Capítulo 4

Ese fin de semana con Inuyasha había sido el más maravilloso en años. ¿Por qué no habían hecho aquello antes? Hacía años que no pasaban una noche entera haciendo el amor para luego dormir por la mañana. Los niños, por supuesto, no quisieron dejarlos dormir, pero, tras darles de desayunar, los dejaron dormir en paz. Inuyasha la abrazó y no la soltó ni un instante mientras dormían. Había olvidado la última vez que hizo algo así en los últimos años. Aunque dejaron de hacer el amor tras el nacimiento de su segundo hijo, al principio, Inuyasha la estrechaba entre sus brazos todas las noches. Con el tiempo, fue dejando de hacerlo hasta que ella llegó a olvidar la calidez de su cuerpo.

El domingo fue más vergonzoso. Durmieron por la noche después de agotarse hasta las doce; por la mañana, Inuyasha la despertó con sus besos y caricias. Estaban a punto de consumar cuando entraron los niños. Vieron la espalda desnuda de su padre y las uñas de ella clavándose en su piel. Después, la escucharon gemir de placer, algo que ellos mal interpretaron. Corrieron hacia ellos gritando, asustadísimos mientras que ellos apenas tuvieron tiempo de cubrirse avergonzadísimos al escuchar sus voces. Nunca les había sucedido algo parecido con los niños. Estaban tan avergonzados y tan preocupados porque comprendieran lo que estaban haciendo que casi no pudieron mirarlos a los ojos durante el resto del día.

En Nochebuena estaba radiante de felicidad. Nada podría estropearle el día, ni siquiera un pequeño despiste en la lista de la compra. Ya hizo todas las compras con Inuyasha la semana anterior, pero se dio cuenta de que no tenía miel esa mañana. A Inuyasha le gustaba que utilizara miel para la salsa con la que pintaba el pollo, así que decidió salir a comprarla. Se enfundó en unos vaqueros de su época de juventud, se puso un jersey de cachemira y un abrigo, y salió. Fuera hacía mucho frío aunque aún no había nevado. Sería mejor que se diera prisa para que no le pillara la nevada.

Inuyasha había llevado a los niños a ver los nacimientos. Había que ir en coche porque los ponían a las afueras del pueblo para tener más sitio. Setsu estaba muy ilusionado, puesto que años anteriores era tan pequeño que ni recordaba haber estado allí. Hikari, sin embargo, no parecía tan embargada por la ilusión y había aceptado ir a regañadientes. Bueno, más bien, Inuyasha dijo que iría y no pudo decir nada en contra del mandato de su padre. Últimamente, Inuyasha estaba más atento de los niños. Parecía como si, de repente, se hubiera dado cuenta de que ella sola no podía hacerse cargo de su educación.

La cola del supermercado era tremenda, y eso que ella estaba en la de máximo de diez productos. Al final, aparte de la miel, había comprado unas galletas integrales de otra marca para comprobar si sabían mejor y galletas de chocolate para Santa Claus. Olvidó que debían dejarle un plato de galletas y un vaso de leche, y no quería dejar nada del desayuno habitual de la casa. Además, los niños no querrían dejarle galletas integrales. Normalmente, Inuyasha y ella daban buena cuenta de las galletas de chocolate después de que los niños se fueran a la cama, pero ese año no pensaba probar ni una. Tenía una figura que mantener.

Pasó cerca de media hora en la cola antes de que la atendieran. Después de pagar y coger la bolsa, sintió un alivio inmenso. Ya podía volver a casa. Tenía mucho que preparar para esa noche; pese a que aún le quedaba toda la tarde, había perdido media mañana con esa inesperada salida. Se dispuso a volver, pero un colorido cartel en la única aseguradora del pueblo llamó su atención. Buscaban una secretaría de dirección; justamente, ella buscaba trabajo. Se había sacado una carrera de Derecho, tenía que tener alguna posibilidad de acceder a ese puesto.

