Capítulo 7
Los últimos dos meses fueron difíciles. Habían decidido confiar el uno en el otro a toda costa, pero eso era más difícil de lo que aparentaba ser. Él hacía grandes esfuerzos por no cuartar a su esposa en su trabajo y sabía que Kagome pensaba en Kikio cada mañana, cuando se separaban al salir de casa. Se lo contaba todo sobre su día en el instituto con absoluto detalle mientras preparaban la cena. Se lo contaba todo y creía firmemente que Kagome hacía exactamente lo mismo. Por eso, intentaba parecer sereno cuando Kagome narraba con total normalidad una escena que a él se le antojaba una insinuación por parte de Kouga; al mismo tiempo, él balbuceaba cuando le tocaba hablar sobre Kikio.
Kagome no había vuelto a comer con Kouga desde aquella discusión. No se lo prohibió a pesar de su primera reacción y de que estuviera completamente convencido de que la quería para él; sin embargo, ella no lo repitió. La idea de que regresara a casa y pudieran comer juntos les gustó tanto que ese era su nuevo plan. En vez de llevarse la fiambrera, volvía a casa todos los días al mediodía y comían comida caliente que había preparado su esposa el día anterior. Esa rutina recuperada del pasado le llevó a hacerse una pregunta: ¿por qué dejó de volver a casa? Le gustaba eso de comer a solas con Kagome, sobre todo porque era una hora para ellos dos solos, sin niños. No tenían muchos ratos para pasar a solas desde que nacieron.
Centrado en su trabajo, estaba deseando que terminara el curso para no tener que volver a ver a Kikio Tama. No quería narrarle las cosas que hacía a su esposa, pero habían hecho esa promesa. Por eso, con el corazón en un puño, le contaba cosas que sabía que le causarían dolor. El mayor problema en esa historia era que dudaba muy seriamente de la capacidad de Kikio para sacarse el curso a la primera. Lo más probable era que repitiera. ¡Dios, le pondría un cinco totalmente falso con tal de no volver a verla! Si le tocaba como alumna otro curso más, tendría que hablar con el director para explicarle una situación de lo más incómoda e inapropiada.
Por otra parte, aunque no le gustara admitirlo por Kouga, el sueldo de Kagome les estaba viniendo realmente bien. Ese verano, después de tanto tiempo, por fin iban a volver a irse de vacaciones. Nunca habían salido con los niños a ninguna parte porque no les sobraba suficiente como para hacer un viaje, así que estaban planeando ir a Disneylandia para hacer algo especial esa primera vez. Ya habían mirado los vuelos, los precios de los hoteles y las entradas del parque y habían hecho reserva con antelación para tener descuento. Lo único que les quedaba era darle la noticia a los niños. Aprovechando que ese día irían al monte a pasar el día y a enseñar a Setsu a montar en bicicleta sin los ruedines, les darían la gran noticia.
Estaba sentado en medio del pasillo, abstraído en sus pensamientos mientras desatornillaba los ruedines de la bicicleta, cuando sintió una presencia a su espalda. Al volverse, vio a su hijo contemplando lo que hacía con horror. Sabía a la perfección que la idea de montar sin su seguro lo espantaba, pero su hermana también reaccionó igual al principio. Aún recordaba cómo estuvo a punto de rendirse enseñando a Hikari porque la niña no hacía más que caerse, llorar y gritar que le daba miedo. No le había gustado en absoluto ver a su hija así.
— Tranquilo, ya verás lo fácil que es.
Setsu no dijo nada, pero no parecía estar de acuerdo con la opinión de su padre. Poco después, salieron Kagome y Hikari de la cocina con una cesta enorme y bolsas llenas de comida; él ya había cargado en el coche la parrilla hacía un momento y solo le faltaba subir las bicicletas a la baca del coche.
Se acercó a ayudarlas con la comida. Mientras se dirigían hacia el coche, no pudo evitar echarle una ojeada a los vaqueros ajustados de su esposa. Se había comprado ropa nueva que le sentaba de maravilla. El cambio de Kagome aún picaba su curiosidad. ¿Por qué empezó a preocuparse otra vez por su aspecto físico? Ella no le dijo nada al respecto del asunto, pero la fecha coincidía con la llegada del rumor sobre él y una alumna. ¿Pensaría que ya no le gustaba? ¡Qué estupidez! A él le gustaría aunque pesara doscientos kilos y tuviera bigote. Lo que no quitaba que, de poder elegir, la prefiriera como estaba en ese momento.
