Nuevamente me han comunicado que mi fanfic de El sexo es más dulce contigo está siendo publicado en Facebook sin mi consentimiento y sin siquiera citarme. Yo ya estoy muy cansada de esta situación. Le pido nuevamente a esa persona que lo retire; creo que no tengo por qué crearme una cuenta en Facebook para reportarlo. Y pido respeto, por favor; no es una excusa decir que yo lo retiré durante un tiempo. Sí, lo retiré para arreglarlo y lo he vuelto a publicar porque estoy en mi derecho de hacerlo, que para algo lo he creado yo.
Creo que soy bastante seria con mis publicaciones, que respeto a los lectores cumpliendo con mis plazos y doy explicaciones en casos excepcionales, y que me esfuerzo para que cada capítulo tenga una mínima calidad. No creo que sea mucho pedir que se me trate de un modo acorde.
Por supuesto, esto no va para todos los que me leen. Simplemente, que se den por aludidos quienes toman la propiedad intelectual de otra persona sin su autorización y sin citarla.
Capítulo 5
Pasaron las mejores navidades en años. Se divirtieron mucho jugando con los niños en la nieve, yendo al cine a ver alguna película infantil, patinando sobre hielo o montando en las atracciones que pusieron en la Plaza Mayor. Sus hijos se dedicaron a agotarlos durante todo el día, pero no podrían haber sido más felices de cualquier otra forma. Incluso les hicieron pucheros cuando los dejaron con los abuelos para pasar un romántico fin de semana solos.
Ese fin de semana fue increíble. Llegaron el viernes por la noche al hotel y probaron la cama durante horas. Comieron desnudos tumbados en la alfombra frente a la chimenea y bebieron champán del cuerpo del otro. Al día siguiente, hicieron una excursión por el lugar con el guía del hotel; por la tarde hicieron esquí. Se cayó en alguna ocasión, pero en seguida recordó cómo se hacía correctamente. De más joven, había salido muchos fines de semana a esquiar con sus amigos. Esa noche, probaron el jacuzzi y la ducha. A la mañana siguiente, se encontraba ante un dilema: añoraba a sus hijos, pero no quería marcharse todavía. Lamentablemente, no era algo que dependiera de ellos, así que compraron en el pueblo cercano algunos regalos y, después de comer, dijeron adiós al hotel con desánimo.
Se quedó dormida en el coche de vuelta a casa. Cuando volvió a abrir los ojos, habían llegado a casa y sus hijos los esperaban en la entrada. Salió corriendo del coche y les llenó la cara de besos como si llevara años sin verlos. Si bien era verdad que hubiera preferido pasar más tiempo a solas con Inuyasha, no habría aguantado mucho más sin ellos. Sabía que los niños se lo pasaron en grande con los abuelos, pero le pusieron unos falsos ceños fruncidos que en seguida arregló con los regalos. A Hikari le habían comprado una pulsera artesanal y un vestido de punto. A Setsu otra pulsera artesanal más masculina y un boomerang que no soltó en los días siguientes. Aún no podía dejar de reírse recordando a su marido y a su hijo buscando vídeos en Youtube sobre cómo lanzar correctamente un boomerang.
Después de las vacaciones de navidad, era hora de volver a la rutina… o lo que ella esperaba que fuera una nueva rutina. Empezaba a trabajar, por lo que quería e incluso necesitaba cambiar la organización de las tareas del hogar. Hikari, por ejemplo, ya tenía edad para ordenar su cuarto y hacerse la cama por las mañanas. No le iba a pedir cosas como pasar la aspiradora o hacer limpieza intensiva, pero sí que podía hacer lo más sencillo. Setsu era demasiado pequeño, así que se conformaba con que recogiera sus juguetes después de jugar. Inuyasha tenía que poner toda la carne sobre el asador. O ayudaba con las tareas del hogar o tendrían problemas. Eso sí, nada de cocinar. Aún se le revolvía el estómago al recordar la última vez que cocinó cuando ella acababa de dar a luz y estaba débil.