Entró en la aseguradora y preguntó en la recepción. La enviaron al final del establecimiento, donde había un montón de chicas sentadas, esperando. A lo mejor, la recepcionista la entendió mal. Ella quería preguntar por el puesto antes de entregar su currículum, no tenía hora para ser entrevistada. Miró a las otras candidatas, sintiéndose diminuta e invisible. Todas iban muy elegantes, con trajes muy sexis además. Ella parecía justamente lo que era: un ama de casa que había salido a hacer las compras.

Lo mejor sería que se fuera. Dio media vuelta dispuesta a marcharse al mismo tiempo que escuchaba la puerta del despacho abrirse a su espalda. Ignorando por completo ese hecho, siguió caminando hacia la salida.

— ¡Kagome!

¿Ese era su nombre? ¿La llamaban a ella?

— ¡Espera, Kagome!

Al volver a girarse, la sorpresa la dejó paralizada. ¿Ese era Kouga Wolf? Su mejor amigo del colegio y del instituto. Estuvieron juntos desde primaria hasta bachiller. Después, los estudios posteriores los separaron. Alguna vez en verano se había encontrado con él cuando terminó la universidad, pero hacía años que no lo veía a pesar de que vivían en el mismo pueblo. Nunca logró entender por qué se distanciaron tanto después de casi veinte años de amistad.

Estaba estupendo. Parecía el mismo que diez años atrás. Igual de alto, pero lo notaba más ancho, más musculado que entonces. Su cabello, antes corto y negro, era largo y estaba recogido en una coleta. Sus ojos azules seguían siendo de ese azul intenso tan maravilloso. Mirarlo a los ojos, era como sumergirse en el mar. También seguía manteniendo su permanente bronceado y la perfecta dentadura blanca. Seguro que ya estaba casado. ¿Qué mujer no querría casarse con él? Aparte de ella, claro. Para ella siempre fue su mejor amigo y nada más.

— ¡Cuánto tiempo, Kouga! — sonrió al tenerlo cerca — ¿Trabajas aquí?

— Soy el dueño.

El dueño. Estaba asombrada. Kouga siempre dijo que nunca sería un gran empresario, ni dueño de ningún tipo de negocio. Decía que era un hombre muy sencillo y fácil de contentar. Sería gracioso recordárselo. ¿Cómo había terminado siendo dueño de esa aseguradora? Haciendo memoria, no era tan antigua. Tendría poco más de cinco años. ¿La fundaría él?

— ¡Guao! — exclamó — Es increíble, Kouga. No tenía ni idea.

— ¿Ah, no? — parecía extrañado — Entonces, ¿qué hacías aquí? Pensé que entraste a desearme una feliz navidad o algo así.

— Bueno, ya que me lo recuerdas… ¡Feliz navidad! — los dos se rieron — En realidad, entré por el cartel del escaparate, pero no creo que sea para mí.

— ¿El de secretaria de dirección? — la vio asentir con la cabeza — ¿Acaso tu marido no gana suficiente? — bromeó — Tú tienes una carrera de Derecho, puedes aspirar a mucho más.

Sí, pero no en ese pueblo. Una vez tuvo la oportunidad de trabajar en un gran bufete de abogados en Nueva York. Era como un sueño hecho realidad. Hizo las maletas y compró el billete. Incluso llegó a la estación de tren, pero nunca pasó de allí. Inuyasha se arrodilló y le pidió matrimonio justo cuando llegaba su tren al andén. Tuvo que elegir, y eligió a Inuyasha.

— No hay muchas opciones en el pueblo…

— Ya veo. Te han cortado las alas, ¿eh?

Se preguntó en ese instante si Kouga sabría la gran oportunidad que rechazó para casarse con Inuyasha, parir hijos y ser ama de casa. Seguro que lo sabía. ¡Todo el pueblo lo sabía! A veces se sorprendía descubriendo que todavía hablaban de cómo Inuyasha se marchó en mitad de una clase y atravesó todo el pueblo corriendo hacia la estación de tren.

