Capítulo 1
A pesar de aquel rumor que había cambiado por completo su vida, se levantó exactamente igual que todas las mañanas cuando sonó el despertador a las siete. El despertador de los niños sonaría media hora más tarde. A su lado, Inuyasha se removió, molesto; siempre había odiado madrugar. A continuación, se levantó sin decir una sola palabra, cogió ropa interior limpia de su mesilla y fue al cuarto de baño. Aprovechó su ausencia para abrir las ventanas y hacer la cama.
Cuando Inuyasha salió del cuarto de baño, entró ella. Se recogió el pelo en la coronilla con un pasador, se desnudó y se dio una rápida ducha. Al volver a salir de la ducha mojada y con la piel roja por el agua caliente, se vio en el espejo con pesar. ¿Qué podría ver Inuyasha en ella? Su cabello ya no lucía tan hermoso como antes. Hacía mucho tiempo que no se depilaba las cejas y empezaba a alarmarle el aspecto que tenían. Nada de maquillaje nunca, ni usaba una crema hidratante tan siquiera para cuidar su piel. Aunque, claro, su cuerpo se llevaba la palma… Los pechos enormes y caídos después del embarazo, la cintura inexistente, el enorme flotador en su barriga y las piernas celulíticas. ¿Por qué aparentaba más de cuarenta años?
Cogió el chándal y se vistió evitando mirarse. Ya se había mirado demasiado y el reflejo no había cambiado por más que deseara ser la mujer que una vez fue. Le gustara o no, iba a tener que conformarse con lo que tenía y eso no era mucho. No era justo que condenara a Inuyasha a pasar el resto de su vida con alguien tan carente de atractivos como ella…
Al salir del cuarto de baño, lo encontró abrochándose los puños de la camisa. Apenas la miró y siguió con sus cosas. Justo antes de salir, le vio coger su mejor colonia. ¿Por qué se echaba esa colonia que ella le había regalado con todo el cariño del mundo? ¿Se la ponía para la otra? ¿Quería impresionarla? ¿Cómo no pudo fijarse en que últimamente Inuyasha se esmeraba más que de costumbre por tener buen aspecto? A medida que él se volvía más atractivo, el bajón de ella se hacía más patente. Y lo peor de todo era que ella tenía treinta años e Inuyasha treinta y seis. ¡Él era el mayor!
Los despertadores sonaron en los cuartos de los niños. Se habían acostumbrado a una rutina muy poco flexible para organizarse. Nada cambiaba ninguna mañana. Abrió las puertas de los dormitorios de los niños y los apremió para que se fueran levantando. Los niños se quejaron, tal y como solía hacer su padre, y tardaron más que él en levantarse. Hikari fue al cuarto de baño del pasillo a asearse y Setsu fue al de su habitación, donde Inuyasha lo ayudaría. Setsu aún era pequeño para apañárselas solo.
Aprovechó para ventilar sus habitaciones y ponerse a hacer las camas nuevamente. Primero hizo la de Hikari. Su habitación era rosa: adornos rosas, cortinas rosas y sábanas y colchas rosas. A su hija le gustaba que absolutamente todo fuera rosa. Si no llevaba puesto algo rosa, se negaba a salir, así que tenía un montón de complementos y de ropa rosa. Se parecía a ella de niña. Tenía su pelo, el color de su piel, su nariz y su mentón. Únicamente había heredado de su padre sus preciosos ojos ambarinos. Hacía mucho que dejó de depender de ella aunque solo tenía siete años.
La habitación de Setsu era todo lo contrario a la de su hermana. Allí parecía que habían explotado un montón de cubos de pintura para formar un collage de diferentes colores y texturas. Setsu siempre iba muy desconjuntado y combinaba colores imposibles, pero no había forma de convencer al niño para que se vistiera en condiciones. Era igual de testarudo que su hermana. Setsu se parecía más a Inuyasha en todo. Todavía no había rasgos de ella en él; a esas alturas, ya no los vería nunca. A sus cuatro años ya empezaba a distanciarse de ella, como hizo una vez Hikari.
