El viernes llegó antes de lo que Marinette hubiese querido. Se había pasado toda la semana intentando autoconvencerse de que la quedada con Alya, Nino y Adrien saldría bien. Por otra parte, había tenido que esquivar las preguntas certeras de Alya, sobre todo porque sentía los ojos verdes de Adrien fijos en ella todo el tiempo. Al menos, Adrien no había tratado de hablar con ella de nuevo, lo cual había hecho que se relajara un poco y riera más en su presencia. Aunque, cuando llegaba a casa, se tiraba en la cama, lloraba y pensaba en que no había solución posible a lo que ocurría entre ambos.
Aquel día, no fue diferente. Alya le había dicho que la recogería en su casa a eso de las ocho, por lo que tenía unas cuatro horas para descansar, serenarse y arreglarse. Mientras Tikki revoloteaba por su habitación, Marinette se metió en la ducha y dejó que el agua le relajara los músculos del cuello y la espalda. Una vez fuera, se enrolló una toalla alrededor del cuerpo y se acercó al largo espejo que tenía en una esquina de su cuarto.
Se notaba distinta. A pesar de haberse pasado las últimas noches sin dormir del todo bien (sentía la presencia de alguien observándola a través del cristal de la ventana), notaba su piel como más brillante. Se fijó en que aún había restos de las pequeñas marcas que los besos de Chat habían dejado a lo largo de su cuerpo. Suerte que a su madre no le había dado por subir mientras ella estaba desnuda… Se abrió la toalla y se acercó un poco más. Era ahora cuando se fijaba en que su cuerpo ya no era el de la niña de casi catorce años que había conocido a Adrien en el instituto. Ahora, ya tenía dieciséis y se había desarrollado por completo. Recordó entonces las manos de Chat recorriéndole las costillas, acariciándole las caderas y besándole los pequeños y rosados pezones.
Sintió calor. Vio cómo abría la boca para poder respirar. Su corazón se agitó bajo su pecho y, por primera vez desde el lunes, se dejó llevar por el instinto. Marinette deseó que Chat estuviera allí otra vez, que la besara de nuevo como aquella noche, que la tocara para volver a hacerla sentir mujer. Eso era lo que ansiaba, esa conexión indescifrable que se había empezado en ignorar los días anteriores. Quizás por eso Adrien se quedaba mirándola, porque también sentía esa unión. O porque la había visto medio desnuda y quería acabar con lo que empezó. En el fondo, Marinette temía que fuese precisamente esto último. No se imaginaba a Adrien actuando de esa forma, pero después de haber descubierto de aquella manera tan bochornosa su identidad, no sabía bien lo que pensar.
―¿Estás bien, Marinette?―dijo Tikki, acercándose a su dueña y mirándola por encima del hombro.
Marinette se cubrió y suspiró largamente.
―Estoy nerviosa―admitió en voz baja―. No sé si seré capaz de hacer esto, de dejar que Adrien me invite.
―Uhm…―murmuró la pequeña kwami― ¿No crees que tu forma de actuar te está causando más dolor que si admites que estás enamorada de las dos partes de Adrien?
Marinette se giró hacia ella como un resorte, sofocada.
―Que esté enamorada de él no significa que haya hecho las cosas bien. Además…―agachó la cabeza y se mordió el labio inferior―, él no sabe que yo soy Ladybug. No quiero tener que decírselo y que me acuse de ser una hipócrita.
―Él jamás haría eso―respondió Tikki con suavidad y una dulce sonrisa.
Marinette alzó la cabeza, confusa.
―¿Por qué?
―Porque él también está enamorado de las dos partes de ti, aunque él diga que ha dejado de pensar en Ladybug. Es inevitable que siga acordándose de ella, eres tú.
―Pero él no lo sabe. Y yo no estoy segura de que Adrien me acepte por completo… Es más, ni siquiera me creo que él tuviera la intención de contarme lo de Chat.
―¿Acaso has dejado que te lo explique todo?―repuso Tikki sabiamente, dejando a Marinette sin palabras― Has descubierto que Chat, de quien te habías enamorado, es precisamente Adrien, tu primer amor. Deberías estar contenta.
Marinette sacudió la cabeza. Su corazón se negaba a saltar de alegría.
―Adrien nunca se fijó en mí.
