Capítulo 9

No fue al viaje. El sábado se presentó de urgencia en el hospital emulando que estaba enfermo para conseguir la baja. El médico no se lo creyó, por supuesto, pero el médico era Miroku. Al contarle lo que estaba sucediendo en su casa, le concedió la baja inmediatamente hasta el martes. Suficiente para librarse de ese terrible viaje. Después, llamó al director a casa para comunicárselo, quien, como sabía que no quería ir al viaje, se mostró escéptico. Simuló que tosía por teléfono y le envió por fax los papeles que le había preparado Miroku. Entonces, se lo creyó todo.

Kagome no dijo nada al respecto, pero parecía bastante aliviada de que hubiera decidido hacerle caso y no ir. Él también estaba aliviado a decir verdad. Aunque no tenía nada que temer de Kikio, no quería marcharse de viaje con ella. Además, cuando su matrimonio pendía de un hilo, no era, precisamente, buena idea marcharse de viaje. Todo eso por no hablar del cumpleaños de Hikari. Fue todo un respiro tener que evitarse el mal trago de decirle que no estaría ese día.

Los niños notaban el ambiente tenso en casa. Desde que Hikari formuló aquella pregunta, el ambiente de la casa se había vuelto frío y pesado. De hecho, Hikari no había vuelto a decir nada al respecto, apenas les hablaba. Tenían que sacarle las palabras con tenazas, lo que empezaba a preocuparlos. Pasaba mucho tiempo sola, sin precisar ninguna compañía. El modo de Setsu de mostrar su preocupación era un tanto diferente. No hacía más que repetirles la pregunta de Hikari una y otra vez con ojitos de cordero degollado. También se abrazaba a sus piernas, por lo que tenía que caminar arrastrándolo, e intentaba llamar su atención por todos los medios.

Si había alguna forma de evitar que sus hijos se vieran salpicados por sus problemas conyugales, quería conocerla. Pagaría por que se lo dijeran. No era nada justo para los niños, ni para ellos mismos. Ver que ellos también sufrían solo podía aumentar su pesar, así que decidieron disimular frente a ellos. No volvió a dormir en el sofá, pero en la cama eran como dos desconocidos. Los dos tumbados en la punta más alejada de la cama, de espaldas y sin decirse una sola palabra… La situación era tan preocupante que el lunes llamaron al consejero matrimonial.

Una vez en la consulta del especialista, los dos experimentaron un cambio radical. Se sentaron en el sofá muy juntos y se tomaron de las manos con cariño. El especialista quiso saberlo todo: cómo se conocieron, cuándo empezaron a salir juntos, cuándo se casaron y bajo qué circunstancias, qué cosas compartían, etc. Salió muy sorprendido de la consulta. No sabía que Kagome lo conocía de mucho antes. Ella lo miraba cuando era una niña y él estaba en el instituto. ¿Cómo no pudo verla en la verja que separaba los recreos? ¿Y por qué no se lo contó? Por como lo narraba Kagome, había estado toda la vida enamorada de él, desde que podía recordar.

Como era evidente, el consejero vaticinó que necesitarían más consultas. La siguiente sería ese mismo viernes, después de que Kagome saliera de trabajar. También les proporcionó unos ejercicios de confianza. Cada uno tenía ejercicios diferentes y no podían mostrarle los suyos al otro, eran secretos. Los dos los guardaron con mucho cuidado y se juraron no espiar los del otro.

En el cumpleaños de Hikari, intentaron aparentar total normalidad; los niños no se lo creyeron ni por un instante. Hikari se mostró contenta con sus regalos, pero totalmente apática. Comió su tarta favorita con desgana y no quiso jugar después. Los miraba como si fueran unos hipócritas, y en verdad lo eran.

En la siguiente sesión con el consejero matrimonial, tuvieron que dar su opinión sobre el otro. Fue un momento realmente duro. Kagome dijo cosas que le dolieron en el alma, sobre todo porque todas eran ciertas. No le ayudaba con las tareas del hogar hasta hacía muy poco y, aun así, su ayuda era reducida, la desautorizaba delante de los niños, se encerraba en su despacho durante horas dejándola a ella sola, dependía totalmente de que ella se lo preparara absolutamente todo y no apreciaba su carrera profesional. Dio en el clavo con todo, dejándolo mudo, sin manera alguna de defenderse.

