Y con esto, esta historia se ha acabado. Como se puede ver, queda mucho por hacer, esto del matrimonio es un trabajo diario que no puede desatenderse y que requiere de mucha comunicación. Esperemos que a nuestros protagonistas les vaya bien de aquí en adelante ahora que saben comunicarse. Y espero que a todos y a todas os vaya bien, que nadie os haga sentir que no valéis lo suficiente y que tengáis vuestra propia voz. Si queréis cambiar algo de vosotros, que sea por y para vosotros, no para los demás.
No sé cuándo iniciaré otra historia porque estoy otra vez hasta arriba de trabajo, pero espero que, como muy tarde, sea para Semana Santa; tal vez, un fanfic corto. Hasta entonces, espero que os vaya todo muy bien.
Epílogo
Cuatro años después, eran exactamente la familia que siempre desearon ser. Acudieron al consejero matrimonial mensualmente durante casi tres años enteros, hasta que consideraron que, si quedaba alguna diferencia entre ellos, perfectamente podrían solucionarla sin ayuda profesional. Habían llevado a consulta toda clase de problemas sentimentales, domésticos, laborales, con los niños. En ese momento, era su turno de aprender a discutir entre ellos y solucionar los problemas de mutuo acuerdo. En el último año por su cuenta, les fue bastante bien. Aun así, decidieron acudir a una sesión anual de revisión, para no perder el hábito.
Kagome dejó su trabajo en cuanto se terminó el contrato. Le contó cómo Kouga había intentando aprovecharse de su momento de debilidad, tal y como él predijo, y estuvo a punto de matarlo. Llegó hasta la aseguradora y casi entró en su despacho, pero Kagome logró convencerlo de que no lo hiciera. Ella ya había decidido que dejaría de trabajar para él en cuanto se terminara el contrato y no quería más disputas, especialmente estando embarazada. Lo aceptó con ciertas condiciones; entre estas, que la llevaría a trabajar y la recogería cada día.
Después, Kagome empezó su propio negocio. Pidieron un préstamo al banco e hicieron una inversión muy arriesgada poniendo otra hipoteca sobre la casa porque sabía que Kagome tendría éxito. En el pueblo y en muchos pueblos vecinos no había abogados y ella era la mejor. Abrió su propio bufete y lo estuvo preparando durante todo el primer año de su tercer hijo. Para cuando el niño fue a la guardería, abrió el negocio. Fue todo un éxito. Contrató ayudantes y a otro abogado, y llevaban muchos más casos de los que podían manejar al mismo tiempo. En seguida pudieron librarse por completo de todas las deudas.
Por otra parte, los niños crecían a pasos agigantados. Hikari ya tenía doce años y ese era su primer día de instituto. Él estaba de los nervios. A Hikari le sentaba demasiado bien el uniforme, tanto como a su madre en su día, y estaba completamente seguro de que los chicos la perseguirían. Por suerte, él estaba allí para evitar que nadie le pusiera una mano encima a su hija. Por otro lado, Setsu, con nueve años de edad, perseguía a su hermana e intentaba hacerla rabiar; ese parecía ser su deporte favorito. Por el contrario, su tercer hijo, el pequeño de cuatro años llamado Souta, desayunaba sobre el regazo de su madre y era el más tranquilo de todos. Nunca daba guerra y estaba siempre pegado a las faldas de su madre. Sabía que Hikari y Setsu tuvieron grandes momentos de celos con el más pequeño, pero en seguida se reconciliaron con él.
— ¡Llegaremos tarde!
Hikari estaba impaciente por salir y pisar por primera vez el instituto. Consultó el reloj en respuesta a sus peticiones. Al alzar la vista, vio a Setsu saltar y tirar del lazo de su hermana, deshaciendo la bonita trenza francesa que le hizo su madre. Hikari gritó y salió corriendo detrás de su hermano con la clara intención de partirle la cara. Tuvo que perseguirlos para evitar el conflicto mientras escuchaba llorar a Souta desde la cocina. Cuando había mucho ruido, Souta lloraba.
