Antes que nada, felices fiestas a todos y a todas. Espero que sean unos días mágicos e inolvidables.


Capítulo 2

Pidió ayuda a Sango. En vez de volver a su casa, se fue directa a la casa de su mejor amiga para pedirle consejo. Quería cambiar, quería volver a ser la mujer que fue y quería, sobre todas las cosas, recuperar a su marido. La única persona en el mundo que realmente podía ayudarla era Sango. Tras haberle explicado todo lo que había sucedido y cuál era su decisión, empezó lo más difícil: cambiar.

— Tienes que ponerte a dieta. — dictaminó — Ya no puedes comer patatas fritas de esas tan grasientas, como hacías antes, ni sentarte a tomar una taza de chocolate o lamer la masa de las galletas.

— Acabas de describir mis actividades favoritas…

— Tendrás que evitar todo eso. Pon una servilleta debajo de las patatas fritas recién hechas para que absorba todo el aceite, come chocolate negro en pequeñas cantidades y, por Dios, no te comas la masa de las galletas nunca. — le advirtió — Y tu adicción a las Coca Colas es otro tema importante…

— ¡No puedes quitarme eso! — se quejó — ¡Es mi hora de relax! Todos los días me siento en el sofá y me tomo una Coca Cola antes de que llegue Inuyasha con los niños. Es mi único descanso…

— Tendrá que ser una Coca Cola light y no todos los días.

Cada vez estaba más tentada a marcharse y olvidarse del asunto. Cambiar costaba demasiado. No sabía si iba a poder hacerlo y tampoco sabía si conseguiría recuperar a su marido tras el sacrificio. Nada estaba confirmado. Sango puso una mano sobre las suyas a modo de consuelo. Cuando alzó la vista, le sonreía como solo ella sabía hacerlo. Sango era su única amiga; la única de verdad. El resto debían de estar comentando a sus espaldas que era una foca incapaz de mantener a su marido a su lado; Sango jamás haría eso. Confiaba en Sango plenamente; por esa razón, la había buscado a ella.

Asintió con la cabeza para instarla a continuar. Iba a hacerlo, costara lo que costase, y ni su estómago, ni nadie, la detendrían. ¿Acaso ella no tenía la suficiente fuerza de voluntad como para resistirse a una lata de Coca Cola? Terminaría cogiéndole el gusto a la Coca Cola light, seguro.

— También tendrás que hacer ejercicio, mucho ejercicio. — añadió — ¿Tienes planeada alguna fecha en concreto para el cambio definitivo?

Meditó unos instantes hasta que le vino la gran idea. En dos meses, tenían la reunión de navidad en el colegio. Se juntaban todos en el gran salón de actos, tanto niños como adolescentes del instituto. También acudían todos los padres y más familiares. Era la ocasión perfecta para enseñar su cambio y que se tragaran sus palabras. Nadie volvería a insultarla después de eso, y Kikio se acongojaría ante la competencia.

— La reunión escolar de navidad.

Sango sonrió, complacida por su respuesta.

— Buena elección. — chasqueó la lengua — Pero nos deja muy poco tiempo. Tendrás que esforzarte a fondo para perder diez kilos por lo menos.

— ¿Diez kilos? — exclamó — ¿Cómo voy a perder tanto peso en dos meses?

— Trabajando duro. — insistió — De lunes a viernes, irás al gimnasio. Los fines de semanas, iremos juntas a correr. Te va a encantar mi recorrido. — le aseguró — Son diez kilómetros alrededor del bosque y pasa por el lago. ¡Es precioso!

— ¿Pretendes que corra diez kilómetros?

Ya sentía dolor en el flato de solo pensarlo.

— En realidad, veinte... luego hay que volver. — le temblaron las rodillas al escucharla — También correrás en la cinta eléctrica en el gimnasio y harás Pilates y Spinning.

— No podré hacerlo…

— ¡Claro que sí!