Esa última sesión los dejó a ambos bastante machacados. El consejero decía que debían destruir para reconstruir, pero a él le daba la sensación de que se estaban distanciando cada vez más y más. Cuando volvieron del consejero en la noche del viernes, hicieron el amor, pero no fue como antes. Los dos disfrutaron y fueron realmente sinceros, pero ese momento tan especial de después, cuando se abrazaban y se decían tonterías, ya no existía.

Removió el café con la cuchara y dio el primer sorbo. Era lunes, por lo que ya regresarían todos los alumnos de bachiller. Kagome le había puesto mala cara, pero intentaba no reprochárselo por todos los medios. El consejero también se lo dijo: era su trabajo. Tenía que intentar comprender que no podía deshacerse de una alumna, ni tratarla de menos. Su trabajo era su trabajo.

Acababa de cortarle las tortitas a su hijo cuando apareció Kagome todavía en pijama. Consultó el reloj sin comprender.

— ¿No vas a trabajar?

Sacudió la cabeza en una negativa. Por un momento, estuvo a punto de saltarle por no habérselo dicho, pero esperó pacientemente sus explicaciones, tal y como ponía en su hoja de ejercicios de confianza.

— Acababa de llamarme Kouga. Ha habido una inundación en el piso que está encima de la aseguradora y está todo lleno de goteras. Hoy y mañana los técnicos pasarán el día arreglándolo, así que no iré a trabajar.

— ¿Una inundación? — repitió. Sorprendido.

¿Cómo podía haber habido una inundación en una casa? Bueno, sí que había formas, pero parecía algo muy difícil.

— Se dejaron el grifo de la bañera abierto. Cuando volvieron, el agua les llegaba hasta las rodillas.

Ahí comprendió lo que quería decir. A Kagome vendría bien tener unos días libres para desconectar. Decidió que volvería a comer al mediodía. Así, podrían estar un rato a solas y hablar.

— Vendré a comer.

Se lo dijo justo cuando iba a empezar a preparar su almuerzo. Asintió con la cabeza y se sentó junto a Hikari para tomar el suyo. No tenía ganas de desayunar. Intentó disimular por los niños y para que Inuyasha no empezara también a preocuparse por lo que comiera. Aún no le había dicho que tenía cita con el ginecólogo. Si Kouga no le hubiera llamado con esa emergencia, habría salido como todos los días y haría tiempo hasta la hora de su consulta. Ya había pedido permiso en el trabajo.

Tenía la sospecha de que estaba embarazada. Se percató de ello dos semanas atrás, cuando, limpiando en el cuarto de baño, vio sus productos de higiene femenina para los días de menstruación intactos. Recordó que llevaba mucho tiempo sin usarlos y le salió una cuenta de más de tres meses. No lograba comprenderlo. Había tomado la píldora todos los días. Asustada por lo que implicaba un embarazo, iba al ginecólogo temerosa de su diagnóstico. No tenía náuseas, desvanecimientos, ni dolores o sueño excesivo. Tampoco se sentía hinchada. Sí notaba una dureza demasiado familiar en el vientre. Lo mejor era optar por la opinión de un profesional médico.

No quería ocultárselo a Inuyasha, pero estaba asustada y se sentía desvalida. Un niño en ese momento podría terminar con todo definitivamente. No deseaba tener más hijos, pero nadie la escuchó. Bueno, todavía no debía alarmarse; no estaba confirmado el embarazo. Podría ser otra cosa… ¿Cómo qué? La menopausia imposible porque era demasiado joven; ni siquiera podría tratarse de una menopausia precoz. ¿Y si era algo peor? ¿Y si fuera…? Sacudió la cabeza negándose a sí misma esa palabra que empezaba por "c".

