Los personajes son de SM, la trama es completamente mía. NO AL PLAGIO.
Una dama de burdel
Cuerdas al cuello, flojas y resistentes
Angielizz (Anbeth Coro)
Muchas gracias por la espera, una sorpresa al final
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Cuerdas: al cuello, flojas y resistentes
Miércoles, 03:22
Siento como si el tiempo se me escurriera entre los dedos. Edward dijo que me daría los días que necesitara antes de iniciar la demanda. Hay tanto aun por arreglar, necesito asegurarme que seré capaz de cuidar a Charlie por mi cuenta. ¿De qué me servirá tenerlo si no puedo ser autosuficiente para él? No lo puedo arriesgar a eso. Lo amo lo suficiente para añadirle más semanas a nuestra separación.
Hay tres cosas que tengo que hacer antes de comenzar la demanda para recuperar a Charlie:
La primera es tener dinero, vender mis obras, pintar, conseguir clientes que quieran una pintura, ganar dinero con eso. Seguir pintando, vendiendo y ganando dinero. Necesito que la pintura, el legado de mamá, se convierta en mi arma para defenderme en el mundo exterior.
En segundo lugar, necesitamos encontrar a Eric. Donde sea que se haya escondido debe salir en algún momento, Edward no lo quiere de cómplice para hundir a Tía, quiere que pague las consecuencias de sus actos. Una parte de mí quiere eso, justicia; pero la mayor parte de mí sólo quiere mi vida de vuelta, en especial a Charlie. Mi hermano es todo lo que quiero.
Y finalmente, prepararme para confesarle mi pasado a Edward, y estoy convencida, cada día más, que mi pasado es incompatible con el futuro a su lado, así que también me preparo para despedirme.
No sé cómo será posible, pero mientras lo descubro planeo disfrutar mi vida a su lado.
—Tramposa —se queja Edward soltando el control del videojuego, me río mientras carga la siguiente partida.
—Gané con honor.
—¿Honor? Has estado escondida la mitad de la partida y la otra mitad empujándome, ¿cómo puedes llamarle una partida honorable?
—Nimiedades —le resto importancia a mis trucos para ganar.
—Y estás en ropa interior.
Sonrío.
—Lo que me recuerda que me debes una prenda por perder —le digo, pero Edward jala su último calcetín antes de quedar sólo en bóxer.
—Sabes que podríamos saltarnos todo esto e ir directo al sexo, ¿verdad?
Mi sonrisa se amplia.
—No si no ganas, porque yo sigo vestida. Además, tú fuiste el de la idea de jugar a esto —le recuerdo.
—No, fuiste tú.
Sonrío, bueno, tal vez es cierto. En mi defensa cuando gané la primera vez, me pareció un buen pretexto para ir desnudando a Edward, aunque esto nos ha tomado ya una hora de nuestro tiempo.
—Ven, vamos —digo poniéndome de pie y estirando mi brazo hacia él animándolo a seguirme. Frunce el ceño.
—¿Vamos?
—Sí, a la cama y luego seguiré pateando tu trasero en el Xbox.
Se ríe y niega mientras se cruza de brazos.
—Olvidalo, Bella, no tendré sexo contigo para que vengas a jugar videojuegos sin distracciones.
—Está bien —vuelvo a sentarme y tomo el control con mi atención en la televisión.
—Estás provocándome —descubre con cierto tono de asombro, le levanto una ceja y niego aunque mi sonrisa me delata como siempre.
—¿Yo? No, ¿por qué haría eso? —aunque mi tono falso es más que evidente.
Antes de que pueda reaccionar Edward me atrapa entre su cuerpo y el sillón sacándome una risa por la impresión. Sonríe como si estuviese ante un reto, no, como si se supiera frente a su presa, conocedor de cómo va a terminar este jueguito en el que nos empujé.
—¿Así que es más divertido jugar en la consola? —aprieto mis labios con fuerza para ocultar la sonrisa y asiento, tontamente valiente, Edward levanta una ceja y sus ojos azules se me clavan dentro de mí, qué digo, no necesito mucho para desearlo dentro de mí.
Mi mirada desciende al lunar de su cuello y luego baja por su pecho y abdomen desnudo, pongo mi mano encima del lugar donde se encuentra su corazón, pero en lugar de acercarlo, lo empujo y consigo saltar del sillón para alejarme de él.
Me rio tonta y locamente antes de salir corriendo hacia el pasillo. Sí, con ropa interior y calcetines puestos. Edward no me sigue, pero no me importa.