Regresó al vestíbulo a recoger la bicicleta de Setsu, el cual no dejaba de mirarlo suplicante. Instantes antes, Hikari se había llevado su propia bicicleta. Cuando salió, vio a su esposa intentando colocar la bicicleta de Hikari en la baca de manera totalmente incorrecta. Segundos después, corría a tiempo de evitar que se le cayera encima.
— ¿No podías esperarme? — le regañó — Sabes que no tienes fuerza para hacer esto…
Kagome agachó la cabeza avergonzada ante la evidencia. Antes de que entrara en el coche, le dio un beso en la punta de la nariz para que no se sintiera mal por el regaño. Tardó unos minutos en asegurar las bicicletas de forma que él estuviera satisfecho. Después, aseguró a Setsu en su silla de viaje. Si seguía creciendo a ese ritmo, tendría que dejar de utilizar la silla antes de los diez años.
— ¿Lo llevamos todo? — le preguntó a Kagome.
— Sí.
Bien, si Kagome decía que estaba todo, debía ser así. El desastre en esa familia era él. Arrancó el coche y se dirigió hacia el monte para pasar un agradable día en familia. Sus hijos aún parecían sorprendidos de que fueran a hacer algo juntos un domingo. Generalmente, pasaban el día en casa sin hacer nada. A decir verdad, llevaban demasiado tiempo sin ser una familia normal. A partir de ese día, irían más al monte, a la playa, al lago…
Cuando llegaron, descubrieron que no fueron los únicos en tener esa día. Lo primero que hicieron fue buscar un buen sitio cerca de algún asador y se apostaron allí. Kagome se quedó preparando la comida que iban a asar para no perder el sitio mientras que él se llevaba a los niños a un terreno menos pedregoso. Kagome los había enfundado en toda una armadura de seguridad por si se caían. En otra época, siendo un niño, se habría reído al ver a otro niño envuelto en esa armazón. Siempre fue de esos niños que se pelaban las rodillas corriendo por el monte.
— Montaréis por esta zona, ¿vale?
Hikari fue la primera en montarse en su bicicleta para hacerle una demostración a su hermano. El efecto fue el contrario al que buscaban. Empezó a sacudir la cabeza en una negativa y a dar pasos hacia atrás, acongojado. Tuvo prácticamente que obligarlo a subirse a la bicicleta y estuvo agarrando la bicicleta por detrás en todo momento para evitar que se desestabilizara. Mientras tanto, Hikari daba vueltas alrededor de ellos y le insistía en que tenía que hacerlo. No, todavía no. Lo notaba demasiado tembloroso todavía; no podría mantener el equilibrio. Cuando le dejó el primer intento solo, se cayó y se negó a volver a montar. Tuvo que volver a obligarlo.
Estaba inclinado, caminando tras él sin soltar la parte trasera de la bicicleta, cuando una bicicleta desconocida se detuvo a su lado. Alzó la vista interesado por la intrusión, y compuso su peor mueca de desagrado al encontrarse con Kikio Tama. ¿No pensaba dejarlo en paz ni tan siquiera fuera del instituto? No habría sido capaz de seguirlo desde su casa, ¿no?
— ¡Buenos días, profe!
Contestó con desgana, abatido por las posibles consecuencias de ese encuentro. Se disponía a continuar con su hijo cuando la muchacha se cruzó en su camino. ¡Podría haber tirado a Setsu al suelo con esa interrupción tan brusca!
— ¿Qué hace el profe por aquí tan solito?
Kikio se apoyó en el manillar de la bicicleta, dando a entender que no pensaba moverse hasta obtener lo que deseaba. ¿Qué quería? Estaba harto de demostrarle que no lo tendría a él, ni tampoco un aprobado en química o en biología.
— No estoy solo. — contestó al fin — He venido con mi familia.
— ¿También está su mujer?
Por fin veía un atisbo de sensatez en esa cabeza.
— Claro que está mi mujer. — masculló.
