Siento el retraso, pero ayer fue imposible subir el capítulo. Cada vez que lo intentaba, me daba error la página. Por si alguien no lo ha visto, dejé un review de aviso, ya que no tenía otra forma de contactar. Si no hay más errores, el próximo domingo seguiré como de costumbre.
Capítulo 8
El siguiente mes fue una farsa en la que ambos intentaron aparentar normalidad sin ninguna clase de éxito. Al principio, era Kagome la única que actuaba, pero, frustrado porque no le permitiera llegar hasta ella, terminó haciendo exactamente lo mismo.
Aunque hacían todo lo que se habían acostumbrado a hacer en los últimos meses, por dentro, se sentía exactamente igual que antes de su reconciliación. Era como si hubieran regresado a la rutina de antes. Incluso hacían el amor por costumbre.
No entendía qué estaban haciendo mal. Lo habían intentado por todos los medios y no funcionaba. Kagome hizo un gran esfuerzo para cambiar, así que él también intentó cambiar. Intentó ser comprensivo con ella cuando ella decidió trabajar, intentó respetar su independencia y apoyarla. ¡Los dos juraron confiar el uno en el otro! ¿Por qué, entonces, les iba tan mal? ¿Por qué no eran capaces de hacerlo realmente? ¿Qué estaba fallando? Creyó que confiar sería tan fácil como decirlo, pero parecía que la vida les estuviera poniendo a prueba. Hubo un tiempo en que la palabra del otro era sagrada, en que jamás se cuestionaban lo que el otro decía. ¿Qué había cambiado?
Se planteó acudir a un consejero matrimonial. Tal vez lo que necesitaran fuera ayuda profesional para volver a ser los de antes. Había recabado información hasta encontrar uno en un pueblo vecino. Lo mejor sería que ninguno de los vecinos los viera en una consulta en ese pueblo para evitar ser nuevamente la comidilla de todos. Estaba harto de que sus problemas se airearan por todo el pueblo. La única pega de su plan era proponérselo a Kagome. ¿Y si ella se lo tomaba como algo más grave? No quería que pensara que su única alternativa era esa. De hecho, no quería que pensara en el divorcio por nada del mundo.
Había planeado comentárselo esa tarde. Prefería dejar que se fuera al trabajo tranquila. Como era viernes, tendría todo el fin de semana para meditarlo en condiciones. Ojalá le diera una respuesta afirmativa, pues su matrimonio estaba pendiendo de un hilo. Los niños también se estaban poniendo nerviosos. Se habían acostumbrado a la nueva familia que eran, y el cambio les desagradaba. Una sonrisa falsa no engañaba a un niño.
Cuando bajó a la cocina, encontró a Kagome preparando las tortitas. Aprovechando que los niños aún se vestían, se acercó para comentarle otros temas más familiares.
— He recibido un mensaje de la juguetería. Ya tienen la muñeca que encargamos para Hikari y el trivial de Disney.
El miércoles de la semana siguiente era el octavo cumpleaños de Hikari. Habían tenido que encargar sus regalos de una ciudad porque en la juguetería del pueblo no los tenían. También tenía una colección de libros de aventura escondida debajo de la cama.
— Estupendo. Me pasaré al mediodía a recogerlo todo.
Si se pasaba al mediodía, no tendría tiempo de ir a casa a comer.
— ¿No vendrás a casa? — preguntó.
— La tienda cierra pronto los viernes, tengo que ir antes.
— Puedes ir el lunes o puedo ir yo mismo…
— No, prefiero ir hoy y, así, no me arriesgo. — puso las tortitas en un plato — Te prepararé la comida para que te la lleves al trabajo.
Y ya está; su esposa ya no quería comer con él. Tuvo que aguantarse las ganas de decirle algo al respecto porque aparecieron los niños, y pasó uno de los peores desayunos en años. ¿Con quién iba a comer ella? Los celos lo embargaron. Desearía pasarse por la aseguradora para verlo con sus propios ojos. Después, se lo pensó mejor, y decidió no hacer semejante tontería. Además de que no le daría tiempo de regresar al instituto a tiempo, sería un comportamiento demasiado despreciable por su parte. No tenía razones para desconfiar de la fidelidad de Kagome.
