Capítulo 3
— Kagome, ¿aún no te has vestido?
Alzó la vista al escuchar a Inuyasha y sonrió. No, todavía no se había vestido y no pensaba hacerlo en un buen rato. Había sufrido durante dos meses como una condenada para recuperar a la antigua Kagome, no pensaba tomárselo a la ligera. Quería hacer una entrada espectacular en el salón de actos, que todo el mundo la mirara y comentara lo estupenda que estaba, para que la niñata de Kikio Tama se tragara sus propias palabras y a Inuyasha se le cayera la baba.
Esa mañana se pesó y descubrió con orgullo que, desde el día que empezó con la dieta y el ejercicio, había perdido casi trece kilos. Hacía años que no se veía tan estupenda, y lo mejor era que se sentía muy orgullosa de sí misma. Se había planteado un reto y lo había superado. En adelante, solo tenía que asegurarse de no volver a caer en el mismo pozo para que su esfuerzo no fuera en vano. Recuperaría una dieta normal sin excesos y seguiría corriendo todos los días para mantenerse, nada más. Aún le quedaban dos kilos para ser exactamente la chica que recordaba, pero creía verse mejor con esos dos kilos que sin ellos.
Se había asegurado de que Inuyasha no notara el cambio. Seguía utilizando el chándal amplio ante él y no permitía jamás que atisbara su piel. Bueno, eso ya lo venía heredando de años anteriores. Inuyasha siempre se cambiaba en la habitación con total normalidad, pero ella se escondía en el cuarto de baño, avergonzada de los kilos de más tan poco atractivos.
— No, iré más tarde con Sango.
— ¿Con Sango? — preguntó extrañado — Es una reunión familiar, Kagome. Lo suyo es que vayas con tus hijos y con tu marido.
No esperaba que se lo tomara a mal y, en el fondo, le enterneció escucharlo. Si hubiera sido cualquier otro día y no ese día tan especial, habría accedido gustosamente a sus peticiones. Jamás se le hubiera ocurrido ir con otra persona. Pero necesitaba a Sango. Tenía cita en la peluquería; luego, iba a depilarse y a vestirse en su casa. Inuyasha no podía ver todo eso.
— Tengo cita en la peluquería. – se justificó.
Tampoco le decía ninguna mentira.
— ¿A esta hora? — consultó el reloj de muñeca — La reunión…
— Lo sé, pero no tenían en otro momento. — cerró la bolsa de deporte cargada de ropa para la ocasión — No puedo aparecer con estos pelos. ¿Qué van a pensar de tu esposa?
Él no contestó. Ojalá le hubiera dicho algo como que a él no le importaba lo que dijeran los demás. Algo bonito. Sin embargo, ese cumplido no llegó nunca. Se prometió que esa noche lamentaría no haberle dicho algo bonito.
— ¿Y la función de los niños? — insistió.
— Te prometo que llegaré a tiempo. — le aseguró — Es a las siete y media y tengo la peluquería a las cinco. Además, cosí sus trajes, ¿crees que me voy a quedar sin verlo?
¡Y cómo sufrió cosiendo esos trajes! Todas las noches durante el último mes se había acostado tardísimo para prepararles los trajes. Entre sus nuevas actividades deportivas y las tareas del hogar, su tiempo libre era el mínimo. No le quedó más remedio que quitarse horas de sueño para coser. Para Hikari, un vestido lleno de encajes y de lazos para que interpretara a Wendy en la obra de Peter Pan. Para Setsu, un disfraz de calabaza para el baile de la clase parvularios. Había llegado a odiar a las calabazas después de esa terrible experiencia de costura.
De repente, se acordó de que había olvidado dejarle preparado el equipo a Inuyasha. Seguro que lo olvidaría si no se lo ponía en la entrada. Sacó la bolsa del armario y metió la cámara fotográfica, la cámara de vídeo, una batería de repuesto y un par de tarjetas de memoria de más.
— Te lo dejaré en la entrada. ¡No lo olvides!