Había una cosa que estaba clara: a Kikio Tama le intimidaba su esposa. No sabía decir si por el temor a ser descubierta en su empresa o si por alguna clase de rivalidad contra ella. Simplemente, había notado el cambio en su expresión, como se empequeñecía por momentos.
Hikari escogió justo ese momento para acercarse. Miró a Kikio de los pies a la cabeza y frunció el ceño.
— Mi mamá es mucho más guapa que tú.
Le costó toda su fuerza de voluntad aguantarse la risa al ver la cara que puso Kikio. Su hija acababa de compensar con creces el error cometido a principio de curso al decir que su madre estaba gorda. No obstante, Kikio, quien no recibió con el mismo ánimo el comentario, le lanzó una mirada a su hija que no le gustó nada. Ya iba siendo hora de dejar las cosas bien claras. No pensaba permitir que le estropeara el día con la familia.
— Si no te importa, intento enseñar a mi hijo.
— Podríamos hacer algo más divertido… — sugirió ella en un susurro seductor.
— Me parece que no me has entendido. — respiró hondo, como si estuviera en el aula — Estoy con mi familia, no contigo.
Levantó la bicicleta con su hijo incluido y la apartó para tomar otra dirección. Hikari lo siguió.
— No tengo por qué aguantarte fuera del instituto…
Lo dijo en un susurro, pretendiendo que pareciera que no quería que ella se enterara, aunque esa era justamente su intención. Sonrió triunfante cuando la escuchó marcharse echa un basilisco. Su hija, a su lado, le sacó la lengua, tentándolo a evocar imágenes mentales en las que él repetía el mismo gesto infantil. Ojalá no se cruzaran con ella otra vez cuando estuvieran comiendo. A Kagome no le sentaría bien que, entre todas las personas, apareciera precisamente ella para fastidiarle el día. Su mujer ya había sufrido más que suficiente a causa de Kikio.
Tardó una media hora más en conseguir que Setsu anduviera en bicicleta. Lo soltó sin que él se diera cuenta, y vio con una sonrisa cómo su hijo seguía hacia delante. Se frotó las manos pensando que había sido todo un éxito. Como Setsu había cumplido cinco años la semana anterior, decidieron enseñarle como un regalo más. Era el regalo que menos le había gustado por el pavor que le causaba pedalear por su cuenta, pero, en ese instante, parecía el niño más feliz sobre la tierra.
Se sentó en un banco y contempló a sus hijos mientras montaban en bicicleta. Los dejó montar durante cerca de una hora sin interrumpir su diversión. Para cuando volvieron al lugar de encuentro con Kagome, ya empezaban a subir más la temperatura y un sol muy agradable iluminaba el monte. Se llevó una sorpresa al ver que Kagome estaba preparando la comida con Sango mientras Miroku jugaba con sus dos hijos al fútbol. Automáticamente, Hikari y Setsu corrieron a jugar con los otros niños, y él tuvo que cargar con las bicicletas hasta la mesa que ocupaban.
Tampoco pudo ocultar su sorpresa de verlos allí cuando se saludó con Sango dándole un beso en la mejilla. Se saludaban así desde que Kagome los presentó el verano que empezaron a ser novios. Fue entonces cuando descubrió lo inseparables que eran esas dos mujeres. Sango se sacó un grado superior, en lugar de ir a la universidad, y se casó con solo veinte años. Ya había tenido a sus dos hijos cuando ellos tuvieron a Hikari. Aún recordaba la boda de sus amigos. Kagome fue su dama de honor y estaba preciosa con un vestido lila y las flores adornando su melena. Él fue un testigo más. Por aquel entonces, solo llevaban un año juntos, ni siquiera imaginaban que terminarían casándose, pero los dos fantasearon, ilusionados de ver la felicidad de sus amigos. Bailaron el vals y el ramo de flores le cayó a Kagome. En ese momento, se habían mirado sonrojados por lo que eso atañía. Si lo pensaba detenidamente, en verdad fueron los siguientes entre todos los invitados de la boda.
— ¡Qué casualidad! — se sentó en el banco — ¿Vosotros también habéis tenido la misma idea?
— Sí, pero no se nos ocurrió subir las bicicletas. — le vio sacar unas cervezas sin alcohol de la bolsa — Hemos llegado hace muy poco y casi no hay sitios. No te importa que nos hayamos unido a vosotros, ¿no?