Se despidieron en la entrada con un beso frío. No pudo evitar volver la cabeza una vez tras otra, hasta que ella desapareció. Aún consternado, dejó a los niños en el colegio y fue a su primera clase. Como apenas estaba concentrado, decidió mandar unos ejercicios a sus alumnos para poder pensar mientras los resolvían. Pensó en Kagome, en él, en los niños y en todo lo que les estaba pasando. Parecía como si todo su esfuerzo fuera en vano, como si no hubiera solución al problema y todo estuviera acabado para ellos. ¿Y si él y Kagome no estaban hechos el uno para el otro?
La idea lo horrorizó. Se negaba a pensar eso… ¡No permitiría que ella se apartara de su lado! Tenía que haber una solución para ellos; por eso, cada vez estaba más convencido de que era una buena idea ir a un consejero matrimonial. Si eso podía salvar su matrimonio, era bienvenido en sus vidas. Esperaba poder hacerle entender a Kagome la urgencia con la que lo necesitaban.
A la hora del recreo, el director lo hizo llamar a su despacho con una llamada del todo inesperada. Acudió a la cita esperando malas noticias, pero ni se imaginó hasta qué punto serían malas. Al lado de eso, las insinuaciones de Kikio eran cosa de niños.
— Nobunaga tiene la varicela. — le explicó — Le han contagiado sus hijos.
¿Y qué relevancia tenía para él que el profesor de Educación Física tuviera la varicela? Bueno, el director parecía esperar que dijera algo al respecto.
— Vaya… Espero que se recupere pronto.
— Veo que no entiende las consecuencias de esto.
No, no entendía absolutamente nada.
— Nobunaga tenía que ir al viaje de estudios de los alumnos de bachiller la semana que viene. — le explicó — Usted va a sustituirlo.
— ¿Qué?
Eso no, por favor. Si se marchaba una semana, al regresar podría encontrarse cualquier cosa en su hogar. Eso por no mencionar que se iría de viaje con la mismísima Kikio Tama. No, no podía ir a ese viaje de ninguna manera.
— ¿No puede ir otro? — preguntó.
— Sus otros compañeros son demasiado mayores, están exentos.
Bueno, podía comprender que no quisieran mandar a la gente mayor a soportar a los alumnos de bachiller durante una semana. Ahora bien, también tenía compañeros más jóvenes.
— ¿Y no puede ir otro profesor más joven? — preguntó esperanzado.
— No. Son demasiado jóvenes. — explicó — Los padres desconfiarían.
¡No, no podían hacerle aquello! Tenía que encontrar alguna excusa para librarse de ese maldito viaje.
— La semana que viene es el cumpleaños de mi hija, ¿qué voy a decirle? — intentó ablandarlo — Por favor, no me haga fallarle…
— Seguro que puede celebrarlo cuando vuelva. — aseguró — ¿Qué le pasa? Va a tener una semana de vacaciones pagadas.
— ¿Usted llama vacaciones a eso? — la sola idea lo horrorizaba — Eso será un infierno de hormonas y adrenalina.
— Seguro que sabe ocuparse de ello.
Y no hubo más que decir. Todos sus intentos posteriores para hacer cambiar al director de opinión fueron inútiles, por lo que se vio atrapado en el inminente viaje. ¿Cómo iba a contárselo a Kagome? De repente, ese mismo domingo, después de comer, tenía que salir de viaje con los alumnos de todos los cursos de bachiller y otro par de profesores. Iba a fallarle a su hija y a su esposa.
El resto del día se le antojó inacabable. Cuando al fin recogió a sus hijos en el colegio, tenía un fuerte dolor de cabeza y no había descubierto la forma de suavizar el impacto del golpe. Kagome desearía matarlo y con razón. ¿Y si se inventaba que iba con los alumnos de último curso de secundaria? No, se terminaría enterando y sería mucho peor que decirle la verdad desde el principio. ¡Diablos! Tendría que haberle contado el asunto de Kikio al director para librarse de esa forma. ¿Por qué demonios no lo hizo? Porque no quería que echaran a Kikio del instituto. En el fondo, le daba mucha pena; no creía que fuera positivo para ella que la expulsaran.