No, no iba a poder. Llevaba tanto sin apenas andar que ese día tuvo que hacer un gran y abismal esfuerzo solo para llegar al instituto y, luego, a la casa de su mejor amiga. Le pesaban las piernas a cada paso y tenía agujetas, aunque eso no era nada en comparación con las agujetas que tendría después de correr con Sango.

— ¿Y qué le diré a Inuyasha? — ella no solía salir — No podré ocultárselo…

— Entre semana, sal por la mañana, cuando él está trabajando y no pueda enterarse. — le explicó — No pasará nada porque un día no limpies sobre lo que ya reluce.

Sí, lo admitía: era una maniática de la limpieza. Pero en su defensa diría que los niños eran muy sucios y nadie le ayudaba a limpiar nunca.

— ¿Y los fines de semana? Siempre nos levantamos tarde y no…

— Dile que has quedado para desayunar conmigo y ya está. Si llama a casa, Miroku le dirá exactamente lo mismo.

— ¿Todos los fines de semana? — no creía que Inuyasha lo aceptara durante dos meses.

— Todos. — repitió — Terminará llamando, pero sucederá justamente lo que yo he dicho.

Todavía tenía dudas. Nunca había salido tanto de casa y siempre salía solo con Inuyasha. A su marido le llamaría la atención, seguro.

— Tendremos que ir pidiendo cita para el día de la reunión. — acarició su cabello — Podrías capearte el pelo, te quedaría genial con tus rizos. También tienes que hacerte las cejas y… ¿Cuánto hace que no te depilas?

Ni siquiera recordaba la última vez que lo hizo. No le extrañaba que Inuyasha no se sintiera en absoluto atraído por ella.

— No importa…. ¡Pediremos de todo! Peluquería, depilación, limpieza de cutis, unos masajes y manicura. ¡Será día de chicas! — saltó de alegría — Y hay que renovarte el armario. Odio verte vestida con un chándal…

Le asaltó otra terrible duda entonces.

— Sango, ¿cómo voy a pagar todo eso? El gimnasio, el salón de belleza, la comida dietética, la ropa nueva… No tenemos tanto dinero. — se recostó sobre el sofá — Si hago un gasto así, Inuyasha lo sabrá todo.

— ¿No lo habían ascendido o algo así?

— No exactamente. Este año es tutor y, según como lo haga, podrá seguir siéndolo. Eso supone un extra. Pensábamos ahorrarlo, ya que no tenemos nada ahorrado con la hipoteca. Si lo gasto y no vuelve a ser tutor…

Se levantó de sofá y se dirigió hacia la ventana para contemplar el jardín exterior de la casa. No tenía los medios para convertirse en lo que Inuyasha deseaba que ella fuera. Había fracasado antes de empezar. Si ella trabajara…

— No importa. — dijo Sango a su espalda — Todo tiene solución.

La miró interesada por su renovado entusiasmo.

— Tengo vídeos de Pilates. Ven a mi casa todos los días y practicaremos juntas. Podrás correr por cualquier parte, no necesitas hacerlo en una cinta eléctrica. ¿Y quieres hacer spinning? — se levantó — Te dejaré una bicicleta para que vayas por el monte. Será parecido…

— ¿Y qué pasa con mi ropa y conmigo?

— Un corte de pelo en la peluquería sí que puedes pagarlo, ¿no? — asintió con la cabeza — Pide cita para ese día. De la depilación nos ocupamos de forma casera y podemos hacernos la manicura la una a la otra.

— ¿La ropa? — insistió.

— Miraremos tu ropa vieja. Ahora se lleva el vintage, así que seguro que se pueden aprovechar muchas cosas. Yo puedo darte ropa que pensaba tirar porque he comprado nueva y podemos coser también alguna cosa. Sé que eres muy hábil con la máquina de coser. ¡Pero tienes que comprarte lencería!

Sango la convenció. Aceptó sus argumentos e hizo el trato con ella. A partir de ese día, empezaba el intensivo para convertirse en la mujer que una vez fue. Se acabó la comida basura, el sofá después de comer y los hábitos de anciana. Esa Kikio Tama lamentaría profundamente haber dicho que estaba como una foca.