Espió a Inuyasha por encima de la taza de té. Los dos se estaban esforzando muchísimo por arreglar la relación. A través del consejero matrimonial, descubrió bastantes cosas sobre su marido. Lo primero, que él no la vio realmente hasta que fue profesor en el instituto. En el fondo, podía entenderlo. ¿Por qué un adolescente iba a fijarse en una niña del colegio? Dijo que lo volvía loco, pero que, por su trabajo como profesor, no podía acercarse. Lo echarían y quedaría marcado para siempre. Comprendió entonces por qué no le pidió una cita hasta después de su primer año de universidad.

Después, se sintió un poco angustiada por tener que decirle todo lo que pensaba de él, pero, cuando fue el turno de su marido, se quedó anonadada. Inuyasha dijo que nunca compartía sus preocupaciones con él; que lo consideraba un mal padre; que nada de lo que hiciera podía cambiar su opinión; que nunca le daba ningún margen de confianza; y que, en cuanto hacía algo que le disgustaba, en lugar de hablarlo, le retiraba el saludo. Lo discutió, por supuesto, y él le dio ejemplos concretos que la silenciaron por completo. Tenía razón en todo lo que le estaba diciendo.

De hecho, en ese momento estaba haciendo exactamente aquello de lo que Inuyasha se quejaba. Ojalá pudiera perdonárselo una última vez. Al mediodía, se lo contaría todo y le diría exactamente lo que diagnosticara el ginecólogo. Palabra por palabra.

— ¡Vamos! — apremió a los niños — Vais a llegar tarde al colegio.

Setsu se esforzó por obedecerle. Intentaba ser bueno para que ellos no se separaran, como si se creyera responsable. Hikari, en cambio, dejó su desayuno a medias en respuesta. Inuyasha esperó a que se despidiera de ellos en la entrada para darle un beso. Por un momento, pensó que le daría un beso en la mejilla, pero, entonces, giró la cabeza en el último momento y le dio un beso en los labios.

— Volveré a la hora de comer. — prometió.

Se marchó con la sensación de que Kagome le ocultaba algo. Aunque estuvieran distanciado en los últimos tiempos, conocía bien a su esposa, y sabía que algo le estaba rondando por la cabeza que no le quería contar. ¿Cómo iban a avanzar así? Comprendía que ella fuera la parte más dolida de esa historia, pero tenía que hacer el esfuerzo de confiar en él. Aprovechando que los niños no estaban al mediodía, hablarían.

— Cuando mamá y tú os divorciéis, ¿con quién nos quedaremos nosotros?

Setsu ya estaba otra vez con lo mismo. Se detuvo, se arrodilló delante de él y le cogió las manos.

— Mamá y yo no vamos a divorciarnos.

No estaba convencido al cien por cien de ello, cosa que no le confiaría a sus hijos, pero haría lo imposible para evitar que llegaran a eso. Algo tan especial como lo que había entre ellos no podía terminar de esa manera.

— Pero…

— Escúchame… Hemos tenido una pequeña pelea, como cuando tú te enfadas con algún compañero de clase. — le explicó — Ahora, estamos un poco enfadados, pero estamos haciendo las paces poco a poco.

Setsu asintió con la cabeza, creyendo las palabras de su padre. Hikari lo miró con desconfianza. Ella no era tan fácil de convencer.

— Por favor, no habléis de esto en el colegio.

Sabía muy bien que los niños decían esas cosas a cualquiera sin pensar. No comprendían la gravedad del asunto. Les hizo prometerlo a los dos con los dedos cruzados para que entendieran la importancia de esa promesa. Después, siguieron con su camino. Los dejó en el colegio y él se dirigió hacia el instituto. Subió las escaleras y bromeó con los alumnos de bachiller que se fue encontrando. Todos estaban muy bronceados y sonreían como si hubiera sido la mejor semana de su vida. Al recordar su propio viaje de estudios, los comprendió. También se sintió con energías renovadas después de pasar una semana sin vigilancia paterna.

