Capitulo 9
Descubiertos
Por Amelia Badguy
2.245 palabras según Word.
No había encontrado a Miguel en las siguientes horas, aunque lo había estado buscando, pero simplemente se dijo que el rubio debía andar jugando con los animales de por ahí o los niños, siempre le agradaba hacer eso. Más de alguna vez había considerado la opción de tener bebés con Miguel, claro que ambos lo descartaban de manera rápida, no porque no lo desearan, sino porque eran dos ladrones sin hogar, viviendo cada día como si fuera el último.
Tal vez si por fin se establecieran, con el oro que iban a llevarse de el Dorado, aquella situación se pudiera dar, el tener una familia juntos, un bebé, y no tener que depender nunca más de andar robando en las calles o estafando a alfas idiotas, que se dejaban engañar de una manera tan fácil en realidad.
La noche había caído en la ciudad, dando ese resplandor dorado, para luego simplemente dejar paso a la obscuridad de la noche. La ciudad siendo alumbrada por aquellas pequeñas fogatas y antorchas. Al centro de todo aquello, en medio de la ciudad, habían dos tronos de oro, uno para Miguel y otro para él, siendo que camino hacía ese lugar en especial, donde por fin pudo ver la cabellera del rubio.
— Ese niño hace una mejor representación que tú mismo — Le dijo con un tono de humor, mientras se sentaba en aquel trono dorado, con un vaso de vino en su mano, mirando de reojo a su omega, que parecía algo... enfadado y desilusionado por algo, pensó, sin saber que ocurría en realidad. Es decir, les había ido bien con la mentira, era la fiesta de despedida, el barco estaba listo y ya a la mañana siguiente se podían ir de aquella ciudad, sin morir a causa de su mentira, además de que serían realmente ricos, mucho más ricos que cualquier gobernante de Europa.
— Que gran despedida, ¿no? — Intentó sonar relajado, pero podía ver que con cada palabra que daba el omega estaba cada vez más enfadado en realidad. Su instinto le decía que tal vez debería callarse, pero claro, su boca nunca hacía caso a la hora intentar hacer que Miguel sonriera. — Por fin regresaremos a España a vivir como reyes
Era lo que siempre habían deseado, vivir como reyes, ser ricos, pero no podía comprender por qué Miguel lucía tan enfadado en aquel momento, debería estar feliz, maldición, no con ese rostro de enfado.
— Bueno... ¿ser rey no tiene menos categoría que ser un dios? — Casi escupió el poco de vino que se había echado a la boca para beber, viendo como Miguel de verdad parecía demasiado seguro de lo que estaba diciendo, como si fuera algo que tenía ya decidido, quedarse a vivir en el Dorado, lo cual simplemente no podía ser. Miguel era su omega y debían estar juntos por siempre.
— Vamos, Miguel, sabemos que no podemos quedarnos aquí, además quién ya sabes te llegara dentro de pocos días, no podemos dejar que simplemente todos en la ciudad te huelan — Le comentó, casi como queriendo hacer que su omega entrara en razón, entendía por qué el rubio no se quería marchar, aquel lugar simplemente era un paraíso, es decir, dinero, los creían dioses, no tendrían preocupaciones, era realmente ideal. — Tenemos un plan, ¿recuerdas?
— ¿Qué tal si nos olvidamos del plan? — En la mente del omega aun retumbaban aquellas palabras, "olvídate de Miguel", soban una y otra vez, cada vez más fuertes, por lo que simplemente miró al moreno, esperando su respuesta.
— ¿Qué?... — No alcanzó a pedir mayor explicación en realidad, cuando escucharon un fuerte rugido. Los dos fijaron su vista impresionados de donde venía aquello, cuando vieron a un jaguar de piedra levantarse desde una montaña, siendo que ninguno de los dos pudo guardar en si el grito que salió de sus gargantas.
Estaban realmente jodidos.
—
Habían terminado entre el jaguar de piedra y el precipicio, siendo que realmente ninguno de los dos era una opción a considerar, es decir, ambos eran una muerte segura en realidad, algo a lo que no se lanzarían simplemente.
— Sé lo que son y también sé lo que no son — La voz de aquel sacerdote los hizo estremecer, debieron imaginar que era él quién estaba en medio de todo eso, que había tramado lo del jaguar gigante y quién también se había dado cuenta de toda la situación, debido a que Miguel había sangrado durante el juego. — ¡Y no son dioses!