— Bueno, me tengo que ir. — se metió las manos en los bolsillos — Ya nos veremos por ahí.

Se giró dispuesta a marcharse una vez más, pero Kouga agarró su brazo y la detuvo.

— ¡Espera, por favor! — tiró de ella — ¿Por qué no pasas a mi despacho y tomamos un café?

— No sé…

Tenía que preparar la comida y, luego, la cena para esa noche.

— Por favor… — insistió — Hace mucho tiempo que no nos vemos.

Terminó aceptando. Al ver las caras de algunas de las mujeres que esperaban para ser entrevistadas, se sintió mal por ellas. Acababa de colarse. Estaba segura de que todas ellas tenían cita y cosas mejores que hacer en Nochebuena. Se encogió de hombros y pasó dentro. El despacho de Kouga no era muy grande, ni elegante, pero seguía siendo el despacho de un jefe y propietario de un negocio. Debía estar muy orgulloso de sí mismo y seguro que su madre estaría encantada. La señora Wolf siempre estaba orgullosa de su hijo, hiciera lo que hiciese.

Charlaron durante cerca de una hora. Cuando salió, las chicas que esperaban fuera parecían incómodas de tanto esperar en sus asientos y le lanzaron una mirada de enfado. Cuando Kouga anunció que ya tenía secretaría, le dedicaron miradas cargadas de rencor. Una vez más, se encogió de hombros y apretó la carpeta con su contrato contra el pecho, protegiéndola. No había planeado eso cuando entró. Iban a tener una charla amigable sobre sus vidas y así fue hasta que Kouga le propuso el trabajo, remarcando por qué ella sería perfecta para el puesto. Al saber la cifra que iba a cobrar al mes, no dudó en aceptar. No era tanto como Inuyasha, pero se acercaba bastante. Con ese dinero podrían vivir más desahogadamente.

Llegaba tardísimo a casa, pero estaba encantada. Tuvo que preparar una comida muy sencilla para el mediodía. Todavía se encontraba preparando la salsa para la pasta cuando llegaron. Se sentaron a comer y dio gracias a que nadie se quejara de la comida. Temía que pensaran que había estado holgazaneando.

Reservó la gran noticia para después del postre. Le pareció excitante tener otro secreto que guardar a su familia. Este no lo guardaría durante tanto tiempo como el de su dieta, pero le servía. Era bueno tener de vez en cuando algo solo para ella, así que repartió el postre apretando los labios por la emoción contenida. Después, frunció el ceño, como de costumbre, al ver a su hija tomando yogur desnatado. Tuvo que comprarle esos yogures para que no se negara también a comerlos. Ese era otro asunto pendiente de solucionar en la casa.

Mientras recogían los platos, dio la noticia.

— Voy a trabajar.

Todos se giraron para mirarla. Nunca había trabajado; seguro que no la imaginaban haciéndolo.

— ¿Te refieres a que vas a buscar trabajo?

Cuando escuchó la pregunta de Inuyasha, se percató que no había sido lo suficientemente específica.

— Si es así, no hace falta, Kagome.

Para ella sí que lo era.

— Ya me han contratado. — confirmó — Voy a ser la secretaria de dirección en la aseguradora.

Por primera vez en su vida, sus hijos la miraron con admiración. Casi lloró por la emoción. Ellos solo miraban así a su padre, nunca a ella.

— Niños, ¿por qué no vais a ver los dibujos? — sugirió Inuyasha.

Los niños corrieron emocionados al salón. Su padre nunca les sugería ver los dibujos, y siempre les ponía aburridísimos documentales, alegando que aprenderían mucho más. Con el tiempo, habían terminado viendo los dibujos a escondidas de su padre.