—Venga, aguafiestas. Mueve tu trasero y ven por mí —lo reto de nuevo. Dije antes que Edward tiene dos facetas en la cama, bueno, esta es la otra faceta de él. La que es capaz de cumplir una o dos listas de fantasías para darnos placer. Y tal vez hemos cumplido muchas cosas de mi lista: ya solo nos falta un museo, una biblioteca o una alberca para terminar con ella. Sin embargo no encuentro posible llevar a cabo mi lista a falta de un museo, biblioteca y alberca.
Por otro lado, Edward tiene una lista que no me ha querido decir, y que sólo me muestra mientras la lleva a cabo. Así que yo, a veces lo provoco y le quito el control que le gusta tener. Aunque a veces lo hago con estupideces, como esta.
Me quedo parada en el pasillo hasta que al fin aparece en el marco de la puerta de la sala de la televisión.
—¿Qué gano persiguiéndote?
—Yo creo que sabes qué puedes ganar, la pregunta en realidad es —y hago una mueca de disgusto como si estuviese considerando entre malas opciones— qué es lo que gano yo.
Edward amplía su sonrisa de cazador al acecho.
—Más vale que corras, Bella. Porque una vez que te atrape… —pero no dejo que continúe con su amenaza y corro. Soy consciente que el apartamento es grande, pero no es un laberinto ni tan amplio como para perderme. Mis opciones son muy limitadas. Así que grito a todo pulmón:
—¡Alexa apaga todas las luces!
Y un segundo después las luces se apagan, casi, porque entra por las ventanas la luz de la ciudad nocturna.
—Alexa, baja todas las cortinas —la voz de Edward proviene del pasillo. No pierdo tiempo en ver cómo se deslizan en silencio las cortinas hacia abajo. Me detengo un segundo, ¿desde cuándo mandó instalar las cortinas en el apartamento? Como sea, ese truco no me lo sabía, pero no me distraigo más y corro. Entro a nuestra habitación al tiempo que la oscuridad me rodea. Me guio al tanteo y estoy casi segura que estoy en el armario. Toco la pared y siento la madera de las puertas. Bien. Me guio hasta encontrar la puerta que da a la ropa colgada. Tanteo el suelo y me introduzco a la fuerza dentro del armario. Cierro la puerta tras de mí y espero, atenta a los sonidos que pudieran alertarme de la presencia de Edward.
—¿De verdad, Bella?
Me cubro la boca con fuerza para no reírme, termino mordiendo mi propia mano.
—¿Sabes lo que voy a hacer contigo cuando te encuentre?
Su voz está lo suficiente alejada para bajar la guardia, respiro lento y hondo para tranquilizar las ganas de reír o replicar a su pregunta.
—¿Lo sabes? —pregunta y noto un ligero cambio en el tono de su voz.
Escucho sus pasos más cerca, retraigo mis piernas contra mi pecho mientras aprieto con fuerza mi boca y dientes.
Las luces se encienden.
—Eso es trampa, Edward —abro la puerta del armario para quejarme, pero no es Edward quien está de este lado.
—¿Lo sabes? —pregunta el hombre con el tatuaje de serpientes alrededor de su cuello—, Alexa, apaga las luces —la oscuridad me rodea por completo y siento el hielo y el fuego quemándome la piel cuando sus manos grandes aprietan mi garganta—. Una vida o tu cuerpo.
Me despierto jadeando por aire.
Es solo un sueño, es solo un sueño. Una maldita pesadilla más, me repito.
Sábado, 19:10
Cuelgo la videollamada con Charlie, le llamo todos los días por una hora completa, sin falta, pero sé que eso jamás será suficiente para mí o para él.
—Te manda saludos Charlie. No sabía que le diste la cuenta de Disney.
Edward está preparando algo de cena, parecen camarones. Me siento en el banco para no estorbar en su proceso culinario.
—No veo caricaturas ni películas infantiles. Creí que él podría darle mejor uso.
—Eso es muy lindo de tu parte.
Edward sonríe aunque sin levantar la vista de la comida que prepara, espero a que termine de sacar camarones del aceite para volver a llamar su atención.
—Tenías razón sobre Tía —ahora sí, sus ojos van a mí y puedo ver mi propia preocupación reflejada en su rostro.
La mujer que nunca estuvo con nosotros mientras mis padres vivían es una completa desconocida. Le he dado a mi hermano a una extraña por engaños y no me quedan dudas que los motivos para que no tuviéramos contacto con ella fue por nuestro bien. ¿Quién es Tía? Edward quiere que todo siga como antes, llamadas a Charlie a la hora de siempre, mi pago a ella de manera puntual, evitar estar en contacto directo con Tía como hice siempre. Nada puede ser modificado.
Aunque Tía acaba de cambiar las reglas del juego, Edward tenía razón respecto a un punto: ella iba a querer más.
Y quiere más dinero a cambio de tener llamadas con mi hermano.
—¿Cuánto?
—Casi el doble de lo que le daba.
—Dame su cuenta de banco, lo transferiré desde la mía.