Una vez en casa, dio de merendar a sus hijos y se encerró en su despacho. Una hora después, escuchó la puerta de la entrada abrirse y Kagome saludó. No fue a buscarlo a su despacho, por lo que tuvo que ser él quien la siguió hasta su dormitorio. Kagome estaba escondiendo los regalos apresuradamente. Cuando la sorprendió, saltó del sitio acongojada, creyendo que se trataba de Hikari.
— Ya he recogido todo. — comentó.
Le ayudó a bajar de nuevo el colchón y se sentó. Kagome cogió su ropa para cambiarse, pero, antes de que se moviera hacia el cuarto de baño, cogió su mano y le obligó a sentarse a su lado.
— Tenemos que hablar.
— ¿Por qué eso suena a problemas?
Porque los tenían y cada día más gordos. Decidió soltarlo de golpe en lugar de dar vueltas.
— El domingo, después de comer, tengo que coger un avión a Miami.
Lo miró anonadada, sin comprender.
— El director quiere que acompañe a los alumnos de bachiller durante viaje de estudios.
Su asombro se convirtió en evidente enfado. Abrió la boca dispuesta a decirle algo que seguramente sería horrible, pero se frenó ella misma, tal y como hizo siempre. Kagome no se dejaba llevar por sus impulsos. En su lugar, se levantó y se encerró en el cuarto de baño, dando un portazo. La escuchó llorar desde fuera. Habría deseado pedirle que le abriera la puerta, pero no le pareció un buen momento. Kagome tenía toda la pinta de necesitar pasar un rato a solas, así que se sentó en la cama y esperó durante casi una hora entera a que ella volviera a salir.
Cuando salió, se sorprendió de verlo todavía allí.
— Kagome…
— Tengo que preparar la cena. — se excusó — Se ha hecho tarde…
Por segunda vez, agarró su delicada muñeca para detenerla.
— Por favor, Kagome…
— Los niños tendrán hambre. — se desasió de su agarre.
Solo por esa razón dejó que se marchara. Hablarían más tarde, cuando los niños estuvieran en la cama. Sabía que Kagome se disgustaría, pero no esperaba en absoluto tal reacción. No esperaba que ella se encerrara a llorar en el cuarto de baño. Se había preparado para todo, menos para eso.
La cena fue silencioso excepto por los intentos de los niños de entablar conversación. Cada uno lo siguió como pudo para no preocuparlos, pero no era suficiente para engañarlos. Después, Kagome rechazó su ayuda para recoger y fregar; de hecho, prácticamente lo echó de la cocina. Desde ese instante, pasó cada minuto deseando que los niños se fueran a la cama. Los viernes solían acostarse más tarde, por lo que empezaba a ponerse de los nervios. Terminó mandándolos a la cama antes de lo habitual, cosa que los dejó atónitos.
Una vez acostados, fue en busca de Kagome. Seguía limpiando compulsivamente, muchos más de la cuenta para lo tarde que era. Estaba más afectada de lo que imaginaba.
— ¿Podemos hablar?
No le dijo ni una sola palabra en respuesta.
— Kagome, he acostado a los niños para que podamos…
— ¿Cómo? — dejó lo que estaba haciendo — ¿Los has acostado sin mí?
Salió corriendo de la cocina hacia el otro piso, ignorándolo por completo. No pudo hacer otra cosa que seguirla y esperar en el pasillo mientras les deseaba dulces sueños a los niños. A continuación, la agarró y tiró de ella hacia el piso inferior. La arrastró hasta el salón y cerró la puerta para evitar que se les oyera. Al volverse, descubrió a Kagome intentando regresar a la cocina para continuar limpiando. La interceptó y la detuvo velozmente.
— Vamos a hablar. — dictaminó — Te guste o no.
Lo desconcertó al reírse.
— Como todo en esta casa, ¿no? — le respondió mordazmente — Se hará, me guste o no.
— No entiendo…
— Tú te irás a ese viaje, me guste o no. — le echó en cara — Eso está muy claro.
