de cien años mi madre fue traída a este país por un grupo de espíritus del viento y la vieja pulga Myoga—su rostro se contrajo en una muestra de infinita tristeza— ella estaba embarazada de mí en ese entonces, ella también era una princesa, en cierto modo me la recuerdas.

—¿En serio? —respondió un poco recobrada—¿cómo era ella? —pregunto con genuina sinceridad.

—Era una hermosa mujer, si es a lo que te refieres, tenía un largo cabello negro que me dejaba ayudar a cepillarle, siempre olía a cerezos, tenía una piel muy blanca y era muy cálida, el rostro de mi madre siempre tenía una sonrisa para mí—un destello cristalino brillo en sus ojos y una melancólica nota en su voz se hizo presente—excepto cuando pensaba que yo no la veía, solía mirar hacia el Oeste con infinita añoranza, y también a mí, cuando pensaba que estaba dormido la escuchaba cubrir su boca para tratar de amortiguar el sonido de su llanto, ella nunca dejo de amar al bastardo que supongo habrá sido mi padre.

—¿Tú nunca conociste a tu padre?

—No, cuando era niño quise preguntárselo a mi madre, pero al escuchar a los aldeanos maldecirla, y maltratarla por haberse dejado engañar por culpa de ese infeliz, me juré a mí mismo jamás mencionárselo—el odio era palpable en su voz.

—¿Cómo es que llegaron a este lugar entonces?

—Mi madre nunca pudo conocer esta aldea Kagome—el dolor lo atenazaba— murió cuando yo era muy pequeño, y al parecer Myoga debía encargarse de mí, sin embargo, abandone todo el oro y la propiedad que ese bastardo había asignado para mi madre, pase 50 años vagando solo tratando de sobrevivir y de que Myoga me perdiera la pista, no quería que el cabrón de mi padre supiera nada de mí.

—Lo lamento mucho Inuyasha debió ser muy duro estar tan solo todo ese tiempo—las lágrimas volvían a rodar por sus mejillas.

—Hey no llores pequeña mocosa, después de que esa pulga cobarde entendió porque no lo quería a mi lado lo deje permanecer conmigo, y hasta el día en que tu llegaste creo que me había sido fiel, fue entonces que comprendí que sino había un lugar para aquellos como yo, yo crearía mi propio lugar, y con mis propias manos comencé a construir las primeras casas.

—¿Tu fundaste esta aldea? ¿Qué edad tienes Inuyasha? —su asombro le resulto divertido al peli plata.

—Tengo 118 años Kagome.

—¿Qué? Pero sino aparentas más de 20, eso es increíble…

—Para las personas como nosotros en realidad no es tanto tiempo, khe soy bastante joven solo para que lo sepas.

—¿Y cómo es que esta comunidad creció tanto? —indago observando una bonita familia formada por una madre humana y dos pequeños híbridos zorro.

—Al principio le propuse a la vieja pulga que siguiéramos pistas de híbridos que fueran perseguidos, muchos desconfiaban, lo cual era lógico en una existencia como la nuestra la desconfianza es básica para nuestra supervivencia. Pero poco a poco nos convertimos en un secreto a voces compartido solamente con quienes fuera necesario, entonces comenzamos a entrenarnos a hacernos más fuertes, para defender nuestro hogar y como pudiste observar el día que arribaste celebramos el 50 aniversario de nuestra aldea.

—Ahora entiendo, no dejaste que sellaran tu destino—susurro con poca convicción

—Kagome nadie puede condenar tu destino, todos podemos tomar las riendas de nuestra vida y convertirla en lo que deseemos y si dicen que es imposible que jamás se ha hecho algo así, ¡entonces peleas y les demuestras todo lo contrario!

—¡Inuyasha nada es tan sencillo! —desesperación, furia y frustración asomaban en sus gritos—¡Tu no entiendes!

—¡Entonces ayúdame a entender que carajos te paso! —le gritó de vuelta sujetándola de sus hombros, sus piernas no pudieron mantenerla de pie un segundo más algo se rompió dentro de ella mientras entre sollozos le relata su larga historia desde la muerte del primer comandante Perro hasta su llegada a su lado.

—Por eso no puedo desaparecer simplemente Inuyasha yo di mi vida a cambio de la de mi padre, mi vida le pertenece, pero…

—Pero ¿qué Kagome? —rugió con desesperación.