La primera semana de entrenamiento fue la peor de todas. Salía todas las mañanas cuando Inuyasha se marchaba con los niños e iba corriendo a casa de Sango. Después, salían las dos juntas y hacían toda su ruta. Estuvo a punto de desmayarse el primer día. Se quedó pálida como una hoja en blanco y pensó que le iba a dar algo. Su fuerza de voluntad fue lo único que consiguió mantenerla en pie para continuar adelante. Cuando llegaron a la casa de Sango, estaba hecha polvo. Solo quería ducharse para quitarse el sudor y descansar. En lugar de eso, Sango le obligó a quitarse la sudadera para hacer Pilates. Le enseñó avergonzada su cuerpo cubierto por una camiseta de licra y realizó los ejercicios con más dificultad de la que le hubiera gustado. Al terminar, solo podía pensar en volver a su casa arrastrándose. Darse una ducha fue lo mejor de toda la mañana. Por la tarde, fue a andar en bicicleta. Anduvo por terreno montañoso, tal y como le indicó Sango y se cayó de bruces. Era una suerte que llevara consigo el botiquín. Se puso una tirita en la rodilla y continuó. Para la próxima vez, decidió que llevaría rodilleras, coderas y casco. Había aprendido la lección.

Sus comidas también se vieron afectadas. Desayunaba leche desnatada que sabía a agua sucia, zumo de naranja sin azúcar, tostadas sin nada por encima y galletas integrales. Siempre comía verduras hervidas y algún pescado a la plancha y tomaba yogures desnatados de postre. Por la tarde, tomaba frutas. Para cenar carne a la plancha y alguna sopa. Su familia apenas notaba su cambio alimenticio porque no estaban o porque, simplemente, no le prestaban ni la más mínima atención. Prefería pensar que se trataba de lo primero.

Al terminar la primera semana de duro entrenamiento, ya se sentía menos dolorida y más enérgica. Según la báscula, había perdido dos kilos e incluso ella misma se notaba más ligera. Ya no le costaba salir de casa, ni hacía más que pensar en cuándo llegaría el momento de poder sentarse. Hasta Sango le dijo que la notaba mucho más suelta. Estaba rebosante de energías y, aunque pasaba un poco de hambre, no sufría en exceso. Su rutina era correr, hacer Pilates, las tareas del hogar, montar en bicicleta y continuar con las tareas del hogar.

Mientras corría por las mañanas, estuvo pensando mucho. Estuvo pensando en ella, en Inuyasha, en los niños y en su situación en la casa. Estaba harta de ser ama de casa. Se había sacado una carrera de Derecho Económico en Harvard. Consiguió entrar en Harvard por sus buenas notas, y había terminado de ama de casa. ¿Qué pensarían de ella sus profesores? Tenía que encontrar un trabajo; no le bastaba con su aspecto físico. Necesitaba algo que la llenara por dentro y que le hiciera sentirse un ser útil para esa comunidad y para su familia. No le extrañaba que su hija la llamara gorda cuando el ejemplo que le estaba dando era el de casarse, parir niños, ponerse gorda y limpiar. Quería que su hija contara con una figura femenina de la que sentirse orgullosa, y ella también quería poder sentirse orgullosa de sí misma.

Se puso a buscar empleo secretamente. Desgraciadamente, su aspecto le dificultaba encontrarlo. Aunque su currículum fuera estupendo con su carrera, sus conocimientos de idiomas y ese carné de conducir que no usaba desde hacía siglos, la imagen lo era todo en esa sociedad. Aun así, no dejó de intentarlo. Sabía que, con el tiempo, sus esfuerzos darían frutos.

— ¿Dónde te metes últimamente?

Raro en Inuyasha fijarse en lo que ella hacía.

— No entiendo. Solo salgo a desayunar con Sango los fines de semana.

— Un desayuno muy largo. — añadió él — ¿Y dónde vas entre semana? Me ha dicho un compañero que te ha visto montar en bicicleta.