En el fondo no le extrañaba. Era mala esposa y una mala madre. ¿Cómo pudo fallar a su familia a tantos niveles? No le extrañaba que su marido se refugiara en los brazos de una cría de instituto. ¿Cuánto tardarían sus hijos en retarla? Ella no era como las demás madres. Se pasaba el día encerrada en casa, limpiando. Solo salía los viernes por la tarde cuando Inuyasha la llevaba a hacer la compra al hipermercado; aquel era el momento más excitante de toda la semana. No imaginó su vida de casada de esa forma cuando se unió a Inuyasha en matrimonio; había esperado algo muy diferente.
Bajó a la planta baja y se dirigió a la cocina para preparar el desayuno. Inuyasha tomaba siempre café solo y tostadas con una capa de mantequilla derretida y una pequeña capa de mermelada por encima. Hikari tomaba zumo de naranja colado, leche desnatada caliente y galletas integrales. Tuvo que comprarle esas dichosas galletas integrales para que comiera algo. Setsu desayunaba tortitas, zumo de naranja y leche con cacao. ¿Por qué tenía que preparar un desayuno diferente para cada uno?
Cuando apenas había colocado el último vaso sobre la mesa, todos bajaron a desayunar en manada. Inuyasha se sentó con el periódico y se tomó el café sin prestar la más mínima atención a nada más, como todas las mañanas. Siempre tenía que pelearse ella sola con los niños para que tomaran el desayuno. No era de extrañar que la odiaran. Ella era la única bruja que les gritaba en la casa.
Enfadada con Inuyasha por su actitud pasiva, le puso el babero a Setsu para evitar que tuviera que volver a cambiarse de ropa y le cortó las tortitas. Mientras hacía eso, Setsu derramó el zumo.
— ¡Setsu! — le riñó.
Tomó la bayeta para limpiar el estropicio, volvió a llenarle el vaso y continuó cortándole las tortitas.
— No quiero más.
Hikari solo había comido dos galletas integrales y medio vaso de zumo de naranja.
— Apenas has probado el desayuno. — observó — Cómetelo todo.
— No quiero.
¿Por qué era tan cabezota? Terminó de cortar las tortitas de Setsu y se volvió hacia su hija para encararla en condiciones.
— Tienes que comer. — insistió — Necesitas energías. El desayuno es la comida más importante del día.
— ¡No!
Masculló una maldición y se volvió hacia Inuyasha, esperando ayuda. Seguía concentrado en el periódico, totalmente ajeno a la discusión madre e hija. ¿Acaso estaba sordo? ¡Cómo odiaba ese maldito periódico! Todas las mañanas Inuyasha la dejaba de lado por él. Él también era parte de esa familia, ¡tenía que ayudarla!
— Hikari cómete eso ahora mismo.
Se cruzó de brazos, impasible ante la mirada desafiante de su hija de siete años.
— No quiero. — volvió a repetir.
— ¿Por qué no? — intentó ser diplomática — ¿Acaso ya no te gusta? Puedo prepararte otra cosa…
— Sí que me gusta.
— Entonces, ¿cuál es el problema?
Se lamentó de haber hecho esa pregunta. Su hija le dirigió un riguroso examen físico con tal mirada de desprecio que tuvo ganas de llorar.
— No quiero ponerme tan gorda como tú.
Aún no sabía de dónde sacó la entereza para mantener las lágrimas a raya. Buscó la mirada de Inuyasha, avergonzada, intentando averiguar qué pensaba él al respecto. Ni siquiera la miró. Seguía concentrado en su periódico, y no había escuchado nada. Desearía que fuera un buen marido, se levantara y regañara a su hija por decirle semejante cosa a su madre. No obstante, él seguía abstraído en ese mundo que había inventado solo para él y en el que ella tenía el acceso restringido. Setsu tampoco prestaba atención y jugaba con su desayuno.