— Claro que no. Sois de la familia.
Kagome sonrió al escuchar a Inuyasha tratando con tanto cariño a su mejor amiga. La primera vez que los presentó, tuvo miedo de que se llevaran mal. Sango era muy impulsiva y extremadamente franca. Eso por no hablar de lo protectora que se mostraba con ella desde el parvulario. Sin embargo, al conocer a Inuyasha, se percató de qué él era mucho más protector que ella y de que estaría a salvo a su lado. Gracias a ese aspecto de sus personalidades en común, terminaron llevándose de maravilla desde el primer día.
Meses atrás, no obstante, Sango se había enfadado con Inuyasha por primera vez cuando llegaron aquellos terribles y falsos rumores sobre él. Por suerte, lo habló con ella primero y pudo frenarla antes de que le partiera la cara. Después de haberse arreglado, seguía molesta con él, pero pudo convencerla de que le diera una segunda oportunidad, al igual que ella estaba haciendo. Sango hacía accedido a regañadientes por ella y estaba siendo encantadora con su marido.
— Esto ya está listo. — interrumpió su conversación — Cuando quieras, puedes prepararlo.
Inuyasha asintió con la cabeza y se fue hacia el asador para preparar el fuego. Sango aprovechó el momento para acercarse a ella y susurrarle al oído con la excusa de que estaban preparando la ensalada.
— Parecéis otro matrimonio. — le dijo — Hacía años que no os veía salir en domingo.
— Hacía años que no sucedía… — reconoció sintiéndose extrañamente feliz — Inuyasha está muy atento últimamente y hemos vuelto a hacer vida familiar. Los niños están encantados.
— Ya era hora de que se fuera comportando como un padre.
— ¡Sango! — exclamó impresionada por sus palabras — Ya sabes que él tenía mucho trabajo y…
— Y no tenía tiempo ni para apartar la vista de su periódico, ni para regañar a su hija por insultar a su madre, ¿no? — en eso tenía razón y no pudo negárselo — Me alegro de que haya mejorado tanto. Solo espero que esto no sea momentáneo…
Y ella también. Odiaría que, con el nuevo curso, volviera el Inuyasha de antes que apenas reconocía su existencia. Ya le sucedió una vez; la sola idea le aterraba. No, se suponía que esa vez era diferente. Su gran problema fue el embarazo tan complicado de Setsu. Tuvo ciática, anemia, insomnio y una terrible depresión durante el período de gestación que se alargó hasta mucho después del parto. En ese tiempo, su marido estuvo muy desatendido y desbordado. Recordaba con nitidez que intentaba ayudarla, pero no supo responderle hasta que fue demasiado tarde. Un día, cuando despertó de la depresión, se percató de que se habían vuelto unos completos desconocidos.
La diferencia entre antes y ese momento era que ya conocía el remedio. No debía volver a quedarse embarazada. Si tenían otro hijo, se pondría gorda, se deprimiría y volverían a alejarse. Se negaba a tirar por la borda todos sus esfuerzos; eso por no hablar de que ya tenían dos hijos. ¿Para qué tener más? Con dos tenían de sobra para toda una vida.
— ¡Ey, viejo amigo!
Miroku le dio una palmada en la espalda que casi lo tumbó. Cogió la cerveza que le ofrecía y le dio un trago antes de volverse hacia el fuego. Sabía que su mujer y Sango querían hablar en privado, a juzgar por cómo inclinaban las cabezas y susurraban, así que decidió esperar para acercarse.
— Parece que os va mejor.
Asintió con la cabeza y dio otro trago de su cerveza. Entonces, formuló una pregunta que le rondaba la mente desde hacía ya algún tiempo.
— Aquel día, cuando me dijiste lo del divorcio… — comenzó — ¿Kagome os dijo algo de eso?
Desearía preguntárselo a su mujer, pero no tuvo valor de mencionar tan siquiera esa palabra.
— En realidad, yo nunca hablé del asunto con ella directamente. Fue Sango quien lo hizo; después, me lo contó. Estaba preocupadísima por Kagome y quería matarte. No sabes el esfuerzo que está haciendo para poder llevarse bien de nuevo contigo porque Kagome se lo pidió.
