Capitulo 5
Un dolor de cabeza
Por Amelia Badguy
1.105 palabras según Word.
Ninguno de los dos había esperado una fiesta como esa, a decir verdad, era una fiesta con un licor que nunca habían probado, pero que eran en verdad delicioso. En la fiesta habían pretendido ser los dioses, Tulio y Miguel, aquellos grandes y poderosos que habían aparecido en la ciudad de oro, como una "visita", por decirlo de alguna, pero ellos, estando ebrios, habían terminado por caer rápidamente en un comportamiento que realmente disfrutaron los aldeanos, al no tener a un par de dioses enfadados, sino que cantando bastante alegres con ellos en aquella gran fiesta que parecía no tener fin.
Aquellos nombrados dioses, que terminaron ambos demasiado borrachos en el interior de aquel palanquín, aquella especie de silla o, en el caso de ellos, una pequeña cama, donde cabían ambos perfectamente en la superficie dura, sobre la cual estaban aquellos cojines para hacer más agradable su estancia en aquel palanquín, el cual cubría lo que en su interior ocurría con gruesas cortinas, para que nadie pudiera ver a aquellos dos dioses en su intimidad, pues nadie quería provocar su ira.
Aunque claro, aquella intimidad les sirvió más a aquellos dioses que a los aldeanos, que seguían festejando por aquellos dioses, aunque de una manera más calmada. La música aun se hacía oír, aquella música que cubría los jadeos y los gruñidos que provenían del interior de aquel palanquín.
No había podido evitar su comportamiento, estaba demasiado borracho como para escuchar aquella voz en su cabeza que le decía que los descubrirían si seguían de aquella manera, después de todo el moreno estaba sobre el cuerpo del rubio, besando sus labios profundamente, pudiendo sentir como las manos del omega se colaban bajo su camisa -porque en alguna parte de la fiesta habían vuelto a vestir sus ropas normales, aunque no recordaba precisamente cuando había sido-.
Podía sentir el olor venir de Miguel, ese olor que cada vez lo estaba embriagando más, lo hacía perder más sus sentidos, después de todo el celo de aquel omega estaba bastante cerca, por lo cual aquella esencia que desprendía cada vez se hacía más y más deliciosa para el alfa, que enterró su cabeza en el cuello del omega, pudiendo olfatear su olor, disfrutando de aquello, sintiendo como el rubio reía con un tono bobo al sentir su barba rozar su cuello de aquella manera.
— ¿Qué es lo que el poderoso dios Tulio puede hacer? — Su voz sonaba pesada, arrastraba las palabras sin poder evitarlo, porque bueno, después de todo los dos estaban demasiado ebrios en aquel momento, donde no razonaban que podrían ser descubiertos por las cosas que estaban haciendo.
Ambos rieron de aquella manera boba, debido a todo el alcohol que habían tomado sin siquiera ponerse a pensar en las consecuencias de aquello, por lo que únicamente estaban ahí compartiendo besos que cada vez fueron subiendo más de tono, haciendo que ambos jadearan con fuerza en ese lugar tan pequeño, pero que no les importaba realmente.
El omega pudo sentir como el moreno simplemente buscaba bajarle un poco los pantalones, lo suficiente para poder masajear la piel de su trasero de una manera lenta, mientras le repartía besos en su cuello, mordiendo su piel, sin llegar a dejar marcas para fortuna de los dos, pues no tendrían como explicar el hecho de que los dioses tenían marcas de mordidas en ellos.
Las manos recorrían la piel ajena, buscando sentir el calor aun por sobre la ropa, sintiendo aquella necesidad que tenían por la unión que compartían, aquella unión que nunca pensarían en romper.
Los besos cada vez eran más profundos, más necesitados, siendo que el alfa podía sentir como su miembro comenzaba a ser apretado por sus pantalones por simplemente ver al omega de aquella manera, bajo su cuerpo gruñendo de placer, soltando uno que otro quejido, logrando que lo deseara más, que aquella necesidad que tenía por él únicamente aumentase.
Con un gruñido, simplemente termino por poner al rubio a cuatro bajo su cuerpo, moviendo la camisa del otro para poder besar y lamer aquella cicatriz de su unión, sintiendo como el otro se estremecía, como soltaba pequeños gemidos complacidos, lo cual ni siquiera lo hizo dudar a la hora de abrir sus pantalones y meter lentamente su miembro en el estrecho y húmedo interior de su omega, siendo que eso era una gran ventaja de los omegas, que no necesitaban ser tan preparados, pues lubricaban por si solos cuando estaban excitados de aquella manera.
Las embestidas comenzaron de una manera lenta, pero rápidamente fueron agarrando un ritmo mayor, donde ambos gruñían y gemían complacidos por el otro, por la unión de sus cuerpos, mientras aquello pasaba en el interior de aquel palanquín, aquellos gritos y aquellos gemidos fueron simplemente ahogados por el ruido de la música afuera, sin que nadie viera a sus dioses en aquella situación.
—
Estaban abrazados uno contra el otro en aquel palanquín, cubiertos a penas por una manta que cubría necesariamente que el rubio tenía sus pantalones abajo al igual que el alfa, que tenía su cabello completamente desordenado, pero aquella paz de sueño no les duro demasiado, cuando ambos sintieron como de la nada el sumo sacerdote metía más de la mitad de su cuerpo dentro del palanquín para despertarlos.
— ¡Buenos días, mis señores! — Al escuchar aquello, tanto el alfa como el omega dieron un pequeño brinco y un pequeño grito, pero simplemente vieron como aquel sacerdote volvía a salir para darles privacidad.
— A vuelto... — Murmuró el rubio, mientras sentía un fuerte dolor en su cabeza, debido a todo lo que había bebido la noche anterior, aferrado a una almohada por el susto que le había dado aquel beta.
Por su parte el alfa también soltó un fuerte suspiró cansado, notando que estaban cubiertos por una manta que no recordaba, pero al sentir sus pantalones abajo fue obvio lo que había ocurrido entre ellos, lo cual lo hizo sonreír algo idiota antes de razonar por completo la situación.
— Sube tus pantalones... debemos salir... — Le murmuró a penas, para notar que las cortinas estaban bien cerradas, para besar de manera lenta al rubio, cansado por el dolor de cabeza que sentía, pues parecía que se le iba a partir.
Ambos hombres arreglaron su ropa para salir de aquel palanquín con bastante torpeza, viendo como Chel tiraba flores a su paso, sin comprender lo que estaba ocurriendo en realidad aunque le preguntaron y ella tampoco sabía claramente, pero no era nada bueno, según les dijo.
Aquella mañana fue la primera resaca de ambos en aquella ciudad de oro, pero también fue la primera vez que aquel sumo sacerdote los miró con desconfianza.
