―¿Qué sientes por Adrien?―quiso saber Chat con voz ronca; el corazón le latía tan deprisa que temía que se le saliera del pecho.
Marinette se encogió de hombros y sonrió.
―Es realmente inteligente. Es… amable, gentil, bondadoso… No le importa ayudar a sus amigos, siempre está dispuesto a echarle una mano a quien sea, incluso a mí―los ojos de Marinette volaron hasta el cascabel del traje de Chat y se vio reflejada en él―. Brilla sin pretenderlo. Odia ser el centro de atención. No es un modelo al uso, es diferente.
Chat necesitó contar hasta diez antes de poder inhalar el perfume de Marinette. Respiró hondo, tratando de controlar el impulso creciente de decirle quién era.
―Parece perfecto―comentó con amargura.
―No lo es―admitió Marinette, ampliando la sonrisa―, pero eso es lo que me gusta de él. Y estoy segura de que sonríe más para hacer feliz a sus amigos que porque realmente lo sienta.
―¿Por qué dices eso?
―Porque Gabriel Agreste no es precisamente el más premiado al Mejor Padre del Año―respondió Marinette con tristeza―. Explota a su hijo, rayando en el límite. Quiere que Adrien sea el modelo perfecto y la referencia perfecta para su marca de ropa. No se da cuenta de que tiene un hijo maravilloso.
Chat asintió levemente con la cabeza. Le dolía escuchar la confirmación de Marinette de lo que él ya sabía. Desde la desaparición de su madre, Gabriel Agreste se había convertido en un témpano de hielo. Ya no recordaba cuándo fue la última vez que había almorzado o cenado con él. Había llegado a un punto en que entraba en su casa porque no tenía otro sitio donde dormir, a pesar de que Nino le había ofrecido su casa muchas veces. No le había quedado otro remedio que rechazar su oferta, sobre todo porque, si vivía con su mejor amigo, no podría cumplir su deber como Chat. Y París le necesitaba, él lo sabía; no podía dejar a la ciudad desprotegida y a Ladybug sin ayuda.
No obstante, le pareció curioso que su cabeza no se centrase en el hecho de que su padre apenas le echaba cuenta, sino en que Marinette le viera de esa forma tan… extraña. Le gustaba, le encantaba en realidad que ella pensara así de él. Cuanto más se recreaba en sus palabras, más fácil le resultaba respirar. Se le hizo insoportable no seguir mirando a la chica que aún tenía entre sus brazos, la misma que le había visto por dentro y por fuera.
No supo bien qué le había impulsado a hacerlo ni si estaba bien que lo hiciera. Ella tenía el corazón ocupado con la figura de su forma civil, no debería haberse inclinado hacia ella de esa manera. Tampoco debería haber subido sus manos hasta su cara ni haberla obligado a que le mirase. Y estaba seguro de que no estaba bien cerrar los ojos para no ver su expresión de rechazo cuando le rozó la boca con los labios.
Marinette dejó escapar un gritito de sorpresa, pero pronto pudo reaccionar. La boca de Chat era cálida, suave e invitaba a que le devolviera el beso. Cerró los ojos y se pegó cuanto pudo a él. Al notar que le correspondía, Chat gruñó de satisfacción y ahondó en su boca. Le recorrió el interior de los labios con la lengua, saboreándola, degustando el sabor del chocolate que había tomado en el postre. Era tan dulce que se volvió adicto a ella en apenas unos segundos. Con los dedos enguantados, le acarició las comisuras, pidiendo permiso para abrirle la boca.
Marinette se dejó hacer, ya no pensaba ni recordaba nada de lo que habían estado hablando. En cuanto la lengua de Chat se introdujo en su boca, sintió que algo explotaba en su interior y que le pedía más. Le rodeó el cuello con los brazos y enredó los dedos en el pelo de la nuca. Tiró de él suavemente, haciendo que Chat gimiera en su boca y bajara sus manos hasta sus caderas. Empezó a caminar hacia atrás, llevándose a Marinette con él hasta el sillón alargado que descansaba en un rincón de la habitación. En cuanto sintió el mueble en las pantorrillas, giró sobre sus pies e hizo que Marinette se tumbara en él.
Ella cayó cuán larga era en el sillón, tirando de Chat para que no dejase de besarla. La fuerza que había explotado en su interior se había apoderado de ella. Necesitaba que Chat pegara los pedazos de su corazón destrozado, el mismo que había esperado tanto tiempo por Adrien. Había soñado mil veces con que el amor de su vida correspondiera sus sentimientos. No había sido así y se había descubierto deseando que Chat llegara cada noche para aliviarle el pesar, como un drogadicto adicto a la heroína. Chat se había convertido en el elixir que calmaba su dolor, hasta el punto de necesitarlo para poder dormir tranquila.
