Capítulo 10
Después de recoger todas las pertenencias que Kagome le había arrojado, y dejando de lado todo lo que quedaba dentro de la casa, se fue a la casa de sus padres para lamerse las heridas. Cuando llegó, ellos ya lo sabían todo. Alguna amiga había llamado por teléfono a su madre y le había narrado con todo lujo de detalles cómo su esposa lo había echado y por qué. Lo primero que hizo fue abofetearlo por haber perdido a alguien tan especial como Kagome. Su padre también expresó su deseo de golpearlo por haberse liado con una alumna. Tardó horas en explicarles y hacerles entender que nunca tuvo nada con Kikio. Vieron el vídeo que ya había reportado por abuso de privacidad juntos y les explicó lo que sucedió de verdad. Sus padres, al menos, le escucharlo.
En la cena, su madre se ofreció a llamar a Kagome para hablar con ella y, a poder ser, ablandarla. Era muy amable por su parte, pero dudaba muy seriamente que ella fuera capaz de convencerla de lo que él no fue capaz. Kagome era obstinada cuando creía tener razón y ese vídeo debió dejarla destrozada. Además, estaba embarazada; lo último que quería era que la molestaran en ese momento. Sabía lo propicia que era Kagome para las depresiones durante el embarazo. Debería estar a su lado, cuidándola. ¿Cómo iba a recuperarla? ¿Tenía alguna posibilidad tan siquiera?
Apenas durmió esa noche. No podía dejar de pensar en que Kagome estaba en su enorme cama de matrimonio sola, embarazada y llorando. Tampoco podía dejar de imaginarse la reacción de los niños cuando, al volver a casa sin su padre, descubrieron que él ya no estaba. Prometió a Setsu esa misma mañana que no se divorciarían; había tardado seis horas en romper esa promesa. ¿Lo odiarían? Él ya se odiaba a sí mismo por no haber hecho lo correcto antes, en lugar de ser compasivo al no haber llevar el caso de Kikio a la dirección del centro. Pagaría con creces todas las consecuencias de su error. Iba a ser de por vida un parado sin familia y sin esperanzas.
A la mañana siguiente, su madre le preparó el desayuno que solía preparar cuando él era niño y estaba decaído: chocolate caliente, zumo de naranja recién exprimido con una pizca de limón y unas tostadas francesas con caritas sonrientes. Por un momento, pudo sonreír él también. ¿Kagome les habría preparado a los niños algún desayuno especial? Ella siempre estaba muy atenta de esas cosas y sabía que no los decepcionaría, no como él. Era un padre deficiente y un marido aún peor.
Intentó leer el periódico en el jardín para hacer tiempo hasta la hora de enfrentarse a su inminente destino. En la columna de sociedad del periódico local hablaban de ellos. Deseó matarlos. ¿Con qué derecho publicaban sus intimidades en el periódico? Iba a ponerles una demanda por aquello. Había incluso fotografías de ellos el día de su boda y del día anterior, cuando Kagome lo echó. Decían: "¿Dónde está todo el amor de la pareja? ¿Acaso solo era postureo frente al escaparate?". ¡Y ellos qué sabrían! No tenían ni idea de cuánto amaba a Kagome, nadie lo sabía. De hecho, creía que ni ella misma lo sabía. Kagome siempre se lo demostraba, pero él no era tan extrovertido como ella. Decirle que la amaba no era suficiente para una mujer, necesitaba sentirlo y, en ese momento, no era una opción demostrárselo con su cuerpo.
La verja que daba paso a la casa se abrió. Pensando que sería su padre no se volvió hasta que alguien lo agarró por detrás con violencia y le obligó a levantarse. Fue empujado contra el muro mientras unas manos sujetaban las solapas de su camisa, arrugándola. Era Kouga.
— ¿No tenías suficiente con Kagome?
Tenía más que de sobra con Kagome, pero eso no era algo de su incumbencia. No pensaba pasar por el aro.
