Marinette apenas fue consciente de cuándo Adrien se acomodó junto a ella y le cogió el rostro con las dos manos, enfundadas en los guantes negros de Chat Noir, antes de mirarla una última vez y lanzarse contra su boca, hambriento. Marinette ahogó un grito de sorpresa, pero pronto sus manos recorrieron el pecho de Adrien hasta buscar su nuca y su pelo. Se aferró a él con fuerza mientras la llevaba en brazos hasta la cama y la depositaba en ella. Marinette agradeció en silencio que sus padres ya estuvieran acostados. Había sido difícil ocultarles lo nerviosa que estaba por llegar a su habitación; sabía que había alguien esperándola allí.
―Mari―suspiró Adrien, separándose de su boca y recorriéndole con los labios la mejilla izquierda hasta llegar a su oreja―, te quiero.
Marinette jadeó, echando la cabeza hacia atrás, sobre su almohada. Las manos de Adrien reaccionaron al escucharla y comenzaron a acariciarla de arriba abajo. Ni siquiera había dejado que Marinette se cambiara de ropa. La falda se le había subido por las piernas y los dedos de Adrien se aventuraban a rozarle la piel por encima de las medias hasta llegar a la cintura y tirar de ellas hacia abajo. Pataleando, Marinette se deshizo de ellas y envolvió con sus piernas la cintura de Adrien, tal y como había hecho días atrás. Al notar su cercanía y su predisposición, el héroe oscuro gimió de satisfacción.
La boca de Adrien se deslizó hasta su cuello y comenzó a repartir besos pequeños y lametones a lo largo de la zona. Marinette notó cómo se le erizaba la piel, respondiéndole de una forma casi sobrenatural. Su espalda se arqueó cuando la boca de Adrien llegó hasta el hueco del cuello y serpenteó por el escote de la blusa negra de encaje y algodón. Abriendo un poco los ojos, se maravilló con la adoración que veía en sus atenciones. Adrien no dejaba ni un solo hueco por explorar. Al tiempo que sus labios esparcían besos húmedos por su piel, buscando los montículos de sus pechos, sus manos cubiertas de cuero negro se deslizaban sin descanso por sus piernas, sin sobrepasar el límite que marcaba su ropa interior. Incluso cegado por su deseo, Adrien era capaz de distinguir lo que podía hacer de lo que no. Sin embargo, eso no significaba que fuese indemne al calor que desprendía el cuerpo de Marinette.
―Princesa―susurró, mirándola a los ojos desde el centro de su pecho―, déjame verte.
Marinette supo enseguida a lo que se refería. Con los nervios flor de piel, deslizó la yema de los dedos por su pelo hasta llegar a las mejillas. Adrien ladeó la cabeza para poder besarle con cariño la palma de una de sus manos. Marinette se estremeció.
―Vale…―aceptó con un hilo de voz.
Los ojos de gato de Adrien brillaron de emoción. Fue el único gesto que hizo saber a Marinette lo mucho que le había gustado su respuesta. Adrien se alzó sobre sus manos y volvió a besarle los labios con infinita dulzura. Marinette creyó que se derretiría en cualquier momento.
Poco a pocos, las manos de Adrien subieron por sus piernas hasta llegar a la cintura de la falda. Con cuidado, y avisándola por medio de sus susurros, subió su blusa negra y fue tirando de ella hacia arriba hasta sacársela por la cabeza y los brazos. Adrien intentó no entretenerse mucho con la maravillosa vista de los pechos de Marinette envueltos en un sujetador negro que realzaba sus curvas. Se concentró exclusivamente en seguir quitándole la ropa y en que las manos no le temblaran durante el proceso. Mientras, Marinette se dejaba desnudar como si fuera una muñeca de porcelana. Su piel clara relucía en la penumbra como una de las estrellas que coronaban el firmamento.
En cuanto su bonita falda roja desapareció y ella se hubo quedado solamente vestida con la ropa interior, un rubor intenso le cubrió las mejillas y quiso taparse con la colcha de la cama.
―De eso nada―protestó Adrien, impidiéndole que hiciera lo que pretendía sujetándole las manos sin hacerle daño―. Quiero verte.
