Marinette cerró los ojos, al tiempo que Adrien se desprendía del traje de Chat Noir y dejaba salir a su kwami del anillo de plata. En cuanto la cegadora luz verde desapareció, Plagg intercambió una mirada de circunstancias con su portador. Adrien sabía que acababa de romper el voto del secreto, pero esperaba que eso no le provocara problemas a Plagg. Lo último que quería era que sus sentimientos por Marinette acarrearan cualquier consecuencia negativa.

―Ya puedes mirar si quieres, princesa―dijo Adrien, respirando hondo y rezando al cielo como no había rezado en su vida.

Marinette contó hasta diez en silencio, repitió una vez más la cuenta atrás y, finalmente, fue abriendo los ojos poco a poco.

El corazón se le paró de inmediato y creyó que el suelo desaparecía bajo sus pies. Toda la habitación se desvaneció, solo quedó Adrien frente a ella, mirándola con el miedo pintado en la cara.

―No puede ser―musitó ella, expresando lo primero que se le había pasado por la cabeza―. Imposible…

Todo su plan se había ido por la borda. Marinette tenía pensado revelar su secreto en cuanto Chat lo hiciera; lo que jamás se le habría pasado por la cabeza era que Adrien, su compañero de clase, el chico del que tanto tiempo había estado enamorada y que había dejado a un lado para poder enamorarse de Chat, era… la misma persona. Chat y Adrien, Adrien y Chat… Tenía que ser una broma de mal gusto.

―Marinette―empezó a decir Adrien, pero ella alzó una mano para que se callara. No estaba segura de querer escuchar lo que tuviera que decirle.

De hecho, se sentía tan agobiada que se levantó de la cama y dio un salto para salir por la trampilla que daba a la terraza. Adrien la observó salir con el corazón hecho pedazos. Sus peores temores se estaban cumpliendo, ella no quería saber nada más. ¿Qué se suponía que tenía que hacer ahora? ¿Debía seguirla y convencerla para que le dejara explicarse? ¿Debía dejarla tranquila para que asimilara su verdadera identidad? Aunque, ¿cuál de las dos era verdadera? Había pasado tanto tiempo transformado en Chat que ya no distinguía bien cuándo era Adrien y cuándo el superhéroe de París. Y estaba claro que Marinette pensaba lo mismo.

Fuera como fuese, no podía quedarse allí, por lo que imitó a Marinette y la siguió hacia la terraza. Ella se encontraba apoyada en la balaustrada, en la misma postura que aquella noche del ataque de Glaciator. Era demasiado irónico ver lo mucho que habían cambiado las cosas en esos dos años. Adrien caminó, indeciso, hasta situarse junto a ella a una prudente distancia. Plagg, que se había mantenido al margen todo ese tiempo, decidió darles unos momentos a solas y se escondió tras uno de los parterres de flores que Marinette tenía en la terraza.

Marinette sintió a Adrien junto a ella e, instintivamente, giró la cabeza hacia el lado contrario. Hacía frío esa noche en París, pero parecía que a ella no le importaba demasiado. Sin embargo, Adrien se negaba a dejar que se resfriara, por lo que se desabrochó la sudadera que llevaba y se la puso por encima de los hombros. Marinette no hizo ni un solo movimiento. Adrien respiró, aliviado; al menos, no le rechazaba por completo.

―Siento no habértelo contado antes―dijo Adrien lentamente, rompiendo el incómodo silencio que se había instalado entre ellos; Marinette no dijo nada, no se veía capaz de hablar―. Solo quiero que sepas… que no quería aprovecharme del traje de Chat para, en fin…

Marinette frunció el ceño, el pecho le dolía. Observó a Adrien de reojo, él la miraba, suplicante. Incluso, a pesar de lo dolida que se sentía, jamás le había parecido Adrien más hermoso que en ese momento. Todo aquello era nuevo. A pesar de la bondad de su compañero de clase, nunca le había visto suplicar ni rogar por nada.

―Me encanta hablar contigo―prosiguió Adrien, esbozando una sonrisa tímida―. Me encanta estar contigo, fue por eso por lo que empecé a venir aquí todas las noches. No esperaba que me confesaras que…―desvió la mirada y se llevó una mano a la nuca, nervioso―, bueno, que yo te gustaba… y…

―Para, por favor―susurró Marinette, agachando la cabeza y hundiéndola entre los brazos para ocultarse de la mirada de Adrien.

