Adrien estaba acostumbrado a que le despertara Plagg, con sus incesantes exigencias de camembert mañanero, o el despertador de su mesita de noche. Sin embargo, lo primero que él escuchó el sábado por la mañana fue un estruendo y el ruido del caos en la calle. Algo dentro de él le impulsó hacia adelante y le hizo abrir los ojos. A su lado, Marinette había reaccionado de la misma forma. Al mismo tiempo, ambos se levantaron de la cama sin siquiera mirarse y se asomaron a la ventana de la habitación de Marinette. París estaba hecho un auténtico desastre, con el pavimento levantado, las carreteras cortadas y el Sena inundando toda la ciudad. Al otro lado del río, las campanas de Notre Dame avisaban del desastre y se camuflaban entre el sonido de los gritos de auxilio de los parisinos.
―Dios mío―murmuró Marinette, completamente despierta y anonadada―. Jamás había visto nada igual…
―Esto solo pasa en las películas―coincidió Adrien al ver un árbol pasar volando por delante de ellos―. Tengo que irme.
Aquellas palabras pulsaron un botón de alarma en el cerebro de Marinette. París necesitaba a Ladybug y, junto a ella, debía estar Chat Noir. No obstante, por primera vez desde hacía más de dos años, tuvo auténtico miedo por él.
―Esto no se parece a nada que te hayas enfrentado antes―dijo Marinette, omitiendo con esfuerzo el nos―. No puedes ir y, simplemente, hacer algo.
―¿Y qué pretendes que haga?―inquirió Adrien, entre enfadado y sorprendido― ¿Quieres que me quede de brazos cruzados? ¡No puedo fallarle a París!
―¡Y yo no puedo perderte a ti!―respondió Marinette, sintiendo que el torrente de emociones se desbordaba.
Adrien la miró a los ojos. Pudo distinguir su miedo y, en parte, se alegró de que ella se preocupara por él. Sin embargo, había algo más, algo que no podía comprender del todo. Los ojos azules de Marinette se habían oscurecido de una forma casi antinatural para, después, brillar con la misma fuerza de una estrella. Y, entonces, supo exactamente lo que estaba viendo: determinación.
―Iré contigo―sentenció Marinette, dando salto al otro lado de la cama con una agilidad que sorprendió a Adrien y le dejó sin palabras durante unos segundos.
―¿Qué? No, no, no. Tú te quedas aquí, con tus padres, en un lugar seguro…
―¿No lo ves? ―le interrumpió Marinette, bajando las escaleras desnuda, obviando claramente que ambos estaban sin ropa y que no era la mejor situación para debatir si debía o no entrar en combate― No hay ningún lugar seguro ahora mismo. Iré contigo. Si esto es obra de un akuma, me necesitarás.
Adrien frunció el ceño. Sacudió la cabeza, confuso. No tenía ni idea de qué decirle a una Marinette resuelta y segura de sí misma. Estaba acostumbrado a lidiar con una chica tímida, pero resistente; capaz, pero insegura. ¿De dónde había salido aquella Marinette? ¿Así era ella en realidad? ¿Cuánto no conocía de la chica de la que estaba enamorado? Además, que aquella actitud le recordara a Ladybug no ayudaba en absoluto.
―Marinette―suspiró Adrien, avanzando hacia donde estaba ella, buscando ropa en su armario; le puso la mano en el hombro y ella reaccionó de inmediato, girándose con demasiada fuerza―. Tranquila, soy yo…
Marinette le miró. Estaba concentrada en los gritos del exterior, tanto que se había olvidado por completo de que Adrien estaba tras ella.
―Lo siento―musitó, recogiéndose el pelo en sus dos coletas habituales con un par de gomillas rojas―, créeme, lo siento muchísimo.
―¿A qué te refieres?
Marinette se mordió el labio inferior. No era así como había pensado que sería. Ella había imaginado que le confesaría su identidad secreta cuando la relación fuese un poco más estable y ambos estuvieran seguros de que aquello iba a funcionar. Y, sin embargo, ahí estaba, caminando de puntillas por una cuerda demasiado tensa. Sabía que, en cuanto convocara el poder de la creación, la cuerda se rompería y ella caería al vacío. Tenía la esperanza de que Adrien la agarrase de la mano y le dijese que todo iba a ir bien, que no le había decepcionado y que, mucho menos, se sentía engañado. Pero aquello era demasiado absurdo y Marinette lo tenía claro.
Jamás olvidaría aquellas horas de ensueño con Adrien. Era una buena forma de despedirse para siempre de cualquier tipo de relación con él, pensó. Nada mejor que una confesión de amor verdadero y una noche de entrega.
Ahora, era el momento de despertar.
―Tikki―suspiró, cerrando los ojos―, puntos fuera.
