Capítulo 6

Al día siguiente desayunaron la tarta de chocolate que madre e hija habían preparado el día anterior. Hikari y Kagome tomaron porciones normales mientras que Inuyasha y Setsu dieron buena cuenta del resto de la tarta. Para cuando terminaron, tenían las comisuras de los labios llenas de chocolate con manchas que casi les llegaban hasta el cuello. Inuyasha tuvo que cambiarse de camisa, y ella lo regañó a conciencia, como si fuera uno más de sus hijos.

Se despidieron en la entrada, desde donde cada uno se fue por su lado. Por el camino, no podía dejar de pensar en su hija. Hacía mucho tiempo que no estaban tan bien juntas, por lo que no podía evitar sentirse tremendamente feliz. Por un momento, creyó que lo suyo era irrecuperable debido a los comentarios que le había escuchado a su hija en los últimos años. Llegó incluso a avergonzarse de ser su madre, de no ser lo bastante buena para ella. De repente, Hikari deseaba parecerse a ella y la había tomado como su ejemplo. Se prometió que esforzaría para ser el mejor ejemplo posible.

Entró en la oficina con ganas de arrasar con todo. Tras detenerse a hablar unos minutos con Eri, fue hacia su escritorio. Houjo Akitoki, uno de los comerciales, se cruzó en su camino con una sonrisa de oreja a oreja antes de mostrarle un par de entradas para algún espectáculo.

— Tengo dos entradas para el teatro, ¿vienes?

Gustarle le gustaría, la verdad. Siempre le había gustado el teatro, pero a Inuyasha no le gustaba nada. Sus diferencias muchas veces impedían que hicieran cosas juntos. Aun así, no podía aceptar ir con otro hombre al teatro; menos aún con uno a el que se le veía el plumero. ¡Y pensar que hacía años que nadie le tiraba los tejos! Había olvidado lo que se sentía…

— Lo siento, pero no puedo.

— ¡Vamos! — insistió — Son unas entradas muy caras y la obra es estupenda.

Estaba segura de ello y lamentaba desperdiciar semejante oportunidad, pero preferiría seguir casada.

— No, me temo que no.

— Piénsatelo bien, Kagome.

Sí que era insistente.

— Te prometo que lo pasaremos en grande.

No ponía en duda que se divirtiera en el teatro, pero estaría más cómoda si iba con su marido en lugar de con un hombre que clarísimamente estaba intentando conseguir algo a cambio.

— ¡Déjala ya, Houjo! — Yuka se metió entre los dos y lo golpeó en la cara con el correo — ¡Está casada!

Houjo palideció en respuesta. A continuación, bajó la mirada hacia su mano derecha, donde se podía apreciar la alianza matrimonial en su dedo anular. Su semblante se tornó en horror y se rindió inmediatamente. Tomó el correo sin decir una sola palabra y regresó a su puesto de trabajo.

— Creo que lo has machacado… — musitó.

— ¿Acaso querías salir con él?

— ¡Claro que no! — se quejó — Estoy casada y no tengo ningún interés en ningún otro hombre.

Justo en ese momento, Kouga entró en la oficina, escuchando esa última frase. No le dio ninguna importancia a que la escuchara y le sonrió como era habitual, pero Kouga la estudió de un modo extraño. Se quedó parado en la puerta durante unos segundos sin decir nada; después, saludó secamente a sus empleados, como nunca lo había hecho, antes de dirigirse hacia su despacho.

— ¡Oh, el jefe se ha levantado hoy con el pie izquierdo! — exclamó Yuka — Será mejor que hoy no me escape mucho de mi puesto…

Yuka se marchó en una exhalación. La imitó dirigiéndose hacia su propio escritorio sin comprender esa actitud tan fría por parte de Kouga. Juraría que antes estaba de mejor humor. ¿Qué lo habría puesto de esa manera? No creía haber hecho nada malo y era verdad que ninguno de ellos estaba a lo que tenía que estar cuando entró, pero tampoco era la hora de empezar la jornada laboral. Llevaban tanto tiempo sin verse y sin hablar que a veces le daba la sensación de estar ante un hombre totalmente diferente. Bueno, en realidad, nunca vio a Kouga como un hombre. Era un hermano para ella.