―Nunca te he mentido―siguió él a pesar de todo, viendo cómo se le escapaba la confianza de Marinette de entre los dedos―. Créeme, princesa, yo no…

―No me llames así―le interrumpió ella, temblorosa, aguantando las enormes ganas de llorar que tenía―. Vete, por favor.

Adrien obedeció y no dijo nada más. Se sentía impotente. Quería que le creyese, que volviese a sus brazos como hacía tan solo unos minutos, que le pidiese que la tocara. No cabía duda de que se sentía avergonzada. ¿Qué esperaba? ¿Que aceptara su identidad con los brazos abiertos? Sabiendo el tiempo que ella se había llevado buscándole con la mirada, estudiándole, enamorada de él… Era imposible, no podía pedir que Marinette aceptara todo aquello de un plumazo.

Acongojado, dio un paso atrás y se alejó de Marinette. Ella vio por debajo de sus brazos cómo él caminaba hasta la mesita y llamaba a Plagg, su kwami. A continuación, un destello verde iluminó la zona y, después, los pies de Adrien embutidos en unos botines blancos desaparecieron para dar paso a las botas negras de Chat Noir. Fue entonces cuando Marinette se dio cuenta de que aún tenía la sudadera de Adrien encima. Sin embargo, no fue capaz de enderezarse y devolvérsela.

―No volveré aquí hasta que tú me digas que lo haga―dijo Adrien con suavidad―. Te daré el tiempo que necesites. Solo… créeme.

Marinette no respondió ni hizo gesto alguno. Chat cerró los ojos con fuerza, conteniendo el grito de rabia que se acumulaba en su garganta. Respiró hondo y, unos segundos después, ya se encontraba atravesando París por encima de los tejados de las casas.

«De vuelta a la Mansión Agreste», pensó Marinette con amargura.

… … … …

Por primera vez en toda su vida académica, Marinette fue la primera en llegar a clase. Había engullido los cruasanes recién hechos de su padre en silencio, bajo la atenta mirada de su madre y con la mente en blanco. Le había sido imposible conciliar el sueño la noche anterior y ni qué decir tiene que tampoco pudo seguir estudiando. Se había pasado toda la noche en vela mientras Tikki dormía a su lado, intranquila. Su kwami no se había atrevido a hacer ningún comentario cuando Marinette por fin volvió a su habitación, dejó la sudadera de Adrien sobre la silla, apagó la luz de su escritorio y subió a oscuras hasta su cama para intentar dormir.

Nada más entrar en el aula, Marinette sintió un fuerte martillazo en el corazón. No pudo evitar fijarse en el asiento de Adrien. ¿Cómo podría mirarle siquiera a la cara después de lo de la noche anterior? Sobre todo cuando ni ella misma sabía cómo sentirse al respecto.

En las largas horas nocturnas, Marinette no había sacado nada en claro. Por un lado, se sentía absolutamente avergonzada de que Adrien hubiese descubierto lo que sentía por él de esa manera. O, al menos, lo que había estado sintiendo; porque, por mucho que lo negara, Marinette se había enamorado de dos personas, aunque luego al final habían resultado ser una sola. Se sentía perdida. Amaba las dos personalidades de Adrien, pero no tenía ni idea de cuál era la verdadera y eso era lo que más le asustaba de todo aquello.

Por otra parte, estaba el tema de que Adrien se había acercado a ella como Chat, no siendo él mismo. ¿Por qué? ¿No podría, simplemente, haber luchado contra su timidez y haber intentado ganarse su confianza sin ningún disfraz en medio? Además, ¿realmente pensaba lo que le había dicho? Todo aquello de lo maravillosa que era, su inteligencia, su belleza, su capacidad… No, era imposible. Adrien se lo había dicho siendo Chat y eso no implicaba necesariamente que fuese sincero.