Entró en su despacho y cerró la puerta tras él sin mirar. Al encender la luz, casi se cayó de espaldas por la impresión. Kikio Tama estaba sentada sobre su escritorio con un diminuto bikini plateado que favorecía su bronceado. Su uniforme estaba tirado en el suelo. Si su esposa se enteraba de eso, lo despellejaría vivo, sin darle ocasión de explicarse. Dejó caer el maletín en el suelo e intentó aparentar total normalidad cuando, en realidad, estaba teniendo una crisis nerviosa. No podía hacerle aquello. ¿Acaso esa niña no comprendía que se estaba jugando su familia y su trabajo?

— ¡Vístete! — le ordenó.

— ¡Pero profe! — se quejó — Como te perdiste verme en bikini, me he tomado la molestia de…

— Algo totalmente innecesario.

No quería ni moverse del sitio. Solo quería que se pusiera el maldito uniforme y saliera de su despacho antes de provocarle más problemas.

— Te he echado de menos, profe.

— Yo a ti no.

— ¡Qué cruel! — exclamó haciendo falsos pucheros.

Se movió, pero, para su desgracia, no para ponerse el uniforme. Se dirigió hacia él con total confianza. Su primer instinto fue salir corriendo del despacho. Desgraciadamente, escuchó voces en el pasillo procedentes de sus compañeros de trabajo. Si veían a Kikio en esa guisa, no le concederían ni el beneficio de la duda. ¿Qué había hecho él para merecer aquello?

— Por favor, márchate.

— Pero si tú me deseas profe…

No, no la deseaba. Creyó desearla una vez cuando, en realidad, solo echaba de menos a su esposa. ¡Nunca la quiso realmente! Solo fantaseaba con alguien que llenara el vacío de su corazón hasta que Kagome volvió a hacerlo de nuevo. No pensaba perder a Kagome por esa mocosa, ni por nadie.

Agarró las manos de Kikio cuando intentó agarrarlo y la detuvo.

— Empiezo a hartarme de ti, Kikio. — le dijo impasible — Amo a mi esposa, ¿entiendes? Y, aunque no estuviera casado, no me liaría contigo. Deja de hacer el estúpido y busca otra forma de llamar la atención.

Ocurrió algo totalmente inesperado; Kikio se echó a llorar y no de cualquier forma. Sollozaba y berreaba como una niña pequeña. Sin saber cómo, terminó abrazándola e intentando consolarla. Poco después, cuando al fin se calmó, Kikio se vistió y se marchó sin causarle más problemas de su despacho. ¿Ya estaba? ¿Se había terminado todo? ¡Qué alivio deshacerse de ese acoso sexual continuo! Kagome estaría encantada de saber que se había impuesto y había logrado sus objetivos.

Estaba embarazada. El ginecólogo especificó que no todas las mujeres sentían los síntomas del embarazo en todas las etapas y que, el hecho de haber tenido un embarazo difícil anteriormente, no lo condicionaba. Tendría un hijo en menos de seis meses; de hecho, vaticinaba que, dentro de nada, despertaría una mañana con una barriga que no tenía el día anterior. Intentó parecer contenta frente al doctor. Sin embargo, salió de la consulta del médico pálida, con el corazón en un puño. ¿Y si Inuyasha no quería tener más hijos? ¿Por qué tuvo que fallar la píldora? Había un 1% de probabilidades de que no surtiera efecto y le tocó justamente a ella. ¡Maldita sea! No era ni mucho menos el mejor momento para tener más hijos. Después de todos sus esfuerzos para recuperar el buen tipo… Eso por no hablar de todo lo que acarreaba tener un hijo en términos de cuidados y economía del hogar. ¿Realmente estaban preparados para tener tres hijos?

Al ver a Meiko a la distancia, respiró hondo e intentó disimular. No necesitaba que comentaran por el pueblo que la habían visto en mitad de una crisis nerviosa.

— Buenos días, Meiko.

Meiko agachó la cabeza al verla y la saludó en un susurro. La vio marcharse extrañada por su comportamiento. Normalmente, Meiko se paraba a hablar con ella si se encontraban. ¿Qué le pasaba? Le sucedió exactamente lo mismo con algunos otros vecinos en el camino de vuelta a casa, lo que empezó a disgustarle. No creía haber hecho nada malo y habían tenido mucho cuidado de que nadie se enterara de su situación familiar. ¿Los niños habrían dicho algo?