— Cuando perdí contra ti, creí que, al menos, tú la cuidarías… — lo sacudió — ¿Cómo has podido hacerle algo así?
Siguió negándose a contestar. ¿De qué serviría? Kouga gritaría a cada palabra suya que era una mentira y terminaría buscando pelea con los puños. No le haría eso a Kagome aunque se muriera de ganas de volver a partirle la cara. Ya tenían suficiente con tener a todo el pueblo tan pendiente de ellos por su ruptura. Lo que le faltaba era tener que lidiar con una pelea entre sus pretendientes.
— Ni siquiera eres capaz de defenderte… — lo soltó y escupió sobre la hierba — ¡Me das asco!
El sentimiento era mutuo.
— No tienes ni idea de lo mal que lo está pasando Kagome…
¿Y él sí? Eso lo enfureció. ¿Por qué demonios Kouga sabía cómo estaba Kagome? ¿Acaso había estado en su casa? ¿Había ido como un animal carroñero a ocupar su sitio ahora vacío? Quería golpearlo hasta dejarlo sin sentido, y más todavía. Hasta le picaban los dedos por el esfuerzo de contenerse.
— ¡Nunca te la mereciste! — le espetó — Sabía desde el principio que le fallarías y que la destrozarías. ¡Lo supe siempre!
De repente, Kouga pareció recuperar los papeles y se colocó bien el traje antes de volver a dirigirse hacia él con esa sonrisa de superioridad que tanto odiaba.
— Mejor para mí. — se regodeó — Ahora será mía.
¡Por encima de su cadáver! Ya estaba harto de contenerse, y Dios sabía que necesitaba descargar mucha adrenalina por todo lo que estaba sucediendo. Agarró a Kouga y tiró de él arrastrándolo hacia la verja. La abrió de una patada, deslizó una mano de su pecho para agarrarle el cinturón y lo lanzó como si fuera un tronco.
— ¡Largo de aquí!
Kouga no quiso dar su brazo a torcer, pero él cerró la verja y lo miró desde dentro sin mostrar lo mucho que en verdad le habían afectado sus palabras.
— Kagome nunca será tuya.
En realidad, no estaba seguro de la veracidad de sus palabras, pero intentó parecer lo más seguro posible en sí mismo mientras las pronunciaba. Entró de nuevo en la casa y fue a cambiarse la camisa; no podía presentarse ante el comité con la camisa arrugada.
Horas más tarde, sus padres se ofrecieron a acompañarlo al instituto, pero rechazó su oferta. Necesitaba ir solo y enfrentarse a las consecuencias de sus propias equivocaciones. No era buen marido, ni buen padre, ni buen profesor. Lo había hecho absolutamente todo mal; por eso, lo iba a perder todo. Debió seguir sus instintos y su corazón y no a esa vocecita compasiva. Siempre supo lo que tenía que hacer, pero se convenció a sí mismo de darle una oportunidad tras otra a una alumna que lo engañó por completo. Creía que los tenía a todos calados y que se las sabía todas, pero Kikio le había demostrado que aún le faltaba mucho para eso.
— ¡Profe!
No era esa odiosa voz lo primero que le apetecía escuchar nada más entrar en el instinto. Lo abrazó por la espalda públicamente; él se apartó como si lo quemara. Todos los alumnos, que estaban en su hora de comer, lo vieron.
— Esta mañana nos ha dado tu clase un horrible sustituto, ¿no es terrible?
Por segunda vez ese día, sintió aquel tentador cosquilleo en los dedos. En ese caso, quería estrangularla y ver como se iba quedando sin aire. Ella, mientras tanto, no parecía darse cuenta de nada. ¿Le estaba tomando el pelo? Después de lo que le había hecho, tenía mucho valor o era muy estúpida.
— Hazme un favor y no vuelvas a acercarte a mí si quieres conservar tu bonita cara.