En tercer lugar, estaba el hecho de que no tenía ni idea de cómo interactuar con él. Ahora que sabía su secreto, sentía que algo había cambiado. Se notaba capaz de decir una frase entera sin atragantarse, sin que le diera hipo o sin que su lengua decidiera irse de paseo e inventar palabras nuevas. Si no hacía lo mismo de siempre, Alya sospecharía, Nino también y toda la clase se daría cuenta de que ella y Adrien estaban…

Un momento. ¿Estaban? No, ellos no estaban saliendo. Solo eran buenos amigos, o eso pensaba Marinette hasta hacía menos de doce horas. Sacudió la cabeza y se dio un par de golpes en la frente con su carpeta. De nada servía crear un plan si no conocía las variables que podían intervenir y que podían hacer que variase, por lo que se sentó en su sitio de siempre y abrió el libro de Matemáticas con la intención de que se le quedara alguna de las fórmulas que bailan en las páginas.

En ese instante, la puerta del aula se abrió y por ella entró Adrien, solo. Marinette levantó la cabeza del libro, topándose de inmediato con la mirada esmeralda del joven Agreste. Se observaron en silencio, diciéndose mil cosas pero sin ser capaz de pronunciar una palabra. Adrien tragó saliva con esfuerzo y caminó para sentarse en su sitio de siempre, justo por delante de Marinette. Ella se dio cuenta de que parecía bastante cansado, como si él tampoco hubiese podido dormir aquella noche. En cierto modo, no le sorprendía para nada. Aun así, necesitaba mantenerse firme. Todavía no había aclarado sus sentimientos, todo estaba demasiado reciente.

Adrien fue a decir algo, pero en ese instante la puerta del aula volvió a abrirse y ya no tuvo oportunidad de hablar con Marinette. Sus compañeros fueron ocupando sus asientos mientras charlaban, completamente ajenos a la tensión que había entre Marinette y Adrien. En cuanto apareció Chloe y se colgó del cuello de Adrien, como solía hacer, Marinette desvió la mirada y hundió la nariz en su libro de Historia. Adrien se percató de su gesto dolido, pero no podía hacer nada. No de momento, al menos. Tenía que pensar muy bien la manera para poder quedar a solas con ella, porque estaba claro que las visitas a su casa se habían acabado por el momento.

Por suerte para Marinette, Alya llegó en ese momento y se puso a relatarle los últimos datos que había obtenido de Ladybug y Chat Noir. Su ladyblog se había convertido en una fuente de ingresos para Alya, sobre todo después de abrir el canal en Youtube para retransmitir los encuentros en directo. Marinette intentaba prestarle atención, pero le era imposible. Sus cinco sentidos estaban puestos sobre el chico rubio que no dejaba de observarla mientras Nino le hablaba sobre su nueva sesión de música.

La profesora de Historia no tardó en llegar y pronto todos se sumieron en un sopor profundo. Todos, menos Alya.

«¿Se puede saber qué te pasa, niña?».

Marinette frunció el ceño al ver la nota sobre su libro. Se mordió el labio inferior y garabateó una respuesta simple.

«Tengo sueño».

No era mentira, necesitaba dormir.

«No me digas que has vuelto a desvelarte con las fotos de tú-sabes-quién».

Marinette se llevó una mano a la boca para ahogar un gritito de sorpresa. Si Alya supiera lo que había estado a punto de pasar la noche anterior en su habitación, la molería a preguntas. Básicamente, no la dejaría vivir hasta que le contase todo con pelos y señales. Por supuesto, no pensaba decirle nada. Ese era su secreto, suyo y de Adrien.

«¿Eso es que sí?», insistió Alya, haciendo sonrojar a Marinette.

En ese instante, los móviles de ambas chicas vibraron en los bolsillos de sus pantalones. Ambas se miraron, confusas y sacaron el teléfono, situándolo justo por debajo de la mesa.

NINO: ¿Vamos al cine el viernes? Adrien invita.

ADRIEN: Corrección: tú invitas a tu novia, yo invito a Marinette.

NINO: Como sea. ¿Os apuntáis?

ALYA: ¿Tú pagas? Qué novedad. No me invitabas a nada desde que nos comimos el helado de André aquella vez.

Marinette rodó los ojos, pero eso le hizo fijarlos en Adrien. Le descubrió mirándola de reojo, esperando ver lo que respondía. En cuanto sus miradas conectaron, el mundo pareció dejar de girar y el tiempo, pararse. Adrien no rompió el contacto visual, era la única forma que tenía de comunicarse con ella. Esperaba que, de esa forma, supiera lo que estaba sintiendo en esos momentos, teniéndola tan cerca pero, a la vez, tan lejos. ¿Serviría de algo pasar un rato ella el viernes?