Quizás fuera por eso por lo que había empezado a pensar que Adrien era una causa perdida, que él nunca se fijaría en ella del modo en que quería, y había comenzado a ver en Chat un compañero leal, de naturaleza inquebrantable. Durante sus continuas luchas contra Hawk Moth y los akumas, había tenido que reprimir las ganas de abrazarle o de darle un beso. Sabía que Chat había perdido las esperanzas con Ladybug, igual que ella lo había hecho con Adrien. Así que, ¿qué mal había en que se dejara llevar por ese fuego que Chat había conseguido encender en su corazón? Él había tomado la iniciativa, de modo que no debería haber ningún problema si le seguía la corriente.
―Chat―murmuró Marinette, aprovechando un segundo en que él se separó de ella para poder respirar, con los ojos verdes nublados de deseo.
―Dime―respondió él, emborrachado por la fragancia y el sabor de la chica que yacía bajo su cuerpo.
―¿Yo te gusto?―preguntó ella, alcanzando un momento de lucidez en medio de aquella fiesta de hormonas alteradas― Quiero decir que…
―Me encantas―la interrumpió Chat de inmediato, cerniéndose por completo sobre ella y acariciándole el torso con la punta de los dedos, hasta llegar a la línea de la mandíbula y trazarla con tanta delicadeza que puso la piel de Marinette de gallina―. Eres increíble, soy un imbécil por no haberme dado cuenta antes de lo maravillosa que eres.
―Chat…
―Escúchame―pidió Chat, sintiendo cómo las palabras le ahogaban al intentar salir―. No siento nada por Ladybug, no como hace dos años―Marinette parpadeó, sorprendida ante la declaración―. Hace tiempo que dejé de sentirme así con ella. Pero contigo… Las cosas han cambiado. ¿Por qué crees que te visito todas las noches? No soporto verte todos los días y no poder decirte quién soy ni demostrarte lo que siento por ti.
Marinette abrió mucho los ojos, dándose cuenta de lo que implicaban las palabras de Chat. Sin embargo, sabiendo que iba a decir cualquier cosa en cualquier momento, él volvió a hacerse con su boca, hambriento.
―Déjame que te lo demuestre, por favor―suplicó, arrancándole un suspiro a Marinette que le llegó al corazón.
―Sí…―exhaló ella y aquello fue como si, de repente, se hubieran abierto las puertas de un embalse y un torrente de agua manara de él sin control.
Chat se acomodó sobre Marinette, su cuerpo comenzó a funcionar por sí solo. Le abrió las piernas con una de las suyas y se posicionó entre ellas, en el hueco perfecto para que sus manos pudieran bajar por las costillas hasta la cintura. Sus dedos, inexpertos pero ansiosos, se introdujeron por debajo de la camiseta del pijama de Marinette, que se removió al sentir el tacto del cuero negro contra su piel. Mientras, la boca de Chat abandonaba brevemente los labios de Marinette para buscar su cuello. Inhaló con fuerza al sentir su olor chocando contra su nariz. Olía tan bien que le dieron ganas de morderla. Abrió la boca y exhaló su aliento sobre ella, que echó la cabeza hacia un lado para darle mejor acceso; una invitación silenciosa a que hiciera lo que quisiera. Chat no se lo pensó, gruñó de placer al ver el camino expedito y no tardó en hundir los dientes con suavidad en el hueco del cuello.
Marinette gimió, cerrando los ojos con fuerza y aferrándose al cinturón del traje de Chat, que le rodeaba la cintura y proporcionaba un lugar donde mantenerse cuerda. Al sentir sus manos en torno al cinturón, Chat echó una mano hacia atrás y se quitó la vara. La dejó en el suelo y continuó con las caricias. Marinette le sentía por todas partes, una fuente de calor inagotable. Los dedos de Chat llegaron al punto bajo sus pechos, enviando una descarga eléctrica a su entrepierna. Marinette intentó cerrar los muslos para contener ese ardor pero fue imposible. Chat la obligaba a mantenerse con las piernas abiertas, por lo que sus caderas subieron para rozarse contra él y aliviar el dolor.
Marinette ahogó un grito al sentirlo: una dureza desconocida para ella justo donde el torso perdía su nombre. El cuerpo de Chat fue a su encuentro, provocando un nuevo roce que les hizo cerrar los ojos. Chat buscó de nuevo la boca de Marinette. Envalentonada, se animó a sacar los dientes y saborear de lleno los labios de él. Chat gimió, buscándola con la lengua. De nuevo, sus caderas se encontraron y, otra vez, hubo una explosión de placer entre ambos.