Apenas eran las diez de la mañana cuando entró una chica desconocida en la aseguradora. Fue directa hacia la mesa de Houjo y le ofreció una cesta con magdalenas que ella misma había preparado. Él las aceptó sin más miramientos, ignorando por completo su mirada suplicante. Fue tal la indiferencia de Houjo que cerró los puños muy disgustada. ¿Cómo podía tratarla de esa forma? ¿Quién se creía que era?

La chica agachó la cabeza decepcionada en respuesta. Podía leer en su mirada que no era la primera vez que intentaba acercarse a Houjo Akitoki sin éxito. Decidió que no le dejaría marcharse tan fácilmente. Corrió hacia la entrada antes de que la joven saliera, cogió su brazo y la arrastró hacia la recepción, donde se encontraba Yuka. Allí, descubrieron que se llamaba Yukino y que había ido a clase con Houjo desde parvularios. Estaba loca por él, pero Houjo nunca mostraba ni el más mínimo interés en ella.

— Este es un SOS en toda regla.

— ¿Un SOS? — repitió Kagome sin entender.

Yuka pulsó un botón de la complicada terminal telefónica y se puso en contacto primero con Ayumi y luego con Eri.

— Reunión de chicas — explicó — Hoy no te vas de aquí sin una cita con Houjo. — le aseguró a Yukino.

Se reunieron en el cuarto de baño decididas a cambiar un poco el aspecto y la actitud de Yukino. Tenía el material adecuado, pero, al igual que ella meses atrás, no sabía utilizarlo. La peinaron, la maquillaron de una manera que le favorecía más y le dieron otro toque diferente a su vestimenta. Al salir, parecía otra, pero seguía siendo la misma chica dulce y encantadora que las conmovió a todas. Si Houjo volvía a rechazarla, podía irse a tomar viento fresco. Eso significaría que Yukino merecía un tipo mejor que ese.

La llevaron hasta la mesa de Houjo y esperaron tras ella, expectantes. Houjo ni siquiera alzó la vista de los papeles que estaba revisando hasta que Yukino se aclaró la garganta. Entonces, levantó la cabeza con fastidio. A juzgar por el cambio que sufrió su expresión, quedó impresionado por el cambio. Yuka se acercó con su nata falta de sutileza, empujó a Yukino hacia delante para que estuviera más cerca y le pasó un brazo sobre los hombros.

— ¿Verdad que está preciosa?

Houjo asintió con la cabeza, incapaz de pronunciar una sola palabra; Yukino se sonrojó hasta las raíces del cabello. Yuka aprovechó a las mil maravillas ese momento de consternación por parte de ambos.

— Podrías llevarla al teatro, ¿no? — le quiñó un ojo — Tienes unas estupendas entradas que no puedes desperdiciar.

Diez minutos después, Yukino salió de la aseguradora con una invitación para salir esa noche y lágrimas de agradecimientos en los ojos. En un rincón secreto de su ser, se dijo que también lo había hecho para quitarse a Houjo de encima. Algo le decía que el hecho de que tuviera marido no bastaría por siempre; ya se había enfrentado con hombres de ese tipo antes. En la universidad, de hecho, conoció a cientos de hombres a los que les importaba un comino que tuviera novio. Los esquivaba como podía y no le decía nunca nada a Inuyasha para no ponerlo celoso sin motivos. Desgraciadamente, cuando iba a visitarla a la facultad algún fin de semana, se percataba de todo, y se ponía hecho un basilisco. Sin saber exactamente por qué, añoraba verlo celoso…

Trabajó de manera intensiva hasta la hora de comer. Cuando se estaba levantando para volver a casa, salió el jefe de la oficina. Se acercó a ella con renovado buen humor.