No era la respuesta a su pregunta, pero, al menos, tenía algunos datos nuevos a tener en cuenta. Como, por ejemplo, guardarse de cometer algún error delante de Sango. Conocía lo bastante a esa mujer como para saber que no se callaba nada y que se le echaría al cuello si creía que le había causado el más mínimo daño a Kagome. Le sorprendía que, aun conociendo los rumores, no le hubiera atacado. Eso solo demostraba lo mucho que quería a su esposa. ¿Sería ella la persona que le contó el rumor a Kagome? Y, de ser así, ¿tenía alguna relevancia? No podía juzgarla por desear lo mejor para Kagome; él deseaba lo mismo.
— Kagome no dijo nada de divorcio. Estaba convencidísima de que Kikio se lo inventaba todo, pero temía que, en un tiempo, dejara de ser una mentira y se convirtiera en realidad.
Dios lo librara de convertir en realidad semejante pesadilla.
— Debes de estar encantado de tener una esposa que te quiere tanto. Se ha esforzado muchísimo por arreglar las cosas.
A juzgar por la siguiente intervención de Miroku, su cara reflejó a la perfección la consternación por sus palabras.
— ¿Tampoco lo sabes? — lo miró asombrado — Siento decirte esto, pero tenéis un serio problema de comunicación…
Sí, era completamente cierto. Aún estaban practicando para deshacerse de ese horrible problema de una buena vez.
— Kagome estuvo haciendo dieta y mucho ejercicio. Quería volver a gustarte para que no buscaras a una mujer más joven…
Justamente lo que él había estado conjeturando en las últimas semanas. El repentino cambio físico de Kagome no se era fruto de la casualidad. Kagome se había estado esforzando muchísimo por volver a ser la mujer que fue una vez y él ni siquiera fue capaz de apreciarlo debidamente. ¿Se esforzaría él del mismo modo si hubiera estado en su lugar? ¡Claro que sí! Haría cualquier cosa para no perder a su esposa.
Kagome y Sango se acercaron con la comida que tenían que asar y la dejaron junto a la parrilla. Antes de irse, cogió a su mujer y le dio un beso que le hizo sonrojarse, contentísimo de haberse casado con ella. Después, se puso con Miroku a asar la comida.
— ¡Déjame a mí, papá!
Los hijos de Miroku pusieron la carne sobre la parrilla como si llevaran años haciéndolo.
— ¡Yo también quiero, papá!
No le pareció una buena idea. Setsu solo tenía cinco años y ni siquiera llegaba todavía a ver por encima de la parrilla. Le dijo que no, pero insistió, poniéndolo en un aprieto.
— Lo siento, amigo. — se disculpó Miroku — No quería causarte problemas.
El verdadero problema, lo que realmente lo avergonzaba, era dar muestra de lo poco que había salido con su familia en esos años. Terminó cediendo a las peticiones de su hijo y lo alzó para que pusiera la carne en la parrilla con sumo cuidado. Vio saltar a Kagome del sitio en cuanto lo hizo, pero no corrió a impedirlo a pesar de que tenía el aspecto de una muerta en ese momento. Al volver a dejar al niño en el suelo, sano y salvo, Kagome se dejó caer sobre el banco, aliviada de que no se produjera ningún percance.
Cuando estuvo preparada la comida, se sentaron juntos a comer. Él se sentó con su hija a un lado y con Kagome al otro; al otro lado de Kagome estaba Sango; Miroku se sentó con Setsu a un lado y sus otros dos hijos mayores al otro. Agradeció con la mirada que le cortara la carne a Setsu y se fijó en que los hijos de Miroku y Sango ya no necesitaban ayuda. Se preguntó cómo se sentiría cuando sus hijos ya no lo necesitaran; de repente, se percató de que eso sería pronto. Hikari cada vez se iba volviendo más independiente y Setsu iba por el mismo camino. No le gustaba la idea de estar distanciándose tanto y tan pronto. Había desperdiciado tanto tiempo con su familia que aún tenía que recuperar…
— Hikari ha preparado las bolas de arroz, pruébalas.
Cogió encantado una de las bolas de arroz que le ofrecía su esposa y le dio un enorme mordisco bajo la atenta mirada de su hija. Aún no eran perfectas, pero no estaban nada mal para una niña de siete años.