―Mari…―suspiró Chat, observando cómo se retorcía contra su cuerpo, como le buscaba una y otra vez, dejando atrás la timidez y la vergüenza de sentir ese deseo latiendo en sus venas.
―Tócame, Chat―le rogó ella, tirando de sus manos hacia arriba para que cubriesen por completo sus pechos.
Al sentir la suavidad y la firmeza de estos, Chat pensó que iba a perder la cabeza. Tras mirarla una última vez y recibir un leve asentimiento como respuesta, Chat le puso una mano bajo la espalda para poder elevarla y quitarle la camiseta por la cabeza. La tiró a cualquier parte de la habitación, sin ser capaz de quitarle los ojos de encima. Bajo la tenue luz amarilla de la lamparita de escritorio, Marinette se le antojaba una especie de ser sobrenatural. Sus ojos azules se habían vuelto negros, su pelo oscuro estaba desparramado sobre los cojines como si fuera un halo y su cara era el mismísimo reflejo de lo que estaba sintiendo.
―Perfecta―musitó Chat, haciéndola sonrojar un poco más.
Volvió a inclinar sobre su cuerpo, aunque esta vez no se centró en besarle el cuello, sino que fue bajando poco a poco hasta llegar a uno de sus senos. Fue esparciendo besos pequeños y húmedos por toda su extensión hasta que le fue imposible seguir evitando esos dos pequeños pezones rosados que le llamaban. Marinette llevó una de sus manos a su pelo rubio cuando Chat abrió la boca y capturó uno de ellos entre los dientes. El efecto fue inmediato, Marinette sintió que se humedecía notoriamente.
Chat alzó la cabeza con una sonrisa triunfante.
―¿Otra vez?―preguntó, ganándose un tirón de pelo a modo de respuesta.
Marinette escondió la cabeza en uno de los cojines en el momento en que Chat volvió a morder el pezón. Mientras, con una de sus manos masajeaba y pellizcaba el otro, intentando imitar así los pequeños mordiscos que estaba dejando en el contrario. Lo rodeó con la lengua y succionó. Algo dentro de él le decía exactamente lo que tenía que hacer y la presión que tenía que ejercer para que Marinette soltara esos gemidos que le estaban volviendo loco.
Tras unos minutos atendiendo sus pechos, Chat prosiguió con su camino de besos y lametones por el estómago y la línea central de su torso hasta el ombligo. Una vez allí, siguió bajando aunque, cuando encontró la cinturilla de los pantalones del pijama, paró. No se atrevía a seguir adelante sin el consentimiento de ella, por mucho que lo estuviese deseando. Eran tantas las ganas que el traje le hacía daño, pero no importaba. Se aguantaría hasta que ella estuviese lista y le diese permiso.
Fue por eso por lo que no supo bien lo que hacer cuando Marinette, tan necesitaba de él como él de ella, metió los pulgares bajo los pantalones y la ropa interior y tiró de ellos hacia abajo. Chat le puso una mano encima, deteniéndola.
―Marinette, no tienes que hacer esto si no…
―Quiero hacerlo―jadeó ella, enderezándose.
Dejó de tirar de su ropa y le echó los brazos al cuello para acercarla a ella.
―Te necesito, por favor.
―Pero…
―¿Me quieres, Chat?―inquirió ella, tomándolo aún más por sorpresa.
No tuvo que pensarlo mucho para contestar.
―Te adoro―dijo él con un susurro; Marinette sonrió―. Pero no quiero que te sientas obligada si tú no…
―Chat―le interrumpió Marinette con suavidad―, si no quisiera que fueras tú, ya estarías de patitas en la calle.
Chat frunció el ceño, emocionado y tenso al mismo tiempo.
―Tú… ¿Y él?―señaló uno de los posters con su cara― ¿Qué pasa con Adrien?
Marinette se encogió de hombros.
―Yo también me he rendido―admitió―. Y también me he… enamorado de ti.
Los ojos de Chat se abrieron por completo. Marinette se maravilló con sus pupilas alargadas, el brillante color verde neón de sus irises y la forma en que ese resplandor se extendía por el resto de los ojos. Chat abrió la boca y la cerró repetidas veces, sin saber qué decir. Lo cierto era que, gracias a las visitas como Chat, se había ido fijando en su compañera de clase hasta el punto de vigilarla cada vez que Nathaniel o algún otro alumno del instituto se acercaba a ella. Nino había intentado hacerle ver que se había enamorado de ella, aunque él jamás lo admitió en voz alta. No sabía cómo sentirse respecto al hecho de que Marinette había renunciado a él como Adrien, pero no como Chat.