También dejaría en la entrada la bolsa con los trajes de los niños. Si se marchaba sin dejar toda tan bien preparado para que fuera imposible que lo olvidaran, se encontraría con que no llevarían ni disfraces, ni equipo de grabación, ni la cartera. En ocasiones, había tenido que llegar a darle la cartera y las llaves a Inuyasha en la entrada para que no lo olvidara. Era un desastre en todo lo que no estuviera relacionado con la ciencia; por eso, le había comprado una estupenda agenda de regalo de navidad.
Se colgó la bolsa de deporte con la ropa para esa noche a la espalda y bajó las bolsas con los trajes y las cámaras a la entrada. Lo dejó todo sobre el mueble, bien a la vista, cruzando los dedos para que no se les olvidara nada.
— Prométeme que no olvidarás nada. — le exigió.
Inuyasha cruzó los dedos en una promesa, al igual que hizo ella previamente.
— Te lo prometo.
— Muy bien, nos veremos allí.
Sonrió y se puso de puntillas para darle un beso en la mejilla. Después, salió de la casa corriendo, deseosa de que su cambio de imagen se completara.
No se movió de la puerta hasta que Kagome desapareció por completo de su vista. Estaba muy rara en los últimos meses. No le contaba nada de lo que hacía y sabía que estaba saliendo de la casa. Cuando se había encontrado con que aún continuaba con tareas del hogar que solía tener terminadas antes de su llegada, adivinó que ella salía. Y no le dijo ni una palabra. También le veía comer menos y en la nevera había Coca Cola light; sin embargo, Kagome siempre bebía Coca Cola normal. Todo eso por no hablar de los trajes de los niños. Los había cosido por la noche, a diario. La sentía tumbarse en la cama a altas horas de la noche, completamente agotada. Habría deseado poder ayudarla, pero no sabía coser, por lo que solo estropearía su trabajo.
Había algo más que también había notado. ¿Kagome había adelgazado? Seguía usando sus chándales habituales, por lo que era difícil saberlo a ciencia cierta. No obstante, sí que le notaba la cara más fina, como años atrás. También se había fijado en los muchos pliegues que tenía de repente su ropa, como si le quedara grande. Algo raro estaba pasando y no se lo quería contar.
Su esposa no lo creía capaz de nada, no confiaba en él. No era capaz de decirle qué le rondaba por la cabeza, le ocultaba sus salidas y lo miraba con reproche. Tampoco esperaba que fuera capaz de hacer las cosas bien. Le dejaba todas las bolsas en la entrada como si fuera un niño pequeño. Odiaba que siempre se lo tuviera que preparar absolutamente todo, y lo peor era que tenía razones para hacerlo. Le gustaría ser mucho más atento y menos desordenado, pero, cuando se esforzaba por llevar algo que necesitaba, olvidaba otra cosa también necesaria a cambio. Sus padres nunca consiguieron que fuera una persona organizada por más que se esforzaron.
Se reajustó la corbata y se miró en el espejo. Odiaba usar corbata y llevar el traje. Kagome insistía en que se lo pusiera en esas ocasiones, pero él preferiría haber ido más informal con unos vaqueros y camisa limpia. Ya sufría bastante con su apariencia de profesor a diario. Mantener la fachada de una persona organizada y sofisticada era muy difícil para una persona tan caótica como él.
— ¡Hikari! — la llamó — ¡Setsu!
Ya era hora de marcharse. Como profesor, tenía que estar allí de los primeros, pues los padres querrían acercarse a hablar con él. Deseó con todas sus fuerzas que los padres de Kikio Tama no se acercaran a él. No quería tener que enfrentarse a ellos para decirles que su hija tenía más interés en aprobar usando su cuerpo que su cerebro.
Cogió de la entrada todas las bolsas que Kagome había preparado y las metió en el maletero recordándose que, al llegar al instituto, tenía que sacarlas todas; no podía olvidar nada. Kagome tendría que ir andando desde muy lejos con el mal tiempo, aunque Sango tenía su propio coche… Seguro que la llevaría hasta allí; no había nada de lo que preocuparse.