Dejó los platos en la fregadera y se puso los guantes de goma para fregar. Inuyasha parecía molesto. ¿Por qué? Ella también tenía derecho a trabajar y los dos sabían muy bien que no les vendría nada mal un poco más de dinero. No tenía ningún derecho a mandar a los niños al salón como si ella hubiera hecho algo malo por lo que necesitara ser regañada. Empezó a darse cuenta entonces de que en su matrimonio iban más cosas mal de las que ella imaginaba.

— ¿Por qué has buscado trabajo sin decirme nada? — le preguntó — De hecho, has firmado un contrato sin consultarlo conmigo.

Probó la temperatura del agua y cerró el grifo pidiendo paciencia mentalmente.

— ¿Quieres contestarme, Kagome?

— No pienso contestarte mientras me hables en ese tono. — le advirtió.

Lo escuchó resoplar como un viejo gruñón. Segundos después, lo tuvo al lado con un paño, secando los platos que ella iba dejando escurrir. Era la primera vez desde que se casaron que Inuyasha le ayudaba con algo en la casa, aunque sus verdaderos motivos eran tenerla bien cerca mientras la regañaba. Decidió hablar porque no deseaba que los niños los oyeran discutir desde el salón.

— Solo quiero ayudar un poco con la economía del hogar.

— No es necesario, Kagome. — repitió.

— Sí que lo es. — insistió — Los dos sabemos que apenas tenemos para llegar a final de mes.

— Te prometo que seguiré siendo tutor y que encontraré la forma de ganar más. Me presentaré a director la próxima vez que salga la votación…

Y ella sabía que odiaría ser director. Le quitarían muchas horas de clase para hacer algo que odiaba: números, propuestas y ocuparse de discusiones interdepartamentales. Inuyasha sería tremendamente infeliz realizando ese trabajo, y eso solo podía repercutir negativamente en su matrimonio.

— Yo también quiero trabajar.

— ¿Por qué?

¿Y por qué a él le fastidiaba tanto? Sus trabas empezaban a cabrearla.

— Porque a mí también me gusta sentir que hago algo útil, ¿sabes? — le reprochó — Ya perdí la oportunidad de mi vida, no pienso volver a perder otra.

— ¡Ya saltó la libre! — Inuyasha dejó el plato en el armario con tanta fuerza que casi lo rompió — Ya sabía que algún día me lo echarías en cara. Me sorprende que hayas tardado ocho años.

— ¿Cómo puedes ser tan idiota? — dejó de fregar y lo miró colérica — ¡No te estoy reprochando nada! Tomé una decisión y no me arrepiento.

— Entonces, ¿por qué buscas trabajo?

Era como darse de cabeza contra un muro. Sí, estaba claro que Hikari había heredado la testarudez de su padre. ¿Cómo podía ser tan obtuso? Él que era profesor de ciencias y animaba tanto a las niñas a que se dedicaran a esa materia, pero en su casa era… era… ¡Era un machista! ¿Cómo podía negarle su propia realización?

— No pienso volver a repetírtelo. — volvió a centrarse en los platos — Es mi decisión y ya puedes ir aprendiendo a vivir con ella.

Ese día no lo haría. Lo adivinó cuando dejó el plato que tenía en las manos a medio secar en la encimera y se marchó de la cocina sin mediar una sola palabra más. Deseó matarlo. ¿Cómo se atrevía a reprocharle nada a ella? Solo quería ayudar y sentirse útil al mismo tiempo. ¿Tan difícil era de ver? ¡Diablos! Un par de revolcones en el dormitorio no iban a salvar su matrimonio. Su cambio, todo su esfuerzo, no era suficiente para arreglar la brecha entre los dos.