— ¿Por qué no vamos a comer juntos? — sugirió.

Su primer instinto fue rechazar la oferta, pensando en la economía del hogar. Después, recordó que no tenía comida preparada para ella. Siempre preparaba la comida solo para Inuyasha. En cuanto llegara a casa, tendría que ponerse a cocinar a toda prisa algo rápido. Además, nadie la esperaba en casa a esa hora y nadie la echaría en falta. ¿Por qué no comer con su antiguo mejor amigo? Tal vez fuera un buen momento para recuperar su antigua amistad.

— De acuerdo. — aceptó — Deja que coja mi abrigo.

No fueron muy lejos. Solo cruzaron la carretera para ir a un restaurante que llevaba abierto desde mucho antes de que ellos nacieran. Se sentaron en una mesa del fondo y pidieron exactamente lo mismo para comer. Siempre habían tenido gustos similares en todas las cosas, lo que benefició en gran medida su amistad. Aún se preguntaba qué sería lo que la rompió. Hacía años que se planteaba ese interrogante; sin embargo, cuando al fin lo tenía delante, no se atrevía a preguntárselo.

Charlaron sobre el trabajo; Kouga le contó algunas anécdotas graciosas de los inicios de su empresa hasta que llegó el primer plato. Comieron en agradable silencio al principio; después, recordaron los viejos tiempos. Kouga se quedaba a comer o a cenar en su casa muy a menudo y alguna vez incluso se quedó a dormir. Esos días, dormía con su hermano pequeño. Era un tanto curioso si lo pensaba en ese instante… Su madre nunca permitió que Inuyasha se quedara a dormir en la casa. Decía que un hombre y una mujer que no estaban casados no podían dormir bajo el mismo techo. Si supiera que Inuyasha, en sus frecuentes visitas de fin de semana a la universidad, dormía desnudo en su cama, abrazándola después de haber hecho el amor, le daría un infarto… ¡Qué diablos! Era una mujer, igual que ella, seguro que lo sabía.

— Recuerdo cuando tu hermano puso una araña de plástico en tu plato de sopa. ¡Creo que nunca me había reído tanto!

Se rió al recordarlo, aunque, en ese momento, no le había resultado tan gracioso. Souta era un trasto de niño; se divertía particularmente gastándole bromas pesadas a su hermana mayor. Ese día, cuando vio la araña, saltó del asiento y empezó a gritar y a correr por toda la cocina. Su madre intentaba tranquilizarla mientras sacaba la araña del plato. Souta trataba de aguantar la risa por todos los medios para que nadie lo descubriera y Kouga tenía en la mirada ese brillo que indicaba que había descubierto la broma y al bromista. Cuando su madre descubrió que la araña era de plástico, Souta tuvo que irse temprano a la cama, castigado.

— Si mal no recuerdo, a ti también te jugó alguna mala pasada. — evocó aquellos momentos del pasado — Por ejemplo: cuando mojó con la manguera el trabajo de química que tenías que entregar al día siguiente.

— ¡Dios, no me lo recuerdes! — se llevó una mano a la cabeza como si le doliera — Sé que tu hermano no lo hizo a propósito y que solo mojó el trabajo porque yo lo esquivé, pero… ¡Qué mal rato pasé! — exclamó — Suerte que te tenía a ti para ayudarme. Jamás habría podido volver a hacerlo sin tu ayuda…

— No podía dejarte en la estacada. Es una suerte que Souta haya mejorado tanto con la edad. Ahora está estudiando medicina en Boston con una magnífica beca de estudios. ¿Quién lo iba a decir entonces?

— Tan brillante como su hermana mayor. Debimos verlo venir.