Decidió apartarse y estuvo fregando todo lo que había empleado para el desayuno mientras que su familia desayunaba. No podía dejar de pensar en lo que su hija acababa de decirle. Tenía razón… Seguro que Inuyasha también se había fijado y mucho más que ella. ¿Por eso ya no la quería? Deseó poder dejar de estar gorda con solo pensarlo. Una vez, en el pasado, fue tan bonita…
Recogió la vajilla del desayuno para fregarla mientras se preparaban para salir e ir al colegio. Inuyasha siempre los llevaba y los recogía, pues iban al mismo sitio. Esa era una de las razones por las que ella había dejado de moverse prácticamente. Esa y que su antigua ropa ya no le valía. Solo le cabían chándales feos y anchísimos, comprados en oferta en un hipermercado. ¿Cómo había podido acabar así? Su marido la engañaba y sus hijos la odiaban.
Los niños gritaron que se iban desde la entrada, ni siquiera fueron a despedirse en persona y a darle un beso. Ella siempre lo hizo así en su casa, con su madre. Inuyasha sí que se acercó a la cocina y le dio un beso en la mejilla, tal y como acostumbraba. ¿Cuándo fueron sustituidos los apasionados besos por ese beso escueto?
— ¿Te pasa algo? — le preguntó — No has desayunado…
¿Cuándo iba a hacerlo? Estaba demasiado ocupada haciéndose cargo de los niños, fregando y recibiendo insultos como para sentarse a desayunar. Inuyasha solo se daba cuenta de lo que él quería. Con preguntarle más tarde cómo se encontraba su conciencia quedaba tranquila.
— No he tenido tiempo.
— Bueno, nos vamos ya. — evitó contestar a su pulla.
— Tienes la fiambrera con la comida en la entrada.
— Gracias.
Inuyasha había dejado de volver a comer a casa desde que nació Setsu. Antes, siempre se acercaba a la hora de comer para verla. Decía que no soportaba esperar hasta la tarde sin volver a estar a su lado. Comían juntos y casi siempre hacían el amor en la cocina o en el salón. Pero ya no volvía nunca. Hasta había olvidado cómo se hacía el amor. Llevaba tanto tiempo sin practicarlo que apenas lo recordaba, aunque supuso que sería como montar en bicicleta.
— Que tengas un buen día. — le deseó como todos los demás.
La miró extrañado. Kagome estaba muy rara desde el día anterior, y no lograba averiguar qué podía rondarle por la cabeza. Tampoco tenía mucho tiempo para detenerse a preguntarle; tenía mucho trabajo por delante. Ese año era tutor de segundo de bachiller y tenía que preparar a sus alumnos muy bien para la selectividad. La media del instituto había bajado bastante y le exigían que la levantara desde la dirección. ¿Qué culpa tenía él de que los estudiantes fueran cada vez menos aplicados?
Salió de la casa intranquilo. Kagome no era la misma de siempre y eso le molestaba de sobremanera. Ella estaba siempre contenta, voluntariosa y sonriente. Ese día parecía derrotada y ya el día anterior la notó diferente. Lo miró de una forma muy extraña cuando volvió del trabajo con los niños aunque, a lo mejor, él era el responsable por hacer el comentario sobre su ropa. Probablemente, no llamó al fontanero para ahorrarse el gasto. Andaban un poco justos de dinero con solo su sueldo y los niños estaban saliendo más caros de lo que esperaban en un principio. Un profesor de instituto no podía hacerse cargo de todo eso solo. Por suerte, ese año contaba con el extra de ser tutor y tenía que esforzarse para mantenerlo. Tenía una odiosa hipoteca que terminar de pagar.
Los niños corrían delante de él como siempre. Tenía la sensación de que había sucedido algo entre Kagome y Hikari en el desayuno, pero estaba tan interesado en el reportaje sobre una especie marina en extinción en el golfo mexicano, que no pudo enterarse de nada. Cuando leía sobre ciencia y naturaleza, perdía la noción de la realidad. Por algo era su especialidad y la materia que él enseñaba.
Dejó a sus hijos en el colegio y se dirigió hacia el otro lado del edificio, donde se encontraba la parte del instituto. Saludó a algunos compañeros al pasar por los corredores y se detuvo frente a su clase. Ahí, se colocó bien la camisa y la chaqueta y se peinó el cabello, preocupado por su aspecto. Se enfadó consigo mismo al percatarse de lo que hacía. Era una alumna, nada más. Él era su profesor, era mucho mayor que ella y estaba casado.