La sonrisa desapareció del rostro de Kikio en ese instante mientras su piel palidecía.
— Pro-Profe…
— No sé cómo te atreves a dirigirme la palabra después de lo que has hecho. — no pensaba dejarlo correr — ¿Te has divertido con ese montaje?
— N-no es ni-ningún mon-mon… montaje… — balbuceó.
Sí que lo era y ni siquiera era capaz de mentir de forma convincente.
— No tienes ni idea de lo que has hecho. Has destrozado toda mi vida para satisfacer alguna necesidad de déficit de atención que poco o nada tienen que ver conmigo.
— Y-Yo…
Le daba igual que los demás alumnos estuvieran presentes escuchándolo todo. Kikio Tama no iba a salvarse de lo que había hecho.
— ¿Sabes qué hago aquí ahora? Me han llamado ante un Comité Educativo para decidir si van a echarme de por vida. Nunca volveré a ser profesor y puede que no me contraten para ningún otro trabajo con esa mancha en el expediente.
Kikio tragó hondo al escucharlo.
— Mi esposa me ha dejado. Quiere el divorcio y se va a quedar con los niños y con la casa. Me he quedado sin familia…
Los alumnos se congregaban a su alrededor, muy descontentos con Kikio.
— Dime, ¿estás satisfecha? — mantuvo la seriedad.
— No era mi intención… — musitó.
— Pues es lo que has conseguido.
Kikio no tuvo oportunidad de decir una sola palabra más. Sus propios compañeros e incluso sus amigas la abuchearon y fueron empujándola hacia atrás, echándola del círculo que habían formado en torno a él. De repente, se vio rodeado de alumnos que lo abrazaban, lo besaban, le daban palmadas en la espalda y le decían que ellos lo creían a él. Ojalá eso fuera suficiente como para convencer al comité de que no lo echaran. No obstante, sí que era suficiente para levantarle el ánimo a él. Siempre había querido ser tanto un profesor como un amigo para los alumnos y lo había conseguido. Tal vez, no fuera tan malo en su trabajo.
Sus alumnos lo siguieron hasta el salón de actos, donde lo esperaba el comité, sin dejar de animarle. Tragó hondo al verlos a todos trajeados y tan serios. Esas expresiones faciales no le daban muy buenas vibraciones. Tomó asiento donde le indicaron, pero no hablaron. Por el contrario, todos miraban atrás. Preocupado, giró la cabeza para ver que sus alumnos, lejos de marcharse, se iban congregando por todo el salón. Les ordenaron que se marcharan, pero se negaron a hacerlo gritando que ellos apoyaban a su profesor. Hacía mucho tiempo que no sentía ganas de llorar.
…
Los niños no dejaron de notar que ella los recogió el día anterior y que su padre no regresó a casa. Se sentó con ellos en el salón y les explicó de la forma más delicada que pudo que habían tenido unas diferencias y debían separarse. Setsu buscó la solución por todos los medios. Dijo que tenían que pedirse perdón el uno al otro, que, así, se arreglaría todo. No era tan sencillo, por lo que le hizo saber que sus diferencias eran insalvables. Hikari no dijo ni una sola palabra en todo ese tiempo, preocupándola más incluso que su hijo más pequeño. Hicieron todo lo posible para no llegar a eso, pero ya era inevitable.
Por la noche, apenas cenaron ninguno de los tres. Acostó a los niños pronto, pues sabía que les costaría conciliar el sueño. Horas después, cuando echó un vistazo en la habitación de Setsu y vio que jugaba a oscuras en el suelo, le dio una tila y lo arrulló hasta que se durmió. Hikari estaba tumbada en la cama y respiraba con calma cuando echó un vistazo en su dormitorio. Después, ella también se fue a su propia cama. Lloró durante horas, sin poder conciliar el sueño, observando la fotografía del día de su boda en la mesilla que se veía iluminada tenuemente por la luz de la luna.