—Tengo el dinero para… —pero la mirada de Edward me indica que no siga por ese camino, así que corta mi oración de manera abrupta—. Gracias.
—¿Te dijo para que quería el dinero?
—Dice que no le alcanza lo que le doy.
—¿Grabaste la llamada? —asiento. Edward quería reunir tanta evidencia en contra de Tía como fuera posible, así que me hacía grabar cada llamada que tuviera con Charlie, y hasta el momento esta parecía ser la llamada más relevante para nuestra recolección de evidencia que llevábamos.
—Amenazó con vender el celular de él y su computadora nueva.
La preocupación de Edward se convierte en enojo, aunque él tiene un mejor dominio en sus expresiones porque consigue quitar la ira de su rostro para sustituirla por una sonrisa reconfortante para mí.
—Eso no va a pasar, en cuanto termine de preparar la cena le depositaré el dinero —observo lo que prepara, tiene un bol lleno de verduras al vapor y pasta, incluso preparó un flan.
—¿Lo hiciste todo esto tú en una hora? —sonríe presumido.
—El postre lo hice en la mañana.
—¿Cuándo?
—Mientras pintabas —se encoje de hombros para restarle importancia.
Vuelvo a mirar la comida, no puedo evitar estirar mi mano hacia el flan en el centro de la barra.
—¿No crees que es mucho para dos personas?
—Vendrán Carlisle y mamá a cenar.
—¿Volvieron de su viaje? —asiente.
—Será una buena oportunidad para mostrarle tus pinturas a Carlisle, a él le gustan las pinturas, tiene su biblioteca llena de libros y cuadros, aunque la mayoría fueron un regalo de Diana cuando se mudó aquí.
Levanto una ceja.
—¿Un regalo de Diana?
¿Cuándo se mudó aquí? ¿A su apartamento? ¿Por qué no lo he escuchado hablar de ninguna Diana antes?
Gira sobre sus talones hacia el refrigerador en lugar de responder.
—¿Quién es Diana?
Lo acorralo siguiéndolo.
—Eres encantadora en tu pose celosa —comenta mientras me pasa por un lado con una jarra de agua fría.
—No, no lo soy —me cruzo de brazos.
—No, no lo eres —admite y abro mi boca indignada haciéndolo reír—. Diana, nuestra vecina.
¿Nuestra vecina? Debe ver la confusión en mi rostro porque hace el favor de aclarar:
—Diana era vecina de mis padres y se mudó aquí al morir su esposo. Su apartamento es como un museo, pero no tan grande como su anterior casa así que muchas de sus obras se las obsequió a Esme.
Señalo hacia la puerta.
—¿Esa Diana?
—Sí —frunce la nariz.
—No puedo creerlo.
—Dejó la pintura cuando murió su esposo. Ahora es crítica de arte y tiene un par de galerías en la ciudad.
Mucho peor.
—Pero es rica.
—Ridículamente rica, su esposo también lo era.
—Si tu inspiración de ser mi inversionista es esa arpía entonces no va a funcionarte —se ríe ignorando el tono molesto e infantil de mi voz.
—Vaya, ¿con que arpía? ¿dónde tenías escondidas tus garras todo este tiempo?
Doy un paso hacia atrás. Algo debe ver en mi expresión porque se calla. Aclaro mi garganta antes de animarme a hablar.
—Iré a cambiarme —anuncio sin permitir que diga nada más y salgo de ahí como si me hubiese amenazado con lanzarme fuego.
Me encierro en el baño de la habitación, con mi espalda contra la puerta, me deslizo hasta quedar sentada en el frío piso, respiro despacio para controlar mis emociones. Fue una coincidencia, una estúpida coincidencia.
—Baila, gatita.
Sacudo mi cabeza alejando el recuerdo hasta el fondo. Eso está en el pasado, toda esa vida está en el olvido. Siento como si me ahogara y no pudiera salir a flote.
Mis brazos encierran mis rodillas y me abrazo con fuerza, pongo mi mano encima del lugar donde está el dispositivo. Como si estuviera marcada bajo la piel. No, no es así, es un método anticonceptivo y ya, aunque yo sé porqué tengo eso y la finalidad.
—Mis chicas son una inversión, y no me gusta perder a causa de un embarazo que pudo evitarse.
Lo decía como si fuéramos objetos sobre los cuales pudiera decidir. Pensar en Don hace que se me erice la piel, pero también me lleva a esos últimos días en el burdel. Edward apareció justo a tiempo a mi vida. Comía cinco días de los siete, esas últimas semanas, para que el dinero a Tía y Don me alcanzara. Solo una vez al día y no más que un insatisfactorio emparedado. Y dos días a la semana me limitaba a engañar a mi hambre con pedazos de hielo. Don sabía lo jodido de mi situación, por eso cambió el día de mi show a un día entre semana para que las propinas fueran menores. Podía sentir su mirada sobre mí como si estuviese pesando mi determinación a seguir firme con mi elección. Y cuando eso no me hizo ceder entonces redujo mi tiempo en el bar. Dijo que no necesitaba tantas meseras y yo era la que lo hacía ganar menos.