Por suerte, no tuvo que decirle nada a Inuyasha. Él le ayudó a hacer la cama esa mañana y a recoger la ropa para poner la colada antes de irse sin que nadie le dijera nada. También bajó a ayudarla con el desayuno. Estaba impresionada y agradecida, pero no le consintió más que sacar los paquetes de galletas. Inuyasha solo cocinaría cuando a ella se le quemaran las papilas gustativas para no poder saborearlo. Esa mañana también sucedió otra cosa sorprendente: Hikari se lo comió todo sin emitir una sola queja. Casi se le salían las lágrimas de verla comer tan bien.
Se vistió después del desayuno mientras Inuyasha fregaba en vez de leer el periódico. Dijo que lo leería en su hora libre en el instituto. Estaba encantada de lo bien que se estaba comportando. Se puso unos vaqueros ajustados con unas botas negras altas, una camisa blanca con un escote de infarto y una americana negra. Cuando se estaba peinando, se le ocurrió ponerse un collar largo de cuentas que le llegaba hasta el ombligo. Le encantó el efecto que causaba en su aspecto. Se puso el abrigo, cogió el bolso y bajó.
Inuyasha la esperaba con los niños, pero iban en dirección contraria.
— ¿Qué haces aquí? — le preguntó.
— Pensé en coger el coche y llevarte, ¿no quieres?
Era un bonito detalle por su parte, pero prefería ir por su cuenta, ya que no estaba demasiado lejos y quería caminar. Además, sabía el incordio que era para Inuyasha ir al instituto con el coche y no sería la primera vez que le rayara el coche algún alumno enfadada por un suspenso.
— No, mejor iré dando un paseo. — sacudió la cabeza — Pero gracias.
Inuyasha se encogió de hombros aceptando su rechazo y le abrió la puerta para que saliera. Entonces, se percató de que a Inuyasha se le olvidaba algo importante.
— Tu comida, Inuyasha.
Maldijo al percatarse de que tenía razón y corrió hacia la cocina. Kagome regresaría a comer a casa, le daba tiempo, pero él tenía que comer en el instituto. ¡Era un desastre! Supuso acertadamente que tardaría en hacerse a sus nuevas responsabilidades como marido.
Poco después, volvió al vestíbulo con la fiambrera y salió de la casa. Kagome lo observó echar la llave pensando que era una suerte que no se le olvidara también.
— ¿Por qué no me paso a recogerte por la tarde con los niños?
— Salgo a las seis, ¿no será muy tarde?
— Llegaremos sobre las cinco y media… — predijo — Podemos esperarte en el parque que hay enfrente.
No era mala idea, pero tenía otra pega.
— ¿Y la merienda de los niños? — preguntó preocupada — No he preparado nada ahora, pensaba dejarlo preparado luego para cuando…
— Pues no prepares nada. — la interrumpió — Merendaremos cuando salgas de trabajar en la cafetería que hay al lado y ya está.
— ¿No será muy tarde para ellos? — meditó en voz alta.
— Les compraré una chocolatina.
Su marido no dejó lugar a dudas: iría a buscarla quisiera o no. En el fondo, le hizo sonreír esa obstinación suya. Entonces, aprovechando que estaba desprevenida, Inuyasha le dio un apasionado beso de esos que se daban antaño para despedirse. Cuando se separaron, los niños los miraban asombrados. Nunca se habían besado delante de ellos, a lo mejor los habían asustado o traumatizado.
— ¿Desde cuándo vosotros os besáis?
Fue Hikari quien formuló esa pregunta, haciendo que se sonrojaran ante su propia hija. No estaban acostumbrados a verlos tan cariñosos.
— ¿Eso era un beso? — preguntó Setsu — ¡Puag, qué asco!
Típica reacción de un niño. Se limitaron a sonreírles, soslayando la incisiva pregunta de Hikari. Después, Kagome les dio un beso en la frente a cada uno antes de marcharse en dirección contraria. Estaba muy emocionada por su primer día de trabajo. Nunca antes había trabajado. No seriamente al menos. Dio clases particulares a niños de primaria cuando estaba en el instituto, pero nada más. ¿Cómo sería? Se le ponía la carne de gallina de solo imaginar ese día.