Kagome sonrió por el cumplido. Era agradable volver a escuchar cosas bonitas sobre su persona. Se echó atrás cuando la camarera se acercó a retirarles los platos para pasar al segundo plato. Entonces, casualmente, giró la cabeza hacia la barra y las otras mesas, sorprendida de que todos los mirasen. Al verse descubiertos, volvieron la vista hacia el frente e hicieron como que no los estaban espiando. Cuchicheaban, hablando de ellos seguramente.

Frunció el ceño disgustada. ¿Por qué siempre estaba todo el mundo detrás de ella? El colmo era tener que justificarse por comer con su jefe y amigo.

— Siempre eres la comidilla del pueblo, no sé cómo te las apañas.

Intentó sonreír por el comentario de Kouga, pero no podía. Después de tantos años, empezaba a resultar desagradable que todo el mundo intentara saberlo todo de sus vidas.

— Estoy segura de que, de haber sabido que iba a suceder esto, Inuyasha y yo habríamos hecho las cosas de un modo diferente.

— Lástima que fuera con Inuyasha…

Aunque no lo expresó al completo en voz alta, no pudo dejar pasar por alto ese comentario. Se le pasaron por la cabeza algunas ideas que no le gustaron nada. No era posible… Ella no podía gustarle a Kouga, ¿no? Solo eran amigos desde la infancia. De hecho, era por esa amistad que podría preguntárselo. Sin embargo, cuando abrió la boca para preguntar, no fue eso lo que dijo.

— ¿Por qué desapareciste tanto tiempo?

— No desaparecí. Estuve en una ciudad cercana haciendo un grado superior en empresariales. En cuanto terminé, regresé y he estado aquí todo el tiempo.

Pues para ella no. No había vuelto a saber de él hasta que se le ocurrió la idea de entrar a la aseguradora para preguntar por el puesto vacante.

— ¿Y por qué no me llamaste nunca? — insistió.

— No me pareció adecuado, Kagome.

— ¿Por qué no? — inquirió.

— A Inuyasha le habría disgustado, y no quería causarte problemas…

¿Por qué iba a disgustarle a Inuyasha que hablara con su amigo? Bueno, era verdad que nunca se habían llevado bien. Cuando los presentó, Kouga se quejó hasta la saciedad de que era demasiado mayor para ella, y se estaba aprovechando. Inuyasha no lo soportaba tampoco, pero nunca le dio sus motivos. Aunque no le prohibió estar con su amigo, le disgustaba que estuvieran solos. Un día que salió a pasear por el río solo con Kouga, Inuyasha le puso el grito en el cielo a la vuelta. ¡Qué tonta! ¿Cómo no cayó antes en la cuenta de que Inuyasha estaba celoso?

— ¿Y qué ha cambiado? — tomó un sorbo de su refresco de naranja — ¿Por qué ahora sí que podemos ser amigos?

— Han pasado cosas…

No lo entendió. Su semblante debió indicárselo a Kouga por lo que dijo a continuación.

— Dejémoslo en que he cambiado…

Desde luego que había cambiado. Lo notaba mucho más maduro que diez años atrás y más decidido. Ya no era el mismo Kouga y, sin embargo, guardaba toda su esencia en él. Se había quedado con todo lo mejor y había reconvertido sus defectos para que no fueran tan evidentes, ni irritantes.

Al salir del trabajo por la tarde, ni siquiera imaginaba las consecuencias de haber ido a comer con Kouga en lugar de volver a casa. Llegó a su hogar hacia las seis y veinte. Desde la entrada, escuchó a sus hijos jugando en el salón. Saludó y se fue a cambiar a su dormitorio para ponerse algo más cómodo. Cuando volvió a bajar, percatándose de que Inuyasha no debía haberla escuchado, se dirigió hacia su despacho y llamó.

— Adelante.

Asomó la cabeza para verle leyendo una de sus revistas de ciencia. Ahora bien, no parecía nada concentrado en la lectura, algo raro en él.