— Están deliciosas, Hikari.
Su hija sonrió por el cumplido. Acaba de darle un mordisco a una deliciosa chuletilla de cordero, cuando vio a Kikio con sus padres, comiendo no muy lejos de allí. Se le atragantó el pedazo de carne en medio del esófago. Apresuradamente, se bebió media cerveza, deseando con todas sus fuerzas que no los viera y, sobre todo, que no se acercara a ellos, mientras Kagome le daba palmadas en el pecho.
Como de costumbre, el hada de los deseos no lo escuchó. Kikio los vio y se dirigió hacia la mesa sin que él pudiera hacer algo para evitarlo. Los demás ni se habían percatado de su presencia y charlaban alegremente a su alrededor; él no podía hacer lo mismo mientras esa niña siguiera acercándose con su asquerosa sonrisa victoriosa para destrozar aquella bella estampa familiar. ¡No quería que Kagome y Kikio volvieran a cruzarse! Cerró los ojos y apretó los puños con fuerza por el esfuerzo mental que le estaba suponiendo ese momento de tensión.
De repente, sintió unos brazos que rodeaban su cuello y un sudor frío le resbaló por la espalda.
— ¡Profe!
A Miroku, frente a él, se le cayó la comida de dentro de la boca al contemplar la escena. Los niños, exceptuando a Hikari, quien parecía tener calada a su alumna, seguían a lo suyo sin prestar atención a la nueva. No se atrevió a girar la cabeza para ver la reacción de Sango y mucho menos la de su esposa.
— Suelta a mi papá.
Él no fue el único que se giró para mirar a Hikari. ¿Quién iba a esperar que una niña empleara ese tono tan autoritario y frío? A veces lo sorprendía mucho haciendo cosas como esa. Kikio obedeció para su sorpresa. Eso le hizo plantearse utilizar a Hikari como escudo en un futuro.
— Sabía que volveríamos a vernos hoy.
No se iba a quedar tranquila hasta que Kagome supiera que ya se habían encontrado antes sin estar ella presente. No fue capaz de decir ni una sola palabra en respuesta mientras esperaba a que los acontecimientos se desarrollaran por sí solos. Así fue como se hizo un incomodísimo silencio que rompió Kikio.
— Papá y mamá se preguntaban si le apetecería acercarse a tomar algo.
Sus padres no; lo preguntaba ella.
— Está ocupado.
En esa ocasión fue Sango quien se metió en la conversación. A juzgar por el tono de voz empleado, parecía disgustada.
— ¿Y tú quién eres?
Kikio no se mostraba con Sango tan cauta como con Kagome. No sabía el error que estaba cometiendo.
— ¿Acaso te importa? — se cruzó de brazos — Estamos comiendo juntos, en familia, así que lárgate a hacer lo que quiera que hagan las Barbies de segunda mano.
Apreciaba la inestimable ayuda de Sango, pero situaciones como esa podrían repercutir negativamente en su trabajo en el instituto. No podía tratar a un alumno de cualquier forma porque estuvieran fuera del centro. Se permitía ciertas licencias con Kikio por sus insinuaciones, pero todo tenía un límite. Decidió que debía intervenir antes de que se lanzaran la una sobre la otra.
— Lo lamento Kikio, estoy con mi familia. — se disculpó — Saluda a tus padres de mi parte.
Kikio frunció el ceño, disgustada por su respuesta, y se marchó con la cabeza bien alta, sin despedirse tan siquiera. Ojalá Hikari no hubiera decidido hacer de las suyas en lugar de permitir que se marchara. Por el contrario, decidió lanzarle su plato de ensaladilla, estropeando así la camiseta de Kikio.
— ¡Esta niña me encanta! — exclamó Sango.
Se dispuso a regañar a su hija, pero se le adelantaron.
— ¡Hikari! — la llamó su madre — ¡Eso no se hace! ¿En qué estabas pensando?
Para su sorpresa, Kagome cogió unas servilletas y corrió a limpiar la camiseta de Kikio como si no le importara en absoluto quien fuera ella. Se sintió como un auténtico idiota por su propia falta de reacción durante unos segundos. Después, la siguió con las manos en los bolsillos. Los padres de Kikio se acercaron también al observar la escena desde la distancia. Se preparó su mejor disculpa.