Estaba tan enfadada con Inuyasha que, a la hora de preparar la cena, tiró la salsa de miel que había preparado y pintó el pollo con zumo de limón. Si no le gustaba, que se fastidiara. Las mujeres podían ser muy vengativas cuando querían y a ella no había nada que le apeteciera más en ese momento. Inuyasha comía de todo, pero siempre había comidas que prefería. Las desechó todas para esa noche y preparó solo aquellas que le gustaban en especial a ella y a los niños. Estaba deseando ver la cara que ponía Inuyasha. Él esperaba que hiciera todos sus platos favoritos después de la compra que hicieron. ¡Pues se iba a llevar una decepción!

Preparó con los niños la mesa del salón para la cena y pusieron villancicos. Inuyasha estaba en su despacho leyendo o haciendo a saber qué. Ni siquiera se dignó a acercarse a ayudar o a pasar un tiempo con sus hijos. Si él era tan cabezota como para comportarse de esa forma, ella le iba a dar una buena lección. Iba a castigarlo por cada ofensa, así que ya podía prepararse para lo que le esperaba. Y, si pensaba que, por un casual, iba a acostarse con él esa noche, estaba loco.

Les puso a los niños sus mejores trajes para la cena. Ella se puso un vestido negro de lentejuelas bordadas que había recuperado de su vestuario viejo. A Inuyasha le encantaba ese vestido, siempre que se lo había puesto, se lo decía. Muy bien. Cuanto más le gustara, más sufriría por ser tan idiota. Se recogió el pelo con un bonito pasador plateado y se puso unos zapatos negros de tacón antes de bajar. Los niños ya amenazaban con mancharse los trajes y tuvo que intervenir para evitarlo. Después, le pidió a Hikari que avisara a su padre de que ya estaba la cena.

Cuando Inuyasha apareció, ella estaba esperando de pies. Quería que la viera bien antes de sentarse y que se lamentara por sus palabras. Fue evidente por su mirada que reconocía a la perfección el vestido, pero su orgullo pudo con todo y se sentó sin decir una sola palabra. Cada vez estaba más enfadada con él. ¿Acaso no podía dar nunca su brazo a torcer? Ya estaba harta de dorarle la píldora: no cedería en esa ocasión. A juzgar por la cara de sorpresa de Inuyasha, su plan había causado el efecto esperado. Evidentemente, le gustaba la comida, pero esperaba algo muy diferente.

Inuyasha contempló la comida contrariado. Cuando fueron al supermercado la semana anterior, habían comprado ingredientes para preparar sus comidas favoritas. No le desagradaba que los niños tuvieran sus platos favoritos, pero ¿qué pasaba con él? Era como si Kagome se hubiera olvidado por completo de él; entonces, tan repentinamente como se había percatado de que la cena no era la esperada, comprendió que se estaba vengando. Debía haber cambiado todo el menú a última hora por su pequeña discusión. ¿Cómo podía estar tan enfadada?

Nada más entrar se había fijado en el vestido que ella llevaba puesto. Siempre le encantó ese vestido y le sentaba tan bien como el primer día. Deseó decirle algo al respecto, pero terminó cerrando la boca y sentándose. Pensó que a Kagome se le habría pasado el enfado a lo largo de la tarde; ella siempre era mucho más pacífica y conciliadora. Era la primera vez que se mostraba tan furiosa con él.

Pensó mucho en su despacho. Intentó concentrarse en la lectura sobre una interesante especie polar de pingüinos, pero estaba demasiado abstraído. Su esposa quería trabajar y él se sentía inútil. Kagome quería trabajar porque él no ganaba dinero suficiente para satisfacerla a ella y a toda su familia. Había fracasado como marido y como padre. Dolido por ese pensamiento, había encendido el ordenador para buscar en sus páginas web de ciencia favoritas noticias nuevas. No había nada nuevo desde la semana anterior porque todos estaban disfrutando de la navidad con sus familias mientras que él se encerraba en su despacho como un cobarde. Su siguiente paso fue coger el National Geographic, pero Kagome no desaparecía de su mente. De ser un marido mediocre, pasó a pensar en las necesidades profesionales de Kagome. Ser ama de casa debía ser tremendamente monótono.