Hikari entró en su dormitorio hacia las tres de la mañana. Se metió en la cama con ella sin decir una sola palabra, la abrazó, y las dos lloraron hasta quedarse dormidas. A la mañana siguiente, se despertó al escuchar el sonido del timbre a las ocho de la mañana. Sus hijos seguían dormidos, completamente agotados, después de la larga noche. En vista de eso, de la hora que era y de que todos estarían pendientes de ellos, decidió no llevarlos al colegio ese día. Bajó las escaleras mientras se ataba la bata y abrió la puerta a su jefe. Kouga estaba furioso con Inuyasha y no hizo nada por maquillar sus palabras.
Se vio en la obligación de ponerse firme con él. No iba a consentir que insultara a Inuyasha tan gratuitamente, mucho menos cuando sus hijos podrían despertarse y oírlo. Lo cortó en seguida con seriedad; la reacción de Kouga fue la menos esperada. Cayó de rodillas al suelo, se abrazó a su cintura y le suplicó que se divorciara de su marido. Intentó desasirse de su agarre, sintiendo repulsión por ese gesto. Al hacerlo, Kouga se le confesó. Al parecer, Inuyasha no le mintió en todo. ¿Cómo pudo estar tan ciega respecto a Kouga? ¿Y cómo podía tener tan poca vergüenza? No había esperado ni un día para echarse encima de ella. ¡Valiente sinvergüenza! Lo echó a patadas de su casa.
Los niños se levantaron poco después y les preparó un desayuno especial para intentar que se sintieran mejor. Después, los puso a jugar con la nintendo en el salón, algo inhóspito en esa casa, pues no la sacaban hasta el fin de semana. Inuyasha decía que no debían jugar demasiado. Por un momento, los niños se olvidaron de todo y jugaron como si nada sucediera a su alrededor. Aprovechó ese momento para darse una ducha y vestirse con unos vaqueros gastados y una camiseta. Mientras bajaba las escaleras, alguien llamó a la puerta.
¿Sería otro pretendiente? ¿Algún vecino cotilla? ¿Inuyasha? Ya le daba hasta miedo abrir la puerta de su propia casa. Abrió un poco, sin quitar la cadena, y vio a Kikio. Actuó como un rayo. Arrancó la cadena de la puerta, abrió haciendo que la puerta se estampara contra el mueble de atrás y se lanzó sobre ella. Le dio una buena bofetada y otra y otra. Quería golpearla hasta hartarse y lo habría hecho si Kikio no hubiera tropezado. Al percatarse de que se caería de espaldas por los escalones, tuvo miedo, y la agarró para que no cayera. Demostraría que tenía mucha más clase que esa adolescente costara lo que costase.
— ¿Qué haces aquí? — la soltó en cuanto estuvo a salvo — ¿A qué has venidos? ¿Quieres restregármelo?
— No, yo no…
— Esto es lo que querías, ¿no? — otra vez tenía lágrimas en los ojos — Ya tienes a mi marido.
— Eso no es verdad… — musitó — Van a echar a Inuyasha…
Por un momento, se disipó su enfado para dar paso a algo nuevo. ¿Iban a echar a Inuyasha de su trabajo? ¡Claro que sí! ¿Cómo no se le ocurrió antes? Inuyasha se había liado con una alumna y eso era completamente ilegal. Eso por no decir que Kikio Tama era menor de edad. Debió pensarlo antes… ¡Pobre Inuyasha! Él adoraba su trabajo, era todo cuanto siempre deseó de su vida y también se lo iban a quitar. Después de ese golpe, sería demasiado cruel negarle también a sus hijos. No era justo que perdiera su trabajo. ¡Nada era justo!
— Entonces, ¿estarás contenta? — se enfureció aún más con ella — Destruyes un hogar y dejas a un hombre sin trabajo. Vas a ser una zorra de cuidado.
Por la palidez en el rostro de Kikio, adivinó que no había ido a regodearse. ¿Qué quería entonces?