Entró en la clase. Sin poder evitarlo, su mirada se dirigió hacia Kikio Tama. Esa chica era una provocadora nata, lo sabía desde el principio, pero, aun así, había caído en sus redes. No en el sentido literal de la palabra. Kikio le hacía insinuaciones, tocaba su brazo sutilmente, le sonreía como si fuera especial. Había terminado fijándose más en ella por culpa de sus flirteos, nada más. Bueno, y porque era muy atractiva. Era bastante alta para ser una chica, apenas le sacaba unos pocos centímetros, muy delgada y bien proporcionada. Tenía el cabello negro y largo, que caía laceo hasta su cintura. Sus ojos rasgados denotaban su descendencia asiática y eran de color castaño. Cualquiera diría que era una chica corriente, pero sabía cómo manejar a los hombres, cómo atraerlos. Ahí justamente residía su gran atractivo.
Se dijo a sí mismo que nunca sucumbiría. Tenía una familia y no pensaba perderla por un error tan estúpido como aquel. Siempre surgían baches en los matrimonios; ya superarían el suyo. El problema era que Kagome ya no provocaba en él lo mismo que antes cuando la miraba; en su lugar, lo provocaba Kikio Tama. Le juró amor y fidelidad a Kagome, pero, en ese momento, no estaba muy seguro de que ella sería siempre la única. ¿Qué había cambiado en esos ocho años? Entre otras cosas, que Kagome ya no se comportaba como una mujer, o como la mujer que era, al menos. Eso por no hablar de su físico. Empezaba a pensar que ella tampoco estaba interesada en él porque no se cuidaba nada.
Tomó asiento y dio comienzo la clase. Reservaría los últimos quince minutos para entregar los exámenes y resolver las dudas. En general, la clase estaba progresando adecuadamente, si exceptuaba a Kikio. Si bien su físico destacaba, no era igual su intelecto. Necesitaba esforzarse bastante más y una ayuda extra, aunque dudaba mucho que unas clases de apoyo pudieran salvarla de repetir como una condenada. ¡No quería que repitiera! Quería que se marchara de allí cuanto antes para no tener que volver a verla nunca. Cuanto más lejos la tentación, mejor.
No pudo dejar de pensar en Kagome mientras daba su clase magistral. Algo le sucedía y él no era capaz de resolverlo como su marido. ¿Tendría que buscar ayuda profesional? ¿Y con qué dinero iba a pagarlo? Fuera cual fuera el problema, iban a tener que solucionarlo ellos mismos. Kagome no se mostraría tan angustiada sin razón. Algo grave sucedía y no quería contárselo, o no confiaba en él.
A la hora de repartir los exámenes, le dolía la cabeza de darle vueltas a lo mismo. Se sentó en su sitio y esperó las dudas de los alumnos que creían que habían contestado bien. En algún caso, subió alguna décima, pero la mayoría los mantuvo y les explicó el fallo. Cuando Kikio Tama apareció con una silla y se sentó a su lado, adivinó que se avecinaban problemas.
— Tengo un problema, profe.
Todos le decían señor Taisho, ¿por qué ella hacía lo que le daba la gana? ¿Y por qué le resultaba tan sexi?
— ¿En qué puedo ayudarte, Kikio?
— He suspendido…
Eso ya lo sabía bien. Había suspendido y no solo con la peor nota de clase, sino que con una de las peores notas que había puesto en su vida. Kikio era una negada para las ciencias y, por lo que oía de otros profesores, no le iba mucho mejor en otras materias.
— No puedo subirte la nota, Kikio.
No había por dónde coger ese examen.
— ¡Pero me he esforzado mucho, profe! — le hizo pucheros — Seguro que hay algo que puede hacer…
No se la jugaría con su trabajo.
— No, Kikio.
— ¡Vamos, por favor!
Se creía muy capaz de convencerlo con sus ojitos y sus ruegos entusiastas, pero, aunque pudiera llegar hasta él como hombre, como profesor no podía ni rozarlo. Llevaba en esa profesión más de diez años y había visto de todo. Muchos alumnos estaban dispuestos a hacer cosas realmente sorprendentes para aprobar la materia, pero él no era estúpido. Nadie se la jugaba de ninguna forma. Kikio podía calentarle todo lo que quisiera, no iba a aprobar.