— Lo siento mucho. Hikari es pequeña y a veces…
— No se preocupe, son cosas de niños.
Los padres de Kikio se lo tomaron sorprendentemente bien.
— ¿Qué son cosas de niños? — exclamó Kikio enfadada.
No le hicieron ningún caso. Por su forma de comportarse en esa ocasión y en el salón de actos por navidad, descubrió que estaban más que acostumbrados al comportamiento de su hija. La ignoraban todo el tiempo, y por eso era tan extrema. Kikio quería llamar la atención de sus padres… ¿Qué mejor forma que un escándalo con el profesor? Tal vez no fuera el aprobado fácil lo que tanto deseaba, como él pensó inicialmente. Por lo que veía, no habían ido los tres solos a pasar un día en familia, sino que estaban acompañados por amigos de los padres. Seguramente, estarían muy entretenidos con sus amigos como para hacer caso a la hija.
Kikio refutó su teoría con una demostración infantil que, por desgracia, afectó a su esposa. Tiró a Kagome al suelo de un empujón y se largó maldiciendo a todo el mundo. Se agachó inmediatamente para ayudar a su esposa a levantarse; entonces, fue el turno de los padres de Kikio de disculparse, muy avergonzados. No pudo decirle nada a su mujer hasta que se fueron.
— Lo siento, Kagome. — se volvió hacia ella — No pretendía que esto sucediera… Yo…
— Está bien, no pasa nada.
Kagome actuaba con tanta normalidad que lo dejó anonadado.
— Tú no podías saber que ella estaría aquí, ¿verdad?
Sacudió la cabeza en una negativa.
— Pues, entonces, ya está. Vamos, — cogió su mano — tengo hambre.
Y la siguió sin poder creer lo bien que se lo estaba tomando. Se sentaron de nuevo con su familia. Sango estuvo a punto de decirle algo, pero notó que Kagome se lo impidió, reprimiéndola con la mirada. Ojalá hubiera permitido que Sango le diera lo suyo: sentía que lo merecía. Después, Kagome siguió reprendiendo a Hikari por lo que había hecho y le hizo saber lo disgustaba que estaba con ella. Ojalá él pudiera ser también un padre disgustado por el comportamiento de la niña, pero estaba encantado, en realidad.
De vuelta a casa, hicieron el camino en silencio. Puso el DVD portátil para los niños y no dejó de mirar a su mujer de reojo. Parecía tan relajada y tan normal que estaba completamente seguro de que algo le rondaba la cabeza. Kagome no estaba tan mansa ni en su mejor momento de relajación. La veía demasiado pasiva. Seguro que le había ofendido que no le contara que se encontró con Kikio, que esa adolescente se atreviera a abrazarlo y que la tirara a ella al suelo en una pataleta. ¿Por qué no se lo decía? ¡Ah, claro! Los niños estaban delante.
Al llegar a casa, se ocupó de recoger todo lo que habían llevado y le puso los dibujos a los niños. Odiaba que vieran tantos dibujos animados, pero era la mejor forma de tenerlos entretenidos. Después, subió al segundo piso y corrió hacia su dormitorio. Kagome estaba dándose una ducha. Habría deseado entrar a acompañarla bajo la ducha, pero, por primera vez en mucho tiempo, había echado el cerrojo. Ese hecho le disgustó más si era posible. No se equivocaba en absoluto, Kagome estaba molesta.
Se sentó en la cama y esperó hasta que su esposa salió vestida con el pijama. ¡Se había vestido en el cuarto de baño! No hacía eso desde antes de la navidad.
— Kagome, tenemos que hablar. — dijo con seriedad.
— ¿Hablar de qué?
Seguía intentando aparentar normalidad cuando se sentó frente al tocador para peinarse.
— Sobre lo que ha pasado hoy. — explicó — Creo que…
— Está todo bien, Inuyasha.
Contempló su reflejo en el espejo desde la cama mientras se decía a sí mismo que nada en absoluto estaba bien. Apretó los puños hasta que se le pusieron blancos los nudillos, escuchando en su mente como algo se resquebrajaba. Acababa de surgir otra grieta en su matrimonio.
Continuará…