Ya había hablado con Nino. Irían como en una cita doble, pero cuando llegaran al cine, se separarían y les dejarían solos. Marinette no tendría dónde esconderse, de modo que no le quedaría otro remedio que hablar con él. Inspiró con fuerza cuando Marinette dejó de mirarle, parpadeando y empezó a escribir rápidamente en su móvil. Adrien rezó en silencio hasta que sintió que el suyo vibraba entre sus manos.

MARINETTE: ¿Qué película queréis ver?

«Mierda», pensó Adrien. No había caído en ese detalle.

ADRIEN: La que queráis. Podemos decidirlo en el cine.

Marinette suspiró. Era tan débil… No podía decirle que no a Adrien cuando se mostraba tan abierto con ella. Aunque, de solo pensar que estaría a oscuras con él, le costaba respirar. Aun así, sabía que tenía que actuar normal y corriente; si no, Alya y Nino se darían cuenta de lo que ocurría entre ellos y eso era lo último que necesitaba en esos momentos.

MARINETTE: Por mí, bien.

Notó que Alya la miraba de reojo, suspicaz, pero no le hizo el menor caso. Vio cómo los demás ponían la hora y el sitio donde se verían el viernes sin comentar nada. Dejó que lo decidieran ellos. Al fin y al cabo, no tenía demasiadas ganas de salir a ninguna parte.

El resto del día transcurrió con normalidad. Marinette se dedicó a esquivar los ojos de Adrien y sus intentos por conseguir una respuesta. Por su parte, el joven Agrestre observaba, frustrado, cómo su princesa se alejaba más y más de él. A la hora de regresar a casa, recogió sus cosas con más lentitud de la habitual. Estaba haciendo tiempo para poder ver a Marinette cruzar la calle y entrar en la panadería de sus padres. Nino, a su lado, empezó a meterle prisa.

―Hermano, me voy a hacer viejo esperándote―protestó, ganándose una mirada de reproche de Adrien.

―Deja de exagerar.

―Es que no entiendo qué narices te pasa hoy―Nino se acercó un poco más a Adrien, pegándose a su oreja―. Como sigas así, Marinette pedirá una orden de alejamiento contra ti.

Adrien rodó los ojos hacia su amigo, alarmado. ¿Tanto se estaba pasando de la raya? A pesar de que le había dicho que le daría todo el tiempo que quisiera, no podía evitar buscarla de cualquier forma.

―¿Lo dices en serio?―pregunto, nervioso.

Nino alzó una ceja, divertido.

―No, pero contrólate. ¿No sería más fácil que le dijeras que te gusta y ya está?

Adrien suspiró. Otra vez con lo mismo…

―No puedo hacer eso―respondió por enésima vez―. No quiero incomodarla.

―Tío, lo último que harías sería incomodarla―rio Nino, dándole una palmadita en la espalda―. Vamos, voy a echar raíces aquí.

Adrien se dejó arrastrar sin remedio hacia la puerta. Alya y Marinette seguían allí, charlando animadamente. Adrien aprovechó esos pocos segundos de intimidad de las chicas para recrearse en Marinette. Sabía que, en cuanto le viera, su expresión cambiaría a peor, cosa que odiaba. Estaba preciosa, a pesar de las ojeras bajo sus ojos. Ninguno de los dos había conseguido descansar, pero eso no impedía que sus ojos azules brillaran más que el cielo. Se fijó en su boca, en esa sonrisa que tanto le gustaba ver cuando estaba relajada. Recordó en ese instante su sabor, la forma en que se movían contra los suyos, impacientes, hambrientos, deseosos de…

«Para, Adrien. PARA», se dijo a sí mismo, dándose golpes en las piernas discretamente. «No es momento para calentones».

Por suerte, Nino empezó a darle conversación y le alejó de aquellos pensamientos. Pasaron junto a las chicas, se despidieron de ellas y, poco después, Adrien se montaba en el coche de su padre. Antes de que Gorila metiera primera, miró una última vez a Marinette. Ella le devolvió la mirada a través del cristal tintado sin saber que él deseaba atravesar la puerta del coche y correr hacia ella.

Momentos después, el coche se perdía en el tráfico de la ciudad y Marinette regresaba a su casa en silencio, sumida en su propia melancolía.