Así fue como mi horario laboral cambió en lugar de trabajar de nueve de la noche a seis de la mañana, pasé a trabajar de diez a cuatro. En lugar de bailar los viernes me cambió a los jueves. Redujo mis ganancias tanto como le fue posible. Y sus miradas sobre mí aumentaron. Yo lo sabía y él también, sólo era cuestión de tiempo.
Caminaba sobre una cuerda floja en la que mi hambre y las deudas estaban tirando de mí hacia abajo, me sujetaba con fuerza de esa cuerda imaginaria pensando en Charlie, sólo en él. Eso hacía lo otro desaparecer. Pero no ese último baile, no esas ultimas noches. Sentía la puerta de salida cerrándose para siempre y no tenía idea de cómo escapar de ahí. No con esa deuda a Don.
—Sólo tengo esto —le dije pasándole los billetes cuando me pidió pagar un abono a su deuda.
—Eso no alcanza, gatita.
—Necesito más horas.
—Lo que necesitas es dejar de ser tan cabeza dura, Becky —y diciendo eso caminó de su lado del escritorio a pararse a mí lado para sujetarme la cara a la fuerza, aplastando mis labios con su pulgar. Sacudí mi cabeza y me puse de pie para mantener la distancia haciéndolo reír—. Te trataré como mereces, gatita. Es un acuerdo extraordinario, aquí nadie más tiene estas consideraciones.
Y en mi desesperación recuerdo haberlo considerado, por supuesto que lo hice. Tenía hambre y deudas enormes. Miré su cicatriz en la cara, sus tatuajes, las arrugas de su decrépito rostro, su cuerpo grande y pesado, y luego me imaginé cediendo a su propuesta.
Salí corriendo de su oficina y luego fui a dar mi maldito show. Más asustada por el rumbo de mis pensamientos que de sus palabras. Tuve su mirada sobre mí todo el tiempo, porque sólo tenía dos opciones: pagar con dinero o con mi cuerpo.
Y entonces me deshice del estúpido traje de latex ante la mirada de los clientes mientras bailaba. Bailé desnuda fingiendo que llevaba ropa, pero cuando volví a los camerinos con todos esos billetes en la mano no pude hacer más que sentirme molesta conmigo misma y habría vomitado de asco si no hubiese tenido el estómago vacío.
Cuando conseguí tranquilizarme le llevé todos los billetes a Don para pagar lo correspondiente de esa semana. Aceptó el dinero, pero su mirada en mí no cambió.
—¿Dónde tenías escondida tus garras todo este tiempo?
Me tenía que repetir mi razón para no ceder, ya no por lo moral, ya no por lo emocional, o mi nula atracción hacia él. Mi única motivación para rechazarlo se limitaba a una: Charlie. Resignarme a esa última alternativa me iba a alejar de Charlie para siempre y jamás saldría de ese mundo.
¿Salí verdaderamente de ese lugar? Físicamente sí, mentalmente sigo atrapada.
Y ahora tengo que volver a él, en algún momento. Porque esa deuda sigue existiendo y creciendo. Jamás seré libre hasta que pueda eliminar el riesgo de ser encontrada por Don. Necesito dinero y mientras no tenga ese dinero no podré contarle a Edward. O tal vez eso me digo para ganar tiempo extra.
Me pongo de pie y lavo mi cara con agua fría. Soy Bella, le digo a mi reflejo intentando convencerme. Nunca más seré ella, eso está en el pasado. Cepillo mi cabello, pongo un poco de labial en mis resecos labios y luego elijo un vestido bonito para cenar. No voy a permitir que mi pasado estropee mi presente. No aún, por lo menos.
Cuando salgo de la habitación, los padres de Edward están en la sala conversando con él. Apenas me ve entrar, Esme se levanta y va a recibirme con un abrazo.
—Edward dijo que no era necesario llamarte, pero quiero decirte lo agradecidos que estamos por haber sido tan valiente en la fiesta y sobre todo, perdonar la estupidez de mi hijo.
Edward sacude su cabeza con una mueca de indignación.
—No fue nada. Después de todo lo que ha hecho por mí, merecía que lo dejara contarme su versión de la historia.
—Seguro que aprendió la lección de eso.
—No habrá más exprometidas escondidas, ¿verdad? —bromeo mirando a Edward con una ceja levantada. Se ríe en lugar de responder con palabras.