¡Oh, no! No quería que su secreto se descubriera. No se equivocó aquel día que le pareció ver al profesor de Lengua y Literatura, compañero de su marido. Tendría que cambiar la ruta para asegurarse de que no volvieran a verla.

— Vi la bicicleta y la probé. Me pareció que tenía las ruedas un poco deshinchadas, pero me equivocaba.

— ¿Fuiste a la montaña a probarla?

— Claro. Contra peor sea el terreno, más fiable será el diagnóstico.

Se dio la vuelta y le ofreció la habitual taza de café solo a su marido. Él trataba de asimilar todavía su respuesta y estaba pensando en otra pregunta, pero terminó rindiéndose. Por lo menos, sabía que existía… de vez en cuando. Tuvo que pelear con Hikari otra vez, pero, en esa ocasión, decidió que ya hora de acabar con aquella tontería. Ya estaba harta de que la usara de excusa para no comer; eso por no hablar, de qué haría en el comedor del colegio. Ese día reventó.

— ¡Pues si quieres morirte de hambre, allá tú!

Le quitó las galletas, la leche y el zumo de delante y lo tiró todo a la basura delante de sus narices. Inuyasha no dijo ni una sola palabra, pero, por primera vez, observó la escena y no su periódico. Hikari miraba la basura con los ojos como platos y Setsu tenía tan abierta la boca que se le cayó la comida. Después de eso, Hikari no volvió a decir ni una sola palabra y continuó todo el desayuno en silencio, con las manos sobre el regazo. Su padre intentó ofrecerle algo de comer, pero la niña era testaruda. Se le había metido una cosa en la cabeza y tras haber perdido, no daría su brazo a torcer por orgullo.

Kagome, por el contario, luchó con todas sus fuerzas por no volver a ponerle un desayuno nuevo en la mesa. No soportaba saber que su hija se iba a ir al colegio sin haber tomado nada, pero no podía echarse atrás. Nunca la respetarían si cedía en ese momento, así que se tomó su asqueroso vaso de leche desnatada y se quedó de pies mirando por la ventana. Cuando los niños salieron, se puso a fregar. Poco después, Inuyasha regresó a despedirse. Su beso en la mejilla le pareció tan frío en comparación con sus antiguos besos…

— Siento lo que ha pasado en el desayuno, Kagome.

— Tú siempre lo sientes…

Era verdad. Inuyasha siempre lo sentía por todo, pero nunca entraba en acción. ¿A qué demonios estaba esperando? Ya no podía más con todo. ¡La casa se le caía encima! Si conseguía un trabajo, ¿la ayudaría? Nunca movía un solo dedo ni para cocinar, ni para limpiar, ni para planchar, ni para educar a sus hijos. Teniendo en cuenta que era profesor, podría aportar un poco en eso último al menos.

— Kagome, por favor. — se apoyó en la encimera, a su lado — Te prometo que, la próxima vez, te ayudaré.

— Eso está por verse…

Inuyasha miró a su esposa sin palabras. ¿Tan mal marido era? ¿Tan mal padre? Su mujer se sentía sola y amargada, y le restregaba que él nunca hacía nada por ella. Sus hijos lo perseguían siempre a él y trataban mal a su madre porque ella era la única que les imponía límites. Kagome se había convertido en la mala para los niños por su culpa. ¿Cómo podía arreglar aquello? Todavía seguía furioso porque su hija llamó gorda a Kagome. ¿Cómo permitió que eso sucediera?

Se marchó, notando lo poco receptiva que estaba Kagome, y llevó a los niños al colegio como de costumbre. Pasó la mañana dando clases, abstraído en todo lo que estaba sucediendo en su casa y en su vida. Algo iba muy mal en su matrimonio. Le ponía de los nervios ver salir a Kagome todas las mañanas. ¿Iba a desayunar con Sango? ¿O iba a verse con otro hombre que la trataba como ella se merecía? Eso último lo ponía enfermo. Nadie más que él podía tocar a Kagome, consolarla y amarla. ¡Nadie!