Años atrás, tras terminar la carrera de Derecho con un expediente académico plagado de matrículas de honor que la salvaron de tener que pagar una universidad tan cara, recibió una gran oferta. Uno de los bufetes de abogados más prestigiosos de Nueva York buscaba un abogado joven y talentoso con la intención de hacerlo socio más adelante. Querían formarlo desde que terminara la universidad. Accedieron a la lista con los expedientes académicos y las cartas de recomendación y la llamaron. Era la oportunidad de su vida. Cobraría más dinero del que nunca habría imaginado, tendría trabajo fijo si se esforzaba y estaría haciendo lo que le gustaba. Su único inconveniente era Inuyasha.
Cuando la llamaron, saltó de alegría. A los pocos minutos, se acordó de su novio, de los últimos tres tortuosos años de relación debido a la distancia, y la idea perdió el atractivo. Lo habían pasado realmente mal para verse cuando ella estuvo en la universidad. ¡Qué demonios! Fue un auténtico infierno. Al fin podían estar juntos sin limitaciones… la idea de separarse nuevamente le oprimía el pecho. Decidió contárselo todo cuando antes. Inuyasha se enfadó mucho al principio y le dijo cosas horribles como que no le importaba su relación y que no contaba con él para tomar las decisiones. ¡Pero si fue a pedirle su opinión! Al día siguiente, después de trabajar, se pasó por su casa y se disculpó, alegando que no quería volver a su relación a distancia; ella tampoco. Después, le pidió que aceptara. Dijo que era una gran oportunidad y que sería una estúpida si la rechazaba. A pesar de contar con su apoyo, se enfadó, y le reprochó que solo buscaba una forma fácil de deshacerse de ella, que no quería nada serio.
Recordaba que pasó todo el camino hacia la estación de trenes llorando como una niña. Inuyasha y ella habían roto, se separaban inevitablemente, y nunca volverían a verse. Estaba esperando a que el tren se detuviera cuando alguien gritó su nombre. Al volverse, se encontró con Inuyasha corriendo hacia ella. ¿Qué hacía allí? Las explicaciones se las daría más tarde, después de haberle pedido matrimonio y suplicarle que jamás volviera a marcharse de su lado.
Aquello ya era pasado. No le reprochaba a Inuyasha haber perdido esa oportunidad. Tuvo la capacidad de elegir en todo momento y tuvo que tomar una decisión que afectaría al resto de su vida, al margen de que estuviera bien o mal. Lo eligió a él y no se arrepentía. Que hubieran pasado por un bache no significaba que Inuyasha no la hiciera feliz. Le dio un hogar y dos preciosos hijos, y, después de tanto tiempo, seguía junto a ella intentando recuperar todo lo perdido por diversas circunstancias.
Se detuvo frente a la que sería su familia laboral durante los próximos ocho meses, según su contrato laboral, y entró. Lo primero que hizo fue acercarse a la recepcionista para empezar a situarse en la aseguradora.
— Buenos días. Soy Kagome Higurashi. — se presentó — Venía por…
— ¡Kagome! — exclamó la recepcionista emocionada — Estaba deseando conocerte.
Antes de que pudiera decir o hacer nada, la recepcionista salió de su puesto y le dio un fuerte abrazo que la dejó sin respiración.
— Yo me llamo Yuka. — se presentó — A partir de ahora, seremos grandes amigas.
Sí que era amigable. Lo primero que pensó al verla fue que tenía un pelo bonito y que ese corte recto justo por debajo de las orejas le quedaba bien a su rostro ovalado. Por lo demás, tenía rasgos bastante normales con el cabello castaño, los ojos también castaños y los labios finos. Vestía un traje de falda de tubo con americana color azul marino que le hizo avergonzarse. ¿Habría ido demasiado informal a trabajar?
— Te presentaré a toda la plantilla. — tiró de ella — Pero primero quítate ese abrigo.
Prácticamente se lo arrancó para colgarlo en un perchero; después, le lanzó una mirada de fascinación.
— ¡Guao, qué perfecta eres!
¿Ella perfecta? Tendría que haberla visto tres meses atrás. Esa ropa habría reventado si se la hubiera puesto entonces.
— Ven conmigo.
Cogió su mano y no se la soltó mientras le hacía recorrer la oficina a su vera.
— Este es Ginta. — le presentó — Él es Recursos Humanos y, como supondrás, quien prepara nuestras nóminas y nuestros contratos.