—Y quizás, un pajarito, me contó que estuvo aquí Ernesto —toma mis manos entre las suyas—. Cuando el alcohol y él no están en la misma habitación es un buen hombre. Pero Ernesto borracho es un idiota al cuadrado, así que ¿puedo pedirte que olvides esa mala experiencia?
La última persona que esperaba que intercediera por Ernesto era ella. Y debe ver mi confusión porque me sonríe maternal apretando mis manos entre las suyas.
—Ernesto no sabe demostrar su amor del modo correcto, y a veces tiene una manera retorcida de pensar en lo mejor para su hijo.
—El que está sentado aquí —dice interrumpiéndola Edward, pero ella lo ignora y continua hablando como si él no estuviera presente.
—Carlisle me aseguró que Ernesto no volverá a ser un problema para ustedes. De hecho, si hoy estamos aquí es porque creo importante aclarar esa situación para el futuro.
—No creo que Carlisle te haya contado entonces la historia por completo —le dice Edward a su madre.
Esme mira hacia su hijo.
—Lo hizo, también lo hizo tu padre. Es importante para todos ser una familia unida, Edward. Es lo que Carlisle quiere, es lo que yo quiero y Ernesto también lo quiere. Prometió disculparse con ambos.
—¿Por qué? —pregunta Edward entrecerrando sus ojos ante las palabras de Esme, ella suelta mis manos para ir a sentarse al lado de él.
—Porque es tu padre… y está enfermo.
—Lo sé, su problema es el alcoholismo.
Esme mira a Carlisle que se inclina hacia adelante antes de hablar.
—Y el cáncer. Su problema ahora es el alcohol y el cáncer, Edward.
—Si Ernesto se inventó una enfermedad para justificar sus motivos entonces —pero la voz de Edward se pierde mientras ve el rostro decaído de Esme.
—Él lleva algunos años con tratamientos. Va y vuelve. Pero esta vez el tratamiento no está funcionando como debería, van a pasar a las quimioterapias y tú sabes que eso será más agresivo —le explica su madre.
—¿Años?
—Tres.
—¿Y tú lo sabías?
Esme niega despacio.
—Carlisle y yo estamos convencidos que necesitas recuperar la relación con tu padre. Y sé que Bella será un apoyo para ti, por eso hemos querido verte antes. Ernesto es demasiado orgulloso para pedir ayuda.
—¿Para eso quería el dinero?
—No… su empresa sí está pasando por una mala racha. Va a darle el control a Alice de ella.
—Alice no quiere tener nada que ver con él.
—Y es posible que ella no acepte eso, pero es su voluntad.
—¿Ella lo sabe? Porque mi hermana jamás…
—Edward —Esme corta la oración de él sujetando su cara para que la mire—. Él está enfermo y necesita cerrar sus asuntos sin resolver. Vendrá aquí cuando se recupere, ayer comenzó de nuevo el tratamiento y está en el hospital. No quiere que lo veas así, pero quería que habláramos contigo de esto.
—No puedo creer que lo defiendas después de todo lo que ha hecho.
—Mi amor… Ernesto tiene un modo incorrecto de demostrar su amor y su enojo, pero puedo ver lo que ha hecho por amor a ti. Él siempre ha sido un padre para ti, jamás faltó a visitarte y nunca dudó en darte lo mejor que pudo.
—¿Y Alice? ¿Puedes decir lo mismo de ella?
—Mi resentimiento a él, me permitió dejar que se apartara de tu hermana. La culpa es de ambos. Alice tiene un padre, y es Carlisle, pero ella merece cerrar esa herida también.
Carlisle estira su mano hasta tocar la pierna de Edward.
—Te dije antes que no estaba seguro acerca de qué prefería, si la distancia de tu padre como lo hizo con Alice, o su relación sin constancia contigo. Ahora lo sé. Tienes una vida de recuerdos con Ernesto, y tu hermana es una adulta para decidir por su cuenta, pero tal vez se da cuenta que necesitaba conocerlo cuando sea demasiado tarde.
—¿Estás aquí porque quieres que la convenza?
—No. Estamos aquí porque queremos que perdones a tu padre. Y sé que Bella te hará recapacitar sobre esto —responde Esme con firmeza y dulzura posando esta vez sus ojos en mí.
Edward me mira después de ser solo un tercero silencioso en la conversación.
—Él no va a volver a acercarse a ella —decreta Edward con voz firme.
Carlisle clava su mirada en mí esperando que hable. Siento mis piernas temblar hasta que alcanzo a llegar al lado de Edward, me siento a su otro lado tomando su mano entre las mías.