Sacó el móvil del bolsillo, al recordar que lo tenía en silencio, sorprendida de ver que Sango le había llamado veintitrés veces y le había dejado unos ocho mensajes preguntando dónde estaba y diciendo que debían verse urgentemente. Como ya se había gastado los minutos de ese mes según su tarifa del móvil y estaba cerca de casa, decidió llamarla en cuanto llegara. ¿Qué estaría sucediendo?

De repente, le vino a la cabeza la idea de que a Inuyasha o a los niños les podría haber sucedido algo malo. ¿Y si tuvo un accidente? Apresuró el paso todo lo que pudo, aterrorizada. Cuando dio la vuelta a la esquina que daba con su casa, se encontró con Sango frente a su casa. Parecía muy preocupada y daba vueltas inquieta como un animal enjaulado. Cada vez se estaba asustando más; no podía dejar de pensar en un millón de cosas horribles que le podrían haber sucedido a sus seres más queridos.

— ¡Sango!

Al escucharla, Sango se volvió, mirándola con horror. Algo iba muy mal. Corrió hacia ella olvidando por completo el bebé y la alcanzó en seguida.

— ¿Qué sucede? — le mostró su móvil — He visto todas tus llamadas…

— Lo siento tanto, Kagome.

¿Sentir qué? ¿Qué sentía? No podía dejarla así, se estaba poniendo de los nervios de solo imaginarlo.

— ¿Qué sucede, Sango? — se retorció las manos — No entiendo nada…

— Es sobre Inuyasha… — musitó compungida.

Inuyasha. Sabía que algo le había sucedido a Inuyasha. ¿Y si esa mañana había perdido su última oportunidad de reconciliarse con él? Tenía la sensación de que unas manos rodeaban su cuello y la estrangulaban lenta y dolorosamente, buscando su muerte. Se sentía desfallecer, sin aire. Sango lo notó y la ayudó a tiempo, antes de que se desmayara. Cogió las llaves de su bolso y entraron en la casa. Lo primero que hizo fue ayudarle a sentarse para después correr a la cocina para traerle un vaso de agua.

— Ten.

Bebió unos sorbos pequeños de agua y dejó el vaso sobre la mesa. Necesitaba saber. Sango, comprendiendo el significado de su mirada, buscó algo en su Iphone. Después, se lo mostró y le dio al play a lo que parecía un vídeo. Al principio, no entendió lo que sucedía en el vídeo. No hasta que lo enfocaron mejor y reconoció a Kikio de espaldas y a Inuyasha. Ese era su despacho en el instituto. Kikio aparecía en ropa interior o en bañador y se acercaba a él. Inuyasha no hacía nada para evitarlo, hablaban el uno frente al otro durante unos segundos. Después, Kikio se lanzaba a su cuello y lo abrazaba. Tal vez incluso lo besara, no se veía nada claro. Poco después, Inuyasha correspondía a su abrazo.

Sintió la traición en lo más hondo de su corazón. Lo peor de todo era que, si ese maldito vídeo estaba en el móvil de Sango, debía estar circulando por todo el pueblo. Por eso todas la miraban por la calle de ese modo tan extraño. Todas sabían lo que había sucedido y se estarían riendo de lo lindo de ella a sus espaldas. ¡Quería matar a Inuyasha! ¡Valiente mentiroso! ¡Traidor! ¿Cómo había podido ser tan hipócrita de sugerir que fueran al consejero matrimonial?

— ¿Qué voy a hacer, Sango?

Sango le cogió las manos y le dio un apretón.

— Siento ser siempre yo quien te dé estas malas noticias. — suspiró — Pero, si quieres mi consejo, yo cambiaría la cerradura y me divorciaría.

Divorcio. Había deseado con todas sus fuerzas no tener que llegar nunca a eso, pero estaba harta de las mentiras de Inuyasha. ¿Por qué volvió a acostarse con ella si tenía a la otra? Todo tenía tan poco sentido. Además, estaba embarazada otra vez y eso complicaba más la situación si era posible. ¿Habría sido tan descuidado también con la otra? ¡Cómo odiaba a esa maldita cría!

