Capitulo 8
Malentendidos
Por Amelia Badguy
1.150 palabras según Word.
La verdad desde que había visto aquellos "dioses" que había pensado que podía obtener su boleto para salir de la ciudad gracias a ellos. No es que se viviera mal ahí, pero sinceramente todo aquello de los dioses y seguir tradiciones, simplemente no era lo suyo. Lo suyo era salir de esa ciudad, quería salir de esos muros dorados y conocer el mundo que estaba afuera, conocer más tribus, más ciudades.
Había pensado que sería fácil en un principio, es decir, dos hombres, únicamente necesitaba conquistar a uno de ellos para poder obtener lo que deseaba, aquel trato donde la sacarían de ahí y la mitad del oro simplemente sería suyo. Había pensado en el rubio, en ese hombre que tenía su cabello del color del oro que rodeaba la ciudad, pero para ser sincera, veía demasiado oro siempre, por lo cual había optado por aquel hombre moreno, de unos ojos que eran igual al cielo sobre ellos.
No había pensado que la fuera a rechazar, los hombres siempre eran igual, siempre caían al ver una mujer dispuesta a estar con ellos, eso era una realidad, pero aquel moreno había dicho algo que nunca había esperado oír. Había dicho que ella no olía a nada en realidad ¿Qué rayos significaba eso? ¿Acaso el mundo de afuera era más extraño de lo que ella imaginaba en verdad?
La explicación a aquello no la pudo obtener, pues aquel fastidioso de Tzekel-Kan había interrumpido su conversación, con hechos que de verdad podían importar menos, pero aquel sacerdote siempre se lo tomaba todo demasiado a pecho, pero si ese par salía vivo de ese juego se aseguraría de obtener sus respuestas en realidad.
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El juego había sido una real mierda hasta que habían comenzado a hacer trampas, ninguno de los dos hubiera sobrevivido jugando honestamente, porque para ser sinceros él no era el alfa con mayor resistencia física y Miguel, aunque era mucho mejor que él en muchas cosas, tampoco podía más con su cuerpo, porque era algo a lo que simplemente no estaban acostumbrados, pero lograron hacer aquel último punto, ese punto que hacía el desempate.
Aunque él lo había olido con suavidad en el aire, Miguel, ese rudo omega, que había defendido la vida de los aldeanos frente a Tzekel-Kan y había dicho que no se haría ningún otro sacrificio en nombre de ellos, estaba sangrando. Sus ojos se fijaron en ese corte sobre su ceja que él mismo había hecho sin notar cuando le había dado un codazo sobre el caballo.
Quiso acercarse a él, pero la mano de aquella muchacha, de Chel, lo tomó con fuerza de la suya y lo alejó de la multitud que comenzaba a reunirse alrededor de Miguel, demasiados agradecidos de que hubiera hecho eso aquello, de que los hubiera salvado y que hubiera quitado aquella ley de sacrificios que corría en la ciudad, Miguel era demasiado blando, generoso, como cualquier omega, incluso más de los que hubiera conocido en su vida.
Se dio cuenta que Chel lo llevaba nuevamente a los que eran sus aposentos, en la cima de aquella maldita pirámide que se hacía siempre demasiado eterna, por lo que únicamente comenzó a subir al lado de ella, seguramente quería saber algo del trato del oro o algo así, le dijo su mente. Su cuerpo le dolía de una maldita manera por ese tonto juego, pero ahora pronto podría relajarse, al lado de su omega.
— ¿Qué es eso de que no tengo olor? — Se sorprendió un poco cuando Chel le habló, esa aldeana había querido seducirlo, no era idiota, lo había visto claro en sus intenciones, pero únicamente subió aquellos largos escalones a su lado.
— Eso, no hueles a nada, ¿sabes?... es extraño, ninguno aquí huele... y son mucho más débiles, supongo que por eso los españoles y los demás vienen aquí a conquistar — Paso una mano descuidadamente por su cabello, alborotando este cada vez más. — De donde vengo yo existen lo que se conoce normalmente como alfas y omegas... — Ambos llegaron al cuarto donde había estado él durmiendo las últimas noches con Miguel, para sentarse ambos en ese sofá, dando la espalda a la puerta.
Le comenzó a explicar cómo era la biología alfa, sus características y que eran los alfas quienes siempre viajaban a aquel nuevo mundo para conquistar sus tierras, pues eran mucho más fuertes, sobre todo los que eran marinos, porque realmente aquellos hombres no eran nada más que bandidos, que se les hacía fácil comenzar una nueva vida ahí y podían conquistar todo lo que deseaban.
Le habló también sobre los omegas, que los alfas y los omegas siempre se unían, que creaban un lazo que no se podía romper, sobre todo cuando aquel lazo lo hacían ambos a consciencia, cuando ambas partes aceptaban el hecho de estar con el otro y no únicamente porque el alfa imponía su poder.
— Por eso me refiero a que no hueles a nada, Chel, ustedes no son algo especial, la verdad es que nunca había visto a algo como ustedes antes, son extraños — Le comentó mirando a la morena que jugaba con una estatua de oro, así había estado desde que él había comenzado con su relato.
— Y tu omega unido es Miguel — Le comentó como si nada la nativa, la verdad todo aquello había sido realmente bastante confuso debía decir, ellos únicamente vivían tranquilos, sin aquellas separaciones, pero podía ver como aquellas personas realmente tenían un sistema complicado de vida, con aquello de alfas y omegas.
— Lo es desde hace bastantes años, debo decir, por eso simplemente aunque creo que eres hermosa, nada podría resultar entre nosotros — Con una sonrisa pequeña despeino más que nada para molestar a la mujer, que río y le apartó la mano de un suave golpe de su cabeza, riendo también. — Además ¿qué querías que te dijera? ¡Olvida a Miguel! ¡Quiero que vengas sólo conmigo!
Ambos rieron por lo dicho por el moreno, porque hubo un tiempo en que ella pensó en eso, ahora comprendía por qué simplemente no podía ser, era algo más biológico y de sentimientos, pensó riendo al lado del hombre.
Lo bueno era que al menos podría sacar un amigo de todo aquello, un amigo que la llevaría a un mundo donde podría pasar desapercibida, según le comprendió, algo que mejoraba bastante su situación a decir verdad, pues si los alfas y los omegas estaban acostumbrados a guiarse por sus olfatos, ella sería algo extraño ahí y podría irles bastantes bien.
Los dos rieron, aunque claro, ninguno de los dos pudo ver al rubio que había escuchado lo último de aquella conversación. Aquel "olvida a Miguel" que había sido dicho en broma, que nunca se pensaba en decir en realidad, pero que había sido escuchado y malinterpretado que simplemente bajo los peldaños de aquella pirámide con su ceño fruncido, seguido de un Altivo que no quería dejarlo solo en un momento así.