Adrien abrió los ojos por completo, apenas unos segundos antes de cerrarlos para ver como una pequeña criatura roja y negra salía de un joyero de Marinette y se adentraba en los pendientes que siempre llevaba puestos. Las pequeñas perlas negras se tiñeron de rojo y Adrien ya no pudo ver más. Un cegador resplandor rosado la cubrió durante unos segundos. La mente de Adrien se quedó en blanco cuando, una vez hubo desaparecido la luz, se atrevió a abrir los ojos y se encontró la que había sido la dueña de su corazón durante tanto tiempo.
―Marinette…―vocalizó, sin emitir ningún sonido.
Ella abrió los ojos y le devolvió la mirada con tristeza. Sonrió sin ganas y alzó una mano para acariciarle la cara. Adrien no se movió, sus piernas se habían quedado clavadas en el suelo.
―No quería que lo supieras de esta forma―dijo Marinette con un hilo de voz―. Solo quiero que me perdones por habértelo ocultado y que, esta vez, seas tú quien escuche mis explicaciones.
Inconscientemente, Adrien subió una de sus manos para encontrarse con los dedos enguantados en piel roja de Ladybug. Su Ladybug, su Marinette, su princesa… Todas eran la misma persona. Quiso echarse a reír, pero no pudo. Quiso llorar, pero no le salían las lágrimas. Quiso gritar, pero se había quedado sin voz.
―Tenemos que salir ahí afuera, Adrien―prosiguió Marinette, intentando adoptar su papel de Ladybug; solo así podría enterrar las ganas de llorar que tenía―. No lo harás solo. Te necesito, Adrien. Necesito tu ayuda para parar esto.
En ese instante, el suelo tembló bajo sus pies y el edificio contiguo, al otro lado de la calle, se desplomó sobre sus cimientos como si estuviese hecha de plastilina. El estruendo hizo parpadear a Adrien, que seguía en estado de shock. Poco a poco, su mente empezó a funcionar. Marinette era Ladybug y, aunque pareciera mentira, aquello no le incomodaba lo más mínimo. Al contrario, era como una especie de milagro. Empezaba a comprender por qué se había sentido tan mal consigo mismo mientras se fijaba en Marinette al tiempo que le tiraba la caña a Ladybug.
―Tú me… necesitas―repitió Adrien; su corazón se había roto y se estaba recomponiendo a una velocidad insoportable. Ahora todo tenía sentido y era un alivio saber que siempre había estado enamorado de la misma chica, aunque no lo supiera ni tuviera idea de qué decir al respecto.
Marinette asintió, temblorosa. Bajó sus manos entrelazadas y le dio un suave apretón.
―Ladybug no es nada sin Chat Noir.
Adrien bajó la mirada hasta sus manos. Su boca actuó por sí sola, llamando a Plagg. En un abrir y cerrar de ojos, Adrien estaba cubierto por el mono de cuero negro, los guantes con uñas afiladas, la máscara oscura y las orejas de gato que amplificaban su oído natural. Marinette sonrió sin poder evitarlo y una lágrima de alivio escapó de sus ojos. No sabía si eso significaba que la aceptaba, pero al menos no la dejaría sola para luchar contra lo que estuviese destruyendo la ciudad.
―Vamos a detener esta cat-ástrofe―declaró Chat con una sonrisa y un brillo peligroso en sus ojos verdes.
Marinette rodó los ojos, divertida. Sabía que luego tendrían que encargarse de su relación; en esos instantes, solo eran Ladybug y Chat Noir.
… … … …
Los temblores que habían acosado París en las últimas horas habían cesado apenas cinco minutos antes de que Ladybug y Chat Noir aterrizaran con suavidad sobre lo que quedaba de la Torre Eiffel. La parte superior de la construcción se había derrumbado sobre parte de los jardines que la rodeaban, de modo que ahora solo se mantenía en pie poco más de la mitad de la torre.
Ladybug frunció el ceño, mirando a su alrededor. El puente de Alexandre III se había roto por la mitad y algunas de las gárgolas que había repartidas a ambos extremos se habían caído al suelo. Sin embargo, las flores y la hierba de los jardines a sus pies estaban completamente a salvo. Por otro lado, parte del río se había desbordado e inundaba el paseo fluvial. El enorme rosetón que coronaba Notre Dame se había hecho añicos, algunas de sus campanas habían caído al suelo, llevándose consigo gárgolas y piezas góticas originales. El Palacio de Luxemburgo estaba irreconocible, con solo unas cuantas columnas en pie.
La ciudad estaba hecha un auténtico desastre.
―Dios mío―murmuró Ladybug, sobrecogida.
―Esto parece el escenario de la película 2012―comentó Chat, agachándose junto a su compañera―. Va a ser difícil encontrar el origen de lo que haya arrasado la ciudad.
Ladybug asintió.
―Sí, aunque tiene pinta de que solo se ha quedado aquí. No ha ido más allá de las villas y los campos de los alrededores de la ciudad―miró a Chat desde su altura, controlando la incomodad y los nervios que le producía mirarle y que él supiera quién era ella―. Si hubiese atravesado Francia, lo sabríamos. Habrían salido noticias de Lille, Niza o Burdeos. No… Lo que se ha ensañado con París está aquí.