¡Diablos, estaba celoso! Estaba muy celoso del tiempo que Kagome pasaba fuera de casa. Había hecho falta que ella empezara salir para que se diera cuenta de lo mucho que la echaba en falta. No le resultaba normal ver la casa sin ella un sábado y un domingo por la mañana. Tendrían que quedarse en la cama hasta tarde y, sin embargo, sonaba el despertador y Kagome salía corriendo como si le fuera la vida en ello. Después, le decía un compañero del trabajo que la había visto montando en bicicleta. ¡En bicicleta! Kagome nunca había montado en bicicleta, ni en sus mejores momentos de juventud. Siempre prefirió sentarse a tomar el sol. ¿Qué le estaba sucediendo a su mujer?

Abrió su fiambrera disgustado. Al menos le hizo sonreír comprobar que su comida volvía a ser lo que era antes. Kagome había cocinado arroz con verduras. Lo había separado de un par de triángulos de tortilla y de unos tomates con sal con un muro hecho con salchichas cortadas en pedacitos. De postre había añadido aparte una manzana y le preparó un termo con café. El efecto que tuvo en él la falta de interés de su mujer de los últimos tiempos por la configuración de la fiambrera fue más potente de lo que jamás habría imaginado. Necesitaba esa muestra de afecto.

En un mes sería navidad. Tal vez debiera hacer algo especial ese año para que se reconciliaran. Estaban ahorrando su extra del sueldo, pero no sería tan terrible que, por un mes, una sola vez, se lo gastaran en algo especial. Podrían ir un fin de semana a algún sitio y dejar a los niños con los abuelos. Hacía mucho tiempo que no estaban los dos solos y a lo mejor conseguían recuperar la chispa que tenían antes. En esos momentos, Kagome no lo atraía físicamente tanto como en el pasado, pero sabía que, si lograba quitarle ese odioso chándal, le gustaría lo que vería. No le importaba que tuviera unos pocos kilos de más.

Al terminar, recogió sus cosas y se dirigió a su despacho para preparar lo que iba a necesitar para sus dos clases de la tarde. Kikio Tama estaba frente a la puerta, esperándolo. Consultó el reloj con fastidio. Ya había terminado la hora de comer de los alumnos.

— ¡Profe!

¿Por qué intentaba estropearlo todo? Quería arreglar la situación con su mujer; no quería enredarse con una adolescente. ¿Acaso no podía entenderlo? No podría enviarle más indirectas que en las últimas semanas. ¿Qué tenía que hacer para librarse de ella? A lo mejor tendría que hablar con los miembros del equipo de fútbol. Todos se la habían cepillado, ya era de sabiduría popular.

— ¿Qué quieres, Kikio? — intentó no parecer demasiado cansado de ella, pues era su alumna — Es la hora de vuestro recreo. ¿No prefieres ir a disfrutarlo con tus amigas?

— Claro, profe. — sonrió — Solo quería hacerle unas preguntas, ¿puedo?

Como tutor y maestro suyo, no le quedaba otra opción que concederle la tutoría. ¡Qué poco le gustaba encerrarse con ella en su despacho! Abrió la puerta y le indicó que pasara primero. Entró tras ella, cerró la puerta a su espalda y dejó la bolsa de la comida tras el escritorio, junto a su maletín. Al volverse, tenía a Kikio tan cerca que estuvo a punto de caerse de espaldas. ¡Qué silenciosa era!

— ¿Por qué no te sientas ahí?

Señaló las sillas al otro lado del escritorio para marcar distancia entre los dos.

— Prefiero estar aquí.

Él no lo prefería en absoluto.

— Bueno, ¿y cuál era tu pregunta, Kikio? — mejor terminar cuanto antes — Tengo cosas que hacer.