Otros profesores con sus familias ya habían llegado allí cuando él entró en el salón de actos. Dejó los trajes de sus hijos a salvo, en manos de sus tutoras, y se juntó con sus compañeros de trabajo en la mesa de las bebidas. Cogió un poco de ponche que olió primero para asegurarse de que no tuviera alcohol y dio un trago. De las fiestas de graduación de los más mayores, había aprendido que siempre tenía que oler todo lo que iba a beber y que siempre debía estar bajo vigilancia esa mesa. No creía que sucediera nada por el estilo en una fiesta a la que llevaban a sus padres o tutores, pero nunca se sabe.
Permitió que sus hijos corrieran por el salón y se divirtieran a sus anchas hasta que empezó a llegar más gente. Entonces, les ordenó que se quedaran a su lado y empezó a mirar la entrada con ansia. Ya eran las seis y media y Kagome todavía no aparecía. ¿Dónde demonios se había metido? En cuanto vio a Miroku entrar con sus hijos, cogió a los suyos y se movió hacia él como un mastodonte, arrasando con todo el que se le pusiera por delante.
— ¡Miroku!
— ¡Viejo amigo!
Se dieron la mano con entusiasmo mientras sus hijos se ponían a jugar alrededor de ellos. Miroku no estaba acompañado de su esposa.
— ¿Sabes dónde están? — preguntó preocupado.
— Prometí que guardaría el secreto. — sonrió — Te prometo que la espera merecerá la recompensa.
¿De qué demonios estaba hablando Miroku? ¿Qué espera? ¿Qué recompensa? Lo único que él sabía era que todo el mundo lo miraba expectante, esperando que apareciera su esposa. Si ella no aparecía pronto, daría una imagen de núcleo familiar sin unidad. ¿No se daba cuenta Kagome de que se rumorearía sobre ellos? Todo el mundo en ese pueblo conocía su historia. Todos lo vieron correr hacia la maldita estación de tren como un loco para evitar que ella lo tomara, dejando atrás el pueblo. La historia de cómo se arrodilló en medio de la estación para pedirle matrimonio había trascendido. Siempre eran el centro de atención haya donde fueran.
No le quedó más remedio que esperar y disimular para que no pensaran que no tenía ni idea de dónde estaba su esposa. Miroku no parecía en absoluto preocupado, y eso debería hacer que se sintiera mejor. Se metió las manos en los bolsillos y charló con su amigo sobre el trabajo y sobre los niños. Cada cinco minutos, consultaba el reloj disimuladamente hasta que dieron las siete. ¿A qué esperaba Kagome? La función de los niños estaba por empezar y juró y perjuró que no faltaría. Hasta a él le sabría mal por los niños y por lo mucho que ella se esforzó en coserles los endemoniados trajes.
Apretó los dientes fastidiado. La gente lo miraba y cuchicheaba. ¿A ellos qué les importaba dónde estaba su mujer? Desearía poder cerrarles la boca.
— ¡Guao! — Setsu se aferró a sus piernas — ¿Esa es mamá?
Se volvió a tiempo para verla avanzar hacia ellos, y se quedó anonadado. Tenía la sensación de que estaba volviendo a ver a la chica de veintidós años con la que se casó años atrás. Estaba preciosa. Su cabello había sido cortado a capas y caía de forma encantadora sobre sus hombros, favoreciendo sus bonitos rizos naturales. Se había maquillado un poco. Pintalabios y tal vez polvos y rímel. Tampoco pudo evitar notar que se había depilado las cejas tal y como hacía antaño. ¿Se habría depilado todo el cuerpo? Todo ese estupendo cuerpo… Era mucho más atractiva de lo que la recordaba.
Sus piernas, sin una pizca de celulitis, parecían largas y muy bien torneadas. Las veía fuertes, más fuertes que nunca para abrazarlo. Había olvidado lo mucho que le gustaba contemplar el suave contoneo de sus redondeadas caderas. Eso por no hablar de su cintura. ¡Cómo añoraba rodear con sus brazos la estrecha cinturita de Kagome! Aunque nada sería tan placentero como volver a hundir la cabeza entre sus pechos firmes, pero blandos.