Marinette cerró los ojos, muerta de vergüenza y ladeó la cabeza para esconder el rostro en la almohada. Su pecho subía y bajaba con rapidez mientras intentaba tranquilizarse y autoconvencerse de que Adrien no la estaba examinando con los ojos. De hecho, no notaba sus manos acariciándola por ninguna parte por lo que, pasados unos segundos, se atrevió a mirar.
Adrien estaba en shock. Ya había visto a Marinette antes en biquini, una vez que fueron con sus amigos del instituto a la piscina, en verano. Le había parecido sumamente bonita, pero en aquel momento su corazón le pertenecía a Ladybug y no había sabido verla como realmente era. Ahora, todo él le pertenecía a la chica que tenía bajo su cuerpo. Ahí, bajo la tenue luz que llegaba desde la calle y gracias a su visión nocturna, Adrien sintió que el corazón se le paraba. Marinette era menuda, pero su cuerpo ya no era el de una niña. Le encantó la forma en que la curva de su cintura se unía con sus caderas, formando un reloj de arena perfecto. Sus muslos eran generosos a pesar de su delgadez y estos se unían para intentar ocultar el centro de su deseo. Inconscientemente, se pasó la punta de la lengua por los labios en cuanto sus ojos se posaron sobre su monte de Venus, cubierto aún por las braguitas negras de algodón. Aquel gesto hizo que Marinette jadeara.
A pesar de los minutos que llevaban sin tocarse, el deseo no había disminuido. Al contrario, la tensión sexual se había hecho más patente y Adrien casi parecía no querer tocarla por miedo a que desapareciera.
―¿Adrien?―murmuró Marinette con absoluta timidez.
El joven Agreste parpadeó, medio cegado.
―¿Cómo puedes ser tan bonita?―dijo Adrien.
Marinette sonrió un poco.
―No es justo que yo esté así y tú sigas con el traje de Chat Noir―se quejó ella para intentar desviar la atención hacia él; Marinette también estaba deseando verle por completo en persona (ya se había maravillado suficiente con fotos de sus sesiones de ropa interior).
Adrien sacudió la cabeza, regresando a la realidad y volviendo a adoptar la actitud de travieso.
―¿No te has hartado de verme así en las fotos de los reportajes?
Marinette se sonrojó aún más, aunque no cedió.
―No―repuso ella, haciendo reír al gato negro―. Vamos, te toca.
―Como desees―concedió Adrien con voz grave.
Se separó de ella lo suficiente para poder desprenderse de Plagg sin problemas. En cuanto su kwami hubo salido del anillo de plata, le lanzó un envoltorio transparente con un trozo de queso dentro y se volvió hacia Marinette que miraba, divertida, cómo el pequeño gatito negro se esfumaba cantándole una oda al camembert. No obstante, su atención se centró de nuevo en Adrien cuando cubrió sus caderas con las rodillas, aprisionándola. Extendió los brazos y levantó la barbilla.
―Soy todo tuyo.
Marinette rio de nuevo y se enderezó lo suficiente como para poder ponerle las manos sobre la corbata y deshacer el nudo sin problemas. Una de las ventajas de ser diseñadora era que tenía una habilidad especial quitando y poniendo ropa a maniquíes. Desvestir a Adrien no debía de ser muy diferente.
―¿Llevabas comida encima?―preguntó, aprovechando su situación para exhalar su aliento sobre el cuello de Adrien, que contuvo un estremecimiento.
―La chaqueta tiene bolsillos interiores y Plagg siempre tiene hambre―respondió Adrien, bajando la cabeza para encontrarse con los ojos de Marinette fijos en él―, igual que yo ahora.
La chica se sonrojó, pero dejó que él la besara de nuevo. Sus manos se movieron solas para quitarle la chaqueta y empezar a desabrochar los botones de su camisa. Se le escapó un gemido cuando se dio cuenta de que la fina tela estaba pegada a su piel y le marcaba a la perfección el cuerpo. A medida que sus dedos se deshacían de los botones, trazaron un sinuoso camino por el centro de su pecho, el estómago, los abdominales y el ombligo. Marinette intentó concentrarse en su tarea de dejarle tan expuesto como estaba ella, aunque Adrien se lo estaba poniendo realmente difícil mientras le desabrochaba el sujetador y le acariciaba la espalda con ambas manos, apretándole contra él.
―¿Lo estás haciendo a propósito?―murmuró Adrien agachando la cabeza y pegando la boca a la línea del hombro de Marinette.