— Kagome, el director no me ha dado otra alternativa. Sabes que yo no quiero ir a ese maldito viaje. Prefiero quedarme en casa…
— Seguro que tenías otra alternativa. ¡No insististe lo suficiente! — le reprochó — Nadie puede obligarte a ir a ese viaje… Si vas es porque quieres. ¡Pues muy bien! — se cruzó de brazos — Espero que te lo pases genial.
Bien, había conseguido que hablara y lo estaba machacando.
— Por cierto, ¿qué le dirás a tu hija? Se dará cuenta de que su padre no está por su cumpleaños.
Ese era otro tema que habría preferido dejar para el día siguiente. Primero, tenía que ocuparse de Kagome para que no se pelearan delante de los niños.
— Kagome, nada me gustaría más que estar aquí por el cumpleaños de Hikari, pero…
— Siempre es igual. — le dio la espalda — Siempre encuentras una forma de fallarnos…
¿En verdad pensaba eso? ¿Kagome creía que él les había fallado? Se le encogió el corazón en el pecho de solo pensarlo. Jamás haría nada que los perjudicara, ¿acaso no podía verlo? Lo único que quería era quedarse en su casa, con su familia. Decidió que ese era el momento oportuno para hablarle del consejero matrimonial. Necesitaban a alguien que tratara su caso urgentemente, y les diera buenos consejos.
— Últimamente, he estado investigando un poco acerca de consejeros matrimoniales…
Kagome se volvió de golpe al escucharlo. Juraría que estaba más enfadada todavía, pero no podía amedrentarse.
— Creo que necesitamos ayuda profesional, Kagome.
— ¿Ayuda profesional?
— He encontrado un buen psicólogo en otro pueblo vecino. Allí, no nos conoce nadie, no comentarán. Podemos pedir cita para cuando vuelva y…
— ¿Para qué? — le preguntó rabiosa — ¿Acaso crees que tiene solución lo que nos está sucediendo?
— ¡Claro que sí! — exclamó — No podemos tirar por la borda todos nuestros esfuer…
— ¡No seas hipócrita! — le gritó, interrumpiéndolo — ¡Tú lo estropeaste todo! Ya no queda nada que arreglar…
No podía creer que Inuyasha le estuviera haciendo aquello. Había pasado el peor mes de su vida por su maldita culpa y, además, tenía la poca vergüenza de hacerle pasar por todo eso. Ella sí que se había esforzado en vano por un hombre que la mirada por encima del hombro. Debió adivinar, cuando Sango le contó el rumor, que no había nada que hacer para recuperar a su marido, que ya estaba perdido. Lo último era que intentara escaparse con su amante a Miami y en sus narices. ¿Cómo se atrevía?
Lo único que quería era que todo ese sufrimiento terminara de una maldita vez. Sin duda alguna, lo último que le faltaba era que dijera que intentaba arreglar su matrimonio. ¿Acaso le remordía la conciencia o, simplemente, quería tenerla contenta y distraída mientras se iba a sus espaldas con otra? Ya había soportado todo aquello por demasiado tiempo. Estaba harta de sufrir, de llorar en el cuarto de baño, de limpiar para no pensar en ello, de hacer una dieta que no la llevaba a nada y de que todo el pueblo se riera de ella.
— ¿A qué te refieres? — le escuchó preguntar — ¿Qué significa eso de que no queda nada que arreglar?
Seguro que no esperaba que ella lo supiera. Debió confesárselo en su momento. Tal vez, de esa forma, no se lo hubiera tomado como una asquerosa infidelidad.
— Hace unas semanas, coincidí con Kikio y con sus amigas en una tienda.
Se abstuvo de decir, avergonzada de sí misma, que era una maldita tienda de lencería y que fue allí para comprarse algo sexi que lucir delante de él. Al salir de la tienda, estaba tan dolida que solo podía pensar en abofetearlo hasta que le sangraran las palmas de las manos.
— Entraron justo cuando se me cayó una carpeta y me agaché a recogerla, así que no me vieron.
Ojalá la hubieran visto para no haber tenido que escucharlo.
— ¿Sabes de qué hablaban? De que, en noviembre, Kikio te besó y tú le dejaste hacerlo. No me contaste nada de eso…
— Kagome, no…
— ¡No me digas que es mentira! — lo señaló — No ganaban nada con hablar de eso cuando nadie las escuchaba.