La ropa que llevaba era matadora. Solo reconoció del conjunto la chaqueta negra de rockera que ella solía usar antaño. Las botas negras de tacón de aguja hasta las rodillas no las había visto nunca, pero le daban un aire muy sexi. El vestido sí que no lo había visto antes. Era de color verde pino y le llegaba hasta la mitad del muslo. Se ajustaba de forma deliciosa a cada curva hasta terminar en un cuello vuelto. Solo con lo ajustado que era hubiera sido suficiente; sin embargo, justo a la altura del pecho, tenía dibujado un triángulo que dejaba al descubierto el bonito escote.
Al llegar a su lado, Kagome se puso de puntillas y le dio su acostumbrado beso en la mejilla. Pudo percibir el aroma de un delicioso perfume; Kagome no solía utilizar perfume muy a menudo. Deseó sustituir aquel casto beso por un beso apasionado, pero ella no le dio oportunidad y estaban en público. Debía guardarse.
— Siento llegar tarde. — se excusó — Me demoré más de lo esperado.
Y a él le gustó esa demora. Estaba estupenda y había despertado a la bestia, literalmente. Su primera erección en muchísimo tiempo y era justamente con la persona correcta: su mujer. ¡Qué cuchicheara la gente! Seguro que se estaban muriendo de envidia por la evidente belleza de su esposa, aunque él siempre supo que todo eso estaba ahí. Su esposa, simplemente, se había descuidado un tiempo.
— ¿Verdad que son ricos?
¡No, ella no! No quería que Kikio Tama se acercara a su esposa, aunque, por otra parte, le pareció una gran idea. En cuanto viera a su bellísima esposa, entendería su rechazo y lo dejaría en paz. Era evidente que ningún hombre en su sano juicio iba a renunciar a una mujer como Kagome por esa niña.
Intentó componer su mejor sonrisa ante los padres de Kikio cuando le dieron la mano. Los dos parecían preocupados.
— ¿Cómo le va a Kikio? — preguntó el padre sin tapujos — Nos preocupan sus notas…
A él también le preocuparía mucho en su lugar.
— Bueno, necesita esforzarse más.
— Yo siempre le digo eso, pero no me hace caso y se va de fiesta. — se quejó su madre — ¿Hay algún truco para que se ponga seria con sus estudios?
No pudo darles una respuesta, pues él mismo lo dudaba. Kikio nunca había estudiado para ninguna de sus clases. Otros años consiguió pasar de curso con trabajos extra que estaba seguro que ella no había redactado; ese año no sería igual. No podía mandar a selectividad a una alumna en esas condiciones.
— Siento no haberme presentado. — Kagome tomó la mano que el padre de Kikio le tendía — Soy Kagome Taisho, la esposa de Inuyasha.
Los dos le dieron la mano y le sonrieron amablemente, pero Kikio, al escucharlo, dejó de hacer como que le caían bien sus hijos y se irguió.
— ¿Es la mujer del profe?
En realidad, disfrutó viendo a Kikio tan apurada. Debido al cruel comentario de su hija meses atrás, debía pensar que su mujer era una foca. Seguro que la decepción que se llevó fue tremenda.
— Sí, — le tendió la mano amigablemente — ¿esperabas otra cosa?
— Creí que estabas gorda… — musitó.
— ¡Kikio!
El padre de Kikio la cogió y la arrimó a él bruscamente para murmurarle lo que sería un buen sermón. La madre, mientras tanto, se retorcía las manos con nerviosismo. No pensó que Kikio se atreviera a decir eso en voz alta y mucho menos delante de su esposa. ¿Qué debía hacer? ¿Defenderla? ¿O callar y conformarse con ver la reprimenda de su padre?
— Perdónela. — se disculpó el padre al fin — Está nerviosa.
— No se preocupe. — Kagome parecía estar tomándoselo con humor — Como ve, se equivocaba. No pasa nada.
Para lo sensible que era Kagome con lo que los demás decían de ella, lo estaba asimilando realmente bien. Se despidieron de los padres de Kikio y de la misma y se volvieron hacia sus amigos. Kagome se acuclilló frente a sus hijos en ese instante.