―Sí lo hizo, solo que vestido con un traje negro y orejas de gato―sonrió la kwami, haciendo reír a Marinette por lo bajo.
―Aun así… ¿Por qué no se acercó a mí directamente, como Adrien, en lugar de actuar como Chat?
Tikki se encogió de hombros.
―Quién sabe. Eso solo puede decírtelo él.
Marinette bufó, desesperada. Aquello no le ayudaba. ¿Por qué todos los caminos acababan en una tensa conversación con Adrien?
―¿Y crees que se enfadará conmigo si sabe quién soy? ―tanteó Marinette, aunque se olía la respuesta de Tikki.
―Quién sabe―repitió la kwami, sin pillar por sorpresa a su dueña.
Marinette no respondió. Volvió a mirarse en el espejo durante unos segundos más, lo suficientes para armarse de valor y decidir que, aquella noche, exigiría la respuesta a todas sus preguntas.
… … … …
Apenas quedaban unos minutos para que el reloj diera las ocho. Por primera vez en su vida, Marinette llevaba más de media hora lista para salir, esperando a que Alya llegara a recogerla. Había bajado al salón después de esconder a Tikki en su bolsito. Sus padres se habían quedado mirándola, desconcertados, porque sería la primera vez que no tendrían que estar gritándole que bajara. Y allí se encontraba, en una esquina del largo sofá, viendo la tele y golpeando el suelo con la punta de los zapatos, nerviosa.
―Estás muy guapa, cariño―la felicitó su madre con una gran sonrisa―. Por fin te has soltado el pelo.
Marinette desvió la mirada, sonrojada. Lo había hecho a propósito. Sabía que a Adrien le gustaba que lo llevara así.
―¿Con quién dices que vas al cine?―preguntó su padre, ceñudo.
―Con Alya, Nino y Adrien―Marinette carraspeó al pronunciar el último nombre―. No sé qué película vamos a ver.
―No veas ninguna de terror, que luego tienes pesadillas―le recordó su madre, poniéndole bien el bajo de la bonita falda roja que llevaba.
Marinette rodó los ojos. No pensaba ver ninguna película en la que tuviera que pegarse a alguien para taparse los ojos, y sabía que ni Alya ni Nino estarían disponibles para eso. En ese instante, sonó el timbre y la señora Dupain-Cheng se levantó del sofá para ir a abrir. Marinette la siguió, aunque antes se despidió de su padre con un beso y un abrazo que le reconfortó el corazón.
―Cariño―dijo entonces su madre―, han venido a buscarte.
―Dile a Alya que ya bajo―respondió Marinette, recolocándose la ropa y caminando hacia la puerta.
―Pero es que no es Alya.
―¿Cómo?―inquirió Marinette, frunciendo el ceño y empezando a notar una sensación extraña en el estómago.
Sacudió la cabeza, se despidió de su madre y abrió la puerta. Lo hizo con fuerza, con la intención de bajar corriendo por las escaleras para resolver la incógnita. Lo que no se esperaba era que el mismísimo enigma hubiera subido ya y se encontrase al otro lado de la pared. Marinette ahogó un grito, llevándose una mano a la boca y otra al corazón.
―Adrien…―murmuró, sin entender absolutamente nada y embelesada con la forma en que el joven Agreste se presentaba ante ella.
Adrien había decidido sacar sus auténticos colores a la luz y se había decantado por un traje negro, camisa blanca y corbata verde oscuro. Bueno, eso después de haber saqueado su armario-vestidor, sacado todas las camisas y corbatas y haberlas probado de maneras varias hasta que Plagg se hartó de él y escogió el modelo.
―Hola, Marienette―sonrió Adrien, tratando de parecer más seguro de sí mismo de lo que se sentía y tirando del bajo de su chaqueta mientras se enderezaba todo lo que podía―. Buenas noches, señores Dupain-Cheng.
El padre de Marinette se giró en el sofá al tiempo que su mujer se plantaba junto a su hija y le daba un pequeño empujoncito a mitad de la espalda.
―Buenas noches, Adrien―respondió la señora Dupain-Cheng―. Creíamos que Alya vendría a por Marinette.
―Sí, pero a mí me cogía más cerca y le pedí el favor de ser yo quien viniera a por ella―respondió Adrien.
Su voz atravesó el salón de la casa como si fuera una ráfaga de viento, dejando a los padres de Marinette sin palabras y a la propia chica a punto de desmayarse de la tensión.