— Será mejor que vuelvas a tu sitio.
Entonces, ella le puso una mano sobre el brazo; él lo apartó como si le quemara el contacto. Toda la clase lo había visto, ¿qué iban a pensar? Si las insinuaciones de Kikio empezaban a comentarse por todo el instituto, podrían terminar abriéndole un expediente. Lo peor de todo era que no había hecho nada. ¡No le había puesto un dedo encima! Y eso que se lo puso realmente fácil…
La sirena tocó en ese instante como una salvación a la que él se aferró. Cogió sus cosas y se marchó de la clase en una exhalación. Kikio lo estaba poniendo contra las cuerdas delante de toda la clase. ¿Cómo podía ser tan descarada? Claro, ella solo pensaba en sí misma, ni se le pasaba por la cabeza que él tenía una familia, una mujer, una casa y un puñetero trabajo que mantener. ¿A ella qué le importaba? Solo quería un cinco en sus notas; luego, se olvidaría de que había existido tan siquiera. No se dejaría engatusar por ella. Estaba decidido a ignorarla.
Sin embargo, pasó el resto de la mañana pensando en Kikio y en Kagome. Su esposa no se parecía a Kikio de joven. Siempre fue alegre y persistente, pero muy tímida. Si por ella fuera, nunca habrían empezado a salir juntos. Fue él quien dio el primer paso después de que ella volviera en verano tras las vacaciones de su primer año de universidad. En ese año sin ella, descubrió lo mucho que la necesitaba. Fueron novios desde entonces y habían hecho auténticos malabares para poder verse en los tres años siguientes de universidad de Kagome. ¿Dónde estaba la magia que sintieron por aquel entonces? Nunca había mirado a ninguna otra mujer desde que la conoció. De repente, se regañaba a sí mismo por perseguir a una alumna. Todo aquello era una locura.
A la hora de comer, se sentó con sus compañeros en la sala de profesores y sacó la fiambrera. El almuerzo que Kagome le preparaba siempre era el mejor de todos. Solía convertir la comida en una obra de arte. Siempre preparaba una comida deliciosa, perfectamente colocada, formando alguna clase de decoración. No obstante, al descubrir su fiambrera de ese día, se dio cuenta de que el problema era más grave de lo que imaginaba. Parecía que hubiera volcado la comida dentro sin ningún cuidado. Cuando sus compañeros fueron a echarle un vistazo, tuvo que inventar que se le había caído y se había removido todo. Le daba vergüenza admitir que algo sucedía en su matrimonio.
Las clases de la tarde se le hicieron muy lentas. Para la hora de salir, recogió el maletín y la chaqueta del despacho y se dirigió a la zona del colegio, donde lo esperaban sus hijos. Cada uno estaba con su grupo de amigos hasta que llegó. Entonces, corrieron a abrazarse a sus piernas. Les sonrió, también contento de verlos, y les dijo que era hora de marcharse. Tenían la merienda en casa y seguro que ya volvían a estar hambrientos. Ojalá Kagome haya sido más cuidadosa con la comida de los niños que con la de él. Sus problemas conyugales no tenían por qué extenderse a los pobres niños.
Salió del colegio con ellos, deseoso de acabar el día. Al ver en la puerta a Kikio Tama, adivinó que no terminaría tan pronto. Su grupito de amigas la esperaba a unos pocos metros. Todas cuchicheaban mirándolos y se reían. ¿Qué estaba pasando?
— ¡Hola, profe! — no pudo mostrarse igual de contento — Así que estos son tus hijos…
Kikio se acuclilló para mirarlos.
— Se parecen a su padre. — sonrió — ¡Igual de guapos!
¿Kikio pensaba que era guapo? ¡Basta! No le importaba en absoluto lo que Kikio pensara de él, y no estaba nada bien que se sintiera tan orgulloso de sí mismo por el cumplido de una adolescente. Eso por no hablar de sus hijos. ¿Cómo se atrevía a presentarse delante de sus hijos?
— Tú estás delgada… — observó Hikari.
Al escucharla, Kikio puso cara de no entender el comentario de Hikari. Él mismo se sintió extrañado por el mismo motivo. ¿Qué estaba diciendo su hija? ¿Qué importancia tenía que Kikio estuviera delgada?