— ¿Qué hacéis aquí todavía? — señaló su propio reloj — Faltan quince minutos para la función. ¡Id a vestiros!
Sus hijos, que aún estaban atónitos por el cambio radical de su madre, se movieron al escucharla. Salieron corriendo hacia el escenario, donde las profesoras empezaban a llamar a sus alumnos, y se quedaron solos con sus amigos. Pasó un brazo sobre los hombros de su mujer con nerviosismo. ¿Por qué estaba nervioso? No había nada de extraño en hacer eso con su esposa. Nadie los miraría mal por una muestra de cariño como aquella.
— ¿Has traído la cámara? — le preguntó.
Asintió satisfecho de sí mismo por haberlo recordado todo y le mostró la bolsa donde la llevaba.
— ¿Por qué no la vas preparando mientras voy al cuarto de baño con Sango? — sugirió — Quisiera retocarme un poco…
— Pero si ya estás muy guapa.
Le sonrió en respuesta y se marchó cogida del brazo con su mejor amiga. Miroku y él volvieron a quedarse solos; entonces, decidieron ir a buscar un buen sitio. Se decidieron por una fila con buen ángulo para la cámara, donde se sentaron y reservaron un lugar para sus mujeres. Decidieron dejar dos sitios libres entre ellos para que pudieran sentarse juntas y cada una con su marido.
Estaba encendiendo la cámara de vídeo cuando Miroku le habló.
— Me alegro mucho por vosotros. Llegamos a creer que todo estaba perdido…
Levantó la vista de la cámara sin entender.
— ¿A qué te refieres?
— A ti y a Kagome, claro. Con todo lo de tu alumna, temíamos que fuerais a divorciaros, pero parece que todo vuelve a la normalidad.
No pudo ocultar su asombro por sus palabras. ¿Kagome y él habían estado a punto de divorciarse? No podía creerlo. Él no recordaba que en ningún momento se hablara de divorcio en su casa. ¿Hablarían de eso Sango y su esposa cuando desayunaban juntas los fines de semana? ¿Estaría tan rara porque quería el divorcio? Entonces, ¿por qué se puso tan guapa?
— No sé de qué estás hablando, — aseguró — pero no es un tema que me resulte agradable. Deberías meterte en tus asuntos.
— En verdad no lo sabes… — era el turno de Miroku de estar asombrado — Todo el mundo lo comenta, Inuyasha.
— ¿Qué comentan? — empezaba a enfadarse.
— Lo de Kikio.
Su enfado se convirtió en miedo. Miroku se inclinó sobre los asientos para adoptar un tono de confidencia; Inuyasha lo imitó. ¿De qué estaba hablando? Se sentía aterrado ante la sola idea de que Kikio se hubiera adelantado con alguna mentira.
— Los rumores empezaron a principio de curso. A nosotros nos lo dijeron nuestros hijos.
Los hijos de Miroku iban al colegio, a primaria.
— Dicen que tienes una aventura con Kikio.
El mundo se le cayó encima en ese instante. ¿Cómo podían estar comentando eso por todo el colegio? ¿Quién esparciría un rumor tan asqueroso? Su repuesta llegó cuando vio a Kikio tomar asiento con sus padres no muy lejos de allí. Los dedos le ardían por el deseo de rodear su garganta y estrangularla. Nunca había habido nada entre él y Kikio. Ella lo besó una vez y él la rechazó. Nunca hubo más fuera de su mente. En cierto modo, sí es cierto que le fue infiel de conciencia a su esposa, pero era porque se sentía solo y frustrado. Todo eso había acabado ya. Se había percatado de su error, de lo poco que hizo en los últimos tiempos por recuperar la magia y de que amaba solo a Kagome.
De repente, una terrible idea se le pasó por la cabeza. Levantó la vista hacia el escenario en el que estaban colocando los cartones que harían de decoración y pensó en sus hijos. ¿Habría llegado hasta ellos ese rumor? ¿Sería esa la razón por la que Hikari estaba tan enfadada con su madre? No, eso no tenía sentido. Lo normal sería que se enfadara con él, no con ella.