Le dio la mano cuando se la ofreció e intentó ser lo más amable posible. A decir verdad, ese hombre no le daba muy buenas vibraciones y no sabía por qué. Quizás tuviera que ver con su caballero… o la falta de ella. Se había engominado el cabello hacia atrás en un claro intento de hacer de cortinilla que apenas había triunfado. O quizás se tratara de sus ojos saltones, los cuales, aunque no parecían concentrarse en nada particular, le hacían sentirse observada.
Le echó un último vistazo con desconfianza y siguió a Yuka hacia el siguiente puesto, esperando que Ginta no se percatara de su desagrado hacia él.
— Este es Houjo Akitoki. — también le dio la mano — Él atiende a los clientes.
Parecía lógico. Houjo era lo que se llamaba un yogurín. Joven y atlético, con carita de ángel. ¿Cuántas mujeres habrían quedado fascinadas por esos preciosos ojos grises? También tenía una sonrisa blanca y perfecta. Parecía sacado directamente de una revista de adolescentes.
— Es un placer conocerla. — le sonrió — ¿Puedo tutearla?
— Claro, seremos compañeros.
El yogurín volvió a sonreírle, pero Yuka la arrastró de nuevo lejos de allí sin darle la oportunidad de decir nada más.
— Creo que le has gustado. — aseguró — Ten cuidado con él. Es muy apasionado cuando algo le gusta y, a juzgar por la alianza en tu dedo, no creo que quieras problemas.
En absoluto. En la siguiente mesa, se topó con una mujer que le lanzó una mirada asesina. ¿Qué le pasaba a esa?
— Esta es Ayame.
Ni siquiera le dio la mano cuando se la ofreció. Rechazó el gesto de la forma más grosera posible y se levantó con un archivador repleto de papeles. Le pareció un desperdicio que una chica tan bonita perdiera las formas de manera tan grosera con gente desconocida. Con su buen tipo, su cabello pelirrojo y sus intensos ojos color verde esmeralda, debía tener a todos los hombres rendidos. No tenía nada que temer de alguien como ella.
Yuka la arrastró por cuarta vez.
— No le hagas caso… Solo está celosa de ti. — se inclinó y le susurró — Quería tu puesto, ¿sabes? Todo el mundo sabe que está enamorada del jefe, incluso él, y rechazó inmediatamente su propuesta para evitar problemas. No quiere que se haga ilusiones…
Pues a ella le pareció injusto. El hecho de que pidiera un puesto de mayor responsabilidad y de mayor sueldo no tenía por qué tener nada que ver con sus sentimientos hacia Kouga. A lo mejor solo quería sentirse realizada profesionalmente o necesitaba el dinero. Podía comprender en cierto modo su enfado, pero haría bien en canalizarlo hacia otra parte porque ella no era la responsable.
Se detuvieron delante de la última mesa. Una mujer de cabello negro ondulado y ojos castaños revisaba unos papeles que acababa de imprimir. También estaba vestida con un bonito traje que le hizo agachar la cabeza avergonzada por su atuendo nuevamente. Ella resultaba la menos adecuada para ese sitio.
— Te presento a Ayumi, mi hermana mayor. Ella también atiende al público.
¿Eran hermanas? Cuando Ayumi la miró a los ojos, se dio cuenta de que eran idénticos a los de Yuka.
— Tengo otra hermana pequeña, se llama Eri. — le contó — Pero ella no trabaja aquí. Prefiere la cocina. Trabaja en la cafetería que hay aquí al lado.
Entonces, supuso que la vería más tarde cuando fuera con su familia.
— Esta es tu mesa.
Su mesa estaba a pocos metros del despacho de Kouga. Estaba limpia y solo había un ordenador conectado sobre ella. Supuso que la iría llenando de cosas con el tiempo.
— Si necesitas material de oficina, solo pídemelo. — sonrió — Voy a llamar al jefe.
Dejó el bolso sobre la mesa y contempló el ordenador nuevo. Hacía mucho tiempo que no utilizaba seriamente un ordenador. Siempre dejaba que lo utilizara Inuyasha para su trabajo o los niños de vez en cuando para jugar. Apenas lo encendía tan siquiera una vez a la semana para consultar alguna receta o cosas por el estilo. Esperaba recordar pronto cómo se utilizaban los programas y dónde estaba todo.
— ¡Kagome!