—Me habría gustado una despedida con mis padres. Tendrás esa oportunidad, Edward —le doy un ligero apretón—. No puedes desaprovecharla, tendrás mucho más que eso. Tendrás tiempo extra con él. Lo que ocurrió fue culpa del alcohol. Odiaría pensar que te negaste a estar en buenos términos con él por una discusión que fue también mi culpa.
—¿Luego de lo que hizo?
—No fue él —le dice Carlisle y noto que hay un dialogo silencioso entre ambos hombres del que no somos parte—. Lo hablaremos después —es todo lo que dice Carlisle.
—¿Podrías prometerme que intentaras perdonarlo? —le pide Esme tomando su otra mano.
Edward vuelve a mirarme, sus ojos azules se ven ahogados en un color rojo de lágrimas contenidas y me destroza verlo así.
—Yo voy a estar contigo —le prometo pasando mi mano por encima de la barba de su mejilla. Si de mí dependiera esta promesa la cumpliría por él. Pero no depende de mí, sin importar cuánto lo desee.
Viernes, casi una semana después, por la noche en un restaurante.
La enfermedad de Ernesto hizo que el ánimo de Edward se viera notoriamente afectado. Ya fuera que su relación con su padre no fuera buena y que mi opinión por el hombre tampoco fuera del todo positiva, no dejaba de ser su padre. A veces me parecía que Edward no estaba aquí, sino en su cabeza.
—¿Qué dijiste? —me preguntaba de pronto y yo tenía que repetir mis palabras, a veces en realidad tenía que inventar mis palabras porque llevaba un rato solo mirándolo en silencio.
A mitad de la semana le propuse ir a ver a su padre, Esme dijo que estaba hospitalizado tras su tratamiento y lo tenían en revisión, no era nada grave de lo cual preocuparse, medidas que Carlisle había insistido en que se llevaran a cabo. Edward me contó que la primera esposa de su padre murió de cáncer, así que podía entender la experiencia de Carlisle sobre el tema.
—No creo que sea buen momento para alterar a mi padre —fue la excusa que usó Edward para negarse. Puede que Edward tuviera razón y fuera buena idea evitar una discusión entre ellos, pero también era posible que sólo fuese una excusa para alargar lo inevitable.
No podía imaginar una conversación más difícil que la que se llevaría entre padre e hijo sobre su enfermedad terminal, y podía entender lo poco dispuesto que estaba Edward de anticiparse a eso.
Así que fue una semana difícil, para ambos.
Mis pesadillas seguían sin darme tregua y bajo mis ojos eran ya notorias las ojeras. Tenía miedo de ir a dormir. Antes podía contar mis pesadillas: eran siete. Ahora tenía una nueva cada noche, lo que las volvía más aterradoras y a la vez imposibles de predecir. Despertaba con el corazón bombeándome con fuerza en las mejores noches. Y en otras despertaba con lágrimas en mis mejillas.
Una madrugada desperté y me encontré con que Edward estaba despierto también.
—¿Te desperté? —me preguntó y por su semblante y sus ojos bien abiertos supe que llevaba rato despierto.
—Fue un sueño —le resté importancia sentándome—. ¿Y tú?
—No puedo dormir.
Éramos un terrible equipo. Yo tenía pesadillas, y él padecía de insomnio. Pero no había nada qué hacer al respecto. Así pasaron los días, de noche no podía dormir bien y de día mataba las horas concentrada en pintar, pintaba tanto como podía. Fue por eso que hoy por la mañana le llamé a Rose para decirle que su cuadro estaba listo.
Dijo que Emmet iba a coordinarse con Edward para la entrega, añadiendo de favor que lo envolviera para que fuese una sorpresa.
—¿No quieres asegurarte antes que sea de tu agrado? Podría hacer modificaciones o corregir detalles.
—Alice dijo que iba a gustarme, confío en su criterio, así que sé que lo hará.
Volví a intentar convencerla de ver el resultado, pero volvió a negarse.
—Emmet te dejará el dinero cuando pase por él, muchas gracias por tu ayuda Bella —y sonaba agradecida al teléfono.
Asi que para cuando Edward regresó al apartamento esta tarde, ya tenía envuelto el retrato de Rose y Emmet.
—Felicidades —dijo al llegar—. Emmet me llamó para contarme que el cuadro está listo. Tenemos que celebrar esto.
—¿En serio? No tenemos qué salir si no estás de humor para eso.
—Vamos, necesitamos un respiro y tu primera venta merece una cena.
Fue por eso que Edward me invitó a cenar a un restaurante bonito al aire libre de hamburguesas, lámparas colgadas de los árboles y velas en la mesa como única iluminación amenizaban el lugar, un punto intermedio entre lo elegante y lo casual, una mezcla perfecta de los dos. Sin darnos cuenta pasamos ahí casi dos horas y media platicando más que comiendo.
Una vez terminamos, cruzamos la calle para caminar en el parque frente al restaurante. Es de noche y hay luna así que es una noche iluminada.
