Alya, Nino, Marinette y Adrien entraron en la zona del centro comercial dedicada a las salas de cine y las taquillas. Numerosos paneles anunciaban las películas que se proyectaban y las que pronto se estrenarían. Marinette se olvidó por completo de su extraña situación con Adrien cuando vio el póster de una película que llevaba tiempo deseando ver. El problema era que nadie querría ver una película sobre un tipo sentado en silla de ruedas que se enamora de la chica que le cuida, de modo que controló su emoción y se unió a las diferentes propuestas de sus amigos. Nino quería ver una película de miedo, Alya se apuntó y, enseguida, Adrien habló por él y por Marinette diciendo que ellos no se meterían en la sala a verla. Marinette le regaló una mirada de agradecimiento que hizo que Adrien se sintiera más seguro y confiado. Punto para el gatito negro.

Finalmente, tras mucho discutir, se decantaron por una de acción. Los cuatro se acercaron a las taquillas y pidieron las entradas para la siguiente sesión.

―¿Cuatro?―repitió la chica de la taquilla― Lo siento, pero solo quedan dos asientos libres en esa sesión. Puedo dároslas para la siguiente, si queréis.

Marinette suspiró. Ella era la única que tenía puesto un toque de queda en su casa. Debía llegar pronto para poder ayudar a sus padres al día siguiente con los encargos.

―Yo no puedo esperar casi tres horas―dijo, fastidiada.

―Y solo quedan dos asientos para la sesión que queremos―intervino Adrien, haciéndose cargo de la situación―. Entrad vosotros, chicos―añadió, mirando a Alya y Nino al tiempo que se posicionaba junto a Marinette―. Nosotros entraremos en otra a la misma hora y saldremos al mismo tiempo. ¿Os parece?

Los ojos de Marinette casi se salieron de sus cuencas. Se atragantó con su propia saliva y Adrien tuvo que ponerse a darle golpecitos en la espalda. Notaba los ojos de Alya brillando de emoción sin tener que mirarla a la cara. Marinette no sabía dónde meterse. En sus planes no entraba quedarse a solas y a oscuras con Adrien. ¡De ninguna manera!

―Es una buena idea―comentó Nino, anticipándose a la protesta de Marinette y girándose hacia la chica de la taquilla―. Denos las dos de esta sesión.

Los ojos de Marinette volaron hacia Alya, pidiendo ayuda en silencio. Pero su amiga la ignoró. Sintió entonces el roce de los dedos de Adrien recorrerle el hueco de la espalda que quedaba al aire, haciéndola estremecer. ¿Cómo iba a soportar tenerle cerca tanto tiempo, sin poder moverse?

―Así podrás ver la peli que querías―murmuró Adrien en su oído.

Un escalofrío subió por la espina dorsal de Marinette al sentir su aliento tan cerca. Se enderezó todo lo que pudo y miró a Adrien de reojo.

―No sé de qué estás hablando…―empezó a decir Marinette, pero Adrien la acalló bajando la mano por el antebrazo y entrelazando sus dedos con los de ella.

―Si pensabas que no iba a darme cuenta, te equivocabas. Siempre estoy pendiente de ti.

Marinette abrió la boca para poder respirar. Sus pulmones habían decidido dejar de funcionar, su corazón parecía haberse fumado un cohete por lo deprisa que latía y el calor de la sangre se le había acumulado en las mejillas. Otra vez la había dejado sin habla. Estaba claro que se estaba cobrando todo lo que había tenido que soportar durante la semana.

―¿Cuál veréis vosotros?―preguntó entonces Alya, rompiendo el momento de conexión de Marinette y Adrien.

―Pues…―dudó Marinette, sin creerse por completo las palabras del chico que la tenía agarrada de la mano.

Me before you―respondió Adrien con seguridad―. Dos, por favor. Y si pueden estar centradas, mejor―pidió a la de la taquilla, que le sonrió como si acabara de darse cuenta de quién estaba allí para ver una película.

―Enseguida, señor Agreste―asintió la chica con diligencia, cosa que puso a Marinette de los nervios.

Mientras Adrien pagaba las entradas, Marinette cruzó una mirada con Alya. Su amiga se había dado cuenta de cómo Adrien sostenía su mano y sonreía con evidente satisfacción. Por su parte, Nino charlaba con Adrien sobre el sitio donde se encontrarían en cuanto acabase la película. Marinette gimoteó, atacada.

―Alya…―susurró, rezando para que Adrien no le escuchara.