No sabía qué decir y mucho menos con los niños delante. Kagome no ocultaba en absoluto su enfado y no quería intentar pedirle disculpas para que se pusieran a discutir en la noche más especial del año. Cogió un poco de pollo de la bandeja y lo probó. Sabía a limón.

— ¿No había miel? — se atrevió a preguntar.

— Sí, — contestó ella — pero la tiré.

No podría haber sido más clara que eso. No estaba enfadada, estaba furiosa con él. Iba a ser difícil arreglar las cosas después de haberse comportado como un completo idiota. Después de la cena, ayudó a recoger los platos y meditó sobre que tendría que ayudarla con las tareas del hogar cuando trabajara. No sería justo exigirle que se hiciera cargo de las dos cosas sola.

— Yo fregaré. — le dijo en la cocina — Tú has cocinado.

Ella le dirigió una mirada de pocos amigos, pero se fue al salón con los niños. Con eso solo no conseguiría parlamentar, pero era un principio. Los escuchó hablar desde la cocina.

— Aquí están las galletas para Santa Claus. — dijo Kagome.

— ¡Vamos a ponerlas todas! — dijo Setsu.

— ¿Pero eso no será mucho? — observó Kagome — Va a estar toda la noche comiendo. Se le pondrá malita la tripa.

— ¡Todo!

No hubo forma de convencer a Setsu de lo contrario a pesar de los múltiples intentos de Kagome. Volvió a la cocina a tirar la caja y cogió un vaso para llenarlo de leche. Setsu entró corriendo justo cuando iba a hablarle y se abrazó a las piernas de su madre.

— ¡Vamos a llevar la caja!

— ¿La caja? — Kagome echó una ojeada al cartón de leche que acababa de abrir — No será mucho…

— Necesita mucha leche para mojar las galletas.

Setsu era demasiado espabilado para sus padres en ocasiones. Más de una vez les había sucedido que les cerró la boca como entonces. Era muy observador y sabía dar buenos argumentos en el momento más indicado. Kagome tuvo que llevar el vaso de leche y todo el cartón. Lo peor de todo era que, a la mañana siguiente, los niños comprobarían que Santa Claus se lo hubiera comido todo. Tendrían que comérselo como en años anteriores.

Los niños tardaron una hora más en acostarse. Cuando al fin Kagome volvió a bajar, ya tenía preparado todo un discurso que no le dio lugar a pronunciar. Cogió el plato de galletas y el vaso y se lo dio. Lo cogió sin entender.

— Cómetelo.

Bajó la mirada hacia el plato, consternado.

— ¿Todo?

— Todo. — rodeó el sofá para salir — Y no olvides beberte toda la leche.

Cuando subió al dormitorio una hora después, era a él a quien le dolía la tripa. Kagome ya estaba dormida, así que se acostó en su lado procurando no hacer ruido, sin fuerzas para nada. Hacia las dos de la madrugada, se despertó; ya se le había pasado el dolor. Se volvió en la cama buscando una mejor postura. Entonces, vio a Kagome despierta, mirándolo. Automáticamente, la besó y empezó a murmurarle contra los labios todas sus disculpas de marido estúpido. Kagome las aceptó e hicieron el amor dos veces antes de caer rendidos.

Antes de las ocho de la mañana, sus hijos se subieron a su cama, impacientes por abrir los regalos. Antes de subir a dormir, Kagome los había dejado bajo el árbol y él también dejó el suyo cuando terminó las galletas. Estaba deseando ver la cara que pondría cuando lo abriera.

Bajaron todos juntos al salón y permitieron que fueran los niños quienes abrieran primero sus regalos. A Hikari le habían comprado un vestido precioso, unos libros divertidos y didácticos sobre la naturaleza y una mochila con cuadernos y estuche a juego que era merchandising de su serie de dibujos favorita. Gritó encantada al verlo todo, deseosa de estrenarlo. A Setsu le regalaron su primera bicicleta y unos coches de carreras. Los dos quedaron encantados.

