Marinette hundió los dedos en la colcha al notar un fuerte pinchazo de dolor. Adrien paró, jadeando y se inclinó para besar con ternura a Marinette por toda la cara.
―Lo siento, lo siento, lo siento…―repetía una y otra vez a modo de súplica― Perdóname.
Marinette intentó sonreír, la punzada de dolor iba a desapareciendo a una rapidez inesperada.
―Tranquilo, estoy bien―le aseguró, acariciándole las mejillas con ambas manos.
Adrien la miró, preocupado.
―¿Estás segura? Puedo salir y no seguir adelante, si te duele mucho.
Marinette amplió la sonrisa y le besó los labios, sintiendo cómo el corazón se le expandía dentro del pecho. Ese era el Adrien de quien se había enamorado en un principio.
―No―murmuró contra su boca y abriendo los ojos para mirarle fijamente―. No pares. Muévete.
Adrien dudó. No quería que ella sufriera, a pesar de lo mucho que le gustaba tener las paredes de Marinette apresándole como si fuera una trampa. Haciendo un gran esfuerzo, se apartó de ella y volvió a adentrarse con cuidado. En esa ocasión, Marinette no sintió nada de dolor, sino un torrente de placer que la hizo gemir y echar la cabeza hacia atrás. Adrien respiró hondo y se movió de nuevo, obteniendo la misma respuesta por parte de ella. Solo entonces, cuando Marinette le alcanzó la espalda y le pegó a su cuerpo, se dejó llevar por las mil y una sensaciones que le provocaba tenerla así.
Al principio, Adrien fue muy cuidadoso pero, a medida que pasaba el tiempo, se le hacía más y más difícil mantener el control sobre sí mismo. Marinette tampoco ayudaba en su misión con los sonidos que profería y su forma de llamarle, gimiendo su nombre como si fuera una oración. Además, la veía tal y como era, extasiada y brillante. Aquella primera vez estaba siendo perfecta y él no pensaba arruinársela; de modo que mantuvo el ritmo y lo aumentó cuando Marinette se lo pidió. Sus músculos se resentían del esfuerzo y el calor se le agolpaba en la base y en la punta.
Por suerte, en ese instante, Marinette llegó a la cima con un gritó que ahogó en su hombro y él pudo dejarse ir junto a ella. Exhaló su aliento sobre su cuello y permitió que el orgasmo arrasara con él. Aun así, en medio de una nube de lucidez, pudo notar las manos de Marinette recorriéndole la espalda, los hombros y los costados, como un suave masaje de agradecimiento. Adrien cerró los ojos, agotado. Estaba en la gloria.
Por su parte, Marinette solo podía acariciarle con todo el amor que era capaz de reunir en el clímax. Sus ojos se empañaron de alegría y placer mientras su cuerpo y su alma se unían al de Adrien. Una enorme sonrisa apareció en su rostro cuando él se dejó caer sobre ella, aunque mantuvo parte de su peso sobre sus brazos para no aplastarla. Incluso después de aquella experiencia asoladora, Adrien cuidaba de ella.
―¿Estás bien?―murmuró Adrien contra ella, besándole el hombro.
Marinette asintió, aunque él no podía verle la cara.
―Sí―suspiró ella, feliz―, muy bien.
Adrien sonrió. Sacando fuerzas de donde no tenía, se alzó sobre sus brazos y salió de Marinette para poder tumbarse a su lado. Marinette estiró las piernas al tiempo que Adrien se quitaba el preservativo y le hacía un nudo. Lo dejo en el suelo, junto a la cama y estiró los brazos por encima de su cabeza, atrayendo a Marinette para pegarla a su costado. Le dio un beso en la frente y se acurrucó junto a ella. Por su parte, Marinette se dejó mimar, aunque no pudo evitar llevarse una mano a la entrepierna para comprobar si había manchado. Efectivamente, ahí había una pequeña muestra de sangre que indicaba aquello que había perdido. Se sintió extraña.
―¿Te he hecho mucho daño?―preguntó Adrien, volviendo a preocuparse por su estado.
―Solo un poco―admitió Marinette, recordando vagamente el pinchazo de dolor que la había atravesado cuando Adrien penetró en ella―. Pero es normal, se me pasará.
Adrien frunció el ceño y agachó la cara para examinarle el rostro. Marinette le devolvió la mirada junto a una sonrisa.
―Relájate, gatito. Estoy perfectamente.
Sin embargo, él no podía hacer eso. Quería que Marinette estuviera perfectamente, tal y como él se encontraba después de haber perdido la virginidad con ella. Quería que el momento fuera perfecto para ambos, no solo para uno de los dos. Así que, se levantó de la cama con resolución y bajó las escaleras, sin ni siquiera vestirse, para entrar en el cuarto de baño y empapar una toalla. Cogió otra seca y subió con ambas hasta la cama. Marinette le observaba, medio divertida medio avergonzada.
―¿Qué haces?
Adrien no contestó. Se limitó a dejar la toalla seca sobre la cama y a abrirle las piernas a Marinette con la otra mano. Ella intentó encogerse, pero Adrien era más fuerte de modo que no tuvo otra opción que dejar que le pusiera la toalla en la entrepierna y le limpiara. Marinette se sorprendió al ver la concentración en los ojos de Adrien. Le maravilló darse cuenta que la limpiaba como si fuese lo más natural del mundo, como si no llevaran apenas unas horas juntos. Parecía más una rutina de una pareja con años de confianza a sus espaldas que dos adolescentes que recién se estaban conociendo. Por eso se quedó quieta hasta que Adrien terminó de con la toalla húmeda y cogió la seca. En cuanto hubo acabado, Marinette se puso de rodillas con rapidez y le besó, pillando por sorpresa al joven Agreste.
―Gracias―murmuró Marinette tras el beso, roja como un tomate.
Adrien tardó unos segundos en responder con un guiño. Se levantó y lo puso todo en su sitio, en el baño, para después regresar a la cama y tumbarse junto a Marinette, que había deshecho la cama para poder taparse. Le gustó que no se hubiera vestido, significaba que realmente confiaba en él. Una vez la tuvo a su lado, con la cabeza y una mano sobre su pecho, respiró hondo.
Aún no podía creer nada de lo que había ocurrido.
―Te quiero―susurró, sintiendo como si, a medida que lo dijese más veces, su amor por ella aumentara―. Gracias por confiar en mí.
Marinette solo asintió con la cabeza. De nuevo, ahí estaba el tema de la confianza. Jamás había dudado de él, sino de lo que ella misma sentía y se había dado cuenta de que, si había llegado a enamorarse dos veces de la misma persona sin saberlo, significaba que su corazón nunca pertenecería a nadie que no fuera Adrien. La cuestión que quedaba ahora por resolver, aunque él no lo supiera, era si Adrien sería capaz de llegar a la misma conclusión o si pensaría lo mismo que ella.
No obstante, a pesar de que sabía que tendría que decírselo pronto, no se veía capaz de abordar el tema en esos momentos. Por lo que se concentró en la respiración de Adrien, en su pecho subiendo y bajando, en su contacto. Su sueño se había hecho realidad, lo menos que podía hacer era disfrutarlo.
Por el momento...