―Vaya…―musitó la madre de Marinette, parpadeando varias veces y empujando de nuevo a su hija― Ha sido muy amable por tu parte.
―Más te vale que vuelva de una pieza―advirtió el padre de Marinette desde el sofá.
Adrien rio.
―No se preocupe, señor. La traeré a su hora, sana y salva―Marinette abrió mucho los ojos. ¿Es que pensaba llevarla en coche de un sitio a otro?
No era capaz de hablar. De hecho, solo podía mirar de un sitio a otro como si estuviera en un partido de tenis a tres manos. Primero, a su padre. Luego, a su madre. Y, finalmente, al chico que le tendía la mano y le señalaba la escalera con la otra en un gesto que, claramente, dejaba entrever su auténtica personalidad; esa que guardaba bajo un traje negro y orejas de gato, como bien decía Tikki.
Marinette tragó saliva cuando su brazo se movió solo y aceptó la mano de Adrien. Él tiró de ella con gentileza y, en cuanto ambos estuvieron fuera de la casa de Marinette, la madre de esta les despidió con la mano y cerró la puerta. Aunque Marinette sabía que se había quedado mirando por la mirilla por lo que, sin dejar que Adrien dijera nada, empezó a bajar los escalones con cuidado de no resbalar y sin soltarle la mano a su acompañante. En cuanto estuvieron abajo, lejos de miradas indiscretas, Marinette se zafó de su agarre y se puso bien la blusa negra de encaje y la falda roja.
―Espero que hayas dicho la verdad ahí arriba―murmuró Marinette sin mirarle.
Adrien la observó, en silencio. La veía tan enfadada que pensó que, lo más inteligente, sería guardarse la verdad hasta que se le pasara el mal humor. Si se enteraba ahora de que llevaba planeando aquello desde que se propuso ir al cine, le mataba a él y se cargaba a Alya de paso.
―Lo he hecho―respondió Adrien con ese tono de voz que reservaba para cuando podía ser él mismo―. He dicho que te traería sana y salva. Y lo haré.
Marinette le miró de reojo al notar su forma de hablar. Reprimió una sonrisa y abrió la puerta del edificio que daba a la calle.
―¿Nos vamos?
―Después de ti―repuso Adrien, inclinándose un poco y dejándole el paso expedito a Marinette.
Ella suspiró, sintiendo cómo sus fuerzas flaqueaban al ver a Adrien con su actitud de Chat. Era una mezcla poderosa que amenazaba con hacer estallar su sentido común en dos microsegundos. Aquella noche sería muy larga…
Adrien la siguió hacia el coche, que esperaba pacientemente junto al paso de peatones que había frente a la puerta de la pastelería. Se adelantó y le abrió la puerta a Marinette, que entró en el vehículo tras regalarle una sonrisa escondida en la comisura de sus labios. Adrien respiró hondo. Esperaba que eso fuese un buen comienzo. Se sentó junto a ella y le pidió a Gorila que les llevara al cine mientras se ponía el cinturón de seguridad. Y de ahí que, al tiempo que lo cerraba, se fijó en las suaves y finas piernas de Marinette, en la forma en que las correas de los tacones le acariciaban la piel de los tobillos, la manera que tenía la falda de colarse entre sus piernas tal y como quería él hacerlo. Se maravilló con el tono que adquiría su rostro junto al negro del encaje, un bonito dibujo que realzaba su escote y le instaba a perderse entre sus líneas.
Adrien se estaba excitando y no le convenía. Aquellos pantalones eran casi tan ajustados como el mono de Chat Noir. Si su erección despertaba, le sería imposible ocultarla y sería una mala jugada tener que lidiar con su deseo y con las ganas de que Marinette le perdonara y hablara con él.
―¿Has pensado qué película te apetece ver?―dijo entonces, intentando disipar sus pensamientos lujuriosos y centrarse en el objetivo principal de la noche.
―No―admitió Marinette, atreviéndose a mirarle por primera vez desde que se subió al coche―. Mientras no sea de terror, me da igual.
Adrien sonrió. Esperaba que ella no quisiera ver una de miedo, sabía que las odiaba. De hecho, alguna vez ella se había quedado dormida junto a él tras ver algún vídeo de terror y se había despertado al poco gritando, aterrorizada.