Era irónico; desde el momento en que se dio cuenta de que se sentía atraído por Marinette, había soñado con el día en que ella se enamorara de las dos partes de su personalidad. Y, ahora, tenía que luchar contra sí mismo para tenerla por completo.
Era muy injusto.
―¿Chat?―murmuró Marinette, empezando a preocuparse al ver que el héroe oscuro no respondía ni se movía― ¿Estás bien?
Marinette acercó la cara a la suya con la intención de darle un beso en la mejilla. Sin embargo, se encontró con lo último que creía que viviría esa noche: su rechazo. Marinette sintió cómo el corazón se le partía en mil pedazos. No entendía lo que estaba ocurriendo dentro de la cabeza de Chat, temía haber dicho alguna estupidez y no haberse dado cuenta.
―Chat…
―Princesa―dijo él entonces con suavidad, reaccionando; se quitó los brazos de Marinette de encima, que ella usó enseguida para taparse el pecho, avergonzada.
Chat se dio cuenta de la expresión dolida de Marinette. Quiso explicarle que realmente la deseaba, pero primero tenía que protegerla. Cogió la camiseta del suelo de la habitación y se la tendió.
―Lo siento, princesa―murmuró Chat, viendo cómo se ponía la camiseta con lágrimas en los ojos―. No puedo seguir con esto.
―¿Por qué?―exigió saber ella con un violento sollozo― No soy suficiente, ¿verdad? No soy nada comparada con Ladybug. Era demasiado pedir que te fijaras en mí. Ni Adrien ni tú… Está claro que yo…
Los labios de Chat le impidieron seguir despotricando contra sí misma. Marinette no le devolvió el beso, pero tampoco se alejó de él. Esperó pacientemente a que Chat terminara.
―Te equivocas―replicó Chat con fervor en la voz―. Eres muchísimo más que ella. Y Adrien es gilipollas por no darse cuenta antes de lo mucho que vales.
―¿Por qué me haces esto? ¿Por qué me dices todo esto y… luego no…?
―No quiero aprovecharme de ti―suspiró Chat, abrazándola y dándole un beso en la coronilla―. No quiero que te arrepientas de nada si llegamos a hacerlo algún día. Quiero que te asegures de lo que sientes. Y si… Y si te revelo alguna vez mi identidad… bueno… no me gustaría que te decepcionaras.
―¿Por qué iba a hacerlo?―musitó Marinette, sintiendo que su corazón sanaba levemente; su cabeza ahora funcionaba de una forma diferente, dándose cuenta de que no era la única con un serio problema de autoestima― ¿Por qué dices eso?
Chat no respondió. Ardía en deseos de confesarle quién era. ¿Cómo se sentiría Marinette al saber que Chat era Adrien, que Adrien era Chat y que jamás había dejado de quererle? ¿Se sentiría traicionada? ¿Avergonzada? ¿Enfadada? Le daba tanto miedo su reacción que una parte de él quería salir huyendo ya mismo.
―Chat―suspiró Marinette, empujándole un poco para poder mirarle a la cara―. Sé que no debes contarme nada y que no es justo que te lo pida, pero―cerró los ojos y respiró hondo antes de acabar la frase―, dímelo. Quiero saberlo. Necesito saberlo…
Marinette era consciente de lo que le estaba pidiendo. Ella era la primera que siempre había defendido el secreto de su identidad, pero algo en su interior se estaba rebelando ante la idea de perder a Chat por culpa de las mentiras y de todo lo que le ocultaba. Quería que él fuese sincero con ella al cien por cien, aunque eso supusiera confesarle que ella era Ladybug. Le aterraba la idea de que, cuando lo supiera, Chat se alejase de ella y la acusara de ser una hipócrita; pero ya no podía aguantar más. Lo había pensado detenidamente, llevaba tiempo rondándole la idea por la cabeza, de modo que se había dejado llevar por sus impulsos por primera vez en su vida.
―¿Estás segura, Mari?―murmuró Chat, confuso, feliz y atemorizado al mismo tiempo.
―Sí―asintió ella con un suspiro.
Chat la observó detenidamente. Veía la seguridad en su mirada, la determinación y supo que ella no se echaría atrás. Seguía teniendo ganas de hacerla suya, pero antes debía completar las lagunas que ella tenía de él. Quizás, solo así se decidiría por completo.
―Plagg―musitó Chat―, garras fuera.