— ¿Qué tal el día, cariño? — le preguntó.

— Horroroso y todo gracias a ti.

¿Cómo? ¿Qué había hecho ella? Si no se habían visto desde el desayuno… No había podido hacer nada que lo afectara de ninguna manera. No entendía de qué estaba hablando. Decidió entrar porque se olía una discusión, y cerró la puerta para que los niños no pudieran escuchar la disputa. ¿Qué se le estaría pasando por la cabeza a ese marido suyo?

— No entiendo, Inuyasha.

— Hoy he venido a comer a casa, ¿sabes?

¿Cómo que había ido a comer a casa? Él siempre comía en el instituto; le dejó preparada la comida, como de costumbre. De hecho, estaba segura de que se llevó la fiambrera, siempre se fijaba antes de salir.

— ¿No comías en el instituto? ¿Se te olvidó la comida?

Inuyasha no se giró tan siquiera para contestarle. ¡Cómo odiaba que no la mirara cuando le estaba hablando!

— No se me olvidó nada. — contestó impasible — Se me ocurrió venir a comer contigo y darte una sorpresa.

Sí, desde luego era toda una sorpresa. De haberlo sabido, habría vuelto a casa sin dudarlo, pero no era adivina, estaba cansada de la jornada laboral y tendría que prepararse la comida rápidamente de volver a la casa.

— Imagínate mi sorpresa cuando llego a casa y veo que mi esposa no está. Lógicamente, he esperado por si te habías retrasado, pero no llegaste a aparecer en ningún momento. Tuve que comer a toda prisa en dos minutos y salir de casa antes de llegar tarde a mis clases de la tarde.

En verdad lo sentía. Tuvo un bonito detalle con ella y le había fallado, aunque la culpa no era de ninguno de los dos, en su opinión. Jamás habría podido imaginar que Inuyasha haría algo así. Llevaba años sin volver a casa a la hora de comer, era lo último que esperaba de él. Podría haberle avisado… Aquella inocente sorpresa les había reventado en las narices a los dos.

— Ni te imaginas lo preocupado que estaba por ti.

Se retorció las manos, nerviosa.

— Al llegar al trabajo, antes incluso de poder entrar en mi clase, tres compañeros me detuvieron para decirme que habías sido vista comiendo con Kouga. ¡Tres! — parecía furioso — Después de clase, me lo dijeron tantos que perdí la cuenta…

¿Cómo podían saber que estuvo comiendo con Kouga? No recordaba haber visto a nadie del trabajo de Inuyasha en ese restaurante. ¡Diablos! En ese maldito pueblo, las noticias corrían como la pólvora, sobre todo si estaban relacionadas con ellos. ¿Quiénes se creían que eran esas personas para hablar sobre ella y sobre su marido? Tenía intención de decirle que había comido con Kouga, no pensaba ocultárselo; el privilegio de decirlo le correspondía únicamente a ella.

— Debes saber que no pensaba ocultártelo… — expresó lo que pensaba — Es cierto que he comido con Kouga.

— ¿Y por qué has comido con Kouga cuando me dijiste que comerías en casa?

Eso también era cierto. Comer con Kouga había sido algo totalmente fuera de sus planes.

— Me invitó a comer. — se explicó — Como no tenía comida preparada y no había nadie en casa, acepté.

— Estaba yo en casa. — insistió.

— ¡Pues haber llamado por teléfono!

Ya estaba harta de la actitud de Inuyasha por algo a lo que no tendría que darle ni la menor importancia. ¿Por qué demonios se enfadaba tanto con ella? Comprendía que le molestaran los rumores, pero eran solo eso: rumores.

— No tenía por qué llamar. Tú ibas a estar en casa… — contestó, totalmente inflexible.