— Kagome lo sabe.
Se le paró el corazón en ese instante. ¿Cómo que Kagome lo sabía? Y, si lo sabía, ¿por qué se calló y no dijo nada? Tendría que haberlo retado y haber pedido explicaciones. ¡Dios! ¿Sería esa la causa de su extraño comportamiento?
— Por eso creímos que os ibais a divorciar…
El planteamiento era lógico, pero fallaba una cosa. Si a oídos de Kagome había llegado ese rumor, ella no dijo ni una sola palabra. Eso solo podía significar dos cosas: lo había condenado o había decidido no darle ni la menor importancia a un rumor. Fuera cual fuera la respuesta, estaba inquieto. No le resultaba nada agradable que Kagome tuviera que escuchar algo semejante; la sola imagen del mal rato que debía haber pasado la pobre le causaba angustia.
Kagome y Sango los encontraron en ese momento y se sentaron en los lugares que reservaron para ellas. Kagome estaba a su izquierda y hablaba con su amiga sin sospechar tan siquiera nada de lo que él estaba pensando. Tan ensimismado estaba en sus pensamientos que ni siquiera se percató de que habían apagado las luces para empezar la función.
— ¡Inuyasha, graba!
Volvió a encender la cámara, apurado, y la sostuvo delante para grabar toda la función. Se colaban algunas cabezas por la parte baja, pero tenía muy buena panorámica. Kagome, a su lado, se agarró a su brazo libre y se reclinó contra su costado. Una mujer que pensaba en divorciarse no tendría ese gesto. Por lo tanto, Kagome debía haber hecho caso omiso de los rumores. ¡Menudo alivio! Sin embargo, no dejaba de molestarle que la gente estuviera comentando esa mentira. Al fin comprendía por qué todo el mundo lo miraba y cuchicheaban. Creían que Kagome no estaba ahí porque estaban separados y en proceso de divorcio.
La clase de Setsu fue la primera en salir a actuar. Por suerte, su hijo estaba en primera fila y podían verlo perfectamente. El público sonreía y aplaudía al son de la canción mientras los niños realizaban la graciosa danza. Los dos lo contemplaron con una sonrisa y aplaudieron como los que más cuando terminó su número. Después de su hijo actuaron las clases más mayores de parvularios. Los de primero de primaria hicieron unos entremeses. Los de segundo, donde se encontraba su hija, la obra de teatro de Peter Pan.
Hikari estaba encantadora con el vestido que Kagome le había confeccionado y era la clara protagonista de la obra. No apartó ni un solo momento la cámara de ella.
— ¿Verdad que está preciosa, Inuyasha?
Asintió con la cabeza pensando que era tan bonita como su madre. Todos se rieron cuando tuvo que repetir una frase casi gritando porque apenas se le había oído. Después, las otras clases también hicieron algunas funciones teatrales y numerosos musicales. Para cuando terminó la noche, estaban agotados. Salieron de allí a las diez; al llegar a casa, les pesaba todo el cuerpo.
Mientras Kagome acostaba a los niños, él se aseguró de cerrar bien todas las puertas y las ventanas de la casa. Kagome salía del dormitorio de Setsu cuando subió al segundo piso y se dirigió hacia el de ellos. En ese momento, al verla entrar en su dormitorio, le entró una urgencia casi animal de seguirla para pasar una larga noche despiertos. Debía centrarse. Primero, tenía que ocuparse de sus hijos. Fue al cuarto de cada uno, y tras repetirles una y otra vez lo orgulloso que estaba de lo bien que lo habían hecho y lo bien que se habían portado, cerró las puertas de sus dormitorios y se dirigió hacia el suyo propio.
Kagome ya se había quitado las botas y había colgado la chaqueta en el armario. Él también se quitó la americana del traje y la colgó. Se aflojó la corbata sin apartar la mirada de ella y de su ajustadísimo vestido. La estaba viendo quitarse los pendientes frente al tocador cuando recordó algo importante.