Aun así, había dudado durante las semanas anteriores de malestar hasta ese día. No obstante, el semblante de Inuyasha acababa de confirmárselo del todo: besó a Kikio. Sintió ganas de vomitar; de hecho, notó como la bilis le subía por el esófago. Tuvo que sentarse, con una mano sobre el estómago revuelto, para que sus rodillas temblorosas no la traicionaran.
— No sucedió como tú piensas…
— Entonces, ¿cómo sucedió?
Inuyasha se sentó a su lado. Dolida con él, estuvo tentada a moverse hacia la punta más alejada del sofá para evitar su roce. Finalmente, no lo hizo. Estaba demasiado acostumbrada a su cercanía. A pesar de todo el daño que le había hecho, seguía amándolo. ¿Por qué el corazón tenía esa forma de sentir tan contradictoria? Sería tan fácil odiarlo, incluso despreciarlo. El camino que su corazón escogía, sin embargo, era mucho más doloroso.
— Ella vino a mi despacho y yo intenté echarla. Me besó y es verdad que me dejé besar, pero después la eché.
— ¿Y ya está? — apretó los puños — Como la echaste, ¿estás libre de culpa?
— No, yo no… — suspiró a su lado — No quería contártelo porque no quería hacerte daño, Kagome.
— Pues ahora me has hecho mucho más daño…
Y, a juzgar por la forma de mirarla, estaba a punto de infligirle un golpe mayor.
— Yo deseaba que me besara… — eso le hizo pedazos el corazón — Nos iba tan mal… No supe ayudarte cuando nació Setsu. — admitió — De repente, éramos como dos desconocidos…
Sí, eso lo recordaba muy bien. Ella también había vivido exactamente lo mismo.
— Esa chica me hizo un poco de caso, me hizo sentir especial. Por eso le seguí el juego durante un tiempo. Te fui infiel de conciencia… — afirmó — Pero nunca la toqué. — aseguró — Cuando ella me besó, no sentí nada. Fue como besar a una pared…
En cierto modo, eso le hizo sentirse un poco mejor. Se merecía haber intentado ponerle los cuernos y que le saliera tan sumamente mal.
— Y, ya que me estoy sincerando, hay algo más que debes saber.
¿Más todavía? Irguió los hombros para mirarlo a los ojos con las mejillas húmedas y los ojos ardiendo por las furiosas lágrimas. Si había otra mujer más, no podría soportarlo de ninguna manera.
— Es sobre Kouga. — eso, en parte, la alivió — Kouga desapareció hace casi doce años porque nos peleamos cuando tú estabas en la universidad.
— ¿Cómo que os peleasteis?
— Él vino a reclamarme. Estaba enamorado de ti, Kagome, y no soportaba que yo estuviera contigo. Terminamos peleando junto al río, bajo la promesa de que el perdedor se alejaría de ti…
No podía creer lo que estaba escuchando. ¿En serio había sucedido aquello en su ausencia? ¿Era verdad que Kouga la amaba? Años atrás nunca fue capaz de ver algo semejante. Siempre fue su amiga, su mejor amiga, y solo podía ver a Kouga de esa forma. De hecho, por su parte, jamás habrían estado juntos ni aunque Inuyasha no existiera. ¡Dios, al fin comprendía algunas cosas! Comprendía que Kouga la llevara al baile de fin de curso a ella en lugar de a cualquier otra chica. Comprendía que pusiera tantas pegas cuando comenzó a salir con Inuyasha. Comprendía su desaparición…
— Es evidente quien perdió… — suspiró — Te aseguro que nos hicimos mucho daño…
Recordó que tenía un par de costillas hundidas desde el año que Kouga desapareció. Nunca se imaginó que esa fuera la causa.
— ¿Por qué me lo cuentas ahora?
— Porque creo que es momento de sincerarme del todo… — musitó — Sé que pasaste dos meses infernales haciendo dieta y ejercicio como una loca…
Al parecer, había sido descubierta.
— ¿Por qué no me lo contaste? — puso una mano sobre la suya fría.