Se volvió con una sonrisa hacia su jefe y antiguo mejor amigo, el cual la sorprendió abrazándola a modo de saludo. No muy lejos de allí, vio que Ayame fruncía el ceño y la amenazaba con la mirada una vez más. Ojalá no fuera de las que cumplían con sus amenazas. ¡Ella no estaba liada con Kouga!
— ¿Qué te parece si entras en mi despacho y te explico cuál será tu trabajo?
Era una gran idea. Lo siguió a su despacho llena de ilusión. Cuando volvió a salir, tenía la cabeza hecha un lío. ¿Era normal sentirse tan agobiada antes de haber comenzado tan siquiera? Las primeras horas de trabajo fueron infernales; hacía la hora de salir a comer, empezó a cogerle el truco a su trabajo. Ya no le parecía tan difícil y estaba segura de que podría realizarlo sin problemas.
Comió algo preparado rápidamente en casa, vio un poco el telediario y volvió a trabajar. Por la tarde, la jornada era más corta, pero se hacía más extensa. Se fijó en que Ayame no trabajaba por la tarde, lo que le hizo sentir pena por la muchacha. Seguramente, necesitaba trabajar más. También se percató de que por la tarde era cuando más se llenaba la aseguradora. Acudían clientes nuevos, clientes viejos que tenían algunos problemas, clientes que querían quejarse, clientes que querían reclamar. Tal y como predijo, Houjo solo tenía que sonreír para que todas las clientas se derritieran. Ayumi era más profesional, pero, bajo su aspecto sofisticado y calmado, se escondía un auténtico tiburón que sabía cómo hacer negocio. La dejó anonadada.
Llegó hacia las cinco y media a la aseguradora, tal y como le había prometido a Kagome. Cogió a sus hijos de la mano para cruzar la carretera y fueron al parque para no molestarla esperando en la puerta. Los niños estaban hambrientos, así que acalló sus quejas prometiéndoles que les compraría lo que quisieran para merendar cuando su madre saliera de trabajar.
Ojalá el primer día de trabajo de su esposa hubiera sido mucho mejor de lo que lo fue el suyo. Entrar a un instituto como profesor por primera vez era terrible. Los alumnos olían la carne fresca y torturaban sin piedad a los nuevos. Una chincheta en su silla fue la más floja de todas las bromas que le gastaron a lo largo del día. Para el día siguiente, había aprendido la lección y se mostró impasible. Los alumnos, entonces, lo respetaron, y no había vuelto a tener problemas de esa clase, sin tener en cuenta a los alumnos "excepcionales" que aparecían de vez en cuando por clase.
Las insinuaciones de Kikio habían regresado también tras las vacaciones de verano. ¿Qué tenía que hacer para que esa chica lo dejara en paz? En navidad tuvo el descaro de volver a la caza y con sus padres delante, pero tuvo que huir en cuanto vio a su esposa. La pobre tonta pensaba que podría superar a la mujer de su vida. Ahí sí que estuvo seguro de que se había rendido. Estaba por completo equivocado. ¡Maldición! No quería tener problemas ni laborales, ni personales por su culpa. ¿A quién podía pedirle ayuda? No le enseñaron a enfrentarse a ese tipo de problemas en la facultad.
Cuando aún faltaban cinco minutos para la hora de salida de Kagome, cogió a sus hijos y volvieron a la aseguradora. Podía oír cómo les gruñían las tripas; él también tenía hambre. Normalmente, para esas horas, ya se había tomado un café y había picado alguna cosa antes de la cena. Los tres miraron la cafetería con ansiedad mal disimulada. En cuanto Kagome saliera del trabajo, se darían un festín.
Sus hijos se pusieron a jugar alrededor de sus piernas mientras esperaban. Se metió las manos en los bolsillos para protegerlas del frío mientras la contemplaba a través del cristal. Hacía unas fotocopias y estaba preciosa, completamente concentrada en la tarea, hasta que se abrió una puerta. El último hombre sobre la tierra que esperaba ver salió precisamente por esa puerta. ¡Kouga Wolf! ¿Desde cuándo era Kouga Wolf el dueño de la aseguradora? No había entrado nunca, no tenían seguro del hogar porque no podían permitírselo, pero nunca había oído hablar de eso. ¿Por qué Kagome no le contó nada? Tenía que saberlo antes de firmar el contrato. ¿Supondría que él ya lo sabía?