— Ah, claro. — le lanzó una de sus provocativas miradas — Me preguntaba si quieres besarme…

Empezó a sudar por los nervios. Pero, ¿qué estaba diciendo? ¿Se había vuelto loca? ¡Dios! Si alguien lo veía así con una alumna, su carrera estaría acabada y sus hijos se morirían de hambre. Nunca volverían a admitirlo en ningún otro sitio con un delito asociado con una menor en su currículum. No, definitivamente no quería besarla.

— No…

— No parece muy seguro.

Era verdad. No estaba seguro de nada en ese momento. Su mujer y él llevaban sin acostarse desde que nació su último hijo. Kagome estaba rarísima últimamente y solo le hablaba para reprocharle lo mal marido que era. Se sentía solo, muy solo, y la sola idea de que alguien estuviera a su lado sosteniendo su mano se le antojaba maravillosa. Si se dejara llevar solo por un momento por la chica de puntillas frente a él, cerrando los ojos y acercándose peligrosamente a sus labios… Solo era un beso, nadie podía juzgarlo por un beso, ¿no?

Los labios de Kikio entraron en contacto con los suyos antes de que resolviera el conflicto en su cabeza. Sorprendentemente, no sintió nada. Los notó fríos y se le antojaron tan distantes como lo era ella en realidad. No se excitó nada, no hubo erección y le resultó vomitivo lo que estaba haciendo. No respondió a la insistencia de la chica para que moviera los labios contra los de ella y se apartó recordando el primero beso que le dio a su mujer. Kagome era tímida, apenas le mantenía la mirada. Tuvo que lanzarse sin dejarle otra opción que besarlo y fue… mágico.

Ya podía enfrentarse contra esa adolescente porque Kikio no le gustaba en realidad. Solo le había emocionado la idea de gustarle a una mujer después de tanto tiempo distante de su mujer. Nada más. Kikio no podía ofrecerle nada que él quisiera de ella. Nunca más volvería a amedrentarlo.

— Será mejor que te marches.

— Pe-Pero… — ya no parecía tan segura de sí misma — ¡Déjame intentarlo otra vez!

Cuando ella intentó alzarse de nuevo para besarlo, tuvo que apartar sus manos y esquivarla.

— No vuelvas a hacer eso, Kikio.

¿Cómo pudo desear besarla tan siquiera? Años atrás, había hecho el amor con Kagome en ese mismo despacho cuando ella volvió tras terminar la carrera. Llegó un día antes de lo esperado y fue al colegio a darle una sorpresa. Ese año, acababan de hacerle fijo y le dieron el despacho. Cuando llegó, no pudo resistirse. Echó la llave a la puerta, la desnudó e hicieron el amor por todas partes, incluso en el escritorio junto a él. Al permitir que esa chica lo besara, había mancillado un santuario. ¿Cómo iba a decírselo a Kagome? No podía ocultarle aquello a su esposa…

Kikio lo miró colérica, como si acabara de clavarle un puñal. Seguro que no estaba para nada acostumbrada a que la rechazaran; más aún cuando parecía que ya lo tenía en su poder. La ignoró por completo, esperando que ella se marchara, pero no lo hizo. En lugar de marcharse, se abrió la camisa de un tirón. Saltó del sitio aterrado. ¿Y si entraba alguien?

— Cúbrete. — le ordenó.

— ¿Qué le pasa? — le gritó ofendidísima — ¡Me estoy ofreciendo!

Si se ponía a gritar, llamaría la atención de alguien. ¡Iba a dejarlo sin empleo! La hizo retroceder, lejos de su escritorio.

— Por favor, átate la camisa.

— ¿Por qué? — discutió — Su hija dice que su mujer está gorda y he oído por ahí que parece una maruja de barrio siempre en chándal y con sobrepeso. No comprendo cómo…

— ¡Basta! — agarró sus hombros y la sacudió — Te prohíbo que vuelvas a decir una palabra sobre mi mujer, ¿entiendes? ¡Tú no la conoces, no sabes nada!