Harta de escucharle hablar de esa forma, se acercó y movió la silla giratoria para obligarlo a mirarla. Las llamas de pura ira en su mirada casi la tumbaron de espaldas. Jamás lo había visto tan enfadado desde que se conocían; por un momento, llegó a tener miedo. Sabía que Inuyasha no le haría daño, pero parecía tan enfadado… tan descontrolado…

— ¿Por qué te estás poniendo así? — le preguntó con voz calmada para no alterarlo más.

Inuyasha se puso en pie, poniendo en relieve su evidente diferencia de estatura hasta hacerle sentir diminuta a su lado. Nunca le había hecho sentirse tan acongojada.

— ¿Cuándo pensabas decirme que tu jefe era Kouga? — preguntó él en respuesta — Si no llego a ir a recogerte, no me habría enterado nunca.

— No me pareció que fuera algo relevante…

— ¡Claro que es relevante!

¿Por qué era relevante? A ella le parecía que era un jefe como otro cualquiera. Empezaba a pensar que el enfado de Inuyasha poco tenía que ver con lo que había sucedido ese día en concreto. Esa solo era una excusa para algo más profundo. No imaginó que, después de tantos años, siguiera llevándose mal con Kouga.

— ¿Inuyasha?

— ¿Acaso no te das cuenta de que te quiere para él? — la agarró y la sacudió con violencia — No va a parar hasta quitarte de entre mis manos. ¿Cómo has podido ir a comer con él?

Antes, deseó volver a ver a Inuyasha celoso… ¡Qué estúpida! Ahí lo tenía, y no le gustaba nada lo que estaba viendo. ¿Cómo podía tener celos de Kouga? Solo eran amigos; siempre lo habían sido. Nada más.

— Te estás equivocando, Inuyasha.

Mantener la calma le estaba costando lo inimaginable.

— ¡No me equivoco en nada!

Dio un paso tentativo atrás, nerviosa. A Inuyasha cada vez levantaba más la voz, hasta tal punto que pronto podrían escucharlos los niños desde el salón. ¡Maldición! Todo empezaba a marchar bien de nuevo, no quería que algo como eso lo estropeara todo. ¿Por qué Inuyasha era siempre tan testarudo?

— Escúchame. — le pareció que, de repente, hacía grandes esfuerzos por controlarse —Solo te ha contratado para tenerte cerca y romper nuestro matrimonio. ¿No lo ves?

Ella solo veía una única cosa: Inuyasha despreciaba su preparación para el puesto.

— ¿Insinúas que no habría conseguido ese puesto de trabajo si Kouga no fuera el jefe? — ya no se sentía en absoluto acongojada — Te recuerdo que hice la carrera de Derecho en Harvard y que puedo aspirar a mucho más que ser secretaría.

— ¡Por favor, Kagome! — le restó importancia a sus palabras con un gesto de muñeca — No has ejercido nunca y han pasado ocho años desde que te graduaste. Esas cosas también las tienen en cuenta antes de contratar a alguien.

— Subestimas mis capacidades…

— No subestimo nada. — le aseguró — Sé que eres fantástica en lo tuyo, pero también sé lo que quiere Kouga de ti. Nunca te lo he dicho antes porque nunca me sentí realmente amenazado por él hasta el día de hoy. Lleva años persiguiéndote, desde el instituto, o puede que antes. ¡No puedes estar tan ciega!

Pues ella no lo veía del mismo modo. Estaba harta de esa discusión que no los llevaba a ninguna parte. Lo único que estaban consiguiendo era que ambos se enfadaran cada vez más y más. Por esa razón, escogió el camino fácil. Frunció el ceño, apretó los puños y se dio media vuelta con los dientes bien apretados para no pronunciar una sola palabra. Antes de que Inuyasha predijera lo que iba a hacer, salió de su despacho y se dirigió hacia la cocina para preparar la cena. Tendría que hacer un gran esfuerzo para no echar lejía en la comida de su marido.