—¿Mascotas? —hago otra pregunta para conocer más detalles sobre él, porque resulta que en realidad no sé tanto como quisiera.
—Tuve un conejo de niño, a mi papá le gustan los gatos así que tuve varios gatos en su casa mientras crecía.
—¿Qué pasaba con ellos? —pregunto temiendo una historia triste detrás. Por suerte, la sonrisa de Edward elimina esa posibilidad.
—Escapaban. Una vez tuve tres gatos al mismo tiempo porque dos de ellos regresaron poco después de que papá me compró el tercero —me doy cuenta que esta es la primera vez que lo oigo hablarme de su infancia con su padre, y descubro que no es terrible como había pensado. Alguien que sustituye una mascota por otra no podría ser malo—. A Carlisle le gustan los perros, no los gatos, así que con él tuvimos dos, pero murieron hace unos años. ¿Y tú?
—Peces. A mamá le daban alergia los animales. Así que consentían que tuviera peces, personalmente son mascotas muy aburridas.
—Sin paseos al parque, pero sin los problemas de perder mascotas. ¿Y nunca quisiste tener perros?
—Muchas veces, claro. Pero no era uno de esos temas en los que ellos fueran a ceder, por las alergias. Aunque una vez tuve una tortuga de tierra, que dejé un minuto libre en el patio y desapareció —pasa su brazo por mi espalda acercándome a él, mi piel fría lo agradece.
—¿Y qué tipo de perros te gustaría haber tenido?
—Cualquiera. Tenía este sueño bobo de niña de tener una casa con un patio tan grande que pudiera convertir en un refugio de animales. Ahora entiendo que para eso se necesita tener mucho dinero para despilfarrar en croquetas.
— Y mucho tiempo para limpiar —añade.
—No era un buen plan —admito.
—No es que piense en un refugio de animales, pero la casa que tengo aquí tiene un patio lo suficientemente grande para tener uno o dos perros.
Sonrío.
—¿Qué perro te gustaría tener a ti?
—Alice tiene dos perros rescatados de la calle.
—Lo sé, son pequeños, no te veo con uno de esos.
—No, yo tampoco. Bueno, mi hermana es de la idea de no comprar animales y darles un hogar a los de la calle, pero a mí sí me gustaría un perro como un pastor alemán o un labrador o algo por el estilo.
—Bueno, siempre puedes fingir que lo encontraste en la calle.
—No es un mal plan —acepta.
—No, no lo es.
—Entonces… he estado pensando en que tengo una casa y un apartamento en venta que no puedo mostrar mientras viva ahí, así que creo que podría contratar una mudanza para que mueva todos los muebles a la casa en un par de semanas y mientras podríamos ir a pintar el lugar.
Respiro lentamente por la nariz y exhalo también por la nariz para controlar mis emociones.
—Es —aclaro mi garganta— es un buen plan. Y después podrías elegir a un cachorro. ¿Conoces un criadero o alguien que venda perros? —intento regresar al tema anterior, a uno más seguro, uno que no implique pensar demasiado que tengo un par de semanas más con Edward. Dos semanas debería ser suficiente para encontrar un apartamento, siempre puedo reconsiderar la invitación de Ángela a vivir con ella como última instancia—. También puedes conseguirlo por internet.
Siento mi piel llenarse de ligeros piquetes mientras lucho con mis alborotados sentimientos, pero los ignoro y sigo manteniendo la calma, pasos cortos al lado de Edward y mirando hacia el frente para evadir sus ojos. Me concentro en el tacto de la piel de su mano contra la mía.
—Cuando me mudé al apartamento contraté una diseñadora de interiores, hice lo mismo con la casa en la playa, pero eso se siente impersonal. Lo único que pedí para el apartamento fue algo azul, elegante y moderno, siempre me pareció un poco frío. Y para la casa en la playa pedí algo colorido, cómodo y cálido, pensando que iba a gustarme más y me parece demasiado cálido.
Sonrío. Porque entiendo a lo que se refiere.
—¿No enviaste fotos sugiriendo lo que te gustaba?
—No soy creativo, soy práctico, por eso los contraté a ellos.
—¿Y qué estilo te gustaría para tu nueva casa? —intento aferrarme a lo seguro, me está pidiendo ayuda para arreglar su nueva casa, él es práctico, yo soy creativa. Es práctico considerar a una persona creativa que te conoce para diseñar el interior de la casa. ¿No he estado fantaseando con los cambios que podría hacerle a su apartamento por días? Ayudarlo a hacer esto es un buen plan.
—Es una casa grande, entonces… —detiene sus palabras y sacude su cabeza—, la verdad es que no tengo idea. Podríamos ir el siguiente fin de semana, para que la conozcas, porque esta semana van a terminar con unas remodelaciones que estaban pendientes y entonces podrías echar a volar tu imaginación con el lugar.