— ¡Basta!
Se puso entre los dos para detenerlos y le arrancó el lazo de su hermana de las manos a Setsu. Después, se lo ofreció a su hija mayor.
— Debería darte vergüenza, Setsu. — lo regañó — ¡Y tú no te quedas corta! — a su hija le desapareció la sonrisa triunfante — Anda que perseguir a tu hermano pequeño para pegarle…
Los dos agacharon la cabeza avergonzados y se largaron mascullando maldiciones. A medida que iban creciendo, sabían más y más insultos y los empleaban con muchísima más frecuencia. El tarro de los insultos se había dilapidado pagas completas de los niños sin ningún efecto en su vocabulario.
Entró en la cocina y se sentó frente a Kagome. Souta ya se había calmado y terminaba de comerse los cereales que Kagome le estaba dando. Tendría que haber dejado de darle el desayuno tiempo atrás, pero ella seguía haciéndolo y el niño lloraba si su madre no lo hacía. ¿Lo sentaría también en su regazo cuando tuviera veinte años? Ese era uno de los últimos asuntos pendientes para tratar civilizadamente con su esposa.
— Kagome, vamos con retraso.
Kagome asintió con la cabeza y apremió a Souta. Como era un niño muy enfermizo, siempre estaba muy pegada a él y le costaba alejarse. Más de una vez tuvo que volver al colegio a recogerlo porque Souta no se encontraba bien. Él sospechaba que, en el último año, el niño tenía cuento y que solo quería que su madre lo tuviera en brazos todo el día. No expresó sus teorías en voz alta porque aún era demasiado pequeño como para saberlo a ciencia cierta. Quería que Kagome fuera dejando, poco a poco, de hacer cosas como darle el desayuno para ver su reacción.
Cuando al fin Souta terminó de desayunar, Hikari y Setsu ya habían salido a la calle y los esperaban. Él mismo le puso las zapatillas a Souta y le dio un cariñoso empujón para que siguiera a sus hermanos. En lugar de salir con sus hijos, esperó a que Kagome se pusiera los zapatos, y encontrara, así, su sorpresa. Sonrió con anticipación cuando la vio inclinarse; entonces, al colarse el primero, soltó un bufido de molestia y sacó el pie. Metió la mano en busca de lo que le había pinchado y sacó una preciosa gargantilla de oro blanco que él había seleccionado muy cuidadosamente para ella. Reconocía que aquel era un lujo que jamás podría haberse permitido si Kagome no trabajara.
— Inuyasha…
— ¿Creías que me había olvidado de nuestro aniversario?
Cumplían doce años de casados y le apetecía celebrarlo como si fuera el mismo día de la boda. También había reservado para cenar y sus padres se quedarían con los niños.
— Yo tampoco lo he olvidado…
Kagome abrió el armario de la entrada en busca de un regalo que, sorprendentemente, él no había encontrado en tan sencillo escondite. Era un paquete enorme que también pesaba bastante. ¿Cómo pudo pasar desapercibido? Lo tuvo que dejar en el suelo para abrirlo. Entonces, se le escapó una exclamación de sorpresa. Era un equipo completo de investigación con varias muestras. Justo lo que más le gustaba a él y lo que siempre quiso tener, pero era demasiado caro.
— Sé que me arriesgo a que te encierres en tu despacho durante semanas enteras, pero lo vi y supe que era para ti.
Nadie lo conocía mejor que ella.
— ¡Vamos! — gritó Hikari desde fuera.
— ¡Jo, qué rollo! — exclamó Setsu.
Guardaron entre los dos su regalo y él le puso la gargantilla a su esposa. Después, se cogieron de la mano y salieron tras sus hijos. Habían estado a punto de perder todo aquello cuatro años atrás. Sin embargo, por amor, se hacían grandes cosas.