— Estoy embarazada, Sango.

Su amiga la abrazó, comprendiendo a la perfección todo lo que eso suponía. Sabía que la apoyaría tomara la decisión que tomara. También sabía que solo tenía una alternativa. Ya estaba harta de sufrir y de ser engañada.

— ¿Tienes el número de algún cerrajero?

Al salir del instituto, no podría haber estado más contento. Por fin se había terminado el problema con Kikio y podían pasar página. Kagome se pondría contentísima cuando se lo contara y seguro que ponía mucho más empeño en que se reconciliaran. Se metió las manos en los bolsillos y silbó una canción alegre mientras caminaba. Sentía ganas de correr, saltar, brincar, cantar, bailar… ¡Qué liberación!

Sonrió y saludó a uno de sus vecinos del vecindario, pero este le retiró el saludo de forma grosera. Se detuvo y lo vio marcharse asombrado. ¿A qué venía ese gesto tan desagradable? Siguió su camino, consternado. A medida que se iba cruzando con otros vecinos, continuaba recibiendo reacciones similares. Parecía que todos lo despreciaran de repente. También se fijó en que muchas amas de casa lo miraban a escandidas a través de las cortinas. Empezó a enfadarse por esas groserías. ¿Qué demonios había hecho él?

De repente, una idea espantosa le cruzó la mente. ¿Y si le había sucedido algo espantoso a Kagome en su ausencia? Aunque, entonces, lo normal sería que lo avisaran en lugar de mirarlo mal, ¿no? Aun así, aquella idea persistió en su mente, atormentándolo. Finalmente, salió corriendo hasta llegar a su casa. Saltó la verja, sin molestarse en abrirla, y subió los escalones de la entrada de dos en dos. Sacó las llaves e intentó abrir inútilmente. Volvió a intentarlo y de nuevo fracasó.

— ¿Por qué no giran?

Inspeccionó la llave en busca de algún defecto. Al verla tal y como debía ser, volvió a intentar abrir. Fracasó por tercera vez.

— ¿Qué sucede? — se preguntó extrañado.

Decidió tocar el timbre y esperó, esperó y esperó. Nadie le abría la puerta. Empezaba a preocuparse cada vez más. Justo cuando iba a empezar a llamar a todos sus conocidos por teléfono, algo cayó a su espalda con un fuerte estruendo. Se volvió de golpe. Era una de las maletas más grandes de la casa, abierta y vacía en el camino de grava hacia la casa. Eso tenía que haber caído de su casa, de la primera planta.

Se movió para salir del porche a inspeccionar. Al levantar la cabeza, una camisa se interpuso en su campo de visión. La apartó de su rostro, comprendiendo que era suya. Antes de que pudiera asimilarlo, empezó a caer otra camisa y otra y unos pantalones. ¿Por qué su ropa caía por la ventana?

— ¡Kagome! — gritó.

Su esposa salió, le dirigió una mirada gélida y le lanzó tres camisas más. Todo el vecindario los estaba observando desde sus ventanas e incluso algunos salieron a mirar más descaradamente.

— ¿Se puede saber qué estás haciendo? — inquirió — ¡Todo el mundo nos mira!

Kagome, en lugar de contestarle, le lanzó unos vaqueros con toda la intención de darle. Los cogió y se quedó contemplando el balcón vacío de nuevo sin comprender.

— ¡Kagome! — volvió a llamarla — ¿Has cambiado la cerradura?

La respuesta era mucho más que evidente. Lo que él quería saber realmente era el porqué de todo aquello. Jamás habría imaginado que eso sucedería cuando salió a trabajar esa misma mañana. Las cosas estaban mal, pero no tan mal. Kagome volvió a salir; en esa ocasión, con todos los botes de su espuma para afeitado, colonia, lociones y geles de baño. Dio un paso atrás, amedrentado, pues sabía que practicaría tiro con él.

— ¡Sucia rata traidora!