―Se lo recordaré a Alya cuando quiera hacernos la encerrona.
Marinette alzó una ceja.
―Es experta en eso―comentó, no sin cierta acidez.
Adrien acusó el golpe y se encogió de hombros.
―No importa lo que diga, no pienso obligarte a ver nada de eso. Nos meteremos en otra sala si hace falta.
Marinette se mordió el labio inferior y, reprimiendo un suspiro, giró la cara hacia la ventanilla. Adrien la miró. Se acercaban al centro comercial donde se encontraba el cine, dudaba que pudiera quedarse embobado observándola cuando estuvieran con los demás. Por eso le fastidió tener que apartar los ojos de ella al salir del coche. Aun así, lo primero que hizo, una vez fuera, fue ofrecerle de nuevo la mano a Marinette para ayudarla a ponerse de pie. Ella aceptó otra vez y dejó que, en cuanto la tuvo a su lado, le pasara el brazo alrededor del suyo y la llevara hacia el cine.
―¿Vas a estar haciendo esto toda la noche?―murmuró Marinette, sintiendo cómo el corazón le aleteaba en el pecho.
―Has estado evadiéndome toda la semana―respondió Adrien en el mismo tono de voz y acercando su boca a la sien de Marinette―. Creo que me merezco un premio por ser un buen gato.
Marinette dejó escapar una risa baja que hizo que a Adrien se le hinchara el pecho.
―No tientes a la suerte, Adrien.
Él sonrió y paró en seco. Se plantó frente a ella y le apartó un mechón de pelo de la cara, poniéndoselo tras la oreja.
―Si no lo hiciera, no sería yo.
―¿Y cuándo eres tú?―replicó Marinette, nerviosa hasta más no poder― ¿Cuando eres Adrien o Chat Noir?
Adrien entornó los ojos sin perder la sonrisa. Dio un paso hacia ella y la sujetó por la muñeca izquierda con suavidad.
―Soy ambos. Puedo ser uno u otro, el que prefieras. Siempre soy yo. La diferencia es que solo hay dos personas con quienes puedo ser libre de elegir.
―¿Yo puedo elegir?
Adrien asintió una sola vez con la cabeza. Marinette inspiró, recreándose en cómo sus ojos hacían juego con la bonita y elegante corbata.
―Pues entonces no habría elegido un traje de chaqueta para venir al cine―dijo finalmente, haciendo que Adrien soltara una carcajada.
―Quería estar a la altura, princesa.
Marinette cerró los ojos. Otra vez esa palabra… Dio un paso atrás, gesto que hizo que Adrien se diera cuenta de su fallo.
―Lo siento―se disculpó de inmediato sin dejar que se alejara más de él―. Es que…―suspiró, cansado de repente; Marinette abrió los ojos, sorprendida al ver cómo Adrien bajaba todas sus defensas― Es lo que eres para mí, entre otras cosas. Perdóname.
Marinette suspiró, rindiéndose.
―Está bien―murmuró―. Yo también soy una exagerada… Pero no creo que sea el momento de hablar de esto…, de lo que pasó…
Adrien claudicó, mordiéndose la lengua para no decir lo que pensaba. La soltó a regañadientes y se apartó un poco, intentando respirar con normalidad de nuevo.
―Solo necesito un poco más de tiempo―añadió Marinette, con el corazón en un puño al ver el esfuerzo de Adrien por respetar su espacio.
El joven Agreste no respondió. Solo la miró a los ojos, deseando transmitirle con la mirada el ardor que sentía por ella, su necesidad de saber que su corazón era suyo, que le quería, que…
―¡Chicos!―dijo entonces alguien, explotando la burbuja que Adrien y Marinette habían creado a su alrededor para desaparecer del mundo.
Ambos se giraron hacia el origen de la voz. Alya les saludaba con una mano arriba, acompañada de Nino, que la sujetaba por la cintura. Marinette volvió en sí y, tras mirar a Adrien de nuevo, caminó en su dirección para encontrarse con ellos. Sintió los ojos de Adrien en su nuca mientras saludaba a Alya con un abrazo. Incluso aun cuando él estaba hablando con Nino, supo que él la vigilaba, tal y como había estado haciendo durante toda la semana. Sin embargo, aquella vez era diferente. Esa vez, se sentía protegida, a salvo y no supo bien cómo encajar esa nueva sensación.