Desgraciadamente para ella, Inuyasha la siguió sin dar por terminada la discusión. Ignoró sus pasos a la espalda y se puso su delantal rosa, totalmente ajena a la presencia de su marido en la cocina. Abrió la nevera y empezó a sacar los ingredientes que necesitaría.

— Tienes que dimitir.

Se le cayó la cebolla que tenía en las manos cuando Inuyasha dijo aquello. A continuación, cerró la puerta de la nevera de un portazo que bien podría haberla arrancado. Ahora sí que estaba enfadada. No pensaba dimitir de su trabajo y lo llevaba claro si creía que podía controlarla.

— No voy a hacer eso, ¡métetelo en esa cabeza dura!

Se agachó a recoger la cebolla resuelta a terminar con esa discusión, pero, cuando se alzó, vio en la mirada de Inuyasha que aún no había terminado.

— ¡Lárgate antes de que te tire un cuchillo!

Inuyasha, en su lugar, permaneció impasible en la entrada, mirándola con los brazos cruzados y los labios apretados. Odiaba que adoptara esa pose de profesor con ella. No era ninguna de sus alumnas, ni tenía por qué obedecerlo. Ella era libre para escoger.

— Si sigues trabajando ahí a pesar de lo que te he dicho, tendré que suponer que no te interesa que sigamos casados.

¿La estaba amenazando? ¿Cómo se atrevía a amenazarla? Tiró la cebolla dentro de la fregadera, furiosa, y habló sin pensar.

— ¡No eres justo! — gritó — Yo no me quejé cuando la gente hablaba de ti y de Kikio Tama…

Solo después de haberlo pronunciado se percató de que acababa de desvelar su secreto. No quería que Inuyasha se enterara de que ese rumor había llegado a sus oídos, mucho menos después de haber descubierto que todo era mentira. Sin embargo, a él también le había llegado una cruel mentira y no había dudado en condenarla cuando ella le dio una oportunidad. Y, bueno, estaba claro que eran dos cosas muy diferentes. A él le dijeron que la habían visto comer con otro hombre. A ella, sin embargo, que él tenía una aventura con una alumna menor de edad. A su parecer, lo segundo era más grave que lo primero.

Se llevó las manos a los labios, como si así pudiera evitar decir alguna otra cosa, fuera cual fuera. Después, se volvió para mirar a su marido, quien no había abandonado la cocina. Parecía igual de asombrado por su confesión, y notó que su enfado se iba disipando poco a poco. No debía haberle sentado nada bien que le echara lo de Kikio en cara, pero a ella tampoco le gustó lo que él le había dicho.

— Lo siento… — se vio a sí misma pronunciando — No quería…

— ¿Por qué no me preguntaste a mí cuando te contaron esa mentira?

Porque ella no sabía que era una mentira al principio, porque estaba muy asustada ante lo que podría significar para su matrimonio y para la familia que habían formado.

— No tienes ni idea de cómo me sentí… — recordarlo provocó que unas lágrimas rodaran por sus mejillas — Se me rompió el corazón… solo podía pensar en lo pésima esposa que debía ser para que mi marido quisiera irse con una cría…

— Pero estás aquí. ¿Qué te hizo cambiar de opinión?

— Conocí a Kikio Tama y decidí luchar. No podía permitir que me dejaras por una niña que te destrozaría en cuanto se hubiera aburrido de ti... — se llevó una mano al pecho, sobre el corazón — Decidí confiar en ti y me gustaría que tú pudieras hacer lo mismo por mí…

Inuyasha la tomó entre sus brazos en menos de dos segundos y la estrechó tan fuerte que le hizo temblar de emoción. Por un momento, había temido que todos sus esfuerzos de los últimos meses fueran en vano. No podía perder a Inuyasha por unos celos infundados y se negaba a renunciar a él tan fácilmente. Se debían algo más que eso el uno al otro.

— Te prometo que, a partir de ahora, confiaré siempre en ti, Kagome.

Y era todo lo que le pedía.

Continuará…