―Aprovecha esta oportunidad, chica―la animó su amiga, dándole un golpecito en el brazo que tenía libre―. Está claro que va a por ti.

«Eso es lo que me aterroriza», pensó Marinette, aunque no dijo nada. Una vez todos tuvieron sus respectivas entradas, fueron a comprar las palomitas y los refrescos (Adrien cumplió su palabra y lo pagó todo, a pesar de las protestas de Marinette) y se separaron para entrar en las salas que les correspondían. Alya le guiñó un ojo a Marinette antes de desaparecer en la oscuridad del pasillo que conducía a las filas de asientos. En cuanto estuvo a solas con Adrien, respiró hondo y contó hasta diez antes de girarse y plantarle cara al motivo de su taquicardia.

―¿Vamos?―preguntó Marinette, tratando de parecer resuelta.

Adrien asintió y volvió a cederle el paso, igual que al salir de su casa y al entrar en el coche. Marinette negó con la cabeza levemente y se adelantó a Adrien con sus palomitas y su refresco en la mano. La sala estaba completamente vacía y la pantalla estaba iluminada con unas tenues luces amarillas; aún era pronto para entrar. Marinette y Adrien se sentaron y se acomodaron en la sala.

En medio de aquel silencio, Adrien juraba que podía oír su propio corazón golpeando con fuerza contra su pecho. Por el momento, todo había salido bastante bien, pero estaba empezando a impacientarse. Marinette no le había rechazado cuando decidió cogerla de la mano, aunque no parecía demasiado contenta por estar a solas con él. Era lógico, se dijo, la tensión sexual entre ambos era palpable a pesar de los continuos rechazos de Marinette.

Adrien ya se preguntaba hasta cuándo duraría aquella situación. Cada uno de los poros de su piel sentía la de ella como si la tuviera pegada al cuerpo. Tuvo que ponerse a jugar con el anillo de Chat Noir para mantener entretenidas sus manos y que no volaran hacia Marinette. Estaba deseando poder tocarla, como aquel leve roce en la base del cuello y de los hombros. Había sido una estupidez hacerlo, ahora ansiaba seguir sintiéndola bajo sus dedos. Y verla ahí sentada, a su lado, con las piernas cruzadas y los labios agarrando con suavidad la caña del refresco estaba haciendo que perdiera el poco sentido común que le quedaba.

―Marinette―dijo entonces Adrien, rompiendo el silencio que reinaba en la sala de cine; tenía que acabar con aquello ya. Se giró hacia ella y la encaró, aparentando más firmeza de la que sentía realmente―, tenemos que hablar de lo de la otra anoche.

Marinette, que hasta ese momento había estado contando mentalmente los ovillos que le quedaban en el costurero, desvió la mirada, incómoda.

―Sé que te dije que te daría tiempo, pero no puedo quedarme quieto mientras piensas que soy un mentiroso o que he intentado aprovecharme de ti o…

―No pienso nada de eso―murmuró Marinette, con las mejillas rojas y sin mirarle a los ojos―. Solo estoy confusa, nada más.

―Lo entiendo―asintió Adrien, conforme―. Necesito que me escuches, por favor.

Marinette cerró los ojos, cansada.

―No es tan fácil como crees, Adrien―repuso ella con suavidad, sintiendo cómo aquel nombre le quemaba la garganta como si tuviese un hierro ardiendo sobre ella.

―¿Confías en mí?―inquirió Adrien, alzando una mano y tendiéndosela a Marinette. Rogó en silencio para que la aceptara.

Ella se quedó mirando la mano con los ojos muy abiertos, sorprendida. Aquello le recordaba a su escena favorita de Aladdin, cuando Aladdin le ofrecía un viaje de ensueño a la princesa Jasmine. La diferencia era que ella no era ninguna princesa, por mucho que Adrien se empeñara en llamarla así, y que aquel no era un cuento de hadas.

¿Confiaba en él?

No tenía lógica, pero sí. Total y absolutamente. A pesar de todas sus preguntas y sus dudas, confiaba en él, aunque seguía sin decidir cómo sentirse al respecto.

―Sí―respondió Marinette, aceptando su mano y sintiendo una descarga que le recorrió el brazo y le llegó hasta la punta de los pies; era imposible que no sintiera nada.

Adrien sonrió de esa manera que Marinette había visto tantas veces en Chat y se llevó su mano a la boca para darle un casto beso en los nudillos. Marinette no se acostumbraría nunca a esos gestos.