— Es todo mentira…
— ¿Qué es mentira?
— Lo del profe y yo… — se agarró la falda y la arrugó entre sus manos — Él nunca me ha querido de ninguna forma. — aseguró — Yo quería acostarme con él para que me aprobara…
Sí, eso decía mucho de lo que pensaba de sí misma esa pobre niña. ¡Dios! ¿Cómo podía darle pena después de todo el daño que le había hecho a su familia?
— Después, la conocí a usted y quise ser mejor… — se sonrojó — La admiré mucho desde el primer momento. Pensé que, si le quitaba al marido, sería igual de bonita y de inteligente. Todo el mundo me querría tanto como a usted…
¿Kikio Tama la admiraba a ella? No podía creerlo. Antes de conocerla oficialmente la llamó foca y se burló de ella. ¿Tanto consiguió cambiar desde ese día? Jamás habría imaginado tan siquiera que Kikio Tama pudiera admirarla. En cierto modo, le haría inflar el pecho con orgullo de no ser por todo lo que hizo…
— ¡Niña estúpida! — exclamó — ¿Crees que alguien te va a querer después de destrozar una familia y dejar a un hombre sin trabajo?
— No lo pensé bien…
— Eso puedes jurarlo.
Se cruzó de brazos y frunció el ceño esperando a que continuara. Sabía que había algo más en todo aquella trama.
— Lo del vídeo es mentira…
El corazón empezó a bombearle contra el pecho con fuerza al escuchar esas palabras. ¿Cómo que era mentira? Era eso mismo lo que Inuyasha intentó decirle el día anterior cuando ella no quise escucharle.
— Explícate. — exigió — Vi el vídeo, no deja lugar a dudas.
— Todo manipulado. Estaba furiosa porque Inuyasha me rechazó una vez tras otra… — empezó a llorar — así que se me ocurrió que tampoco era necesario estar con él realmente. Bastaba con que los demás lo creyeran…
Estiró un brazo para asirse al marco de la puerta con fuerza. Sentía la bilis subirle por el esófago, obligándole tragar hondo para evitar ponerse a vomitar. No le convenían nada esos trotes en su estado. Se llevó la mano libre al vientre, intentando retener el impulso, y rechazó la ayuda de Kikio. Con la mirada, a pesar de su estado de vulnerabilidad, le pidió que continuara.
— Coloqué una cámara en un árbol y me colé en su despacho. Inuyasha volvió a rechazarme y me pidió que me marchara… — explicó —Yo me puse a llorar y él me dio un abrazo. ¡No tenía ninguna mala intención! — exclamó para evitar que lo mal interpretara — Solo quería ayudarme y yo se lo he devuelto así…
Inuyasha le dijo que solo era una cría que se sentía muy sola; tenía toda la razón del mundo. ¿Cómo pudo pensar realmente que entre Kikio y su Inuyasha podría haber habido algo más allá de su relación de profesor y alumna? ¿Sería capaz de perdonarla? Había cometido tantos errores. Acudieron al consejero matrimonial con toda la intención de arreglarse, y sus intentos habían fracasado porque ella se negó a confiar. ¿Por qué se había vuelto tan desconfiada? Recordó la hoja de ejercicios de confianza, que no la había abierto tan siquiera todavía, y se lamentó. Tal vez no fuera demasiado tarde para echarle un vistazo.
— ¿Mamá?
Se volvió al escuchar la voz de su hija. Hikari parecía extrañada por su larga ausencia, pero, en cuanto vio a Kikio, reaccionó exactamente igual que su madre lanzándose contra ella. Tuvo que sostenerla para evitar más peleas y más reproches.
— Lo siento…
Kikio ya había confesado y se había disculpado. No merecía la pena tener más peleas. Puso las manos sobre los hombros de su hija cuando se tranquilizó y se percató de algo muy importante. ¡Aún podían evitar que echaran a Inuyasha!