―¿El qué?―preguntó ella, temblorosa, siendo consciente de que tendría que mirar en algún momento hacia abajo para deshacerse de sus pantalones.
―Esto―se señaló con un dedo―, me estás torturando, Mari.
Ella sonrió, pagada de sí misma y le dio un suave beso en el centro del pecho, entre ambos pectorales. Adrien inspiró con fuerza.
―Eso sí lo he hecho queriendo―respondió Marinette, ganándose un mordisco en el hombro―. ¡Ah!
―Sh―chistó Adrien, lamiéndole el lugar donde le había mordido y dejando un beso en el mismo lugar―, tus padres están durmiendo. No me apetece que venga tu padre a echarme a patadas de aquí.
―Ya, a mí tampoco―coincidió Marinette, inspirando con fuerza―. Vale…
Respiró hondo y contó hasta tres mentalmente. Se fue separando del cuerpo de Adrien poco a poco hasta que, finalmente, pudo contemplarlo en toda su gloria. Levemente bronceado, no tenía ni un solo vello en el pecho y parecía sacado de una escultura griega. No tenía los músculos demasiado marcados, solo lo justo y necesario para que ella sintiera como si se fuera a desmayar en cualquier momento. Los brazos de Adrien eran fuertes, seguros, tanto que no pudo evitar la tentación de pasear las manos por sus bíceps y asegurarse de que era real. Después, sintió la necesidad de notar el calor de su corazón bajo sus dedos. Le martilleaba con fuerza, al tiempo que el aliento de Adrien le despeinaba un poco el flequillo.
Adrien se removió frente a ella, haciendo que le mirase a los ojos.
―Creía que tú no te fijabas en el físico―comentó con una media sonrisa triste.
―Y no lo hago―replicó Marinette, tragando saliva con fuerza―, pero sé distinguir la belleza. Y tú―afianzó la mano sobre su corazón; Adrien alzó una de las suyas y entrelazó sus dedos con los de ella―, eres hermoso por fuera y por dentro.
―¿Incluso… si fuera como Max?
Marinette rio levemente.
―Max tiene su encanto, pero me van más un rubio con ojos verdes que tiende a vestir de negro con orejas de gato.
―Vaya, ese tío tiene muchos imitadores. ¿No te confundirás?
Marinette negó con la cabeza, divertida.
―En absoluto―y, sin saber por qué, levantó la cabeza todo lo que pudo y, esta vez, fue ella quien provocó el contacto de sus labios con los de él.
Adrien suspiró en su boca y se dejó llevar. La sujetó de la espalda y se deshizo por completo del sujetador antes de tumbarla de nuevo y pelearse con los botones de sus pantalones. En cuanto se los hubo quitado, tiró de la ropa interior y la dejó en el suelo, a los pies de la cama. Mientras, Marinette, abrumada por los sentimientos hacia Adrien y lo que él le transmitía, se quitó las braguitas de algodón. En cuanto estuvieron ambos desnudos, pararon de besarse, aunque no dejaron de mirarse a los ojos. Marinette había perdido casi por completo su timidez, aunque leve rubor aún coronaba sus mejillas. Adrien adoraba la forma que tenía su piel de enviarle mensajes. Le deseaba, pero seguía teniendo miedo y seguía avergonzándose un poco por todo aquello.
―¿Estás bien?―susurró, echándole un rápido vistazo a todo su cuerpo cuando ella cerró los ojos para intentar normalizar su respiración.
―Sí―respondió, volviendo a mirarle, ahora con más seguridad―. Solo estoy… nerviosa. Tengo miedo.
Adrien frunció el ceño y comenzó a apartarse. De ninguna manera iba a permitir que pasara nada si no estaba segura.
―¡No!―protestó ella demasiado alto, echándole los brazos a la espalda y tirando de él para que siguiera pegado a su cuerpo― No te tengo miedo a ti. Es que… Siempre he escuchado que duele y…
Por un segundo, Adrien se sintió aliviado. Saber que lo que Marinette temía era el dolor al perder la virginidad, saber que ella nunca había estado con nadie de esa manera, hacía que la temperatura regresase a su cuerpo y dejara de luchar por alejarse de ella.
―Intentaré no hacerte daño―le prometió, acariciándole con una mano la cara y con la otra el vientre, avisándola―. ¿Puedo… puedo tocarte?