— ¿Mañana irás a desayunar con Sango? — le preguntó.
De ser así, la convencería para que la llamara y le dijera que no podía ir. No iban a madrugar en absoluto y los niños ya podían aprender a prepararse su propio desayuno.
— No. — sacudió la cabeza — Se va a casa de sus suegros a pasar la navidad.
Su respuesta no podría haberlo dejado más satisfecho. Así, se ahorraría el mal trago de pedirle que no fuera con su amiga. No le gustaba darle órdenes a su esposa y mucho menos parecer un marido posesivo que solo la quería para él. Sabía lo mucho que se querían Kagome y Sango y detestaría interponerse en su relación. Al fin y al cabo, ellas eran amigas desde el parvulario; se comportaban como hermanas.
Kagome escogió ese momento de reflexión sobre la amistad para apartarse el cabello de la espalda, pasándolo sobre el hombro para cepillar la melena. Sus pensamientos volvieron a redirigirse hacia el cuerpo de su esposa. Con la chaqueta y su cabello no había podido verlo antes. Al igual que en el escote, tenía un elegante corte en la espalda que iba desde la zona lumbar hasta casi las cervicales. Podía ver la tira de un sujetador negro de tela diáfana. Eso fue mucho más de lo que puso soportar ver. Ya estaba harto de remilgos y de esperar, la quería inmediatamente y le dolía la entrepierna por la espera.
Se quitó la camisa y se acercó por detrás como un animal acechando a su presa. Inicialmente, el plan era esperar hasta que hicieran el viaje, pero no podía. Mejor reconciliarse en casa para luego disfrutar cada minuto en la suite con jacuzzi que reservó. La mitad de su paga de navidad se había ido en ese viaje, pero merecía la pena por recuperar la pasión en su matrimonio. Estaba harto de la rutina y de que se trataran como desconocidos.
Pasó un brazo por delante de su cuerpo, acariciando con avaricia su vientre y su estómago; el otro lo colocó en su rodilla y fue ascendiendo sobre las molestas medias. Su lengua, mientras tanto, lamió su columna vertebral de abajo arriba, hasta donde el vestido impidió que continuara su ascenso.
— Inuyasha, ¿qué haces?
— ¿Tú qué crees, cariño?
No dejó lugar a dudas cuando frotó la entrepierna contra su trasero. Su mano se metió baja su falda y jadeó al acariciar el muslo desnudo. Llevaba ligas, no había nada más sexi. Le desabrochó los botones en la nuca con los dientes y después la mordió con pasión. ¡Cómo la echaba de menos! ¿En qué mundo pudo vivir sin hacer el amor con su esposa durante cuatro años?
Sango le aseguró que su nuevo aspecto le levantaría el ánimo a su marido, pero no esperaba un efecto tan demoledor. Hacía tanto que no sentía sus manos y su lengua reclamándola que se estaba derritiendo por la anticipación. Ojalá se hubiera cuidado antes. Inuyasha parecía completamente ido, no atendía a razones y solo quería tenerla lo más rápido posible. Ella también ansiaba exactamente lo mismo. Por eso realizó el cambio, ¿no? Se había propuesto recuperar a su marido y ahí lo tenía… Más vivo que nunca.
Dejó que le quitara el vestido sintiéndose avergonzada. Hacía tanto tiempo que no se presentaba frente a Inuyasha con tan poca ropa que ni su mejor aspecto físico le podía quitar la timidez. Además, no recordaba haberse puesto nunca ropa interior tan sexi. Tenía tantas transparencias en los lugares más adecuados…
Inuyasha le hizo girarse y la miró de los pies a la cabeza. Después, pasó la mano por su baja espalda y la estrechó entre sus brazos mientras le daba el mejor beso que habían compartido en años. Adoraba sus besos, los de verdad. No podía dejar de gemir y de mover sus labios contra los suyos exigiéndole un beso más profundo. Lo quería todo después de tantos años de sequía. Quería que Inuyasha se lo diera absolutamente todo, incluido su corazón. No pensaba permitir que se reservara nada esa noche.
Continuará…