Asiento. Es un buen plan, es una propuesta de trabajo interesante y será un buen reto. Será mi manera de devolverle toda su ayuda de esa manera: hacer que su casa sea un hogar para él. Puedo darle eso.
—Sólo espero que no seas un cliente muy demandante —bromeo.
Edward se detiene y jala ligeramente mi brazo para acomodarnos frente a frente.
—Esto no te lo estoy pidiendo como un cliente —dice con su voz suave aunque segura, me mira directo a los ojos imposibilitándome rehuirle.
—Claro —me apresuro a decir—, jamás se me ocurriría cobrarte esto. Quiero hacerlo.
—No, no lo estás entendiendo.
—Uh… ¿Quieres solo que te dé ideas para la diseñadora de interiores?
Niega con su cabeza.
Se me llenan los ojos de lágrimas al comprenderlo, por supuesto. Yo no puedo dejar de fantasear con el futuro con Edward y ahora sé que él también lo imagina conmigo. La diferencia entre nosotros es que yo detengo esos pensamientos porque los sé imposibles. Edward no, él hace planes a corto plazo para llevarnos a ese futuro. Ese futuro imposible.
Paso saliva mientras niego despacio.
—No puedo mudarme contigo, tengo que pensar en Charlie —me aferro a la respuesta más sencilla y real—. Necesito conseguir un lugar para cuando él viva conmigo.
—Lo sé —admite.
—Sería más triste para ambos irme de tu casa cuando consiga la custodia, que conseguir un lugar antes de que te mudes. Ángela dijo que podía vivir con ella, tengo a donde ir. Así que no tendrás que estar preocupado por mí. Tú y yo podremos seguirnos viendo. Es una nueva etapa para ti y sé que cuidar de Charlie será un gran reto para mí, pero al menos ahora sabemos que ya no estropeo la comida.
¿No es esa una respuesta honesta y madura? Madura sí, ¿honesta? No del todo.
—Sé eso, Bella.
—Entonces sabes que tengo razón.
—No, no la tienes.
Ruedo mis ojos y los llevo al lunar en su cuello evitando su mirada, pero no me permite esquivarlo, así que sujeta mis mejillas con sus manos mientras sus pulgares se encargan de quitar las lágrimas que se deslizan por mi piel.
—Sé que cuidar a Charlie será más difícil que verlo unas pocas horas por una semana o más difícil que el fin de semana que estuvo aquí. Y sé que requiere ciertas atenciones extra por ser un niño, y que implica gastos, escuela, hospital, medicamentos, ropa, obligarlo a hacer su tarea, berrinches eventuales, lo sé —dice. Cielos, yo ni siquiera he considerado nada de eso. ¿Cómo voy a cuidar de él? No dejo que el miedo aparezca. Ya descubriré cómo, maldita sea. Tengo veintidós años, ¿cómo voy a criar a un niño si apenas estoy terminando de salir de mi propia crianza? Edward le da unos golpecitos a mi nariz con la suya—. Tienes esa cara de pánico.
—Yo… bien yo… tal vez no he pensado en todos esos detalles, pero me iré adaptando a Charlie. No es un niño complicado.
—No, no lo es. Aunque luego viene la pubertad, y la adolescencia.
Boqueo un par de veces sin obligar a las palabras a salir.
—Lo que digo es que comprendo el tipo de cambio que tendrá tu vida una vez tengas la custodia de tu hermano.
—Entonces entiendes que buscar un lugar por mi cuenta facilitaría mucho esta transición.
Niega con su cabeza.
—No estoy diciendo que no puedas hacerlo por tu cuenta. Digo que quiero hacerlo contigo —se atora el aire en mis pulmones. Pongo una mano encima de cada mano suya que está encima de mi mejilla. ¿Por qué tiene que ser tan bueno?
—Edward.
—No será diferente a lo que tenemos, solo será en un nuevo lugar.
Disfrutar el momento, solo el aquí y ahora. Miro el mar cálido de sus ojos que no se despegan de los míos. Asiento varias veces antes de que una tonta risa salga de mis labios.
—¿Nada de azul en las paredes?
—Por favor, no —sonríe y yo me cuelgo de su cuello antes de llenarlo de besos, engañándome con que tengo una oportunidad de vivir la vida que deseo a su lado. Pero por esa noche y por el resto de días me prometo que lo haré, que tendré esa vida, sin importar la duración.
Muchas gracias por leer.
Hoy doble actualización, subiré el siguiente en una hora (afinando detalles)
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¿Qué te pareció el capítulo?
¿Ahora ya entiendes porqué Bella tiene miedo de contarle la verdad a Edward?