Después, les tocó a ellos. Él se rió al abrir su regalo: una agenda. No había nada más adecuado para una persona tan desorganizada como él. Kagome dio justo en el clavo. Alzó la vista de su regalo con una sonrisa, justo a tiempo para ver la cara de enfado de Kagome al abrir el sobre. ¿No le gustaba? Antes de ir a la cocina con el sobre en la mano, se levantó con la excusa de ir a tirar el papel de regalo roto y a preparar el desayuno. No permitiría que se escapara.

Fue tras ella, dejando a los niños muy ocupados con sus juguetes, y la encontró tirando el papel en la basura. El sobre estaba sobre la mesa.

— ¿No te gusta mi regalo?

Se retorció las manos; eso no le gustó nada.

— Claro que me gusta, Inuyasha.

— Entonces, ¿cuál es el problema? Es evidente que algo te disgusta.

— Es un hotel muy caro y el viaje…

Así que le preocupaba el dinero…

— Lo pagué con la paga de navidad, igual que los regalos de los niños. Hace mucho que no vamos a ninguna parte, deberías alegrarte.

— Y me alegro, pero no sé si es buen momento para…

— Vas a trabajar, ¿no? — le recordó — Tendremos más dinero.

Eso disipó en parte sus dudas, peo aún la notaba distante.

— No es solo el dinero… ¿Y los niños? — preguntó — Aún no tienen edad para quedarse solos y solo has reservado para nosotros…

— ¿Crees que no he pensado en eso? — le frotó los brazos sobre la bata — He hablado con mis padres y con tu madre. Mis padres los recogen el viernes cuando nos vayamos. El sábado por la tarde los llevan con tu madre. El domingo, cuando lleguemos, ella estará esperándonos con los niños en la puerta de casa.

Jamás habría pagado por ese viaje si no estuviera seguro de poder encontrar a alguien que se hiciera cargo de los niños. Por suerte, los abuelos se pelearon por tenerlos. Todos querían pasar el fin de semana con los niños y tuvo que terminar partiéndolo para que todos ellos pudieran disfrutar de la compañía de sus nietos.

— No sabes lo mucho que se alegran de quedarse con los niños. — le aseguró — ¡Están encantados!

Ella asintió con la cabeza, pero notó que seguía titubeante. La instó a hablar con la mirada.

— Mi regalo es horrible… tú te has gastado mucho más… yo…

— La navidad no consiste en eso, sino en el detalle. — adoptó el tono de profesor para decir eso — Además, me hacía falta una agenda. Soy un desastre y se nota que me conoces mejor que nadie.

De eso no tenía ni la menor duda. Kagome era la mujer que más lo conocía en el mundo, la única que llegó hasta el fondo de su ser. Y aún dudaba por algún motivo desconocido para él. Volvió a instarla hablar con la mirada. No se detendría hasta que ella estuviera tan emocionada por ir que se pusiera a hacer las maletas inmediatamente.

— ¿Cuándo reservaste este viaje?

¡Qué pregunta más extraña! ¿Tenía eso alguna relevancia?

— Hace un mes.

De repente, Kagome parecía tremendamente feliz. La abrazó y no pudo menos que contentarse con obtener la respuesta que él esperó desde el principio.

Lo estrechó tan fuerte entre sus brazos que incluso le dolió la musculatura. Inuyasha no podría haberla hecho más feliz. Su verdadera y gran preocupación era que él hubiera reservado el viaje ese mismo fin de semana, después de que volvieran a compartir en condiciones el lecho matrimonial. Temía que solo quisiera un sitio más tranquilo y alejado para desfogarse, pero no era así. Inuyasha reservó mucho antes, cuando aún estaban distanciados, con la intención de que recuperaran su matrimonio. Nada en el mundo podría haberla hecho más feliz.

Continuará…