Estaba más que furioso. ¡Le hervía la sangre! Kouga Wolf era de la edad de Kagome y estuvieron muy juntos desde el colegio hasta la universidad. Cuando él daba clase en secundaria, los dos estaban en bachiller. Solía mirar discretamente a Kagome a la distancia y desear que ella no fuera alumna para poder pedirle una cita. Kouga siempre estaba a su lado, lo que lo ponía de los nervios. Al baile de graduación que él vigiló junto a otros profesores, Kagome asistió con Kouga. Bailaron muy juntos y fueron los malditos reyes del baile. Aún recordaba ese momento con rabia.
Eso sí, un año después, cuando Kagome volvió de vacaciones de la universidad y empezaron a salir juntos, se regodeó delante del otro. Kouga intentó echarle en cara que era su profesor, pero nunca le dio clase. Además, Kagome ya tenía diecinueve años y él veinticinco. Al mes de que Kagome regresara a la universidad, tras ese primer verano juntos, Kouga y él tuvieron un fuerte encontronazo. Terminaron a las afueras, diciéndose de todo. Entonces, confesó lo ya evidente: estaba enamorado de Kagome. Si solo no le hubiera golpeado gritando que Kagome era suya, podría haber dado media vuelta y evitar la pelea. Ahora bien, se metió en su territorio. A continuación, tuvieron una buena pelea que él gano gracias a que fue el último en quedar en pie. Kagome nunca supo nada de lo sucedido por ninguno de los dos y Kouga desapareció hasta ese día.
Pensó erróneamente que se había deshecho de él, pero estaba equivocado de los pies a la cabeza. Kouga estuvo ahí al lado, así de cerca, todo el tiempo. Estaba esperando el momento adecuado para lanzarse sobre ellos, pero no pensaba permitir que le robara a su mujer. Los problemas que tenían se estaban solucionando; pronto caerían en el olvido.
Apretó los puños cuando observó, desde fuera, cómo Kouga posó una mano en la espalda a Kagome en lo que parecía un gesto casual mientras ella le enseñaba unos documentos. Después, Kouga consultó su reloj de muñeca con fastidio. ¿Desde cuándo era un fastidio que se terminara la jornada laboral? Apretó los dientes sin apartar la mirada de él mientras recogía su abrigo y le ayudaba a Kagome a ponerse el suyo. Después, se dirigieron juntos hacia el vestíbulo, charlando tan amigablemente como cuando eran más jóvenes. Había desaparecido durante once años, ¿cómo podía hablar con él de esa forma?
Al salir, se las ingenió para enseñar su mejor sonrisa a pesar de la rabia que sentía por dentro. Los niños, como si trataran de enardecerlo más, no dejaban de juguetear a su alrededor.
— ¡Inuyasha!
Kagome sonrió contenta de verlo y se acercó para darle un beso. Antes de que hiciera amago de dárselo en la mejilla, como solían hacer cuando estaban en público, colocó la mano en su nuca y le dio un beso de clara posesión masculina para marcar territorio. Cuando la soltó, los dos estaban sin aliento, y Kouga agachaba la cabeza tan enfadado como él lo estuvo minutos antes.
— ¡Cuánto tiempo, Kouga!
Intentó parecer contento de verlo delante de Kagome y de sus hijos mientras le ofrecía la mano en señal de saludo.
— No esperaba volver a verte… — le contestó él.
Desde luego que no después de la paliza que le dio once años atrás. Se dieron la mano, apretando disimuladamente para que el otro se rindiera ante su fuerza. Su semblante no demostraba de forma alguna que algo sucediera cuando, en realidad, se estaba librando una batalla de fuerza entre los dos. Al final, se vieron obligados a soltarse debido a que la cortesía sugería que no se tomaran de la mano durante un tiempo excesivo. Al igual que Kouga, se negó a sacudir la mano para aligerar la presión tras el apretón.
— Será mejor que nos vayamos. — sugirió Kagome — Los niños estarán hambrientos y yo también.
Sí, y él también. Tenía ganas de comer, de golpear a Kouga y de acostarse con Kagome de la forma más salvaje y posesiva que pudiera existir.
— ¿T-Tienes hijos?