— Porque me daba vergüenza… —admitió — Mi propia hija sentía vergüenza de mí y justo entonces me llegó el rumor… Creía que tú buscabas a otra porque yo me había dejado…
— No digas tonterías. — le dio un apretón — No me importan esas cosas, Kagome. Me importas tú…
Parecía tan sincero que apoyó la cabeza en su hombro como si no estuvieran discutiendo. Reposaron así durante unos minutos, sin decirse nada. Deseaba con todas sus fuerzas creer cada palabra de Inuyasha y pasar página de ese horrible año que los estaba destrozando a los dos. Estaba harta de ese pueblo, de esa niñata y de ese clima frío entre ellos. Solo quería volver a ser los de antes. ¿Acaso era tan difícil?
— ¿Podrás perdonarme?
Ni siquiera sabía si realmente podía confiar en él.
— No lo sé…
— Te amo, Kagome.
Se sorprendió al escucharlo. Hacía años que Inuyasha no se lo decía; nada la habría sorprendido más. ¿Por qué llevaba tanto tiempo sin decírselo? Antaño se lo repetía cientos de veces al día; ella nunca se hartaba de escucharlo y él de decirlo. Siempre le daba la correspondiente respuesta, por su puesto. Sin embargo, no se sentía capaz de decirle las palabras mágicas que él esperaba oír en respuesta. Algo que atenaza su corazón le impedía pronunciarlas. Incluso le dolía la garganta por el esfuerzo de hablar. Tal vez Inuyasha tuviera razón, y necesitaran ayuda profesional.
A juzgar por su semblante, Inuyasha se había rendido en la espera de escuchar lo que tanto deseaba oír. Aterrada de que su reacción los distanciara más, lo rodeó con sus brazos y escondió su cabeza en el hueco de su hombro y su cuello. Inuyasha la estrechó tan fuertemente entre sus brazos que la dejó sin respiración. Los dos temblaron por la tensión. Sin poder contenerse, ella lloró en su hombro. No sabía si él también lloró, pero juraría haberlo sentido convulsionarse como si fuera el caso.
— Ese consejero… — musitó — ¿Crees que nos ayudará de verdad?
— Solo si tú puedes perdonarme…
No sabía si podía. Necesitaba algo más de tiempo que esos instantes para meditarlo.
— Necesito tiempo…
— ¿Crees que cuando vuelva del viaje…?
— ¡No! — lo interrumpió con un grito.
Se desasió de su agarre y se levantó tan rápido que estuvo a punto de caerse de espaldas. Dio un paso atrás y lo miró horrorizada.
— No vayas… — le rogó — No quiero que vayas a ese viaje…
— Es inevitable, Kagome.
— Si vas, no creo que te perdone.
No quería valerse de las amenazas para persuadirlo, pero estaba desesperada. No quería que estuviera en un lugar paradisíaco plagado de sexo y corrupción con Kikio Tama. ¡Lo que fuera menos eso! Ya no podía confiar en él como antes. Inuyasha debía ganarse su confianza; con ese viaje, en cambio, solo conseguiría el efecto contrario.
— Por favor, intenta comprender… — le suplicó.
— No.
Inuyasha también se levantó, pero su altura no la intimidó. No iba a dejar que él la venciera. Si se marchaba, tendría que soportar las consecuencias de sus actos.
— Confía en mí, por favor.
Eso sí que era gracioso.
— No.
Esa noche, Inuyasha ni siquiera subió al dormitorio a dormir. Durmió en el sofá y, así, lo encontraron la mañana siguiente. Desearía haberse levantado antes que sus hijos para evitar que se dieran cuenta, pero ellos bajaron a la planta baja antes, armando bulla, lo que la avisó. Se puso una bata, intentó que pareciera que no había pasado toda la noche llorando y bajó corriendo. Setsu no hacía más que preguntarle a su padre por qué dormía en el sofá e insistía en que él también quería hacerlo. Hikari era mucho más suspicaz.
Se acercó a su silenciosa hija y le dio un beso de buenos días intentando aparentar normalidad. Hikari la miró desconcertada, como si algo no estuviera en su lugar, y formuló la terrible pregunta.
— ¿Os vais a divorciar?
Continuará…