―Eso ha sido muy "Chat"―comentó ella con un hilo de voz, ocultando una sonrisa.

Adrien rio por lo bajo sin soltarle la mano.

―¿Me escucharás?

Marinette suspiró y se encogió de hombros.

―Supongo… Aunque―fijó sus ojos azules en los verdes de Adrien y, ahogando las ganas de gritar que tenía, añadió:―, no quiero mentiras. Quiero que seas completamente sincero conmigo.

―Nunca te he mentido…

―Ya sabes a lo que me refiero.

Adrien volvió a asentir con la cabeza. Empezó a acariciar el dorso de la mano de Marinette con el pulgar con movimientos inexactos, como si aquel pequeño caos le ordenara las ideas. Marinette se mordió el labio inferior, aún no entraba nadie en la sala y todavía quedaban unos minutos para que empezara la película.

―Antes―comenzó a hablar Adrien, recuperando su atención―, me has preguntado que quién soy en realidad. Lo cierto es que no tengo ni idea―sonrió con tristeza―. Me he llevado toda mi vida escondiendo mis sentimientos, escondiendo mi auténtica personalidad y ahora no sé si Chat es tan real como Adrien. Soy ambos y, a la vez, ninguno. Nunca me he sentido con la libertad suficiente de poder hacer lo que quiero, salvo contigo.

Marinette se tensó. Intentó mantener la mente abierta para tratar de comprenderle mejor. Y pensar que ella creía que le conocía bien…

―No tengo miedo de ser yo mismo contigo―prosiguió Adrien―, chistes de gatos incluidos.

Marinette sonrió.

―Son absurdos, admítelo.

―Son originales―se defendió Adrien; el pulso le iba a mil por hora―. Salvo por eso, todo lo que te he dicho sobre mí es verdad. Lo que siento por ti es real―susurró, acercándose a Marinette por encima del reposabrazos que separaba los sillones de ambos―. Estoy enamorado de ti y siento mucho no haberme dado cuenta antes.

Marinette no supo qué decir. No se le ocurrían las palabras. Aquello que había soñado durante tanto tiempo se estaba cumpliendo. ¿Por qué no era capaz de reaccionar?

―Yo…―suspiró Adrien, al ver que Marinette no respondía― Si paré lo de la otra noche fue porque no quería que pasara nada sin que supieras quién soy y lo que siento por ti. No importa si soy Chat o no, sigo soñando contigo todas las malditas noches desde aquella vez que Glaciator casi te congela. No sé cómo ha pasado, yo solo…―Adrien dejó de hablar, agobiado.

―¿Por qué no te acercaste a mí como Adrien en lugar de como Chat Noir? ―quiso saber Marinette, sacando la voz de no se-sabía-dónde― Todo habría sido mucho más sencillo.

Adrien le soltó la mano y se la llevó a la cara.

―Por varias razones, supongo―admitió, encogiéndose de hombros y sin dejar de mirarla a los ojos; quería que ella leyera la verdad en ellos―. Te ponías nerviosa cuando estaba contigo, así que no quería incomodarte. Sabía que Chloe te atacaría si yo me acercaba más a ti, así que quise ahorrarte el mal rato y me mantuve a distancia durante las horas del instituto. Y también vi que no tenías problemas al hablar conmigo mientras tenía el traje puesto, de modo que pensé que sería una buena forma de conocerte mejor. Lo que nunca me imaginé era que acabaría enamorándome de ti.

Marinette agachó la cabeza, avergonzada. Adrien la miró.

―¿No vas a decir nada?―preguntó tras unos minutos en silencio, en los que la sala de cine empezó a llenarse poco a poco; la película estaba a punto de comenzar.

Marinette se mordió el labio inferior y agarró el bajo de la falda con las dos manos. Ahora se sentía doblemente peor. Ahora era ella la que no estaba siendo del todo sincera con él. No se atrevía a contarle que era Ladybug y, precisamente por eso mismo, no podía aceptar del todo los sentimientos de Adrien (cosa que aún no se creía ni asimilaba).

―Es que…―empezó a decir Marinette, agradeciendo la presencia de los espectadores, que le ofrecían una distracción fácil y una salida rápida si quería detener la conversación― Yo…

―Me dijiste que te habías enamorado de Chat―dijo Adrien con suavidad, volviendo a acercarse a ella para sujetarle la cara por la barbilla y obligarla a mirarle―. Me dijiste que te habías olvidado de Adrien. ¿De verdad no puedo hacer nada para gustarte por completo? ¿No tengo ninguna oportunidad?