—Pero ¡estoy cansada de ir y venir! De callar y ser usada, de tanta confusión y dolor, estoy cansada Inuyasha.

—Entonces quédate aquí con nosotros, yo te protegeré, como he protegido a cada uno de los humanos, demonios, híbridos que han cruzado por el umbral de nuestra aldea. No tienes que seguir sufriendo Kagome, puedes decidir, puedes decir que no, tienes esa opción y si me lo pides yo luchare por ti si intentan impedírtelo. Tú puedes ser feliz, o al menos tienes que entender que tienes esa opción.

—Inu…yasha—las palabras del ojidorado fueron como una revelación, y por primera vez sopeso la idea de tener opciones.

Cualquier pensamiento que cruzase por su mente se vio interrumpido por la aparición de un enorme agujero en el cielo del cual descendió con dificultad y con un aspecto maltrecho al que ella conoció como el general de las fuerzas de su padre—¿El general Naraku?

—¿Quién demonios es ese bastardo? ¿Lo conoces Kagome? —vociferó al tiempo que se colocaba en frente de ella en posición de ataque, dispuesto a protegerla.

—¡¿Naraku?! —gritó con sorpresiva efusividad y desconcierto—Inuyasha no lo lastimes es uno de los hombres de mi padre, fue enviado hace tiempo para rescatarme.

—¿Ese demonio trabaja para tu padre?

—¿Demonio?

—No me digas que no sabías que no es un ser humano, la peste a veneno y energía demoniaca que emana es muy pesada y elevada, no es alguien a quien debamos subestimar, quédate detrás de mí.

No podía perder ni un segundo, estaba seguro de que el infeliz de Sesshomaru hallaría la forma de llegar ahí lo más pronto posible, sin embargo, cuando por fin pudo localizarla, perdió completamente los estribos al encontrarla escudándose una vez más detrás de lo que su inconfundible energía y apariencia le exclamaban a gritos era otro descendiente de Toga; el malnacido que había alejado para siempre de su alcance a su querida Izayoi.

La ira lo consumió en un abrir y cerrar de ojos, los cielos comenzaron a oscurecerse, su energía se sintió renovada al estar fuera del alcance del veneno del Lord del Oeste y comenzó a expandirla por todo lo alto y ancho llamando a su servicio una cantidad inmensa de demonios y espíritus malignos.

—Ese malnacido esta llamando a todo un ejercito de demonios, ¡Miroku! —bramó con furia.

De la nada montado en una gata demonio de fuego, apareció el joven monje que había conocido en el hogar del peliplata.

—Inuyasha ¿qué es lo que esta pasando aquí? —soltó con vehemencia.

—¡Aún no lo sé, pero ten por seguro que lo voy a averiguar! ¡Sin embargo tienes que llevarte a todos fuera de la aldea, dile a Sango que se dividan los escuadrones como hemos practicado, que no toda la aldea se congregue en un solo refugio, llévalos a los más lejanos ¡este bastardo es muy peligroso!

—¡Suba conmigo señorita Kagome! —le extendió su mano mientras la gata gigantesca descendía.

—¡Adelante monje váyase sin mí, seguramente solo le estorbare! —le respondió sin dejar de observar cómo miraba con locura trastornada aquel hombre ¿o demonio? a su nuevo amigo de ojos dorados.

—Kagome debes ir con Miroku…—sin embargo, la pelinegra le interrumpió abruptamente.

—¡No pienso dejarte solo! ¡No me importa lo que digas!

—¡No seas terca! ¡Si te quedas aquí no podre pelear…

—Tu dijiste que yo podía tomar las riendas de mi vida Inuyasha, que yo tenía opciones y esta es la opción que elijo, tal vez si puedo hablar con el sabremos que es lo que quiere, y podamos evitar que destruya la aldea por completo. —la fiereza y emoción cargada en su tono de voz hicieron que no pudiera contradecirla.

—De acuerdo, pero si las cosas se ponen difíciles, prométeme que me escucharas.

—¡Pero!

—Con un carajo ¡sólo promételo Kagome!

Pero antes de que pudieran decir una palabra más fueron interrumpidos por el híbrido de ojos rojos.

—No hay duda, tu debes ser descendiente de ese miserable del antiguo comandante perro. —pronuncio asqueado.

—No tengo idea de quien sea ese anciano, ni me interesa saberlo, en lo que si tengo interés es en saber ¿quién demonios eres y que es lo que haces en mi aldea?