— ¿Qué haces aquí? — la regañó — ¡Vuelve corriendo al instituto!
La muchacha la miró sin entender.
— ¡Tú eres la única que sabe la verdad! Tienes que confesar delante del comité antes de que echen a Inuyasha.
Al entender, salió corriendo de su casa en dirección al colegio. La miró mientras se marchaba y entró en la casa con sus hijos. También tenía que actuar antes de perder para siempre a su marido.
…
Cuando el juicio ante el comité al fin terminó, ya eran las cinco de la tarde. Estaba hecho polvo, pero se había salvado gracias a la milagrosa intervención de Kikio. Al principio, lo machacaron en el sentido literal de la palabra. Lo acusaron de un millar de cosas que él no había hecho y tuvo que negar una y otra vez todo, inútilmente. A su espalda, sus alumnos gritaban y abucheaban a los jueces, pero eso solo servía para enfurecerlos más todavía. Hacia las tres del mediodía, cuando ya estaban deliberando su castigo y pensaba que no habría salvación posible, Kikio entró en el salón y exigió ser escuchada.
Debía admitir que, al principio, desconfió, creyendo que iba a hundirlo más si era posible. Ahora bien, ella empezó a hablar y a explicarlo todo desde el principio con absoluto realismo. Lo eximió de toda culpa y se las echó a ella misma. Antes de deliberar con esa nueva información, llamaron a los padres de Kikio. Al ser una menor, sus padres debían estar presentes y escuchar toda la confesión de su hija. Ellos estaban enfadados con él por tocar a su hija hasta que Kikio repitió de nuevo toda la verdad. Quedaron horrorizados.
El veredicto final fue: inocente. Jamás se había sentido tan aliviado. Después, intentaron expulsar a Kikio de la institución. Por extraño que resultase, terminó viéndose a sí mismo defendiéndola. Kikio se había equivocado mucho, pero había enmendado su error aún a riesgo de ser odiada por todos y merecía otra oportunidad. Sus padres se lo agradecieron con los ojos llenos de lágrimas. El comité terminó aceptando, pero la castigaron limpiando el instituto y quedándose a estudiar todas las tardes. Sus padres también prometieron que le pondrían un buen castigo en casa y que, a partir de entonces, estarían mucho más atentos de ella.
Fue todo un desafío atravesar los pasillos. Sus alumnos lo paraban cada dos pasos y lo abrazaban pidiendo sacarse fotografías con él. Todos estaban contentos de su continuidad en el centro y él también. Como su trabajo ya estaba a salvo, solo le quedaba encontrar la forma de recuperar a su esposa. ¿Estaría dispuesta Kikio a contarle eso mismo a su esposa? Otra opción era llamar al periódico. Seguro que estarían encantados de conocer todos los jugosos detalles de la comisión para su posterior publicación.
Al salir al fin del instituto, se percató de que tenía apagado el móvil. Ya eran casi las seis y tenía más de treinta llamadas de Kagome. Mientras salía del centro, dispuesto a ir a su propia casa, marcó su número. Apenas se había llevado el auricular al oído cuando la vio apoyada en las verjas que rodeaban la escuela. Colgó y se acercó con cautela.
— Siento no haber contestado. — se encogió de hombros — Tenía que apagar el móvil frente al comité…
— No importa.
Sí que importaba. Tenía más de treinta llamadas de su esposa, aquella que lo echó de casa y juró pedirle el divorcio. Llevaba una carpeta, ¿serían los papeles? No podía haberlo preparado tan pronto… Sintió pánico.
— ¿Cómo están los niños? — se le ocurrió preguntar para hacer tiempo.
— Los he dejado con mi madre para venir. — contestó — Ya te echan de menos y no han pasado muy buena noche…
Podía imaginárselo.
— Tenemos que hablar, Inuyasha.