Chat entornó los ojos, sospechando. Se llevó una de las manos a la barbilla, pensativo.
―¿Quién nos odia tanto como para formar este escándalo?
―Puede ser cualquiera―respondió Ladybug, desanimada―. Una chica con un engaño amoroso, un inventor al que no le hayan aceptado su propuesta, cualquier loco de los barrios bajos…
Chat suspiró. Iba a ser complicado encontrar el origen. Se sentó en el hierro sobre el que estaban y dejó caer las piernas al vacío. Le gustaba la sensación de descontrol y saber, aun así, que podría salvarse si quería. Le gustaba la sensación de libertad que le producía la adrenalina.
―Veamos―alzó una mano y comenzó a enumerar―. Hemos salvado a Rosita, Kim, Max, Chloe, Sabrina, el director del instituto, André, Nadia Chamack, mi padre…―miró un segundo de reojo a Ladybug; ella ni se inmutó―, Nino, Alya, las hermanas de Alya, tu abuela, tu tío Cheng, Stone…
―¿Estás sugiriendo que no puede ser ninguno de ellos? ―inquirió Ladybug, sentándose a su lado pero sin dejar de vigilar a su alrededor, alerta.
―Estoy diciendo que no nos hemos encontrado con ninguno de ellos de camino hacia aquí―repuso Chat.
―Bueno, mi abuela está de viaje todo el tiempo y mi tío vive en China.
―¿Y los demás? Stone lleva un par de semanas en París.
―No―negó Ladybug, confusa―. No, no creo que ninguno de ellos tenga nada que ver. ¿Qué sabemos sobre Hawk Moth?
Chat alzó una ceja, suspicaz.
―¿A qué te refieres?
―Bueno, Hawk Moth tiene el poder de akumatizar a la gente, ¿no?
―Sí―asintió Chat―, pero sigo sin entenderte.
Ladybug hizo un extraño gesto con la boca que hizo sonreír a su compañero.
―Qué graciosa. Hazlo otra vez―pidió, golpeando con suavidad con un dedo la comisura izquierda de Ladybug.
―Argh, estate quieto―protestó ella, sintiendo ardor en las mejillas y alejándose un poco de él, cosa que entristeció a Chat―. Concéntrate, gatito. ¿Qué pasaría si Hawk Moth se fijara en el dolor que sienten las plantas? ¿Y si hubiese perdido el interés en las emociones humanas?
»Piénsalo―insistió Ladybug, emocionada por la posibilidad de haber encontrado la causa del desastre―. Los humanos somos muy cambiantes, lo mismo nos fastidia algo que lo mismo no. Sin embargo, últimamente han salido varios estudios que afirman que las plantas sienten dolor cuando se las arranca del suelo o se les deshoja. Ese dolor no cambia, se mantiene ahí. Es una emoción segura para Hawk Moth.
―No me digas que ahora se ha vuelto jardinero…
Ladybug sonrió, más segura de sí misma.
―¿Le regalamos un huerto?―bromeó, haciendo reír a Chat.
―¿Y si llamamos a Green Peace?
Los dos estallaron en carcajadas histéricas. Habían dado con el meollo del asunto y esa alegría se mezclaba con las extrañas sensaciones que estaban sintiendo el uno por el otro en esos momentos. Ladybug seguía en la incógnita de saber qué pensaba Chat sobre su verdadera personalidad y él no podía creerse todavía que hubiera tenido tanta suerte de haberse enamorado dos veces de la misma chica. ¡Y estaba haciendo chistes! ¿Acaso podía ser más afortunado? No obstante, no estaba seguro de que aquel fuera el mejor momento para confesarle a Marinette, su Ladybug, que no importaba cuántas máscaras llevara ni cuántos puntos negros tuviera su traje, él seguiría enamorado de ella.
―Vale…―Chat respiró hondo y se puso en pie con las manos en la cintura― ¿Y cómo encontramos el akuma aquí?
―Uhm... ―musitó Ladybug mirando a todas partes― ¿Cuál es la zona más verde de toda la ciudad?
―No sé… ¿las Tullerías? ―propuso Chat― Fue el primer parque público de París, ¿no?
Ladybug entornó los ojos y esbozó una sonrisa. Miró a su compañero con un brillo especial en los ojos que hizo que el corazón de Chat saltara bajo el traje.
―Muy bien, gatito―murmuró Ladybug.
Y, sin decir nada más, separó el yo-yo mágico de sus caderas y lo lanzó hacia el edificio más próximo. Chat tardó unos segundos en reaccionar y seguirla, camino de los grandes jardines que lindaban con el Louvre. Tal vez ninguno de los dos tuviera claro que pasaría con su relación después de haber revelado sus secretos pero, por el momento, aquel asunto tendría que esperar.