— ¿No eres un Dios? ¿Me mentiste? — Comenzó a hacer lo único que se le ocurrió en aquel momento, lo que siempre hacían cuando querían salir de alguna situación de peligro, comenzar a pelear entre ellos, para desviar la atención y poder hacer el contra ataque.
Tomó la camisa de Miguel con fuerza, observando aquellos ojos esmeralda que estaban completamente confundidos, pero podía ver algo más ahí, algo que no podía alcanzar a analizar en aquel momento. Hizo un movimiento de cabeza, para que el omega le entendiera el juego, pues parecía no comprender nada.
— ¿Cómo te atreves? — Lo lanzó sin más, sin mucha fuerza en realidad, pero Miguel se tropezó y le costó lo suyo mantenerse de pie.
— ¡Fue su estúpido plan! — Quiso soltar un suspiro de alivio al ver que Miguel comenzaba a seguirle el juego, finalmente, pero realmente no se esperaba las cosas que venían. Comenzaron a pelear, Miguel de verdad parecía querer hacerle daño con lo hacía y él simplemente seguía un parlamento que se iba inventando sobre la marcha.
— ¡Te estás creyendo tu propia mentira! — Le gritó finalmente mirando al rubio, que frunció aun más su ceño.
— Al menos no estoy saliendo con ella — No entendió aquello, de verdad que no entendió que quiso decir Miguel en aquel momento donde de verdad se veía enfadado. Enojado con algo que él no comprendía. — Bueno ya tienes todo el oro y a Chel, ¿para qué me necesitas?
En su mente algo debería haber hecho click en ese momento, pero únicamente sintió como Miguel lo empujaba con más fuerza de la necesaria y comenzaba a darle pesados golpes, por cada palabra que iba diciendo, podía ver que el omega de verdad estaba creyendo que él estaba optando por aquella nativa antes que él, pero no comprendía de donde estaba sacando aquella barbaridad.
Pero debían deshacerse del sacerdote antes de poder arreglar sus cosas, siendo que cuando ambos se iban a dar un pesado golpe, en realidad ese golpe fue dirigido a aquel nativo, que cayó casi al borde del acantilado.
Intentaron amarrarlo, pero aquel jaguar de piedra pareció volver a la vida y se lanzó sobre ellos, siendo que hizo lo único que apareció en su mente en ese momento, cuidar de su omega, como siempre lo había hecho, como siempre había deseado hacer. Cuidar de su Miguel.
— ¡Salta! — Gritó mientras empujaba el cuerpo del rubio, ese que era más corpulento que él de él, un alfa en toda regla, que no lo parecía en realidad, unido a un omega que no parecía un omega. Eso era lo que primero los había juntado, pero ahora eso parecía estar llegando a su fin. Primero por un malentendido y ahora por un jaguar gigante de piedra.
Los dos quedaron colgando de aquellas raíces que iban a utilizar para atar a aquel maldito sacerdote, después de que la superficie donde habían estado colapsara, pero ambos estaban vivos, siendo que eso era lo que de verdad importaba, pensó el alfa, mirando en dirección a su omega, que aun tenía el ceño fruncido y ese gesto de enfado en su rostro.
Se sorprendió al ver como Miguel únicamente comenzaba a trepar por aquellas raíces, para tocar tierra, aunque la verdad fue ayudado por el jefe de la aldea, que lo alzó como si nada, haciendo que aquel omega riera de verdad alegre, gritando.
— ¡Me quedaré en el Dorado!
El alfa, que fue ayudado por la muchacha que era su compañera en toda aquella aventura de robar el oro, no podía hacer nada más que ver demasiado sorprendido como el omega era llevado con gritos de alegría, debido a que no abandonaría la ciudad. Eso no podía ser, debía hablar con su omega, aclarar toda la maldita situación.
—
— ¡Tienes que escucharme, maldita sea, Miguel! — Por fin el omega había vuelto a la habitación que usaban en aquella ciudad. Necesitaba comprender y explicarle que era lo que había ocurrido, siendo que él mismo necesitaba entender la situación, por qué el rubio pensaba que quería quedarse con Chel y por qué se quería quedar en la ciudad, sabiendo que no podía dar pie atrás, los habitantes estaban demasiados felices de que uno de los dioses se quedara con ellos.
— ¿Qué quieres que escuche? Lo entendí perfectamente, ¡olvídate de Miguel! — Le gritó de vuelta, mientras se quitaba una de las capas que le habían puesto y simplemente caminaba a uno de los sillones que tenían. Necesitaba dormir, había tenido un maldito día y sólo quería dormir.
