Capitulo 3

El Dorado

Por Amelia Badguy

1.018 palabras según Word.

Habían pasado días recorriendo la selva, buscando el camino que los llevara hacía la ciudad de oro, siguiendo cada paso que indicaba el mapa, pero había una situación que cada vez molestaba más a Tulio en realidad y aquello era como lentamente el olor de Miguel iba cambiando. Conocía perfectamente aquel cambio de olor, eso anunciaba que estaban a una semana, dos a lo sumo, de que el celo del rubio llegara y le preocupaba de sobre manera que eso ocurriera cuando estuvieran en la selva, donde ambos quedarían expuestos esos días a los animales que ahí habían.

— No pienses en aquello, Tulio, nos falta poco para llegar a la ciudad — Le dijo con una sonrisa mientras llevaba las riendas de Altivo y sentía a su alfa pegarse a su espalda, olfateando con suavidad su cuello, haciendo que soltara una pequeña risa por eso, al sentir la barba del moreno en su piel, pero simplemente siguió guiando al caballo. — Aun me queda tiempo y nos falta poco para encontrar la ciudad.

Eso había repetido los últimos días el rubio, que les faltaba cada vez menos para llegar a aquella mencionada ciudad de oro, pero la verdad es que el moreno lentamente iba perdiendo las esperanzas de eso.

Desde que habían llegado a tierra y Miguel había visto cosas igual al mapa, habían comenzado a seguirlo, pero estaba agotado ya, aunque seguía ahí, montado en el caballo, que no parecía inmutarse por nada.

— Pasar tu celo en medio de la selva no es la mejor opción, Miguel, no sabemos qué otras cosas hay por aquí — Le murmuró olfateando con suavidad el cuello del rubio, pasando su nariz por la cicatriz de aquella mordida que hace tanto tiempo le había hecho.

— Te digo que llegaremos a la ciudad — Le dijo riendo por la barba del moreno, pero simplemente siguieron su ruta. Tulio siempre solía ponerse de esa forma cuando él estaba próximo a su celo, pensaba curioso.

Siguieron su camino a pie, cuando la niebla fue demasiado espesa, siendo que Tulio tomaba la cola de Altivo, para ir primero, y Miguel lo sujetaba de su camisa, pero los tres terminaron por caer de una manera demasiada pesada al no ver el acantilado, del cual de milagro no se rompieron algo o perdieron la vida por la caída.

El moreno fue el primero en despertarse de esa caída, viendo esa gran roca de piedra, que era igual a la dibujada en el mapa, que daba como punto de referencia de ser el Dorado, pero ahí no había nada. No había oro, no había ni siquiera una pequeña pepita, pensó enfadado, habían hecho todo ese estúpido viaje en vano, pensó, cada vez más y más molesto en realidad, siendo que Miguel se cobró su enfado cuando despertó de la caído y sólo lo hizo montarse al tonto caballo, para devolverse a la playa y ver qué hacer ahí.

— Estaba seguro de que encontraríamos algo — Murmuró Miguel cual niño cuando se montó atrás del moreno, aunque se sorprendió al ver a Tulio algo alarmado por algo, mientras olfateaba gruñendo quedo, no sabía que era ese olor que se acercaba a ellos, no era como nada como hubiera olido antes, no parecía ni un alfa ni un omega, nada de eso, y lo confundía haciendo que tomara más fuerte las riendas de Altivo.

— Debemos salir de aquí — Murmuró pero fue tarde, cuando se dieron cuenta estaban rodeados por nativos, que les apuntaban con arcos y flechas, además de lanzas. Tulio gruñó, sin siquiera poder evitarlo, intentando esconder a su omega detrás de su cuerpo, no sabía qué clase de personas eran esas, no tenían olor como ellos, que los diferenciara de ser omegas y alfas, eran algo que no conocía y eran amenazados con lanzas.

— Tulio, tranquilo, no hagas nada — Le murmuró a penas la voz de Miguel en su oído, buscando que el alfa se relajara, porque aunque era su instinto, para ellos dos era bien sabido que Miguel muchas veces era más ágil y fuerte que Tulio, que era un alfa, si, pero más delgado de lo usual y sin tanta fuerza, eso lo compensaba con inteligencia.

Aunque lo que realmente saco al alfa de ese estado fue cuando aquella chica nativa, que habían estado persiguiendo los hombres armados, le tiro aquello que llevaba entre sus brazos, casi como para quitar evidencia, hacía Tulio, golpeando al moreno que gruñó, pero se relajo un poco y sólo asintió, dejándose llevar junto con Altivo y Miguel.

Ninguno de los dos sabía dónde iban en realidad, que iban seguidos por la chica, que había vuelto a coger aquello que le había tirado en la cabeza a Tulio e iba bastante a la defensiva.

Los hicieron subir a un bote y los dos iban callados. Nunca hubieran visto la entrada secreta a través de la cascada y donde no olían a nada especial, Tulio no hubiera podido llegar a ellos de ninguna forma en realidad, por lo que simplemente miraban todo callados, sin hacer el menor ruido, hasta que salieron de la entrada de esa cueva y lo vieron... y era simplemente, la ciudad de oro que los españoles iban buscando... el Dorado.

Pudieron ver a su gente y todo, iban callados en realidad, pero Tulio lo tuvo que murmurar lo que presenciaba, algo que nunca había creído capaz de vivir, ninguno de aquellos habitantes tenía un olor de alfa o de omega, no eran nada de aquello pensó, sabiendo que ellos llamarían la atención por aquello.

— Miguel... creo que no existen omegas o alfas... — Le murmuró, aunque supuso que Miguel estaba más impresionado mirando la ciudad, pero únicamente, al bajar del bote, se montaron en Altivo, siendo llevados al centro de la ciudad, donde todos los miraban y hacían que ambos sintieran que iban a su muerte segura, esta vez sí, no como cuando iban en el bote, que llegaron a tierra, esta vez sí morirían.

Pero nuevamente, aquellos dos estafadores tenían una suerte extraña, una suerte más allá de ellos, que los protegía de cierta forma, una suerte divina por llamarlo de alguna manera.