Él sí. El culpable de que Kagome engordara y estuviera encerrada en la casa todo el día era él. ¿Cómo podía haberse enfadado con ella por salir un poco a tomar el aire? Era normal que se sintiera hastiada de su vida. No la llevaba nunca a ningún sitio y la había limitado a ser ama de casa y madre. Definitivamente, tenía que coger ese viaje para navidades y llevarla a algún sitio bonito. Seguro que aún había algo que hacer. Kagome y él se habían amado con locura; eso no podía desaparecer tan fácilmente.

— No puede rechazarme…

Kikio recurrió al llanto. Desgraciadamente para ella, estaba más que acostumbrado a las lágrimas de cocodrilo por su profesión. ¿Cuántos habrían llorando para que los aprobara? Y él sabía muy bien distinguir entre unas lágrimas verdaderas y las lágrimas falsas de Kikio Tama.

— Vete. — repitió — Si vuelves a hacer algo semejante, tendré que reportar al director tu comportamiento y te expulsarán.

Antes que permitir que aquello se desmadrara y lo acusaran a él de algo que no había hecho, aunque lo hubiera pensado erróneamente, cortaría por lo sano para evitar que destruyera su familia. Para su suerte, Kikio fue lo bastante inteligente. Al marcharse tan dócilmente, además, le demostró qué era lo que realmente buscaba de él.

A las cinco y media ya estaba en casa, como de costumbre. Los niños corrieron a la cocina a tomar su merienda, y él se sorprendió de que Kagome no saliera a recibirlo. Poco después adivinó el motivo cuando subió al segundo piso y la encontró en su dormitorio con Sango. En ese momento, se estaba quitando la camisa y se la volvió a abotonar, avergonzado. Las dos mujeres se rieron de él por su timidez mientras entraba en el dormitorio. Todo estaba patas arriba y había muchas cajas.

— ¿Qué es todo esto? — preguntó sintiendo curiosidad.

— Ropa vieja. — contestó Kagome.

¿Y qué hacía ahí arriba la ropa vieja? Vio que Sango doblaba algunos chándales y los metía en una caja. ¿Estaba guardando su ropa habitual? Esa era una caja del desván si no se equivocaba. Bueno, las mujeres tenían un comportamiento de lo más extraño a veces. Decidió pasar del tema de la ropa y fue directo a por Sango. Le picaba tanto la curiosidad por saber qué hacían los fines de semana…

— ¿Y qué tal te va todo? — preguntó — Supongo que ahora estarás menos ocupada. Como sales todos los fines de semana con Kagome…

Las dos mujeres intercambiaron miradas al escucharlo. Eso no le gustó nada. ¿Acaso estaban conchabadas para engañarlo? ¡No, seguro que no! Se habrían mirado porque eran amigas. Seguro que tenían alguna broma secreta.

— Sí, ahora tengo más tiempo libre. Desde que Miroku no trabaja los fines de semana, es una bendición poder salir con una amiga. Espero que no te importe que te la robe por el desayuno.

— No, tranquila.

Mientras solo fuera el desayuno. Detestaba admitirlo, pero si Kagome se iba al mediodía y no les dejaba comida, tendría que pedir una pizza para los niños.

— Bueno, mejor os dejo solas. — recogió una camiseta y una pantalón de estar por casa — Voy a asegurarme de que Hikari se toma toda la merienda.

Ninguna de las dos dijo nada, pero las escuchó reír cuando salió del dormitorio. ¿Qué les resultaba tan gracioso? Aunque, por otra parte, era agradable ver que Kagome recuperaba algo de su vida social. La notaba muy alicaída últimamente y necesitaba refrescarse un poco. Él también la ayudaría más adelante. Estaba decidido a que las cosas marcharan bien en su matrimonio y ¿qué mejor que una escapada romántica? Buscaría algún lugar agradable no muy lejos de allí

Quería que volvieran a ser un matrimonio de verdad. Hacer el amor, darse besos apasionados de despedida, hacer cosas juntos de vez en cuando, dejar de comportarse como si fueran extraños. En el fondo, tenía que darle las gracias a Kikio por abrirle los ojos. Nunca había estado más seguro de que lo único que deseaba era amar a su mujer.

Continuará…