Estaba de acuerdo, pero no podía apartar la mirada de esa maldita carpeta. Kagome se irguió, abrazando la carpeta contra su pecho. ¿Qué demonios contenía? Dio unos pasos hacia delante y, cuando estuvo lo bastante cerca, se la ofreció. ¡Dios, era el divorcio! Cogió la carpeta con las manos temblorosas y la abrió. Dentro había una única hoja en blanco. No lo entendió.
— ¿Qué es esto?
— Mis ejercicios de confianza.
¿Una hoja en blanco? A él le dio consejos de verdad, ¿por qué a ella le daba una maldita hoja en blanco?
— El mensaje es claro, ¿no? Nunca he tenido ninguna razón para desconfiar de ti…
No, no la tuvo. Sus ejercicios eran para él, no para aplicarlos con ella. Necesitaba aprender a escuchar a Kagome y a entender sus necesidades. No necesitaba aprender a confiar, pues ya lo hacía. Lo que necesitaba era dejarle espacio para que también progresara, en lugar de cortarle las alas, como hizo hasta entonces.
— ¿Por qué me lo has enseñado? — le picaba la curiosidad.
— Kikio vino esta mañana a casa y me lo contó todo… — musitó — Después, le mandé venir corriendo a confesar y veo que lo ha hecho.
Sí que lo hizo. Si Kikio no hubiera aparecido, estaría perdido. Así que Kagome sabía toda la verdad al fin. ¡Qué alivio! — pensó. En verdad no sabía cómo recuperarla después de cómo lo echó el día anterior.
— Siento no haberte creído…
— Kagome…
Hizo amago de abrazarla, pero ella se echó atrás.
— Déjame terminar.
Error número uno. Con el tiempo, aprendería a escuchar.
— Estaba asustada. De hecho, estoy asustada desde mucho antes de que ese rumor llegara a casa a principios de curso. — le explicó — Después de tener a Setsu, todo cambió y nos estábamos distanciando cada vez más y más. Llegó un momento en el que llegué a sentir que no aportaba nada a esta familia… — se colocó bien un mechón que se cruzó frente a sus ojos — Mi marido no me hacía caso, mis hijos se avergonzaban de mí y lo único que podía hacer para que me tuvieran en cuenta era limpiar y cocinar…
Nunca supo que ella se sintiera de esa forma. ¿Cómo pudo permitir que algo así sucediera?
— Decidí cambiar por ti, pero, en realidad, lo hacía por mí. Estaba harta de ser esa persona atrapada en una existencia totalmente insustancial…
Kagome lloraba. Vencido por su llanto, la estrechó entre sus brazos, disculpándose por haberle causado tanto dolor. No supo lidiar con ella cuando tuvo la depresión postparto, y terminó permitiendo que se fuera achicando hasta tal punto que dejó de sentirse parte de la familia. No le extrañaba en absoluto que su esposa dejara de confiar en él.
— Mañana tenemos cita con el psicólogo… — murmuró Kagome contra su hombro — ¿Iremos?
— Claro que sí. — dejó de abrazarla y tomó sus manos — No pienso rendirme, Kagome. Te prometo que seré un mejor marido para ti.
— Y yo una mejor esposa.
Se abstuvo de decir por su mirada decidida que ella ya era perfecta.
— ¿Por qué no vamos a casa con los niños? — sugirió — Estoy deseando verlos.
Kagome asintió con la cabeza, de nuevo feliz. Antes de que se movieran, se colgó de su cuello y le dio el beso más maravilloso que habían compartido en años. A su alrededor, escuchó a algunos alumnos rezagados que los vitoreaban, pero no le importó. Quería que todo el mundo en ese maldito pueblo y en el mundo entero supiera que amaba a Kagome Higurashi, su esposa desde hacía casi nueve años y para siempre.
FIN
Como es evidente, a este matrimonio le queda mucho por arreglar, aunque ya estén en el buen camino. Próxima semana epilogo, para conocer cómo han logrado resolver lo que les queda de camino.