— Eso es porque me cuido. — contestó Kikio — Ya tendrás que hacerlo cuando seas más mayor.
— Mi mamá está muy gorda, ¿sabes?
— ¡Hikari! — la amonestó.
La niña lo miró acongojada, sin entender qué había hecho mal. En seguida cayó en la cuenta de lo que había sucedido esa mañana. Hikari llamó gorda a su madre y él se quedó callado sin decir absolutamente nada en su defensa. ¿Cómo pudo ignorar ese insulto de Hikari hacia su madre? Por eso estaba tan rara Kagome. La pobre debía haberse sentido fatal desde que Hikari le dijo eso, y su marido, además, no hizo nada para defenderla. Era cierto que estaba un poco rellenita, pero tampoco muy gorda.
— Esas cosas no se dicen.
— Pero no he dicho ninguna mentira… — intentó justificarse.
Kikio sonrió de forma burlona. En ese instante, se olvidó por completo de sus provocaciones para sentirse muy enfadado con ella. Nadie se reía de su mujer. Agarró la mano de Hikari para tirar de ella y llamó a Setsu para que los siguiera. Ni siquiera se despidió.
Kagome lo presenció todo. Se había puesto el chándal más decente que tenía para ir a recoger a los niños y llevarles la merienda. Esperaba encontrarse con Inuyasha allí y estaba a punto de acercarse cuando apareció la niña de instituto. Se acercó a sus hijos con total familiaridad. Sintió celos cuando vio que ellos no rechazaban a la desconocida mientras que apenas miraban a su madre. Después, Hikari repitió el insulto, humillándola públicamente.
Le ardían las lágrimas que rodaban por sus mejillas. Se había sentido tan terriblemente avergonzada que se escondió detrás de un cartel de anuncios para que no pudieran verla. Inuyasha había regañado a la niña en esa ocasión y se la llevó a la fuerza sin parar de reñirle, pero ya no le servía. Debió cortarla esa misma mañana, cuando lo dijo por primera vez, para que no se repitiera. Sin embargo, Inuyasha lo hizo mucho más tarde, frente a la odiosa Kikio, cuando sucedió por segunda vez. Lo hizo como si su peso fuera un sucio secreto que debía esconder; deseó tumbarlo a bofetadas.
Dejó que sus hijos y su marido pasaran para dirigirse hacia la casa. En lugar de hacer lo que tenía que hacer y atajar para llegar a casa antes que ellos, para que así no averiguaran que había salido, cambió la ruta para seguir a la adolescente. Era justamente la clase de chica que ella imaginó que sería, pero algo menos atractiva. Por alguna razón, en su cabeza había imaginado una chica sacada de la portada de una famosa revista de moda. Fue al pasar unos chicos a su lado, cuando descubrió dónde residía todo su verdadero atractivo. Era una provocadora nata, de las que decían cosas que avergonzaban a los hombres. Se sentían atraídos por lo que les parecía una chica fácil, cuando, en realidad, no era más que una calientabraguetas. En el fondo, sintió lástima por ella. Debía tener muchos problemas en su casa si necesitaba comportarse de esa forma para llamar la atención.
Las siguió, intentando simular que solo seguía su camino, y escuchó su conversación con los puños y los dientes apretados. ¡Qué mal le caía!
— Parece que el señor Taisho ha pasado de ti. — señaló una amiga.
Esa sería la amiga envidiosa que estaba esperando a que se diera de bruces contra un muro para sustituirla.
— Solo estaba disimulando.
— Pues yo diría que no te hacía ni caso. — se rio — No debiste reírte cuando la niña dijo que su madre estaba gorda.
— No pude evitarlo. — suspiró — No la he visto nunca, pero si está tan gorda como para que su hija se meta con ella… ¡Pobre Inuyasha! — exclamó — ¿Cómo puede estar casado con una mujer así? Él es tan guapo…
¿Qué sabría ella? ¿Alguna vez un hombre había estado verdaderamente enamorado de ella? ¿Había estado ella enamorada? ¿Había amado tanto a un hombre que le dolía el corazón separarse de él tan solo cinco minutos? No sabía nada. No sabía nada del amor, ni de lo que un hombre y una mujer podían llegar a compartir realmente. Solo pensaba en su aspecto físico y en su popularidad. Seguro que se encargó ella misma de que todo el instituto lo comentara.