Teniendo en cuenta que eran la comidilla del pueblo desde que se declaró, le sorprendía que Kouga no lo supiera. ¡Mejor! Así podría gozar de su expresión de pazguato. Le sonrió demostrando su superioridad y arrastró a Kagome hacia la cafetería tras un gesto de cabeza a modo de despedida. Definitivamente, hablaría con ella cuando estuvieran a solas en casa.
Estaba hambrienta después de salir a trabajar, pero, recordando que tampoco quedaba mucho para la cena, decidió tomar solo un té con leche y un pedazo pequeño de tarta de queso. Los niños e Inuyasha comieron muchísimo más que ella y con ansia. Notó extraño a Inuyasha desde que se encontraron con Kouga. A lo mejor estaba tan sorprendido como ella cuando lo vio en Nochebuena. Los dos pensaban que se había marchado del pueblo cuando lo tuvieron todo el tiempo ahí al lado. ¿Cómo era posible que nunca se cruzaran?
Llegaron a casa hacia las siete y media. Por suerte, Hikari tenía muy pocos deberes e Inuyasha se sentó con ella para ayudarla. Setsu se lanzó sobre la consola y ella fue a la cocina a preparar la cena tras haberse puesto ropa más cómoda. Estaba cortando los tomates para una ensalada cuando alguien tiró de su pantalón. Apartó la vista del tomate que estaba cortando para encontrarse con su hija.
— ¿Qué pasa, cielo? — le preguntó — ¿No estabas haciendo los deberes?
— Ya he terminado. — se encogió de hombros — Tengo hambre…
— Acabas de comer hace poco. — consultó el reloj consciente de que no cenarían hasta dentro de una hora — ¿Ya no estás a dieta?
Hikari agachó la cabeza con las mejillas sonrojadas.
— No, era estúpido… — musitó — Papá tenía razón, lo tengo en los genes.
— ¿Qué tienes en los genes? — sentía curiosidad.
— Mi mamá puede estar delgada si quiere y es la más bonita, así que yo seré así, ¿no?
El cuchillo se le cayó de las manos sobre la tabla de madera por el asombro. Hikari, quien meses atrás le dijo que estaba gorda, acababa de decirle que era la más bonita. Los genes… Inuyasha lo arregló a sus espaldas… y ella que pensaba que había pasado olímpicamente del tema. Se limpió las lágrimas con la manga de la camisa, intentando inútilmente que su hija no se percatara.
— ¿Por qué lloras, mamá? — le preguntó.
— Porque soy muy feliz, mi niña.
Se limpió las manos con el paño y se arrodilló para estar a la altura de Hikari y abrazarla. Nada le honraría más que ser la madre que sus hijos esperaban que fuera.
— ¿Y qué más te ha dicho papá?
— Que nos quiere mucho a todos y que no le importa nuestro aspecto. Siempre nos querrá.
Notó que el corazón le bombeaba con más fuerza al escucharla. Entonces, ¿Inuyasha también la quería cuando su peso aumentó quince kilos? Los billetes para su viaje deberían hablar por sí solos. No imaginó que fuera a irle tan bien de repente. Mirando a su hija tuvo una gran idea.
— ¿Por qué no preparamos tu tarta de chocolate favorita? — sugirió — Hace mucho que no la hago y podremos desayunarla mañana.
Hikari aceptó la sugerencia con entusiasmo. A continuación, se pusieron a sacar los ingredientes de los armarios para cocinar juntas.
Así fue como las encontró Inuyasha. Hikari, cubierta con un delantal amarillo que le quedaba enorme, estaba subida sobre una silla y tamizaba la harina sobre un bol de cristal. Kagome, con su delantal rosa de siempre, batía unos huevos con azúcar en otro bol de cristal y las dos se reían. La escena lo enterneció. Llevaban meses peleadas, pero, por fin, habían hecho las paces. Se enorgullecía de saber que sus pequeñas y bien escogidas clases de ciencia habían hecho mella en su hija.
Tenía toda la intención de discutir con Kagome el asunto de Kouga, pero, en vista del cuadro familiar tan hermoso que se admiraba en su cocina, decidió dejarlo para otra ocasión. Eso sí, no lo olvidaría ni por un instante. Kouga Wolf lo llevaba claro si creía que iba a robarle a su esposa.
Continuará…