Marinette se mordió el labio inferior y asintió levemente. Adrien no sonrió, a pesar de que lo estaba deseando. Con una suave caricia, Adrien dibujó ondas por el vientre de Marinette hasta encontrarse con la suavidad de su monte de Venus. Su vello era tan fino que le se antojaba seda. Siguió haciendo figuras sin sentido para ir acostumbrándola a su tacto hasta que, de pronto, encontró la hendidura que daba paso al foco de calor de Marinette. Ella inspiró, preparándose. En cuanto Adrien tocó su centro, algo estalló dentro de ella.
Marinette echó la cabeza hacia atrás al tiempo que Adrien intentaba no enloquecer. Estaba húmeda y tremendamente suave. Inició el descenso sin dejar de apretar el pequeño botón de placer de Marinette. A medida que se adentraba en sus labios, más incapaz se sentía de mantener el control. Halló su entrada y la rodeó con un dedo, tanteándola y disfrutando al ver cómo Marinette cerraba los ojos y boqueaba. Sus manos se habían hundido en su espalda y su pelo, tirando de él como si fuera un ancla. Finalmente, tras unos cuantos segundos poniéndola sobre aviso, la penetró con el dedo.
―Ah―jadeó Marinette, abriendo los ojos por completo y buscando los de Adrien, que parecía a punto de morir de felicidad.
Adrien sacó el dedo con delicadeza y levantó la mano. Lo miró y se lo llevó a la boca para degustarlo. Los ojos de Marinette casi se salen de sus órbitas al ver aquel gesto tan íntimo y sensual. Sintió que se humedecía de nuevo sin remedio. Adrien la miró, lamiéndose los restos de los labios.
―¿Cómo es posible que seas dulce incluso ahí abajo?―murmuró con voz ronca.
―Adrien…―suspiró Marinette, dejándose llevar por la necesidad de sentirle de nuevo― Otra vez…
Él sonrió y asintió. En esa ocasión, no hubo aviso. La tanteó como pudo y le metió el dedo de nuevo. Repitió la misma operación varias veces al tiempo que controlaba su erección y el calor que se le agolpaba en la punta. Tenía que aguantar, necesitaba aguantar, pero antes haría que Marinette recordara su primera vez con él. Y lo hizo. Alternó las caricias con besos en sus pechos. Lamió sus pezones hasta sentirlo erectos bajo su lengua sin dejar de introducir y sacar el dedo del interior de Marinette. Con la mano libre, la acarició de arriba abajo hasta que el cóctel molotov que era sentir a Adrien por todas partes explotó. Marinette se aferró a la colcha de la cama y abrió la boca para gritar, pero Adrien fue más rápido y se la cubrió con los labios, tragándose su orgasmo como si lo necesitara para vivir.
Solo cuando se hubo asegurado de que ella ya no iba a gritar más, dejó de besarla y sacó la mano de su entrepierna, completamente empapada. Adrien aprovechó aquello para lubricar su erección y notar a Marinette más cerca. Mientras, ella trataba de abrir los ojos, ordenando a su cerebro que regresase a la Tierra, aunque Adrien no estaba por la labor de dejar que eso ocurriera. El joven Agreste se posicionó entre ambas piernas, ya abiertas y situó su erección en la entrada. Dejó caer el peso de su cuerpo sobre sus codos y las caderas de Marinette, que le envolvió la cintura con las piernas, instándole a entrar.
Adrien apretó los dientes, muerto de deseo y de amor por ella.
―¿Puedo entrar?―preguntó con esfuerzo.
―Sí… Por favor…
Adrien asintió. Recordó entonces que llevaba un par de preservativos en la chaqueta, por lo que se removió sobre Marinette y la alcanzó. Rebuscó en ella hasta encontrar uno de los dos paquetes. Lo cogió, lo abrió con los dientes y sacó de él el condón. Se lo puso con tanta rapidez que Marinette no podía quitarle los ojos de encima. Dejando a un lado la viscosidad del preservativo, Adrien era un auténtico monumento de pies a cabeza. ¿Cómo narices iba a entrar aquello en ella? La cuestión la aturdía pero, al mismo tiempo, acrecentaba su deseo.
Una vez ubicado de nuevo en su entrada, Adrien se mordió el labio inferior y, poco a poco, se fue adentrando en aquella cueva de placer y calor.