Y le lanzó el primer bote. Lo apartó de un manotazo de la trayectoria hacia su cabeza y la miró sin comprender.

— ¿De qué hablas, Kagome? — preguntó confuso.

Recibió otro bote que, en esa ocasión, no pudo esquivar como recompensa a su pregunta. Se rascó la coronilla dolorida y le lanzó una mirada reprobatoria.

— ¡No te hagas el tonto! — le gritó — ¡Todo el pueblo lo sabe! ¿Cómo has podido hacerme esto?

Estaba llorando. Y le cayeron otros tres botes seguidos, de los cuales solo pudo esquivar uno.

— No entiendo, Kagome.

— ¡Pregúntale a tu querida Kikio! — le lanzó el último bote — ¡Y espero que te vaya genial con ella!

¿Kikio? Pero si acababa de deshacerse de Kikio. Regresaba justamente con esa feliz noticia para su esposa. No comprendía absolutamente nada de lo que estaba sucediendo. Kagome volvió a salir con las mejillas brillantes por las lágrimas y le tiró todo un buen montón de ropa que se esparció por el jardín. ¡Lo estaba echando de casa!

— Pensaba que querías arreglar las cosas y, mientras tanto, ¡te estabas acostando con esa zorra!

— ¡Eso es mentira! — gritó furioso.

— ¿Ah, sí? — golpeó la barandilla del balcón — Entonces, ¿por qué hay un precioso vídeo de vosotros en Youtube?

Rebuscó su móvil en el bolsillo de la americana y conectó los datos. Después, buscó la aplicación de Youtube, donde tenía la sugerencia de un vídeo. Ante sus ojos, en versión digital, se reprodujo la misma escena sucedida esa mañana en su despacho. Parecía que alguien lo hubiera grabado desde un árbol. Probablemente, algún alumno que estaba conchabado con esa perra del infierno. ¡Dios! Desde esa perspectiva, parecía algo que no era, estaba totalmente descontextualizado. Y eso circulaba por todo el pueblo… No le extrañaba que Kagome estuviera furiosa. ¡Pero tenía que escucharle!

— ¡Kagome!

En respuesta, le cayó el último libro que estaba leyendo antes de acostarse.

— ¡Pronto te llegará la demanda de divorcio!

¿Divorcio? ¡No! Había hecho todo lo que estaba en su mano para evitar que acabaran divorciándose, no podía permitirlo. ¿Por qué luchar tanto entonces? Se suponía que los dos estaban haciendo unos ejercicios de confianza para aprender a escucharse. ¿Por qué ella se conformaba con ese maldito vídeo y no le hacía ninguna pregunta?

— ¡Kagome, te amo!

— ¡Mentiroso!

Después de ese grito, Kagome se balanceó peligrosamente en el balcón, a punto de caerse. Si no se hubiera agarrado a tiempo a la barandilla, se habría caído de cabeza hacia abajo. Se había mareado a juzgar por su palidez. Casi sufrió un infarto del susto. No sabía si habría sido lo bastante rápido como para evitar el accidente.

Kagome se aferró con fuerza a la barandilla y lloró desconsoladamente.

— ¡Encima estoy embarazada! — le gritó — ¡Todo es tu culpa!

¿Estaba embarazada? ¿Desde cuándo? Creía que ella tomaba la píldora, la veía hacerlo cada mañana.

— Kagome…

— ¡Márchate!

No le dejó decir ni una sola palabra más antes de cerrar la puerta del balcón a su espalda cuando volvió a entrar. Su esposa estaba embarazada y no quería estarlo; lo había echado de casa; y le pedía el divorcio. A peor no podía ir el día, ¿no? Justo cuando pensó que así sería, recibió una llamada de un número desconocido.

— Le llamo de la Delegación Territorial de Educación. Mañana a la una ha sido citada a una sesión de investigación organizada por el Ministerio de Educación y el Consejo Educativo del colegio. Se va a decidir su continuidad como profesor de por vida.

Todo se había acabado.

Continuará…


El próximo capítulo será el desenlace del fanfic. Y, sí, habrá epílogo después.