— Por amor de Dios, esas son tus hormonas hablando, Miguel, sabes que nunca diría una idiotez así — Le dijo buscando sentarse al lado de su omega, necesitaba decirle que todo lo había malinterpretado, que entre él y Chel no había nada más que una amistad, una amistad unida por el amor al oro.
— No intentes culpar a mi celo por algo que escuché claramente como lo decías, Tulio — Le gruñó con fuerza, apartando su mano del otro. En esos ojos esmeraldas estaba todo el dolor que de verdad sentía por lo que estaba ocurriendo, por sentirse engañado por su alfa, siendo que no quería escuchar explicación alguna.
En retrospectiva ni siquiera debería haber vuelto a la habitación esa noche, para ahorrarse aquella discusión con el alfa.
— Lo que estaba hablando con Chel fue algo distinto, idiota — Le termino por gruñir, su instinto le decía que le mostrara a ese omega rebelde que pasaba cuando querías escuchar a tu alfa, pero él no haría eso, él no era esa clase de alfa en realidad, él era el analítico que siempre buscaba salir de la situación. — Sí, es verdad que Chel tiene su encanto y quiso seducirme, pero no ocurrió nada entre nosotros, eso que escuchaste fue un malentendido, Miguel, le decía que nunca diría esas palabras, porque tú eres mi omega.
— Sí es así, quédate en la ciudad conmigo, Tulio — La petición del omega lo desconcertó por completo. Estaba al tanto de lo mucho que su pareja amaba esa ciudad, de como quería hacerla algo mejor, de como quería lograr que los aldeanos no vivieran preocupados por su fe y aterrados de aquello.
— ¿Qué? ¿Y nuestros planes? ¿La promesa que le hice a Chel de sacarla de aquí? — Su mente le dijo que no debería haber cuestionado tanto la situación y solamente aceptar, después de todo él también amaba esa ciudad, la amaba con cada parte de su ser, así como amaba a su omega, que tenía aquella mirada fiera puesta en su rostro.
— Los planes pueden cambiar, en un principio tú ni siquiera creías en esta ciudad — Comenzó a decir, tragando pesadamente, estaba completamente atento a todos los movimientos del alfa — Aquí seremos felices, los dos, además, el jefe ya sabe que sólo somos dos humanos, pero no le importa en lo más mínimo, porque la ciudad está bien con nosotros dos aquí, Tulio.
Miguel tenía un punto ahí, debía admitir, había comenzado a sospechar que el jefe en realidad sabía que ellos no eran dioses, pero que había preferido guardar silencio debido a que su pueblo iba mejorando, iba dejando de ser temeroso y, más importante aún, habían dejado de sacrificar gente por nada.
— Pero es lo que siempre quisimos, vivir ricos, en España, los dos juntos, sin tener que engañar a la gente y ser respetados — Ese era su lado alfa hablando, ese lado que había sido lastimado tantas veces, siendo opacado por ser un alfa delgado, pequeño, en comparación a los demás, que nunca fue respetado entre los de su clase, pero que con dinero si lo sería, vaya que sí.
— Eso es lo que tú siempre quisiste, Tulio, yo sólo quiero un lugar donde vivir y ya, estar feliz, contigo... y aquí soy feliz, viviendo en esta ciudad, sin las preocupaciones, enseñando cosas nuevas a todos, así es como de verdad soy feliz... — Aquello era lo que siempre lo había enamorado de Miguel, esa mirada soñadora que ponía, esas metas de vida, la búsqueda de la tranquilidad.
Al omega siempre le había dado igual como le dijeran o como lo trataran, siempre veía el lado amable de todo, de sus vidas juntos, de su unión, de todo, siendo que no pudo más que soltar una pequeña risa sin ganas.
¿Dejar algo que era necesario para su orgullo, como ir a una ciudad en la cual nadie era verdaderamente importante para él, para restregar lo rico que era y que nadie podría comprar nunca su fortuna? o bien quedarse con la persona que amaba, que había sido su compañero por los últimos años, que siempre buscaba sacarle una sonrisa y que viera lo positivo en todo.
La verdad era que no tenía que pensar mucho la respuesta para saber qué era lo que realmente deseaba, deseaba pasar su vida con su omega.
— Siempre has sido un maldito soñador — Una sonrisa cansada decoro su rostro, mientras miraba como el omega parecía darle una sonrisita nerviosa por toda la situación, recién ahora caía que había guardado mucho tiempo silencio. — Pero eres mí maldito soñador que no puedo dejar.