— ¿Y cómo piensas aprobar su materia? — intervino por fin la otra amiga — Hoy no has conseguido ni que te suba una sola décima el examen.
Inuyasha se pegaría un tiro en la cabeza antes que realizar mal su trabajo. No había nada en el mundo que lo convenciera de lo contrario, pero esa niña tonta no lo sabía. Eso era lo que más le asustaba. ¿Hasta dónde estaba dispuesta a llegar por un aprobado? Bueno, sus motivos le daban igual. A ella lo único que le importaba era lo que hiciera o dejara de hacer con su marido; Kikio podía irse a tomar viento fresco.
— Era porque estábamos en público. — se excusó — Ya veréis, dentro de nada lo tendré comiendo de la palma de mi mano.
Así que todavía no lo hacía. Ya sabía ella que el rumor era falso, que Inuyasha no le había sido infiel. De momento, solo sabía que una adolescente con serios problemas de atención en su casa lo perseguía.
— Espero que él lleve condones encima…
¡No! ¡No los llevaba! Ella tomaba la píldora, así que no era en absoluto necesario. Aunque, claro, no necesitaba tampoco tomarla porque llevaban cuatro años sin hacer el amor. No había ningún método anticonceptivo mejor que ese. De todas formas, había visto en más de una ocasión la cartera de Inuyasha y ella era quien vaciaba los bolsillos de su ropa para hacer la colada. Sabía de muy buena tinta que no llevaba condones encima. ¿Y a ella qué le importaba eso? ¡La cuestión era que quería acostarse con su marido!
Sintió una oleada enfermiza de celos que la recorría desde la planta de los pies hasta la coronilla. Sería tan fácil estirar los brazos, agarrar su garganta y presionar hasta que no pudiera respirar más. Tan fácil y tan delictivo. Se obligó a controlar sus propios instintos asesinos y siguió a las chicas a una tienda de lencería. Se detuvo en un estante a mirar los productos para disimular. Ojalá volviera a tener la talla S para que esa lencería tan bonita le sentara bien. Seguro que así conseguiría recuperar su vida matrimonial.
A la distancia, vio a Kikio comprando un conjunto matador que le produjo un muy mal presentimiento. Si su marido le echaba un solo ojo a ese conjunto puesto en su cuerpo adolescente, le arrancaría los testículos y se los pondría para cenar. ¡Estaba tan celosa! No quería que esa pequeña harpía se acercara a él y no tenía forma de evitarlo, pues era su alumna. Para colmo, Inuyasha era su tutor ese curso, por lo que lo vería más que a ningún otro profesor. ¡Cómo se arrepentía de haberse alegrado tanto al ver el aumento de sueldo de Inuyasha! Necesitaban más ingresos, pero no a toda costa.
— ¡Ey, mira eso!
Como estaban pasando a su lado, no se atrevió a girarse para que no descubrieran que las seguía.
— ¿Qué hace esa gorda aquí?
— Esta es una tienda para mujeres, no para ballenas.
Se le contrajo el estómago al escucharlas, sabiendo que se dirigían a ella.
— ¡Menuda foca!
Eso último lo dijo Kikio antes de salir de la tienda. Ojalá no se hubiera retenido y le hubiera dado un buen puñetazo. Sentía celos porque lo amaba. Esa mañana, se había rendido, estaba harta de todo y había decidido dejar que pasara lo que tenía que pasar a pesar de sus celos. Pero ya no. Decidió que no permitiría que esa chica le hiciera algo tan horrible a Inuyasha. Su marido merecía algo más que una adolescente que solo buscaba un aprobado y a la que no le importaba destruir un hogar.
Salió de la tienda decidida a cambiar. Encontraría la forma de volver a ser la Kagome que fue diez años atrás; reconquistaría a su marido y a sus propios hijos. Ya podía prepararse esa adolescente sin escrúpulos. ¡Inuyasha era suyo!
Continuará…
